{ Il n'ya pas de hasard, il n'y a que des rendez vous }
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Él escuchó atentamente sus palabras. Sentía una vaga atracción dentro de su curiosidad de mujer “metiche”, como le diría el mundo. Aquella chica no solo quería hablar sobre los sucesos, sino que llegar al fondo de ellos. Saber eso le hizo gran gracia al conde. Él sabía muy bien que ocurría. Fue entonces que se hizo la misma pregunta que ella había dicho que él iba a comentar ¿Qué haría una señorita como ella aquí? Bebía de su té de tarde como todo un experto en modales, mientras dentro de su mente, trataba de hacer cuadrar toda aquella idea tan vanidosa que traía la norteamericana, esos sueños de ser una heroína en el lugar equivocado.
— He de suponer que se encuentra ansiosa. — concluyó, pues hablaba con tanta determinación y ganas, a pesar de todo el cansancio del viaje, que aquello le había dejado sin palabras —Pero debo decirle que no va a ser una aventura muy fácil. La vamos a pasar mal. Digo vamos porque tiene todo mi apoyo.
El resto de hora que llevaron a cabo en esa cafetería se la pasaron hablando de Oxford. Él tratando de ocultar todo aquel pasado que escondía tan fríamente en sus recuerdos, no gustaba hablar de sí mismo. Le incomodaba a sobremanera. Por otro lado, lo que si le acomodaba era saber a quién iba a tener en casa. Nada más hizo alusión a un par de preguntas con respecto de donde se originaba y cómo era que se había enterado de lo que aquí ocurría. Mucha gente no lo creía, y otros sufrían de pánico. Distinto era cuando realmente lo veías con tus propios ojos, así es como el señor Van der Heine lo había hecho.
Pidió un carruaje que le llevaran a ambos a su casa. Ésta estaba en lugares apartados de Oxford, pero no pasaba de la media hora. Unos pequeños campos de trigo y otros cultivos adornaban el camino que llegaba hasta una entrada pasado un pequeño puente de un estero. Unas enormes rejas adornadas daban la bienvenida a la entrada de lo que no era una simple casa, tal vez era el tamaño de unas tres juntas. El color oscuro era primordial. No gustando tanto los vivos colores del día, el gusto del señor Van der Heine ondeaba entre los más apagados, así también cuando vestía. Extraño era verle en una residencia tan grande solo siendo un conde y viviendo solo, pero él lo atribuía a su gran fortuna heredada y la empresa que llevaba ahora. La arquitectura era un tanto distinta a las de la ciudad, unía lo antiguo con lo moderno.
En la entrada, una ama de llaves y un mayordomo atendieron a ambos, la señorita Alina y el señor Weekes respectivamente. El pequeño equipaje que acompañaba a Viola había desaparecido por ambos personajes, seguramente hasta su habitación donde se hospedaría.
— El lugar es bastante grande para vivir solo, así que las visitas siempre son bien recibidas. — aquello fue algo así como sus palabras de bienvenida. Se quitó el abrigo y lo dejó colgando de un perchero de la entrada — Siéntase como en casa. Sobre las cosas que deberías saber, no son muchas. Si está muy aburrida, hay una gran biblioteca aquí en el primer piso, hay libros nuevos desde la editorial e incluso unos muy viejos. También periódicos que de seguro le van a interesar. El jardín también es bastante grande, sin embargo, si ya se le hace muy repetitivo, el señor Weekes la puede llevar hasta la ciudad.
Sin más que decir, su presencia se hizo hasta el salón donde unos sillones rojos de cuero daban junto a una chimenea que se encontraba encendida. Había un montón de cuadros de distintas épocas y estilos pegados en unas grandes paredes, hacían un matiz que contrastaba con el papel mural rojo vino detrás de ellos. Las cortinas se estaban abiertas dejando la luz del día entrar, aún era temprano.
— La cena por lo general es a las nueve y todo se apaga a eso de las doce. Soy una persona que se duerme tarde así que… — miró el reloj, apenas eran las doce del día — Si escucha ruidos luego de esa hora, seguramente seré yo. Por favor no se asuste ¿Alguna pregunta?












