Yo no sé cómo (ni porqué) llegué a estar aquí. Nadie nunca se enfoca realmente en el proceso de cómo llegué a ser lo que fui, así que yo tampoco lo haré; no creo que importa de dónde haya venido ni cómo terminé aquí, sino lo que fue de mi. Yo era el segundo de la hilera de una caja blanca con rojo; pero sin importar el orden en el que fui empaquetado, tuve la fortuna de ser el primero, entre incontables otros, de tocar esos labios. No recuerdo mucho, ya que fue poco el tiempo que viví entre ellos, pero si lo suficiente para sentir lo suaves que eran, para adentar mi humo entre su lengua, bajar a su campanilla y adentrarme a sus pulmones; fui el primero en mancharlos de negro. Me entregó el premio en ser el que más duro entre sus dedos temblorosos y primerizos que no supieron como encenderme bien a la primera, y de entrar a sus entrañas. Descubrir que mi negrura era más un deseo suicida que un tumor maligno y que me tenía que esforzar en durar más y ella menos. Vi, a través de el fuego que me quemaba y el humo que salía de mi, unos juegos de niños y unos cuantos árboles, pero nunca vi a nadie más; lo de ella iba a ser una muerte sin pruebas ni testigos. En cuanto me encendió y sintió mi invasión en su garganta supo que esa era la mejor manera de morir. Mi, ahora verduga, se convirtió en mi victima y ella disfrutaba morir lento y sin placer; o al menos yo no creo haberle causado placer. Ella habló de su padre que sólo quiso un hijo, sobre su madre que siempre la vería gorda, de sus amigos que no aceptaban su regreso, y de cómo ella quería siempre más con gente que siempre veía todo como menos, de una vida que no quería, de sus ganas de morir y su falta de motivación, ¿cómo negarle una muerte lenta si mi único propósito de existir era ese? Claro, cuándo supe que lo que ella quería de mí era dolor, con rencor le di eso. Ella tosió y yo, decidido me quedé ahí un poco más para ver cómo sufría al tratar de sacarme. Ella, entre un ataque de tos y otro, me decía que de la garganta hacia fuera no se moría nadie y lo que ella quería era morirse. Morir de adentro hacia fuera. Que si alguien le iba a matar las entrañas sería ella misma que ya bastante ennegrecido estaba su corazón sin la necesidad de que alguien cómo yo quisiera quedarse a medio camino; pero es que yo me quedé fascinado ahí. Nadie nunca toma en cuenta algo como la garganta, ya que siempre son la mente o el corazón las que contienen las palabras dichas, ¿pero es que por qué nadie toma en cuenta el lugar dónde se encuentran las palabras nunca dichas? ¡Si aquí hay toda una biblioteca! Puedes elegir el volumen y sección que quieras y es que nunca es suficiente. El resto de mi vida me quedé ahí, entre frases como, “Las veces que vomité mi comida a tu nombre son incontables”, “Por favor deja de besarme en la boca, tienes casi la edad de mi mamá”, “todo fue culpa mía” y preguntas como, “¿en realidad soy tan mala hija por pedirte que gastes tu dinero en mi educación en vez de comprarte una casa para tu amante enfrente del campo de golf?”, “¿nacer fue una ofensa tan grande?” “¿por qué siempre me sale todo mal?”. Yo nunca entendí ninguna de estas preguntas, pero lo que si entendí fueron sus ganas de morir. Uno siempre sabe cuando alguien quiere morir por la rapidez en que nos matan y ella fue muy lenta; dejaba que el humo entrar progresivamente a su garganta y para luego exhalarme, segundos después.