“adiós Búho”
En las noticias de esa tarde, mencionaban a unos drones que sobrevolaban las ciudades, inspeccionándolas. Se encontraban totalmente vacías, no habitaba nadie en ellas. Los animales y las plantas habían gobernado desde ahora cada rincón de los edificios llenos de memorias vivientes, donde antes deambulaban nuestros abuelos y nuestros padres. Ellos fueron desgarrados de ése lugar, tal cómo se arranca el césped de raíz. Imagino a mi abuelo; las situaciones complicadas en las que estuvo, la experiencia de ver un mundo sin más esperanza… de ver cómo el propio cosmos se tragaba sus sueños sin ningún chance. Él nos decía que existían muchos motivos para despertar cada día e ir a perseguir al menos la alegría de haber intentado hacer una vida prospera. – Con la costumbre uno olvida lo que ya tiene- decía. Era fantástico escucharlo hablar de ese pasado fatídico, en que un ente biológico, más pequeño incluso que el núcleo de una célula, hubiera desterrado al ser humano de su “habitad artificial” La historia que recuerdo con especial fascinación y nostalgia nos la contó cuando hicimos un campamento, no muy lejos de nuestra casa. Él amaba ese tipo de planes. Una vez tranquilos empezó: “No tuvimos otra alternativa que salir de nuestras casas. La nueva mutación del virus, por una razón, aún desconocida, mataba a las personas que permanecían en los edificios. Por suerte actuamos rápido al enterarnos del fallecimiento de algunos vecinos de nuestro conjunto residencial. Sabíamos que teníamos que planear un escape rápidamente. Al principio hicimos algo parecido a esto. Acampamos lejos de allí con unas carpas que guardábamos hace años. Conmigo estaba mi novia y mi familia; vivimos así durante meses, alimentándonos de las cosas que habíamos podido llevar en el carro de Lucía. Sólo al final la escasez era demasiada, tanto que con suerte comíamos una vez al día, El agua potable también escaseaba, a pesar del riesgo en el día entrabamos a los edificios con trajes herméticos improvisados para llevarnos el agua y posteriormente hervirla. Muchas familias hicieron lo mismo, pero eso sí, nadie se acercaba por el miedo de contraer la peste, ya que en ésta fase era impredecible y mortal. Permanecíamos lo más separados posible de las otras tribus. En la nuestra éramos cinco. Estaban conmigo: su abuela Lucía, mi hermana Tana y mis dos padres. Mi madre fue enfermera, y ella tenía conocimiento sobre la asepsia. Era bastante estricta con el tema; cada dos días desinfectábamos cada artículo con alcohol, el cual abundaba al convertirse en un elemento de primera necesidad. De pronto, antes de que nuestros recursos escasearan, alcancé a tener momentos de tranquilidad. Esos instantes me daban un impulso y fe. Todos dependíamos de nuestro bienestar. Lucía era una mujer enternecedora, aunque su cariño era extraño y a veces difícil de comprender. Una noche me dijo: -Oye no pienses que te voy a dedicar ésta canción, pero quiero que la disfrutemos juntos. - Esta bien, yo la disfrutaré igual. - Ésta es una canción que lleva, en parte, mi posición sobre el amor y la vida. Es especial para mí.
A mí me encantaba a escucharla, y con el tiempo logré descifrarla más. Lo más extraño es que el mundo se tuvo que caer a pedazos para ponernos juntos en un lugar. Para compartir al menos el destierro de nuestros hogares. Unos minutos después se nos unió Tana a la velada. - ¿Qué hacen tan tarde aquí? – preguntó agarrando su cintura. -Escuchamos música y conversamos. – dije-
-Yo he pensado bastante en la muerte – dijo Tana sin ningún rodeo.
Todos nos reímos nerviosamente. - y ¿qué has pensado? – preguntó Lucía. - He leído últimamente un libro que habla sobre la reencarnación y las ideas de una filosofía hindú: El Bhagavad Gita. De lo que habla a grandes rasgos es sobre la conciencia. La incapacidad del ser humano de saber qué es, en parte por el hecho de no poder salir de la misma conciencia… es de los dilemas más enormes que tenemos. Hay teorías al respecto: dicen que la conciencia es algo eterno y que antes fuimos otros millares de seres incluyendo vegetales. Yo pienso que cada quien tiene un animal predilecto en el cuál va a reencarnar, un animal espiritual.
-Y ¿el tuyo cuál es? – preguntó Lucia - El mío es el búho. - Qué animal más interesante – dije yo sonriendo. Nos manteníamos conectados por medio de los datos de redes móviles. Las operadoras, las cuales entraron en banca rota, pusieron sus servicios gratis para cualquier teléfono. El problema era conseguir energía eléctrica para cargar los dispositivos. Encontramos varios lugares con tomas de energía, pero eran bastante utilizadas por otras personas. Un día decidimos explorar, e ir un poco más allá para encontrar energía y tal vez mudarnos. Mantener nuestros teléfonos y nuestro portátil cargados, nos salvaba del aburrimiento. Íbamos Tana, Lucía y yo. Encontramos un parque a unos kilómetros que parecía prometedor. Encontraríamos un paraíso de la electricidad. Aquel día nos sorprendió irónicamente con una tormenta eléctrica. Fue inesperada y tuvimos que refugiarnos para escampar, en una cancha de futbol cubierta que estaba a unos pasos. Nos encontramos dentro a una multitud de personas que parecían ser una familia que habitaba temporalmente allí. Se veían mal. Delgados y demacrados, tal vez con mucha hambre. - ¿Qué hacemos ahora? – Me pregunté en voz alta. - ¿Será que nos refugiamos en otra parte? – propuso Tana. - No hay ningún lugar cerca – dije pensativo. - Aquí nos toca escampar – Suspiró Lucía.
Entre tantas dudas, terminamos escampando allí, y noté que nuestros vecinos tenían ya sus cobijas encima. Pero permanecían alejados, ignorándonos.
Más tarde viendo que ya había amainado, salimos de la cancha, pero unos metros más adelante perdimos de vista a Tana.
Angustiados la buscamos por aquel parque por horas, gritábamos (marikaa) “tanaa, taanaa, tana” pero no la hayamos.
Se había esfumado. Era tarde. Y estábamos en peligro de ser raptados también. En ese tiempo teníamos apenas 17 años, entonces corrimos llevando semejantes noticias a mis padres; no olvidaré su expresión. Nunca pudieron digerir completamente esta tragedia y la esperanza de que apareciera alguna vez tampoco desapareció hasta el fin de sus días.
Luego de su desaparición transcurrieron otros dos meses. Los más largos de mi vida. Escuchábamos en las noticias que el gobierno había conseguido un gran pelotón de helicópteros rescatistas, los cuales pronto enviarían. Nuestras esperanzas habían servido, pero nos moríamos lentamente de la desnutrición. Fue preciso el momento en que llegó el rescate, casi me sentía en un sueño, todo se veía desdibujado e irreal, en el momento en que subí la escalera para entrar a la aeronave, pude ver en el gran árbol que siempre tuvimos al lado un gran búho parado sobre sus más altas ramas. Era café y sus ojos oscuros me miraban fijo.
Luego Lucía subió e intenté señalarselo, pero las escaleras se balanceaban tanto que no logro observarlo.
No tengo pruebas, pero yo tengo la certeza de que quien estaba ahí, era el alma de Tana.















