La impotencia que en su interior se arremolinaba cuando los recuerdos se desvanecían dejándola con una insaciable intriga era desgarradora. Sentía cada uno de sus músculos tiesos cual estatua, y de su boca se desprendió únicamente una exhalación involuntaria. Los breves escenarios de su pasado podrían ser comparados fácilmente con aisladas piezas de un rompecabezas, cuales si no estaban unidas no cumplían su principal objetivo. Si no se encontraban enlazadas, no tenían un propósito. Eran absolutamente inútiles. Dejó que un exasperado bufido se escabullese por los tiernos labios de su propiedad, expresando así su alteración. Lo único que le sirvió como cable a tierra fue la amortiguada carcajada que el muchacho trató de apaciguar con todas sus fuerzas. Decidió que su cruel inconsciente podía esperar. No valía la pena afligirse por vanas memorias a las que ni siquiera les hallaba sentido. Una de las castañas cejas de Freiah se alzó en un perfecto arco, dando a entender la supuesta indignación que el gesto ajeno le provocaba. “No es lindo eso de burlarse de los demás” acotó, enarbolando su fino mentón con notable petulancia. Por supuesto que ésa acción fue simplemente para entretener al joven, puesto a que de alguna manera su risa se había vuelto adictiva. Necesitaba una dosis constante de sus anonadadas sonrisas, y que sus oídos se inundasen hasta empalagar su mente de aquellas atragantadas carcajadas. Ansiaba que el rubio notase la cantidad de virtudes que ella descubría a diario, y dejase de silenciarlas, como si se tratara de simples errores. Entre tantas reflexiones, un único cuadro se vislumbró en el interior de su cabeza: Los labios de Wesley moviéndose con tanta delicadeza, sus ojos mirándola con exuberante dulzura, los hoyuelos que se acentuaban sobre sus mejillas al sonreír. Y una única palabra, repitiéndose una y otra vez. «Freiah», él murmuraba con sumo cariño. No pronunciaba nada más que su nombre, el que con el tiempo comenzó a sonarle raro. La ubicación y el tiempo cambiaba constantemente, pero aquella carmín boca continuaba hablando del mismo tópico, como si pudiera hacerlo por el resto de sus días. Poco tardó en notar que la llamaba en tiempo real, y la muchacha sacudió su cabeza aturdida. “¿S-sí?” balbuceó, aún perdida en la oleada de recuerdos que se estrellaba contra las paredes de su mente. Permitió que su expresión consternada se aligerara, así dándole paso a una más despreocupada. “Vale… Así está mejor” murmuró entre dientes, curvando sus comisuras en una de las más sinceras sonrisas jamás esbozadas. Oh, cuántas carcajadas le arrancó con su infantil actuación. Por más que se tratara del espectáculo más ridículo que había presenciado, no pudo contenerse. No sabía si era a causa de cómo la había cegado y doblegado a sus pies, o simplemente su fascinación era tal que provocaba que se comportase de tal manera. Que, repentinamente, todo lo que hacía le resultaba sumamente brillante. Su estómago se retorció disgustado debido a la avalancha de risas que emergían constantemente hacia el exterior. En un momento, hasta llegó a resoplar. Se llevó ambas manos a la boca, cubriéndola como si hubiera cometido una especie de delito. Vaya inteligencia ésa de delatarse ante uno de los muchachos más encantadores que había conocido. En pocas ocasiones un sonido semejante se había escurrido por sus labios, y sus enrojecidos pómulos lo gritaban a los cuatro vientos. Qué avergonzada se sentía en ése momento. Agradeció internamente que el joven cambiara de tema, y si había notado su resoplido, lo había ignorado completamente. “Hazme un favor y ya cierra la boca” exigió, revoleando sus ojos con un deje divertido. Por más que lo negara una y otra vez, no se cansaba de que la molestase. Si fuera por ella, podría estar todo el día escuchando las ingeniosas bromas que se le ocurrían al muchacho de cabellos dorados. La confortó saber que, por más que ella intentara silenciarlo de manera fingida, él continuase hablando. Tenía una voz tan hermosa. Tanto que le frustraba la timidez que varias veces lo reprimía. Nadie –incluso él mismo– tenía el derecho de acallarlo. “Quién sabe… Puede que pase como en la película Pirañas y un depredador marino que se había extinto hace miles de años fuera liberado de su prisión por un pescador irresponsable y emergiese hacia la costa comenzando a atacar a los turistas” bromeó, con la simple finalidad de sonsacarle una que otra risa, por más que la forzase para complacerla. El placer que la envolvió al momento de vestirse con sus ropas resultó inexplicable. Algo en la aterciopelada tela de la prenda, o en su aroma a recién lavado entremezclado con un perfume de hombre bastante familiar la sumergía en un mar de reconfortantes sensaciones. De cierta manera, la acercaba a Wes. Y tal sentimiento le transmitía confianza y seguridad. Como si, a su lado, fuera imparable. Era evidente que la mencionada vestimenta le triplicaba el tamaño, debido a que cubría sus pantalones cortos, llegando hasta la mitad de su muslo o un tanto más abajo. Además, sus pequeñas manos no lograban divisarse bajo aquellas enormes mangas obscuras. “¿Sabes? Deberías prestarme tu ropa más seguido” señaló, dirigiéndole una fugaz mirada. Por supuesto que no recordaba que, la chaqueta de cuero colgada en su armario y una de sus prendas preferidas, había pertenecido antiguamente a tal muchacho. Tampoco sabía lo que había tenido que hacer para conseguirla, y que desde entonces no se la había quitado para casi nada. Cuando la encontró entre los pilares de ropajes se limitó a creer que la había conseguido en algún momento donde su laguna mental se ubicó. Sintió el par de azulinos luceros contrarios clavados en su figura, y un no muy disimulado rubor se asentó en la piel de su rostro. Empero, aquella presencia no le molestaba en absoluto. De cierta manera le agradaba saber que atraía su atención, que aún le interesaba compartir aquellos momentos con ella. Que no había perdido la esperanza. Que estaba dispuesto a intentarlo nuevamente. “Eres un estúpido” alcanzó decir posteriormente al ataque de risa que le causó la anécdota del joven, meneando su cabeza de lado a lado. Luego de aquella cómica escena, el silencio reinó en el espacio, sumiéndolos en un ambiente más que nada relajante. Después de todo, las palabras sobraban entre ellos dos. Se dispuso a mirarle de reojo a lo que se encaminaban hacia la playa, sintiendo su palma sudar por coger la mano ajena. No obstante, no la retiró en ningún momento. Es más, se atrevió a propiciarle un apretón y, luego de soltarle, echarse a correr. “¡El último en llegar paga la cena!” vociferó cual infante, deshaciéndose de su calzado y acelerando el paso hacia la costa.