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let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
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祝日 / Permanent Vacation

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@zzztelladraco
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🎭 As Pure As Vanilla Milk (trabajo en proceso)
Shadow Milk x FemReader
Capítulo I “Azure Kingdom” SAFE!
Capítulo II “Neutralize every man in sight” SAFE!
Capítulo III “Butterflies, Spiders and Flowers” SAFE!
Capítulo IV “Too Sweet” +16
Arte visual @ pinkybunn ¡Muchas gracias!
🎭🍦Trash Magic (trabajo en proceso)
Sage of Truth x FemReader x Truthless Recluse
Part I “Bitter Blueberry Cream” SAFE!
Part II “Sweet Vanilla Essence” SAFE!
Part III “Milky Sugar and Spice” SAFE??
Arte visual @ pinkybunn ¡Muchas gracias!
🎭 Dracaena Somnolenta (Próximamente)
Shadow Milk, Sage of Truth & Fount of Knowledge x FemReader
🎭🍦 Better Call Shadow Milk Cookie! NSFW! (trabajo en proceso)
Shadow Milk x FemReader x slight Pure Vanilla
🍦 I Can Cure Your Disease NSFW! (terminado)
Pure Vanilla x FemReader
🎭 Cornflowers Little Bouquet SAFE! (terminado)
Shadow Milk x FemReader
🎭🍦 The Teratologist (Próximamente)
Leviatán Shadow Milk x FemReader x Leviatán Pure Vanilla
🎭🍧 A Million Springs (Próximamente)
Shadow Milk x FemReader x Slight Eternal Sugar
Howdy Howdy. Quiero decir que amor tus escritos te sigo desde hace un tiempo y wouw siempre lograrás que me enamore una vez más de Puré Vainilla y Shadow Milk. Recién acabo de leer Trash Magic, lo leí en Ao3. Tan bueno como tus otras obras. Quería preguntarte cómo te inspiras para escribir, viene de la nada? Estás haciendo tu día normal y las ganas de escribir vienen?
Owwww que encantador, realmente estoy muy feliz de que les esté gustando todo lo que escribo. Aún tengo muchas ideas, necesito mantener a la gente enamorada de esos dos o voy a explotar. No puedo permitir que caigan en el flop.
Realmente es una mezcla de muchas cosas. Entre ellas pura proyectada la verdad.
Es extraño el proceso creativo cuando no usas IA, no la satanizo pero odio que ya nadie le quiera atorar a escribir solos cuando en Wattpad todo lo hacíamos con sudor, lágrimas y líquidos sospechosos; yo la utilizo para hacer mis horarios, excel y pedirle consejos para dormir. Pero ya, jamás voy a permitir que se robe mis ideas y se las de de sugerencia a otra persona.
Pero hay muchos momentos donde las ideas surgen solas, pero tienes que tener la mente entrenada a dejar un rato cosas que te híperestimulen. De lo contrario jamás tendrás ideas que vengan por sí solas.
Anotar todas las ideas que surjan de la nada AL MOMENTO, de lo contrario las olvidarás.
Y ¿por qué no? Leer algunos libros (yo adoro leer en físico para poder dormir) leer no solo te ayuda a ampliar tu vocabulario sino tomar referencias, inspiración o parafrasear algunos guiones o frases.
Ver series o animación de la temática que deseas escribir, funciona mucho para ayudarte con los diálogos y a narrar el ambiente o la época.
Actualmente estoy estudiando mi segunda carrera sin especialidad (no estoy tan vieja), trato de que todo lo que lea de ahí y de los géneros de mi gusto personal siempre se vuelvan una inspiración o un recurso para sacar contenido de ahí. No copio directamente de otros escritores de editorial a menos que me caigan mal.
Y yo creo que tener sensibilidad, la sensibilidad de la escritura es una de las que más me costó tener, para el dibujo es bastante fácil para mí, ¿pero para escribir? El peor tormento durante 10 años, no vas a tener un buen nivel en un año o dos, esto se practica y se hace durante toda tu vida y es un proceso de mejora constante :)
“Ay, los fans de Shadow Milk resultaron ser los más sensibles 🥺”
QUIZÁS PORQUE NO QUIERO QUE UN PERSONAJE QUE ME GUSTA SEA RELACIONADO CON LA BANDERA DE QUIENES EN MI PAÍS MÉXICO ESTÁN FINANCIANDO UN GENOCIDIO DE PERSONAS INDÍGENAS PARA DESOCUPAR SUS TIERRAS, TIENEN UN ACUERDO ILEGAL CON CHIHUAHUA PARA PRIVATIZAR EL AGUA. ELLOS ADIESTRARON Y LES DIERON ARMAMENTO A LOS CARTELES QUE A DIARIO DESAPARECEN GENTE.
VETE A LA MIERDA
WIP AS PURE AS VANILLA MILK
Desnudez no sexual, Referencia a HOTD
“Tuve una oveja una vez, dorada como el sol. Un día, escapó de su pastizal y el semental vecino la preñó con un cordero.
El semental tenía los ojos azules como sus noches de invierno. Y el cordero, cuando nació; era un dragón.
El dragón dorado con ojos azules más extraordinario que he visto.
La naturaleza trabaja de formas misteriosas.”
Cambié de Procreate a Ibispaint y creo que mejoré bastante. No sé qué tiene el procreate que me siento atrapada y en el ibispaint mágicamente me vuelvo una excelente dibujante.
En fin, te amo mucho APAVM, voy a escribirte como se debe. No me importa que nadie te vea, tiraría al fuego y borraría todas mis historias para dejarte a ti nada más.
A que no adivinan a quien le está contando PV la historia (si decido no cambiar el final que tengo planeado)
WIP AS PURE AS VANILLA MILK
Desnudez no sexual, Referencia a HOTD
“Tuve una oveja una vez, dorada como el sol. Un día, escapó de su pastizal y el semental vecino la preñó con un cordero.
El semental tenía los ojos azules como sus noches de invierno. Y el cordero, cuando nació; era un dragón.
El dragón dorado con ojos azules más extraordinario que he visto.
La naturaleza trabaja de formas misteriosas.”
Cambié de Procreate a Ibispaint y creo que mejoré bastante. No sé qué tiene el procreate que me siento atrapada y en el ibispaint mágicamente me vuelvo una excelente dibujante.
En fin, te amo mucho APAVM, voy a escribirte como se debe. No me importa que nadie te vea, tiraría al fuego y borraría todas mis historias para dejarte a ti nada más.
A que no adivinan a quien le está contando PV la historia (si decido no cambiar el final que tengo planeado)
Por alguna razón este comentario me hizo enojar, ¿qué mierda quieres que te explique cuando ni siquiera explicas que no entendiste? Muchas personas de habla inglesa lo han leído y les ha encantado sin problema, no lamento no escribir como un puberto de 12 años.
Y no me hables en inglés, estás en mi patria y la respetas (excepto ustedes, síganme comentando skibidi sigmas tumblerianos azucarados)
Dragon Shadow Milk
Suggestive
Acabo de darme cuenta del crayolazo que tiene el tipo en la cola, pero ya me puse la pijama y la tableta está en la sala. Ya ni modo.
Por cierto, estoy evitando dibujar a Fount porque aún no practico lo suficiente para dibujar hombres gorditos, maldita sea
¡Hola, hola! 👀 Estoy aquí para preguntarles cuándo creen que saldrá el próximo capítulo de Trash Magic.
¡Hola! No tengo fecha debido a que Trash Magic es un fanfic muy demandante por cantidad de contenido en un solo capítulo. Tengo otras prioridades ahora y no me he sentido muy onichan últimamente
MATING SEASON!
Dragon Sagen of Truth ART Explicit!
Sin censura (Diiiiiick)
Sage y Truthless llevándonos serenata cantando Todavía me amas de Aventura haciendo coro en “conmigo no podrás, te conozco de más; tú todavía me amas.”
NO puedo explicarte las ganas que me dieron de sentarme en la cara se Sage. ES UN CABALLERO, SÚPER INTELIGENTE, LINDO, RESUELVE, COMPRENDE Y NO TIENE MIEDO DE DECIR LO QUE PIENSA.
OH, SAGE PERDÓNAME TANTO POR ESCRIBIRTE COMO UN PENDEJO CUANDO ERES EL ESTÁNDAR DE HOMBRE. HARÉ UN HOMBRE DE TI EN TRASH MAGIC
TRASH MAGIC III
"Milky Sugar and Spice."
Segunda Parte: "Sweet Vanilla Essence."
Cuarta Parte: Proximamente.
Use Google Translate ;)
Short Fic NSFW Sage of Truth x Fem Reader x Truthless Recluse
Recuento de palabras: 22.09k
ADVERTENCIAS DEL CAPÍTULO: Besos, Angustia sin Consuelo, Age Gap (lo considero porque Sage y Truthless son mayores como por... eones), Sage es patético, Almas gemelas, Obsesión, Hechizos vinculantes, Romance, Cortejo, Citas, Secretos, Relaciones establecidas pre existentes, Mención de infidelidad aunque técnicamente no lo es, Negligencia sentimental, Acuerdos extraños de pareja.
(¡Seguro! Pero, oh... cariño. Como vas a pasarla mal.)
ADVERTENCIAS GENERALES: Enemies to friends to lovers, Soulmates, Angustia y Romance, Malentendidos, Magia, Porno con trama, MUCHA TRAMA EXCESO DE TRAMA EN SERIO ESTO TIENE MÁS DE 50K AL FINAL LA TRAMA SE ME FUE DE LAS MANOS, Mención de magia y su construcción de mundo, Academia de Yogurt de Arándano, Mención de Shadow Milk, Slow burn, Romance, Relación profesor alumno (no especifiqué cual; descúbranlo), Truthless se incluye un poco tarde a la trama, poliamor, Cuckolding pero no realmente (ya verán porque), Switch Sage y Truthless, Trio, Pérdida de la virginidad, Primeras veces, Sexo Vaginal, Sexo Anal, Sexo Oral, Múltiples posiciones sexuales, Creampie, Impregnation, Praise Kink, Size kink, Breeding kink, Pregnacy kink, Cinturones de castidad, Sounding, Matrimonio, !Final feliz! Primer beso, Sexo eventual, Angustia sin consuelo, Mención de infidelidad aunque tecnicamente no lo es, Cortejo, Secretos, Desbalance de poder.
* n * se usa para pensamientos y *“ n ”* para conversación mental.
El primer día de regreso a clases nadie estaba feliz, tanto que fuiste la primera en llegar a pesar de que quedaban pocos minutos antes de que comenzara la clase. La mayoría de las clases pasadas era una competencia por ver quien llegaba más temprano y más preparado.
Era un poco difícil eliminar la costumbre de dormir hasta tarde después del año pasado tan destructivo.
Llegaste al auditorio quejándote, el otoño enfrío el aire que corría por los jardines y ahora usabas mallas térmicas debajo de tus túnicas. Al menos cuando era temprano, podrías quitarte el exceso de ropa por la tarde.
Los arándanos solían migrar hacia los techos y balcones de los edificios ya que los arbustos se quedaban sin hojas, aquellos que no lograron madurar y separarse de su rama, yacían secos en el piso junto a las hojas naranjadas.
Los recuerdos de anoche te dominaron desde que te despertaste a primera hora. Recluse escoltándote a casa pasada la medianoche, los regalos, los dulces, el beso… Sus palabras acerca de cuanto deseaba cortejarte y como esperaba que cuando lo conocieras mejor; aceptaras las condiciones de lo que significa estar en su vida.
Esa elección de palabras fue muy rara, honestamente; el repertorio de los hombres a tu alrededor te hacía desconfiar de esas palabras.
Sabías que tenía que haber un truco, incluso si se trataba del sincero y dulce Truthless; no te estaba mintiendo. Pero tampoco te contaba todo, y eso ya decía bastante.
Aunque no dejaste que te comiera gran parte de la cabeza, tus prioridades en este momento eran otras.
Primero sobrevivirías a tu formación académica, el romance ocupará las migajas de tu tiempo libre.
Antes de llegar a tu edificio, pasaste por el auditorio de las prácticas de magia blanca. Los estudiantes de ahí ya llevaban unas cuantas semanas avanzadas y se notaba por la angustia en sus miradas. Probablemente estaban en las primeras pruebas del semestre.
“¡No es justo, nunca hacen nada!” Te detuviste en una de las mesas conjuntas con el pretexto de acomodar tus materiales, dándoles la espalda para no incomodarlos demasiado. Pero… es que últimamente que comenzaste a ser consciente, escuchabas cada vez más quejas acerca de Sage por toda la academia.
“¿Qué te dijo el consejo?”
“Dijeron que el director hablaría con el profesor Sage para corregir sus métodos de evaluación.” Tu habías aprendido que eso significaba que la queja se había archivado con el director, al igual que la tuya. “¡Pero el tipo sigue haciendo lo mismo con los exámenes!”
“¿No se supone que los profesores tienen libertad de cátedra?” Trató de razonar su compañera.
“¡No es lo mismo, está evaluando hechizos más avanzados que nuestro grado; a este paso vamos a perder la carrera todos!”
Te levantaste y seguiste caminando en cuanto notaron que tu uniforme no era de ahí, sino del programa impartido nada más y únicamente que por Sage. No era como si fueras a delatar sus quejas, cada vez deducías que Sage no era el profesor más valioso; sino el más odiado. Al contrario, estabas de su lado.
Pero preferías no inmiscuirte demasiado si no tenías una posición de poder para ayudar, aunque no podías creer que, entre tantas quejas, ese hombre horrible siguiera dando clases ahí. ¿Por qué lo protegen tanto?
El auditorio estaba vacío y olía a que el personal de limpieza lo había preparado después de las vacaciones y antes de su reingreso, olía perfectamente limpio, pero las hojas viejas de los libros y el azúcar de las tizas seguía tintando el ambiente en un olor atalcado y viejo.
Empujaste la puerta con tu costado y giraste suavemente con todas tus cosas entre tus brazos, no estabas segura del nuevo cronograma, pero sabías que el primer día suele ser muy ajetreado. Querías estar cómoda, así que trajiste una botella de agua, tus apuntes, plumas, un suéter y la caja con el pastelito que Recluse te dejó en la mañana.
Esperabas que el de hoy fuera de kiwi, le dijiste que te gustaban de esos, pero parece que nunca hay porque todos son al azar, como si no supiera cual elegir cuando los compraba.
Para tu mala suerte, tu mañana se arruinó tan temprano en cuanto viste a Sage de espaldas en su escritorio, tarareando mientras se balanceaba en el aire y preparaba libros y pergaminos. La mueca de desagrado que hiciste se te quedó marcada un buen rato.
* “Que asco, muérete.” * Durante las vacaciones no te cruzaste con él ni una sola vez, ni siquiera en el comedor donde lo habías visto anteriormente un par de veces o en la biblioteca donde solía dar clases de regularización a algunos alumnos y sus estúpidos cursos de verano. Por lo que habías olvidado el problema regente entre ustedes dos.
Estabas segura de que Sage te escuchó, pero fingió hasta que la puerta detrás de ti emitió un chirrido. Ahí si se dio la vuelta.
No molesto o con una mueca de que claramente te había escuchado y ya no le daba miedo ocultar que era acreedor de tus insultos mentales.
O que, ahora que ambos eran conscientes de ese lazo que ataba su mente; tendría la libertad de reprenderte abiertamente.
Nada de eso. Era apacible, tranquilo. Volteando hacia ti suavemente con una sonrisa sospechosamente poco marcada, el monóculo que llevaba era idéntico al que se había estrellado contra el piso cuando lo abofeteaste.
Bajó la vista a las cosas que llevabas, entre ellas la cajita de regalo con el pastelito que él te compró muy temprano y la dejó a los pies de tu puerta; humilde, inocente. De la que tu no tenías forma de saber la cantidad obscena de problemas que podía causar verte llevarla para el pecho del hombre que tenías en frente. Y que él había elegido con tanto cuidado cuando TR no le dijo de que sabor te gustaba más.
Creyendo que tu sabías quien realmente te llevaba esas cajitas con tanto esmero, cuidando que el lazo se viera perfecto, que la fruta fuera fresca y la crema estuviera hecha de leche suave y no tan dulce.
Tú, en cambio, estabas bastante segura de que era otra persona totalmente distinta.
Y él, ignorante de que ese crédito se lo estaba llevando Truthless; sonrió un poco más. Creyendo lo que él quería creer.
No orgulloso, ni triunfal. Era una satisfacción pequeña que no lo llenaba del todo. Era ridícula, un comportamiento patético que tienen los hombres cuando una idea “romántica” y estúpida les sale bien y creen que el universo acaba de empezar a ponerse de su lado.
Sin embargo, en sus adentros también había urgencia. Algo que no había sentido nunca: se estaba quedando atrás. Le estaban ganando, gracias a todo este tiempo que decidió jugar y revolotear a costa de tu bienestar. Y ahora estaba pagando los intereses de eso de la forma en que más le ardía.
No quería quedarse en una posición que él mismo se ganó, no cuando tenía las posibilidades de ir más allá. De evadir su merecido.
Tenía que apresurarse.
“¡Ah, buenos días, querida! ¿Qué tal tus vacaciones?” Casi jadeas de indignación al escuchar la osadía de ese hombre al hablarte con las manos entrelazadas y una dulzura que no le quedaba. Incluso llegaba a ser hostil por la forma en que no le quedaba.
Como un perro.
Por eso sonreía, entrelazaba sus manos y se inclinaba hacia ti.
Era como un perro que estaba tratando de convencerte que esta vez si daría la vuelta y rodaría sobre el suelo si le dabas una segunda oportunidad.
“Te guardé el lugar de siempre.” Cerró los ojos alegremente mientras señalaba, para tu molestia; la mesa que ya tenías en tu objetivo para ocupar. Ridículo, como si hubiese más alumnos a los que no permitió sentarse por ti, como si las mesas no sobraran, como si pudiera enternecerte a ti; que tienes una capacidad de memoria más allá de dos meses.
Te le quedaste bien como si hubiera sufrido un daño cerebral y solo estuviera balbuceando tonterías y sacando baba, pero no. Estaba psiquiátricamente sano, cuerdo (aparentemente).
Y Sage, sintiendo el silencio caerle encima, no dejo desaparecer la esperanza de verte llevar su presente, decidió seguir. Claro que sí, siempre haciéndolo peor para todos.
“¡Y también revisé el cronograma del año, en dos semanas tendremos nuestra primera prueba práctica!” Hizo un ademán y un pergamino de tamaño modesto enrollado con un moño dorado apareció ante el trazo de la mano, te lo extendió como una ofrenda. “Supuse que querrías saberlo para no estresarte tan pronto.”
Porque, incluso con las intenciones renovadas contigo, no iba a favorecerte en ningún aspecto que significara tu formación académica. Aunque podía darte algunas ayudas para que te desempeñaras mejor, la mayoría dependía totalmente de ti.
Y eso fue tan ridículamente considerado que no te dio ternura, te dio miedo. Como cuando los sanadores escondían la aguja con la que iban a pincharte hasta que sentías el dolor atravesarte.
No le respondiste, solo frunciste el ceño, levantaste la vista para verlo a los ojos y comunicarle tu sentimiento nauseabundo hacia su persona, trataste de no pensar en nada más para evitar que te escuchara y fuiste a sentarte de mala gana dejándote caer en tu silla con un eco sordo de molestia. Le negaste la cortesía mínima de darle los buenos días y gracias a tu profesor.
Sage se quedó ahí un segundo más, todavía con el pergamino en la mano, extendido hacia donde solías estar.
Lo llevó despacio hasta tu mesa y no insistió en explicar más. Lo dejó encima de tus apuntes como si no fuera capaz de soportar del todo la idea de que lo tiraras a la basura.
Sage, que había pasado toda la noche revolcándose por dentro con la imagen del beso que te había dado Truthless en el mercado del pueblo, con la insolencia de verlo llevarse el final que él no consiguió. Traías su labial azul corrido por toda la cara anoche, y tu labial morado sobre la boca de otro. Pero no estaba celoso, no del todo. Sintió por primera vez en semanas una brizna repugnante de esperanza.
Quizá… no iba tan tarde. Podría igualar a Truthless con suficiente rapidez, si era amable y gentil contigo, para hacer la propuesta correcta antes de que el rubio te terminara de envolver solo para él.
Sage borró su sonrisa y ladeó la cabeza con confusión cuando no abriste la cajita y comenzaste a comer el postre mientras abrías tus apuntes. Parpadeando un par de veces mientras colocaba sus manos detrás de su espalda, descifrando exactamente que ocurría. ¿Recibías sus cajitas de regalo no? ¿Sabías lo que significaba verdad? ¿Entonces…?
La idea se abrió delante de él y el sentimiento era horrible. ¿Y si no sabías que eran suyos?
El pensamiento lo recorrió como una corriente helada y ridícula, la preocupación se denotó en toda su cara.
“¿¡Qué?!” Casi gritas de desesperación ante la insistente mirada de tu profesor. Levantaste la vista para verlo mal de nuevo, no te gustaba que te estuviera observando de esa forma. Y Sage, torpemente, como quien es atrapado espiando donde no debería; rápidamente desvió la mirada hacia la puerta. Aceptando el castigo con una compostura que podía aceptar más insultos, conductas condescendientes y bofetadas.
“Me alegra verte de vuelta.” Dijo mientras se daba la vuelta para regresar al frente, a la par que los primeros alumnos ingresaban en el límite de hora.
Te enderezaste en tu asiento como un gato erizado.
Se te revolvió el estómago y perdiste el apetito por el pastel que planeabas abrir para poder estar plácida.
Sage te arruinó los planes, como casi todo lo que involucraba tenerlo cerca.
Como si fuera tan fácil, como si un par de meses fuera suficiente para olvidar lo que había pasado y la vulnerabilidad que sientes cada vez que lo tienes cerca porque no sabes que pensamiento privado tuyo se va a colar en su mente.
Bajas la vista molesta, ves la madera de la mesa; usualmente está algo polvorienta después de un periodo de descanso por lo que siempre cargas pañuelos en el bolsillo. Pero ahora no.
La madera de tu mesa no solo estaba limpia, pasaste dos de tus dedos y una ligera capa de brillo se quedó en tus yemas. Había sido pulida, volteaste a ver a las mesas vacías a tu lado; polvorientas. Miraste hacia atrás donde tus compañeros tomaban asiento y te dirigían muecas de desagrado mientras pasaban paños sobre la madera abandonada por meses. Una vez limpio todo, se acomodaban para la clase.
El personal de limpieza no te aprecia lo suficiente como para limpiar tu lugar de esta manera, inconscientemente regresas tu mirada a Sage.
Él, quien estaba aún tarareando y revoloteando mientras escribía matrices y diagramas sin comenzar la clase aún, volteó a verte. Como si te hubiese sentido clavarle un cuchillo por la espalda.
Se acomodó el monóculo y te sonrió dulcemente, delatándose. Te estremeciste, ¿cuál era la trampa?
Su sonrisa duró poco y flotó rápidamente hacia el frente para extender una mano con uno de los libros que otorgaban en la biblioteca y que por fortuna utilizaste para estudiar en el verano.
“Asumiré que fueron astutos y estudiaron todo lo que veremos estas semanas.” De nuevo, sin bienvenidas ni palabras orgullosas, esas solo fueron para ti.
Apretaste los puños, un par de tus compañeros se tensaron y otros simplemente endurecieron la mirada preparados. “Habrá una prueba escrita antes de comenzar con cada uno de los hechizos prácticos, quien repruebe el examen no podrá avanzar con los demás.”
Si, no había obligación en seguir estudiando en temporada de descanso, lamentablemente Sage no era un profesor que entendiera de prudencia y descansos.
El hombre no se apiadó por aquellos a los que vio confundidos o preocupados, simplemente hizo desaparecer su libro y se empujó hacia atrás en el aire para llegar al pizarrón.
“Entiendo que estén acostumbrados a pruebas escritas fáciles, pero el programa se ramifica a partir de este año a nada más que hechizos.” Hizo énfasis en la palabra fácil, como si se estuviera regodeando de que aún no les muestra lo sádico que podía ser con sus pruebas y probablemente, mientras más aumenten los semestres, lo hará más la dificultad de los exámenes. “Pero no puedo permitir que estudiantes estúpidos pongan en peligro a sus demás compañeros por no tener la seriedad suficiente como para ilustrarse en el tema.”
Algunos de tus compañeros comenzaron a anotar las palabras de Sage para prepararse con antelación, otros escribían el nombre de los libros que Sage sostenía y hacía desaparecer, otros copiaban los diagramas y matrices, aunque no supieran que era.
“Quien falle tres exámenes propedéuticos está fuera del programa.” Todos se congelaron, escuchaste el coro de plumas azotar contra la mesa. Tu apretaste las esquinas de la mesa para sostenerte mientras levantabas la vista hacia el frente, con Sage. Para tu desconcierto y respiración agitada, no te estaba viendo a ti. Sino más arriba, donde estaban sentados el resto de tus compañeros. “Si fallan tres pruebas, no habrá forma de que se recuperen para librar el año… así que, ¡esfuércense!”
Eso ultimo lo dijo con una sonrisa radiante mientras se pavoneaba de regreso hacia su escritorio para comenzar, no una catedra sino el matadero de estudiantes que eran una serie de preguntas específicas y tomadas a consciencia de cada libro que asumió que tomaron para estudiar.
Ni siquiera habías abierto tus apuntes o encantado tu pluma…
“¡Tu, dime las cinco condiciones para invocar un escudo reflector!” Sage se elevó más alto y se inclinó hacia delante, señalando a uno de tus compañeros que se veían más estúpido (según él).
“Ah… ehm, ¿un escudo expuesto a magia blanca o magia de la luna oscura, profesor?” Diste un giro sobre tu silla bien limpia y pulida para ver a tu compañero. Se levantó como si la silla le quemara el trasero, era uno de los que te había visto mal hace rato. Ahora… era tan graciosamente diferente cuando le tocaba enfrentarse al profesor Sage. Podías ver el brillo de sudor en sus manos constantemente retorcidas entre sí, su frente brillosa y el sonrojo de vergüenza en sus orejas.
Sage entrecerró los ojos y sonrió enseñando sus colmillos, apreciaba las preguntas tontas que utilizaban para ganar tiempo, pero eso no iba a funcionar, no con él.
“¡Dime todas!” Extendió los brazos al aire, hoy se sentía particularmente atrevido. ¡Lo habían privado tantos meses de sus preciados alumnos, tenía que volver a adiestrarlos o se volverían estúpidos de nuevo!
Y como era de esperar, tu compañero solo balbuceó frases a medias antes de rendirse.
“Lo siento, no estudié eso…” Se encogió mientras se sentaba con rapidez, al juicio de todos.
“¡Ay, qué vergüenza! ¿Vas a decirle eso a las personas muertas que no pudiste proteger?”
Un par de tus compañeros desviaron la mirada. Otros hundieron más el rostro sobre sus apuntes como si así pudieran reducir las posibilidades de que Sage los interceptara. La crueldad de Sage, por mucho que la conocieran, seguía cayéndoles como agua helada cada vez que se dejaba ver. Era como si el hombre se encargara personalmente de recordarles que nadie llegaba allí por ser especial; había que sostenerlo. Y había que ganárselo, ganarle a él.
Lo raro, es que Sage no te estaba partiendo en dos a ti, sino al resto de tus compañeros.
¡Un error suyo, pasó tanto tiempo el año pasado intentando someterte que casi descuida a sus otros queridos estudiantes!
¡Pero no deben preocuparse, ahora que va por ellos!
Continuó sin dar tregua para que nadie pudiera recomponerse.
“Tú.” Tarareo mientras señalaba al chico de al lado que esperaba librarse de ser descuartizado solo por la probabilidad de que la persona a su lado ya había participado. Lamentablemente eran tan pocos alumnos que era imposible evadir a Sage. “Define los tres pasos de un anclaje dinámico.”
Comenzó bien, luego trastrabilló a mitad del primer paso, esperando que Sage se apiadara y lo cortara ahí. Pero no, lo dejó seguir como un animal yendo al matadero, asintiendo a cada tontería recitada para que siguiera balbuceando. Haciendo que todo el auditorio escuchara las tonterías que fingía recordar o inventaba para rellenar huecos en la teoría.
“No no no no no.” Finalmente dijo cuando el alumno terminó. “No, eso fue tan torpe… ¿cómo pasaste el año pasado?”
Las risas nerviosas salieron más como un gemido de agonía, pero todos se callaron y se enderezaron en cuanto Sage volteó a verlos para buscar al siguiente, nadie quería ser el siguiente.
“¡Tu!, ¿qué se necesita para un hechizo de cambio de forma exitoso?”
“¿Quiere que le diga todo…?”
“¡Si!”
¿Eso fue un quejido de llanto…?
¡Algunos alumnos incluso desviaban sus iris hacia abajo, hacia ti! Para intentar un truco barato que desviar la atención del profesor Sage y fuera contra ti, como siempre. Como solía ser siempre.
Y ese era el problema, que contigo no estaba siendo así hoy. Lo notaste al instante, no las preguntas; sino que te evitaba a propósito. O al menos evitar tratarte con la aspereza que a los demás.
Porque mientras iba destrozando a cada alumno con una precisión que bordeaba el disfrute, evitaba tu mesa con demasiado cuidado. No lo suficiente para que pareciera que te estaba ignorando, pero sí como quien le da vueltas a un charco porque no quiere ensuciarse el dobladillo del pantalón.
“¡Ahora, dime el rango de geolocalización en un hechizo de seguimiento mediano!”
“¡Profesor Sage, ya respondí dos veces!”
“¡Y lo sigues haciendo igual de mal, vamos piensa!”
Pero eso no te enternecía, te molestaba. Algunas respuestas las sabías, otras las anotabas para estudiarlas después.
Pero no te sentías agradecida, no después de haber estudiado tanto; porque, para comenzar ni siquiera estaba dando la retroalimentación que tu solías pedirle con las respuestas. Te sentías insultada.
* “Cobarde.” * Y por supuesto que te escuchó, soltó un pequeño quejido antes de quedarse callado, como si lo hubieran pateado y echado un balde de agua luego de hacer un truco.
“¿Profesor Sage?”
Error, porque ese alumno volvió a darle cuerda.
“¡Dime la magnitud de onda para una explosión provocada entre un hechizo de magia blanca y magia de la luna oscura!” El estudiante solamente chilló de agonía.
Después de un par de minutos sin que Sage volteara hacia ti, te aburriste. Diste un giro de nuevo sobre tu silla y miraste la cajita con el pastel, de repente te había regresado el hambre.
Te sentaste erguida para deshacer el listón de la cajita de regalo, era morado y sus bordes estaban adornados con brillantina. Escuchabas el parloteo y las risas malvadas de Sage mientras la cajita cedía al ser desatada.
Tus ojos aburridos se abrieron al reconocer la fruta verde con trocitos amarillos entre la crema y el pan, de repente al hambre te había regresado y tomaste la cucharita diminuta con entusiasmo, la que siempre acompañaba la decoración del pastel.
Siempre fuiste quisquillosa para comer, lamiste la crema de la cuchara, te comiste el pan y dejaste los trozos de fruta para el final de cada mordisco.
* “Por fin.” * La oreja izquierda de Sage se movió ligeramente al escucharte.
“¿Cómo se deshace un hechizo parasitario sin tocar la matriz de un hechizo?”
“¿Qué clase de hechizo?”
“Hablas demasiado para alguien que no sabe que solo existe una forma.”
Sage seguía revoloteando sobre tus compañeros como un cuervo que había encontrado carne de cañón particularmente deliciosa. Particularmente malintencionado, no te sorprende. Si no se desquitaba contigo, lo haría con alguien más.
Y tal parece que tu eres la única capaz de aguantarlo entero, porque es casi lamentable como ni siquiera entre cinco pueden responder una pregunta bien.
Te encogiste de hombros mientras soltabas un murmullo satisfecho después de llevarte otro trozo de mango a la boca.
En otras circunstancias, quizás si fueran tus amigos o tus compañeros de la básica; levantarías la mano y responderías para evitar la incomodidad de todos.
Pero no, honestamente no dabas una moneda de oro por esos molestos hombres. Que se la arreglen solos si tan genios y millonarios eran.
Lo que no lograbas discernir en esa mente hueca que Sage se empeñaba por mantener en blanco para no molestarte con sus pensamientos era que él si quería preguntarte para que participaras.
Truthless Recluse le contó lo duro que estudiaste, cada tema, discusión y demostración de hechizos que él te enseñó durante las vacaciones de verano. Sabía que no habías perdido el ritmo, que incluso eras mejor que hace dos meses. Y esa información Sage la había guardado como su pequeño tesoro.
Tenía tantas preguntas, temas para discutir contigo y la clase, incluso si solo uno de ustedes (tu), podía exentar ciertos temas; no dudará ni un poco en aumentar la dificultad de su cátedra.
Pero no ahora.
¡Estabas comiendo el pastelito que te regaló!
Sage siempre ha presumido de ser un increíble maestro de ceremonias, quizá por eso mismo era un actor increíblemente malo.
Tú no te diste cuenta porque tenías la vista perdida para saborear mejor el kiwi del que Truthless te había privado todas las vacaciones en cada cajita de regalo.
No importa cuantos ademanes y maromas hiciera Sage en el aire para entorpecer a los, ya de por si nerviosos y torpes estudiantes; una vista bien entrenada y sin sudor podría identificar la forma en que te miraba de reojo de vez en cuando.
Como sus ojos se achinaron cuando vio que recobraste el hambre cuando viste la fruta que contenía el bizcocho.
Lamías la crema apáticamente y el bizcocho parecía no encantarte, pero la fruta era a lo que le prestabas atención. Te comías trocito por trocito, masticabas más de la cuenta y cerrabas los ojos cuando tragabas.
¡Ese era el sabor, de esos te gustaban!
Y Sage elegía seguir viviendo la fantasía, por lo que fingió que no eras una opción en su matadero personal el primer día de clases.
Era lo suficientemente inteligente para no dejar que los demás se dieran cuenta. Pero mientras más obvio era desviando la mirada hacia ti, más ridículo y triste se volvía. No era gracioso, no era algo de lo que te burlarías si te dabas cuenta.
Era humillante, una idea prematuramente romántica por un detalle mal atribuido que él creía mutuo.
No fue cuando terminaste de lamer lo último de la cuchara, ni cuando dejaste la cucharita dentro de la caja para cerrarla y procediste a beber un poco de agua.
Fue hasta que te vio acomodarte en tu silla.
Notaste que se habían callado, Sage te señaló con una sonrisa. No burlona o de esas que hacían que quisieras abalanzarte sobre él para matarlo.
Era una sonrisa pequeña y satisfecha, como un gato que cazó una cucaracha para ti.
“Tu.” Rodaste los ojos, el pastelito en tu estomago se agrió. Que horrendo era verlo hablarte otra vez con esa diversión mezquina después de haber partido a todos tus compañeros. “Repito, ¿cuáles s-.”
“No es necesario que repita.” Lo cortaste mostrándole la palma de tu mano, te enderezaste en tu asiento y echaste el brazo sobre el respaldo para voltear hacia atrás a tu compañero que no pudo responder la primera pregunta.
No querías ver a Sage mientras respondías, preferías la mueca de ira mal digerida del otro hombre tonto a tus espaldas.
En realidad, no era una pregunta tan difícil, eran como esas preguntas del programa de sanadores que no requerían pensar; simplemente memorizar las opciones y sus posibles bifurcaciones para recitar lo que se pedía.
Tan simple como haberlo repetido un par de veces sola en tu habitación para que se te quedara grabado.
Para cuando te reacomodaste para voltear hacia el frente, Sage flotaba en el centro del auditorio con las manos entrelazadas en un gesto extraño de atención y una sonrisa.
Te miraba como si hubieras hecho algo mucho más intimo que responder a una pregunta. Porque tu ibas a ser no solo su próximo proyecto personal, su tutorada que llevaría a la graduación o su amante; sino la mujer que representaba los frutos que daba ser tan estricto en este programa.
Tus respuestas, después de saber lo mucho que te habías esforzado por estudiar; eran una caricia para él.
Tu le regresaste la mirada con una mueca hasta que tus labios se levantaron y mostraron tus dientes.
“¡Exactamente, querida!” Sage ignoró eso y levantó las manos en señal de que por fin lo habían liberado de su ronda interminable de preguntas que solo obtenían respuestas patéticas. “Lamentablemente, no puedo dejar pasar la incompetencia de los demás después de esta patética demostración de conocimiento, ¡o debería decir analfabetismo!” Sage chasqueó los dedos y la cajita vacía que planeabas levantarte a tirar luego, se elevó por el aire y fue lanzada al bote de basura. “¡Muy bien, lápices fuera, apuntes dentro! ¡No quiero que volteen a mirarse entre sí, examen de prueba!”
El salón entero, contigo incluida, soltaron un gemido quejumbroso que hizo eco hasta las oficinas laterales.
“Por favor, ¿creen que a mi no me molesta tener una generación entera de idiotas?” Sage se inclinó hacia los demás, por primera vez no te sentiste incluida. Vaya novedad, ¿Solo porque respondiste bien? Te preguntas si alguien se la habrá chupado esa mañana o a que se debía tanta hospitalidad de su parte. Aún tienes deudas pendientes con él como para notar los gestos que te convenían.
Ahí fue cuando una idea se enrolló en tu cerebro, ¿quizás el director realmente lo reprendió? ¿Tal vez por eso estaba evitando choques directos contigo para evitar otra queja de tu parte? Después de todo, las quejas individuales eran una cosa, pero las quejas acumuladas de un solo alumno solían ser interpretadas como acoso en cualquier lugar.
Escuchaste a Sage suspirar de la nada, decepcionado. No te importó la razón.
La verdad es que Sage, en contra de lo que estuvo intentando todo el verano para corregirse, aún no descubre una forma para dejar de escuchar todas tus ideas y pensamientos emergentes. No puede hacerlo solo, te necesita cerca para probar y equivocarse con los hechizos de protección mental.
Es por eso que; escuchó ese pensamiento erróneo tuyo.
¡Claro que nadie lo reprendió! Bueno… ¡casi nadie! Esto era cambio genuino y un intento de llegar a tiempo a algo que solo él sabía que se estaba alejando. Pero no estabas entendiendo, ¡tal vez deba seguir siendo más efusivo al respecto con su lenguaje y sus acciones!
Sage hizo un ademan en el aire y del rastro que iban dejando sus dedos, apareció la montaña de papel que conformaban exámenes tan bastos para tan pocos alumnos.
El tuyo, por supuesto que era el pliego de hojas más grueso.
Si, era enorme por la cantidad extra de preguntas. Pero también lo era porque estaba mejor organizado… tenía más espacio para desarrollar; como solían ser tus respuestas. Las preguntas múltiples tenían espacio innecesario por si querías agregar algo extra y las preguntas trampa, porque claro que las había; estaban hasta el final para que te concentraras en el contenido que de verdad importaba.
No te estaba favoreciendo para que tuvieras todas las respuestas, eso sería bastante grosero y tonto en una carrera tan exigente. Simplemente te daba herramientas para que estuvieras más cómoda.
Quisiste voltear hacia atrás para ver si alguno de tus compañeros también tenía un examen así de… cómodo. Pero no querías reprobar la primera prueba del año por ser atrapada intentando ver las pruebas de los demás.
Así que respondiste, sorprendentemente rápido. No porque las respuestas estuvieran ahí o fueran problemas fáciles, la dificultad había subido como habrías esperado de un nuevo año. Sino que desarrollabas rápido porque tenías espacio y todo estaba ordenado a tu forma de pensar y responder.
Al final estabas segura de haber fallado unas cuantas, pero por lo menos no te sentías drenada al acabar.
“¡Entreguen!” La palabra fue dicha por mera cordialidad, porque Sage simplemente hizo un ademán de jalar con su dedo y todos los exámenes flotaron de regreso a una pila bien ordenada sobre su escritorio.
Los exámenes se desplegaban, se corregían, eran marcados con tinta roja en los errores más torpes. La tinta dorada estaba reservada para promedios aprobatorios y quizás una carita feliz si lo sorprendían. La clase entera observó en un silencio húmedo y sin esperanza.
Él ni siquiera disimuló la velocidad y la diversión que le provocaba ver las respuestas. Utilizaba la tinta roja con un sadismo excepcional.
“Qué alegría.” Dijo mientras los primeros resultados eran asentados y puestos boca abajo. “Es incluso peor de lo que supuse.” Todos se hundieron en el resentimiento colectivo, tu no creías tener una calificación tan mediocre; pero te unías al sentimiento por el simple arte de odiar a Sage.
Se había hecho tarde con tanta facilidad cuando un examen de proporciones odiseicas era presentado, aún quedaba tiempo suficiente para que Sage anunciara los resultados.
Sin embargo; en la interminable espiral de diversión retorcida que significaba para él hacer sentir angustia a estudiantes; él quería que pensaran en lo que no hicieron durante las vacaciones.
“La clase terminó.” Canturreó Sage, sin temor de mostrar la satisfacción en su rostro. Sentiste las miradas clavándose en tu espalda, como si esperaran que esas palabras te hayan encendido el culo y pelearas con Sage para que les diera sus calificaciones ahora mismo en lugar de esperar innecesariamente un día en angustia.
Pero la petición indirecta de personas que no te agradaban; hacía que quisieras hacer justo lo contrario.
Tu silla fue la primera en chillar cuando la raspaste contra el suelo para levantarte y comenzar a guardar tus cosas con rapidez.
Te hiciste la tonta y fingías no ver las miradas que buscaban contacto con la tuya desesperadamente.
Al final se rindieron, las bolsas se cerraron con rapidez furiosa. Todo el grupo comenzó a salir con hartazgo y los hombros caídos en la desesperanza.
Tomaste tos cosas en brazos y comenzaste a caminar rápido, por miedo a que…
“Tú te quedas.” La frase de tu profesor te tomó tan por sorpresa que soltaste un quejido sonoro para todos. Los últimos alumnos que salían por la puerta voltearon solo para burlarse de ti con risas y cotilleos. Al menos ellos saldrían temprano y tú te quedabas con el dolor de culo más grande de toda la academia.
“No quiero.” Rezongaste.
“No te lo pregunté.” Y ahí estaban los dientes que había ocultado todo este tiempo, se te enderezó la espalda, erizada y con todo de ti listo para pelear. Te volteaste con violencia.
Perfecto, ahora si querías quedarte, pero a pelear.
“Tengo una queja de usted vigente en el archivo del director, ¿quiere otra?” Sage ignoró tu bofetada verbal y descendió al suelo. Sus tacones chocando con el piso por primera vez en el día hicieron un eco seco.
Te plantaste en tu lugar seguro a unos metros lejos de él, no solía verse porque siempre se la pasaba flotando como un abejorro, pero era alto. Tanto que ofendía el uso de esos tacones.
Te sostuvo la mirada un segundo largo, inclinándose sobre su centro. Y luego hizo lo más horroroso que pudo, sonrió dulcemente.
“Hiciste un examen esplendoroso, cariño.” Te tensaste, no por el elogio o el apodo que utilizaba con la mitad de la academia. Era que no parecía estar bromeando, no había sarcasmo o burla maliciosa. Había elegido hablarte con una sinceridad que sabía tan artificial en él que se te erizó la nuca.
“No me hables así.” Con tonterías como esas a veces era difícil seguir manteniendo la formalidad al hablarle. Y, bueno; ya lo habías abofeteado. Seguramente no haría ningún daño si comenzabas a hablarle así.
Él parpadeó confundido, como si genuinamente no hubiera previsto que esa forma de hablarte te hubiera molestado.
“Quise decir que te desempeñaste muy bien.” Corrigió de inmediato mientras desviaba la mirada e intentaba encontrar soporte en una estructura sólida del auditorio mientras jugaba nerviosamente con el oro de su cetro.
Tu examen flotó y se desplegó frente a ti para que pudieras ver la calificación puesta en tinta dorada en la primera hoja, seguido de una carita feliz de tinta corrida. Un truco barato que escondía la cara de Sage.
“No necesito que me felicites, sé que lo hice bien.” Empujaste el examen con tu brazo libre para que dejara de bloquearte el campo de visión.
Sage apretó apenas la boca, no herido, sino conteniendo la reacción vieja de responderte algo cruel solo para recuperar terreno. De no sentir que su ego estaba siendo pisoteado. Se tragó esa versión de sí mismo con una disciplina extraña y muy visible.
Qué hombre tan sospechoso.
Entonces hizo aparecer una pequeña torre de libros sobre la mesa lateral. Todos con cintas de color sobresaliendo del cuerpo de los libros y marcando secciones concretas.
“Los temas de las pruebas propedéuticas.” Levantó una mano y los libros se acomodaron por tamaño, desfilando frente a ti, abiertos en páginas distintas para mostrarte su trabajo. Páginas resaltadas, marcapáginas ordenados, notas hechas con lápiz. Como si le estuviera ofreciendo una ofrenda a una fiera que no sabe si comérselo a él o si considerará lo suficientemente apetitoso lo demás. “Te ayudará mucho a prepararte, puedes pedirme ayuda si no entiendes algo.”
No ibas a impresionarte o a darle las gracias.
“¿Me crees tan estúpida como para no saber en que libros buscar tus predecibles exámenes?” Respuesta incorrecta, sus pruebas eran bastante retadoras. Esperabas que tu comentario no fuera un incentivo para que aumentara el nivel de dificultad de los propedéuticos.
Tú seguías queriendo pelear. Lo sentías en el cuerpo como calor acumulado. Querías hablar de la queja, del director, del hecho de que habías ido, habías contado todo, habías quedado vacía y al final el sistema solo le había dado un golpecito tibio en el hombro por hacer sus tonterías. Por que “Sage era un profesor muy valioso”.
* “Sería más valioso disecado.” * Sage se incomodó apenas, un tropiezo a su sonrisa rehecha.
Él tomó aire. Se aferró al cetro con ambas manos, vertical contra el cuerpo, en una postura tan ridículamente inocente que habría dado risa de no ser porque la conocías demasiado bien: estaba escondiendo las uñas. Pero también reconocías esa postura donde agachaba demasiado la cabeza para expresar una puerta abierta para dejarte mostrar tu enojo.
Y tú ibas a aprovechar esa puerta.
Ibas a tomar toda esa mansedumbre e ibas a abusar de él.
“Hablé con el director.”
No se disculpó, no minimizó la situación o intentó justificarse. Solo siguió ahí, dando un pequeño repiqueteo con sus tacones para acercarse poco a poco a ti y esperando que no le mordieras el cuello y lo sacudieras violentamente como le pasa a sus peluches cuando a Recluse no le gustan y hay un perro cerca.
Aunque reconoce que se reprendió mentalmente todo el verano, eso debería contar ¿no…?
“¿Ah sí?” Te burlaste. “¿Te dijo que hicieras un truco para librarte del castigo?”
“No fue una conversación agradable.” No indagó en su mentira, prefería mantener la fachada sin soltar información que pudiera sacar a relucir el conflicto de intereses que significaba ser el director y el profesor problemático al mismo tiempo. “Me pidió prudencia y razón para resolver esto.”
“Qué bueno que tenemos un director tan sabio, ¿qué sería de nosotros?” Torciste los labios.
“A veces lo es.” Eso te dio ganas de tomar uno de esos libros y lanzárselo en la cara.
“No estoy para esto.” Apretaste más tus cosas contra tu pecho.
“Yo tampoco.” Respondió con desesperación en cuanto te vio intenciones de girar hacia la salida.
“Pobrecito.”
Sage estaba casi seguro de que una palabra más y gotearías veneno de tus caninos. ¿Dónde aprendiste eso?
Ah si… de él.
“Estoy acatando las órdenes del director.” Ordenes que él mismo se puso y que podrían ser malinterpretadas si no tenía cuidado.
Y era lo más repugnante de él, incluso a estas alturas seguía mintiendo porque la mentira ya estaba tan enraizada a ambos que no podía echarse hacia atrás sin perderte. Casi le daba risa, él debería estarse riendo ahora mismo ¿no?
“Y aún así seguimos atados.” Te inclinaste suavemente sobre tu eje con el ceño pronunciado y los ojos entrecerrados de una decepción diseñada para hacer sentir mal a las personas, sobre todo aquellas que esperaban aprobación de tu parte.
Ahí sí, por fin. La palabra pareció entrarle recta por las costillas. La suave sonrisa en su cara se mezcló en una mueca apenas un segundo y volvió a coserse con esa misma prisa humillante de las últimas semanas.
“Si, seguimos atados.” Prosiguió antes de que tuvieras la oportunidad de ejercer violencia contra él, su monóculo se había ladeado, su flequillo estaba despeinado y no podías evitar notar la leve capa de sudor en su frente que le daba un aspecto desaliñado y nervioso. Que asco, se veía tan pequeño que podrías aplastarlo con la suela de tus zapatos. “He estado trabajando en eso.”
“Por supuesto, esto es tu culpa.” Te reíste de pura molestia.
“Pero no puedo hacerlo solo.” Tu sonrisa se borró, esa frase no te gustó y mucho menos la mirada de severidad que te dio luego de lucir absolutamente patético hasta ahora. “Puedo probar con mi propia mente, claro, pero no sirve de mucho.” Una sonrisa miserable le pasó por la boca y murió enseguida. “Me resulta bastante fácil dejar mi mente en blanco cuando quiero para que no escuches nada, pero yo sigo escuchándote siempre, aunque te esfuerces por evitarlo.”
No te esforzabas, todos los insultos que ha escuchado hasta ahora son totalmente a propósito, aunque tiene razón. De todas formas, si no quisieras que te escuchara, no podrías evitarlo.
“No voy a ayudarte a resolver el problema que tu causaste.”
Sage por fin dejó ver una expresión de molestia, pero se mitigó en un parpadeo. Porque, por primera vez el lazo no era culpa de Sage. Fue tuya, por indagar en su mente, por entrar donde no debías. Esto no debía pasar, tu fuiste el detonante para todo este problema.
O al menos, eso fue lo que pensaba en las noches cuando no obtenía avances en su investigación.
La verdad era que, eras tu; esto iba a pasar tarde o temprano. Así que siguió, reacio a continuar con la odisea que convergía al futuro distante donde te convertías en su mujer. Así que se tragó todo lo que tenía que decirte y sonrió con dulzura.
“Necesito que estés presente para probar si los hechizos de contención pueden reducir la resonancia del lazo, al menos lo suficiente como para que yo no escuche tu mente… si no quieres.”
“¿Por qué querrías conservar el lazo?” Atacaste. “Es más fácil destruirlo que intentar mitigarlo.”
“Porque no puede deshacerse. Puedes investigar tú también si no me crees.” La voz le salió más baja, casi sin querer. “Quiero ayudarte y también… quería verte bien hoy.”
Que escalofriante, ni siquiera pudiste sentir lástima porque no la identificaste como tal. Ni siquiera te estaba pidiendo una disculpa apropiada, no admitía su error y no te dejaba en paz.
“Quería que tuvieras una agradable mañana, yo… quería que…” Era una conversación desagradable, de esas que no arreglan nada y, aun así, te desordenan los órganos un poco porque las respuestas no eran las que querías.
Era bastante difícil seguir escuchándolo, mientras más lo interrumpieras; mejor.
“Claro… y ayudarme significa tener que desperdiciar mi tiempo contigo.”
“Sí.” Respondió seco, pero sincero. Y después se encogió sobre sí mismo, lo había hecho tantas veces que estabas segura de que ahora estaban a la misma altura. “Solo el tiempo necesario si así lo deseas, después de clases. Y… ¡no todo puede ser malo, puedes aprovechar tu tiempo!” Bajó las orejas mientras te miraba desde abajo. “Puedo ayudarte a prepararte para las pruebas.”
“Pude con ese patético examen tuyo, puedo con las propedéuticas.”
Había algo en la forma en que Sage inclinaba la cabeza, sus ojos entrecerrados con una ligera capa lechosa en ellos que se hundían con algo doloroso. La iris dorada brillaba demasiado, pero la azul te permitía reflejarte en ella; pidiendo, intentando alcanzar algo que todavía no se le era permitido. Sus cejas temblorosas se fruncían hacia la desesperación, apretaba su cetro contra su pecho y parecía querer decir tanto.
Pero simplemente se callaba a tu disposición.
El cabello de su flequillo blanco se le pegaba a la frente, le picaba la piel y su sedoso cabello se despeinaba con la respiración.
La camisa blanca debajo de todo ese cuello y adornos pomposos delataba su respiración suave que le ampliaba el pecho. Algo que te hacía querer patearle la cara y luego poner la suela de tu zapato contra su cara para ver si la lamía.
Te sobresaltaste ante el pensamiento. No porque estuviera mal, habías tenido pensamientos peores y más grotescos hacia su persona. Sino porque podía escucharlo… o más bien, ya lo había escuchado.
Lo escuchaste respirar por la boca, lo viste mirarte con los ojos bien abiertos y luego bajando vergonzosamente hasta la punta de tus botas que se asomaba levemente debajo de tu túnica negra.
Porque él te dejaría… si eso quisieras él te dejaría hacerlo. Sage, el profesor invencible, el sabio más arrogante de la academia y el hombre cruel que te hizo llorar esa vez…
Si eso compensa algo, si esa era la forma en que por fin le permitías acercarse desde abajo, desde el lugar miserable que se había ganado, entonces él…
Sage levantó su mirada con algo raro en la cara, con la desesperación de que podría perder la cabeza y arrodillarse solamente para ver que ocurría. No un profesor, un hombre que acababa de descubrir, con horror, que incluso tu crueldad le ofrecía una forma de contacto.
Un golpe tuyo significaba cercanía, una patada en la cara significaba tenerte ahí, con él.
Si tuviera una cola, estaría golpeando rítmicamente el suelo con ella. Comenzó a desesperarse, a sentirse incomodo en su piel y en su situación. La ropa le quedaba más ajustada, el cuello demasiado alto y su souljam pesaba de repente.
Quería hacer tantas cosas. Y eso lo notaste, como un gato cuyas orejas se mueven ante la mínima perturbación en el aire. No te llegó ningún pensamiento suyo, pero lo sentiste: un impulso torpe y febril de arrodillarse solo para ver qué hacías. La posibilidad absurda de dejar su cetro de un lado, bajar la cabeza, y ofrecerse para ti.
Rápidamente abriste los ojos de más, viste a la pared blanca y te giraste para irte corriendo. Esta vez Sage no logró alcanzarte por mucho que lo quiso en ese momento.
“¡POR FAVOR, PIENSALO!” Fue un grito desgarrador detrás de ti, no fue una orden; era una súplica. Frunciste el ceño mientras trotabas lejos. Pero no volviste a escuchar algo cuando cruzaste la puerta.
Sage tenía su tiempo perfectamente cronometrado, cuando cruzaste el pasillo; los dos estudiantes de quinto año llegaron al auditorio de junto. No los conocías, no eran tus amigos, pero reconocías sus caras por la cantidad de veces que se han peleado por los libros de la biblioteca.
Sage se quedó solo, mudo y con una incomodidad en su ropa por la vergüenza.
Que imbécil, aunque no esperaba espantarte de esa forma, ¡fuiste tu la que pensaba en darle una buena golpiza, no puedes echarle la culpa del todo!
Bueno, sí podías.
No era culpa de tus pensamientos, era de lo que Sage podría haber hecho con ellos. Para comenzar, ni siquiera debería poder escucharlos. Tu privacidad y tus ideas sadistas con él eran asunto suyo.
Sin embargo, te oía de todas formas.
Sage se pasó una mano por la cara, lento, arrastrando los dedos sobre el puente de la nariz y el monóculo para reacomodárselo. Miró la mesa con los libros que te dio, los olvidaste. ¿O simplemente no quisiste tomarlos?
Desvió su mirada hacia la pizarra mientras sacaba un pañuelo blanco del bolsillo interior de su camisa y se limpió el sudor de la frente. ¡No podía dejar que sus queridos estudiantes de quinto año lo vieran tan desaliñado!
Claro, estaba inmiscuido en grandes problemas justo ahora, pero eso no era culpa de sus demás estudiantes. Tenía que verse presentable y concentrado.
¡Tal vez les haría un examen extra difícil como bienvenida! Sage soltó una risilla mientras se recomponía, dio un pequeño aplauso con las manos para despertarse del ensueño e hizo desaparecer tus libros. ¡Te los dejaría en la puerta de tu habitación!
Un ultimo ademán de magia que lo recorrió de pies a cabeza lo dejó limpio e impecable y tomó sus cosas para ir a revolotear al aula de sus demás alumnos.
Llegaste al edificio de dormitorios sin recordar, casi te caes un par de veces por los escalones del jardín.
No porque estuvieras anonada, poco a poco habías aprendido a mantener tus emociones en control para que Sage no afectara demasiado en tu vida como siempre lo había hecho. Te estabas insensibilizando.
No le dedicabas tiempo a su sospechoso comportamiento ni a lo que sea que haya pasado ahí adentro.
En tu cabeza daba vueltas la misma idea una y otra vez, la comías y volvía a surgir detrás de tu nuca. Repasando las conversaciones que escuchaste todo el verano a hurtadillas. O, al menos, todo lo que habías ignorado y ahora que ya no sabías como cortar las raíces; necesitabas prestarle atención.
Tantas quejas sobre Sage, no es posible que ni el consejo de alumnos y profesores hayan hecho algo. Claro, ¿cómo podrían hacer algo si el director es quien frena todas las quejas? Si simplemente tiene una conversación poco agradable con Sage.
No, él necesita ser sancionado de verdad, recibir advertencias, ser retirado de labores por un tiempo de acuerdo con su falta. Su libertad de catedra tiene que detenerse.
Esta tarde te diste cuenta de algo. Si, todas las quejas sobre Sage son meramente académicas y administrativas. Es mucho más fácil evadir un castigo por calificaciones injustas, métodos de evaluación cuestionables y conflictos con alumnos.
¿Y si Sage quisiera salirse con la suya con algún alumno? No académicamente, pero si con esa actitud escalofriante y bizarra simplemente decidiera que le agrada demasiado alguien… Una alumna, de esas que se le confiesan atrás del edificio del programa de magia de repostería cuando creen que nadie los ve. ¿Quién lo detendría? ¿Y si él…?
Tu hilo viciado de pensamientos horribles y preocupantes se disiparon, como un ventarrón de aire a la neblina. Te tropezaste con el escalón diminuto que marcaba el pequeño patio de tu edificio, solo así lograste levantar la vista.
Pero la sensación de estar a pasos de tirarte sobre tu cama no fue lo único que te agradó, la ligera brisa del otoño que hacía crujir las hojas secas del suelo que el personal barrería mañana también traía un dulce aroma a vainilla fresca.
TR estaba de pie, apoyado suavemente de su bastón hacia la derecha. La suave capa de sonrojo por el sol de otoño delataba que llevaba un buen rato esperando.
Algunos alumnos entraban y salían del comedor, viéndolo más de la cuenta, pero él simplemente cerraba los ojos para descansarlos; hasta que te percibió.
Su postura tomó vida y te sonrió a lo lejos con los ojos perezosos.
Ni siquiera te molestaste en saludarlo, lo cual pudo rozar en un gesto maleducado. Simplemente corriste hacia él y lo abrazaste por la cintura, apretando tus materiales de clase contra sus cuerpos. No podías juntar tus manos alrededor de su torso, así que simplemente te aferraste a su túnica.
* Día difícil. * Pensó Truthless, así que no preguntó.
Simplemente te rodeó con la mano que sostenía su bastón y colocó su palma sobre tu cabello para darte leves caricias reconfortantes.
Te encogiste aún con la cara enterrada cerca del broche de su capa, aún te resultaba vergonzoso como comenzabas a sentir el corazón acelerado y el estómago ansioso en su presencia. Sobre todo, después del beso de anoche.
“¿Quieres algo de comer?” Te preguntó mientras seguía acariciándote el cabello.
Lo pensaste un poco, no habías comido en un largo rato, pero tampoco es que… El borborigmo de tu estomago delator habló antes de ti, seguido de un profundo gemido de sufrimiento de tu parte mientras te enterrabas más contra sus ropas y su amplio pecho. Olía bien, siempre lo hacía; incluso si llevaba demasiado tiempo bajo el sol quemante de la temporada.
“Vamos a la cafetería.” Escuchaste como resopló divertido y te volvía a hablar con la voz grave y cansada.
“Podemos ir al comedor.” Te separaste levemente de él, pero aún apoyada contra él y siendo sostenida fuertemente contra él.
La verdad era que, ya no protestabas ante la cantidad de dinero que gastaba en ti; pero la comida en tu edificio no era mala. Y tal vez hoy habrían hecho ese estofado que te gusta.
“Hoy es tu primer día de clases, comamos algo especial.” Bajó su mirada para verte apoyada sobre su pecho y te tomó la mejilla con su mano que antes te acariciaba el cabello. No viste, pero sentiste la sangre correrte por la cara cuando sentiste su pulgar acariciar la piel de tu mejilla. Desviaste la mirada, en vacaciones solía estar despejado porque todos regresaban a casa o estaban en sus habitaciones.
Pero, ahora todos en el edificio entraban y salían, el comedor estaba lleno. Algunos los veían demasiado tiempo, estabas segura de que era por Recluse. No solía haber hombres tan guapos en los programas, así que entrecerraste los ojos y correspondiste a su gesto apoyando el peso de tu cabeza contra su mano.
Recluse sonrió satisfecho.
Además, el programa de la luna oscura no albergaba personas dispuestas a enamorarse o a salir con alguien exactamente. Todos se la pasaban metidos en las bibliotecas o estudiando en sus habitaciones hasta colapsar. Verte a ti con las túnicas negras y las cintas doradas; era tan inusual como las olas de calor de cada década.
Y tu también estabas segura que, de no ser por la paciencia y disposición de Truthless por ayudarte a practicar hechizos y a estudiar; seguramente lo hubieras dejado por la carga de responsabilidades.
No te llevó al pueblo debido a que ya no podían tomarse tantas libertades en un nuevo año intensivo de estudio y exámenes. No quería regresarte a los dormitorios igual de exhausta que ayer, está seguro de que no dormiste lo suficiente. Así que sería una cita pequeña, cerca para tu comodidad.
Cruzaron el lago y fueron a una cafetería de la aldea al otro lado. TR te ofreció su brazo y jaló tu silla para que te sentaras antes de empujarte adecuadamente contra la mesa.
Debido a que no subiste a tu habitación para dejar tus cosas, él las colocó amablemente sobre el perchero y la mesita de al lado. Y dejó su cetro de orquídea negra apoyado sobre la silla sobrante, en dirección a ustedes.
Te pediste una malteada y algunos sándwiches salados que TR estuvo dispuesto a compartir contigo para que pudieras probar la mitad de todos y ver cuales te gustaban más. Para que estuvieras segura de que pedir las siguientes citas.
Debido a lo que te esperaba este año; probablemente muchas citas ocurrirían ahí.
Eso te hizo sonreír inconscientemente, como si Recluse ya tuviera un cronograma de citas y salidas de acuerdo a tu disposición de clases y estudio.
Te seguía viendo, ahora y en el futuro.
¿Y cómo no pensarlo de esa forma? Cundo se ofrecía a cortar la comida por la mitad, a ofrecerte si querías más, a pedir postres que ya sabía que te gustaban. Te alimentaría él mismo si él no supiera que le darías un manotazo al tenedor con ofensa.
Y, sin embargo; no pudiste evitar sentirte distraída. Te apenaba mucho, considerando lo mucho que TR se esforzaba cada vez que se veían.
“Estas estresada, ¿pasó algo?” No dijo un comentario sobre tu aspecto, sino sobre tu comportamiento. Lo agradecías, probablemente no tenías la mejor carta de presentación después del calor del otoño y el imbécil de Sage. “¿Hay algo de lo que quieras hablar? Puedo ayudarte.”
No valía mucho guardarte el asunto. Tus amigos no lo entendían, aunque les contaras; no podrían hacer mucho y solo harían el problema más grande considerando que ellos también tomaban una o dos clases con Sage al menos una vez a la semana.
Así que simplemente lo sacaste, TR no era un hombre que trastrabillara o se fuera por las ramas. Y considerando su estatus como graduado de tu programa educativo; tal vez podría hacer algo.
“¿De verdad existen vínculos que no se pueden deshacer con magia?” Desviaste la mirada hacia la nada, con las cejas fruncidas; como si te doliera el concepto.
“¿Vínculos sentimentales…?” No entendió tu pregunta, así que tomaste aire, te metiste el bocado de panacota y tragaste para centrarte.
“Estoy atada mentalmente a alguien… en contra de mi voluntad.” Te tensaste, dicho de esa forma sonaba terrible. “Yo… entré a su cabeza intentando usar un hechizo de lectura de mente. Entré a una parte de su cabeza que no debía y desde entonces puedo escuchar sus pensamientos y esa persona los míos.” Te sonrojaste, evitaste especificar que era un hombre. Decir que estás atada mentalmente a un hombre mientras estas saliendo con otro hombre era… ¿indebido?
Pero Truthless no lucía molesto o celoso, simplemente bajó la vista de sus iris bicolor y después ladeó la cabeza. Solo para preguntar y después darte una respuesta que no querías.
“¿Cuánto tiempo llevan atados?”
“Más de un año.”
“Ya intentaron limpiarse la magia del otro?
“Ya, desde el comienzo.”
“Entonces si no es un hechizo. No hay forma de deshacerlo.” El repiqueteo de tu cuchara sobre el plato de porcelana alertó a algunos de los comensales que estaban regados por las mesas de toda la cafetería. Respiraste fuerte por la nariz, no estabas segura de que sentir, pero ira era una parte de esa amalgama sentimental que no sabías como procesar y TR se dio cuenta. “Lamento que tengas que escuchar eso de mí, sé que buscabas una salida.”
Recluse se inclinó sobre la mesa para buscar tu mano que estaba suspendida en el aire mientras temblaba, la que había dejado caer la cuchara. La suya era más grande que la tuya, así que la envolvió suavemente y la colocó sobre la mesa mientras te daba un suave apretón. Juntas.
La mesa fría en tu palma y el calor de Recluse en los nudillos que apretaba para que parara el temblor de tu cuerpo te hicieron mirarlo a los ojos.
Un ojo era dorado, como el sol manchado del invierno entre las nubes, ese sol que se esconde. Mientras que el otro era su cielo pintado de los colores del amanecer.
“Sé que es abrumador y algo que tu no pediste. Si, no puede deshacerse, pero existen muchas cosas que pueden contrarrestar el lazo para que lleves una vida tranquila.”
“Hablas como si-.”
“Yo también me até por accidente a alguien hace muchos años.” Diste un leve salto por la noticia, TR te ancló más a él. Esta vez tomando tu mano entre las suyas, inclinando levemente la cabeza para que te centraras en sus palabras. “Sé de lo que hablo, no son palabras para consolarte. Puedo acompañarte. Nosotros pudimos contrarrestar el lazo, ya no nos escuchamos.”
Te quedaste unos segundos pensando, digiriendo la información.
Técnicamente Sage no te había manipulado haciéndote creer que no podía deshacerse: era verdad.
Y te arrepentirías el resto de tu vida por intentar aprobar ese examen a toda costa, por meterte a su mente.
Aunque no entendías, ¿te habrías atado a Sage de todas formas en alguna de las prácticas de magia donde conscientemente te dejaba entrar a su mente? También entraste a la mente de tus compañeros y algunos amigos. ¿Por qué no estas atada a ellos entonces? ¿Es algo inherente en quienes practican magia de la luna oscura? ¿Entonces porque ningún profesor te lo advierte? ¿Por qué no parece pasarles a todos? ¿Por qué con Sage…?
Y casi como si TR escuchara lo que maquinaba por tu cabecita preocupada; habló.
“No hay una razón, si lo preguntas. Al menos hasta donde he investigado.” Lo miraste, con los ojos entrecerrados de la angustia que te consumía. No sabías que él también cargaba con algo así, y lucía tan integro y centrado. ¿Alguna vez lograrás ser así ante esta situación tan terrible? “Lamentablemente es algo que ocurre, a veces pienso que es un capricho de la magia. Tú eres la tercera persona que conozco que le ocurre en todo el tiempo que llevó familiarizado con la academia.”
¿Tercera persona? Entonces conoce a Sage… no. Sage sería la cuarta persona, cada uno está atado a otra persona. ¿Sería prudente que le contaras de quien se trataba?
Aunque no sabes que tan escandaloso suene que ese lazo proviene de tu profesor, tu enemigo personal. Tampoco querías ser juzgada por estar atada a otro hombre, eso sonaba más que comprometedor. Pero Truthless no te juzgaría, ¿verdad?
“¿Esa persona te ofreció ayuda?” La severidad de su pregunta te sacó de tus pensamientos a kilómetros por hora. El agarre sobre tus manos se tensó, había algo en su semblante y su tono que cambiaron hacia algo de recelo por una persona que no conocía. “El lazo solo lo puede mitigar la magia de los involucrados, aunque sería mejor si pudiera hacerlo yo y ayudarte a calmar tu angustia.”
Pero tampoco lo culpabas, Sage si que te hizo sentir un montón de angustia hasta ahora. Si TR lo conociera, estaría igual de disgustado con él que tú.
“Si.” Dijiste en automático.
“Bien.” Asintió con el ceño bien asentado en su facie. Cerró los ojos unos segundos para calmarse y simplemente suspiró. “Si el idiota no lo logra, llámame de todas formas.”
Cuando abrió los ojos de nuevo te sonrió dulcemente a través de esos ojos cansados y bien decorados por las sombras profundas.
Liberó tu mano y la atrajo hacia él para besarte. Primero la punta de tus dedos, luego las falanges y al final tus nudillos.
Se te erizó la piel y cerraste los ojos con fuerza, solo pudiste escuchar la risilla de Recluse antes de separarse.
No dijo nada al respecto y para cuando abriste los ojos, ya estaba pidiéndole al mesero un té verde para ti. Cuando protestaste con el numero de cosas pedidas dijo que te ayudaría a relajarte, te conoce y sabe que estudiaras por la noche. Sería de gran ayuda que lo hicieras tranquila.
La conversación después de eso fue más agradable, no querías hablar mucho del lazo a pesar de que Truthless insistió en que consultaras con él si algo no iba bien. No querías hablar más de eso en su cita y él lo respetó.
Balanceabas suavemente las piernas sobre la silla de adelante hacia atrás mientras terminabas tus postres y te tomabas el té que te trajeron.
Los silencios eran agradables, pero también te llevaban a una conclusión indeseada.
Tenías que recurrir a Sage, no mañana ni pronto. Lo odiabas demasiado como para tenerlo cerca, pero en algún futuro cercano; te gustaría ponerle un freno a esto que te atormentaba.
Sin dejar de lado la convicción por hacer algo ante todas las injusticias y tonterías que tu profesor dejaba a su paso por toda la academia.
Alguien tenía que ponerlo en su lugar y lamentablemente, solo eras una alumna a su merced que esperaba una acción del petulante director.
Tenías que hacer algo, tu estadía en la academia sería prolongada debido a los años que requiere tu programa educativo para graduarte.
Por supuesto que no ibas a tolerar ser victima del mismo sistema que escudaba y protegía la tiranía y el monopolio de Sage. Por supuesto, no ibas a someterlo de un día para otro, no le darías una lección desde tu posición.
Pero podías escalar… hasta que inevitablemente: un día. Puedas hacer algo contra él tu misma.
No estabas segura de la trazabilidad del plan, no sabías si había realmente una manera, pero podías comenzar por algo.
Al anochecer, salieron de la cafetería. TR se ofreció a llevar tus cosas y te aferraste a su brazo esta vez a la mínima intención de ofrecértelo para llevarte de vuelta al edificio de dormitorios.
Las noches ya eran mucho más frías, te colocaste tu suéter y Recluse tomó el atrevimiento de rodearte suavemente con su capa mientras caminaban de regreso.
Volteabas a mirar el lago en silencio, el cielo estrellado y despejado por los vientos polares de la temporada hacía que la noche brillara más.
“Quiero unirme al consejo de alumnos.” Dijiste, no buscabas aprobación. Solo deseabas contarle, probablemente tu trayectoria escolar se volvería mucho más difícil. Estabas avisándole de esa complejidad.
Y Truthless dejó escapar un zumbido de aprobación, casi como un ronroneo.
No se le hizo descabellado imaginarte ahí, con la capa del programa de magia de la luna oscura encima de tus túnicas negras y cintos dorados. Sabía que eras más que capaz.
Reuniéndote con los demás alumnos representantes de cada programa y someterlos a tus exigencias y propuestas. Estarías más ocupada, entiende porque se lo dices.
Y, sobre todo; verte destronar al actual representante de tu programa también sería su placer.
“Te sentaría muy bien.” Seguramente te volverías más regia, más altanera con los profesores incompetentes de esa academia. Tus palabras tendrían peso, tendrías un carácter más tangible y ácido. Tal y como le gusta. La frase le salió con gusto, de orgullo tal vez.
Cuando llegaron al edificio, con las luces del comedor apagadas y la ausencia de tus amigos restregados contra el vidrio esperando los postres y los obsequios que siempre traías contigo. Recluse se permitió evadir un poco de la prudencia inamovible que lo caracterizaba.
No te soltó de inmediato.
Usualmente, al llegar al umbral de tu edificio, retiraba el brazo con la cortesía de todo un caballero. Inclinaba la cabeza, te deseaba buenas noches y esperaba a que entraras antes de marcharse en dirección a los jardines. Siempre correcto, siempre paciente.
Pero esa noche no fue así. Esa noche, su capa seguía sobre tus hombros, su brazo seguía debajo de tu mano y su cuerpo no hizo el gesto educado de retroceder.
Te diste cuenta demasiado tarde, cuando ajustó un poco más la capa para abrigarte y dejó la mano ahí; apoyada abierta contra tu espalda. Lo meditó un momento y luego lo dijo.
“Quiero felicitarte por tu primer día.” Frunciste el ceño y volteaste a verlo.
“Pero ya lo hiciste.” Enfatizaste en tus palabras sacudiendo suavemente la bolsa que contenía las cajitas con sándwiches que Recluse te había pedido para llevar y que desayunarás mañana. Él se rio, grave, lento.
“No de la forma que quiero.” Tu corazón dio un vuelco ridículo.
Recluse no parecía nervioso, eso era lo peor. Tampoco parecía burlarse de ti. Solo estaba ahí, sereno, bastante guapo. Con seguridad, no te estaba pidiendo permiso para existir en el mismo plano que tú, pero si para acercarse. Quería ver que tan cerca estaba de que finalmente le dieras la llave de tu vida.
Ya sabías, sabías que estaba pidiendo sin pedir. Te despegaste de la calidez de su mano contra tu espalda y te moviste hasta quedar frente a él.
No dijiste nada, lo mirabas desde abajo. Su postura que eclipsaba la luz de la luna, los mechones de su cabello dorado que se movían con la brisa gélida, su labial azul profundo intacto.
“¿Puedo besarte?” Volteaste a ver hacia tu edificio. Si, el comedor estaba cerrado y vacío. Pero algunos balcones todavía seguían iluminados por las luces de sus habitantes. Demasiadas personas despiertas para tu gusto.
Estaban demasiado cerca.
“Que descarado.” Mordiste, desviando la mirada a lo que fuera menos a él que te miraba con tanta dedicación. “Aquí podría vernos alguien.”
“No recuerdo que las reglas de conducta digan algo al respecto.” Jadeaste de horror ante sus palabras y la sonrisa ladeada que dejaba relucir sus caninos.
Era extraño verlo mostrar los dientes, siempre tan sereno y cansado. Te sonrojaste profundamente, incluso si el frio y la oscuridad lo disimulaban; el calor que irradiabas se sentía. “Pero me importa si te incomoda.”
Sentiste su mano grande posarse suavemente contra tu pómulo. Primero rozando sus nudillos de arriba hacia abajo, luego descansando toda la palma contra ti y acariciando en círculos con su pulgar.
Echaste un último vistazo a la puerta de entrada y entrecerraste los ojos para no sucumbir a la vergüenza y atrevimiento de lo que ibas a decir.
“No me incomoda… tanto.” Lo ultimo lo dijiste tan bajito que Truthless no escuchó, pero pudo adivinar leyéndote los labios.
Sonrió con ternura y se acercó para besarte.
No fue como la primera vez, apto para primerizas. Fue respetuoso y gentil, pero ya no era casto y carecía de la contención de ayer. Eso fue para no asustarte, pero ahora profundizó mucho más en las intenciones.
Con la mano libre que sostenía tu bastón te rodeó la cintura con su fuerte brazo y te pegó a él.
Quedaste pegada a su pecho y con las piernas pasando debajo de las suyas, el embriagador aroma al alcohol y a la vainilla de su colonia te mareaba con el mero contacto de sus labios que se movían suavemente para mezclar la cera de sus labiales.
Pronto abrió la boca para ti; lo imitaste para lamerse como lo habían hecho ayer. Pero ya no eran lamidas tímidas de lenguas que apenas y salían de sus labios.
Con la mano que sostenía tu mejilla, bajó el dedo índice para subir tu rostro y ladeó su cara para profundizar.
Gemiste al sentir como posaba su boca abierta sobre la tuya, pidiendo permiso para someter tu lengua y que dejaras entrar la suya.
Al escucharte, Truthless suspiró soñadoramente. Pero también hizo que comenzara a posarse encima de ti para hacerte dar pequeños pasos hacia atrás.
Seguía presionándote contra él, para que sintieras el latido de su pecho contra el suyo. Tus piernas de repente torpes y temblorosas entre las suyas y moviéndose un paso a la vez. Por cada paso que daban, Recluse enredaba su lengua con la tuya, las aplanaba juntas.
Sentiste la piedra helada de una jardinera detrás de tus piernas, te había guiado fuera de la entrada, donde la sombra de los arbustos que todavía no botaban sus hojas; los cubría mejor.
Dejaste caer la bolsita que llevabas y Truthless dejó su bastón apoyado en el filo de la jardinera. Solo entonces se permitió pegarse a ti, subir la mano libre en tu cintura a tu nuca y pegarte más al beso. Revolviendo su lengua contra la tuya, batiendo sus labios y lamiéndolos solo para volver a meterse en tu boca otra vez.
Atrevido, con hambre. Casi vulgar por la forma en que sus lenguas se buscaban fuera cuando se separaban para respirar y luego volvían a chocar juntos con un gemido colectivo.
Recluse te acariciaba, apretaba suavemente tu cintura y luego subía únicamente rozando tu columna con sus dedos. Enredaba sus dedos en tu cabello y apretaba.
Te aferraste a su túnica por equilibrio y luego comenzaste a sentirlo, sus hombros anchos, sus fuertes brazos, la dureza de su espalda y al pasar tus dedos por su cabello más suave de lo que adivinarías.
Para cuando se separaron no pudiste evitar dejar la lengua asomándose entre tus labios levemente, no porque pudieras seguir más el ritmo, sino por el estado estimulado y brumoso en que te había dejado. Tus ojos desenfocados y con una leve capa lechosa lo hicieron no perseguirte más, pero si quedarse respirando cerca. Creando su propia atmosfera de aire se arremolinaba hacia arriba y marcaba el vapor suave y caliente entre ustedes, a diferencia del frio gélido de la noche.
Recluse te atrajo, no para volver a comerte. Sino para darte un pequeño beso en la sien ahora que todo su labial estaba corrido. Totalmente en control, contenido y prudente mientras alejaba la mano de tu nuca.
Que hombre tan peligroso.
Una mano te sostuvo de la cintura, ya no urgida; elegante y en calma. Y no hizo el mínimo intento de limpiarse, de hecho, parecía orgulloso de ese azul purpureo que siempre hacían cada vez que sus bocas se unían.
“Que imprudente.” Sentías la cara caliente, te abanicaste con la mano sin éxito y tu mirada perdida y lechosa recobró la luz de alguien alerta.
Te inclinaste para quitar a Recluse de tu rango de visión y observaste a tus alrededores en caso de que hubiera estudiantes cerca.
“Si.” Respondió descaradamente mientras se relamía los labios. Aunque sus ojos se entrecerraron con algo parecido a la preocupación. “¿Está todo bien? ¿Hice algo que no querías?”
“¡No, no!” Lo dijiste más por instinto, ni siquiera escuchaste su pregunta por completo. No querías que se malinterpretara tu preocupación. Si, no querías que te vieran. Pero bueno, si alguien ve, ¿qué hace afuera tan tarde de todas formas?
“Sé que estarás más ocupada, te daré tu espacio.” Ladeó la cabeza con una sonrisa.
No lo decía como un pretexto para no salir contigo, pero era realista. No sabes cuantas pruebas propedéuticas aplicarás, pero si Sage dijo que con tres están fuera del programa; probablemente serán examenes cada dos semanas.
“Si… mi primera prueba es en dos semanas.” Recluso puso su mano libre contra tu mejilla y te apoyaste en ella mientras cerrabas los ojos. “Preguntaré por el consejo mañana.”
“Bien, no descuides tus planes por mí.” Con una pesadez que notaste que le costó se quitó prácticamente de encima. Su mano dejó en paz tu cintura y se agachó para tomar la bolsa que dejaste caer con tus regalos y tus materiales de clase que sacaron a dar un paseo. Te los entregó y tomó su bastón de regreso. “Ahora sí, fue un buen primer día de clases.” Resoplaste divertida y mientras te despegabas de la jardinera y tomabas la bolsa.
“Comenzó a ser un buen día después de que salí de clases.” Todo lo que tenga que ver con compartir aire con Sage es un mal día en todos los sentidos. Truthless tomó su mano y comenzó a caminar hacia la entrada del edificio nuevamente. “Gracias por el pastel, ¿hoy si encontraste de mi favorito?”
Truthless siguió caminando, pero su pensamiento se detuvo un segundo.
Ah… estabas hablando de los pastelitos de Sage. Así que por fin te había traído el que te gustaba, el rubio solo esperaba que Sage se haya dado cuenta de que son tus favoritos o habría un poco de inconsistencia en su narrativa.
Sin embargo; siguió pretendiendo.
“Me alegra que tuvieras una mañana agradable con ello.” Al llegar a la puerta principal se detuvo, elevó tu mano y la besó antes de soltarte por completo. No intentó nada raro, simplemente te observó desde arriba con sus ojos cansados y maquillados por las sombras profundas. “Descansa, estaré contigo siempre que tengas tiempo.”
“Descansa tu también.” Oh, vaya que Truthless no descansaría después de esta cita tan exitosa. Te volteaste para empujar la puerta de cristal y meterte al comedor, todavía viste a Recluse hacer una honorable reverencia y marcharse en dirección al jardín de los arándanos que se removían molestos por el aire frio que el rubio levantaba con su capa.
La verdad es que Truthless apagó sus intenciones con ese beso. Si, claro que deseaba besarte, mucho; habría seguido si tuviese las posibilidades y el tiempo.
Pero tenía un tema pendiente que hablar contigo ahora que formalmente estaban saliendo, no lo estaba ocultando porque nadie preguntó y él no lo empujó a la mesa.
En parte porque cierto profesor patético lloriqueaba cada vez que intentaba hacerlo para poder profundizar su relación contigo y tampoco quería estresarte o provocarte emociones negativas, no cuando debías rendir pruebas tan deshumanizantes.
Y ahora, que querías ser miembro del consejo, ese tema murió en sus labios y se lo tragó de regreso a su estómago en la cafetería.
Tu tomaste un porta velas que flotaba cerca de ti y subiste a tu habitación, esta noche te sentías suave y ligera; así que revoloteaste en el centro de las escaleras con un hechizo simple que no te costaría tanto.
Deseabas estudiar unas horas sin que afectara tu requerimiento mínimo de sueño, pero no sacaste ningún libro de la biblioteca. Te encogiste de hombros y le echaste la culpa a Sage.
Quizá debiste tomar esos libros que te ofreció, golpearlo y luego salir corriendo.
Pero no opusiste resistencia a descansar al menos una noche, era tu primer día; lo merecías. Así que te aseaste y te pusiste cómoda para dormir, el leve canto de los grillos y el silencio de la noche te regresaron inconscientemente a sucesos recientes.
Pensaste en tu hombre rubio y lo cálido que se sentía besarlo, ser sostenida por él y simplemente tenerlo cerca.
Nunca habías compartido esa calidez con alguien, ahora entiendes porque tus amigos y compañeros solían meter personas a sus habitaciones.
Cuando pruebas la calidez, es imposible no notar lo solo que estás. Sobre todo, de noche.
A la mañana siguiente te encontraste con la linda sorpresa de tu pastelito diario acompañado de un café y con el horrible gusto de los libros que Sage te había ofrecido. Apilados al lado de los regalos, seguían teniendo notas adhesivas sobresaliendo y esos separadores ridículos por temas. ¿En serio había venido hasta tu puerta a dejártelos? ¿Preguntó por tu puerta o solo se los dejó al guardián para que los subiera?
Que hombre tan desagradable.
La preparación para las primeras pruebas propedéuticas no fue especialmente útil, Sage estaba bastante reacio a que ustedes estudiaran por su cuenta y simplemente resolvieran sus dudas en clase.
La teoría que veían a diario les funcionaria únicamente para los hechizos, no para el examen; lo cual era contradictorio. Pero no ibas a atreverte a dudar de las palabras de alguien tan bizarro como para dar este tipo de catedra.
Después del pastelito de kiwi y mango, todas las mañanas recibiste uno igual. A veces acompañado de té o un café.
Tu mesa de trabajo siempre estaba limpia y Sage seguía siendo un asqueroso, pero… ya no contigo. Al menos en medio de las clases.
Te dejaba desayunar con calma. Al comienzo pensaste que simplemente temía de otra bofetada tuya si seguía siendo odioso, hasta que tardaste dos horas desayunando a propósito para ver si esperaba tanto tiempo para comenzar a darte participaciones.
Y… sí. Claro que fue tan lejos como para dejarte plácida dos horas.
Como un reloj con alarma, Sage volteaba y te señalaba para que respondieras la pregunta una vez tu caja de pastel estaba terminada y empaquetada.
En cambio; se había vuelto peor con los demás.
Asumes que toda esa basura que no desecha contigo, es canalizada hacia tus pobres compañeros.
Últimamente Sage ya no está tanto en la tarima del salón, en cambio revolotea a mitad de las mesas del auditorio para que todos tus compañeros que se esconden detrás no puedan huir. La verdad te la pasas bien tomando apuntes sin nadie a tu vista.
“¿Qué? ¿En serio vas a responder eso? ¿No te da vergüenza?”
No importa si la respuesta estaba bien, si estaba incompleta; estaba mal. Sus pruebas nunca aceptarían una respuesta incompleta como correcta.
“¿Tu familia pagó para que entraras o algo así?”
“Casi… que lástima para ti.”
Tus compañeros estaban demasiado ocupados ahora que la carga de participaciones recaía en ellos como para notarlo.
Sage era descarado.
No lo suficiente como para acusarlo, nadie tenía el suficiente tiempo para cuestionar porque te dejaba desayunar a tus anchas, porque tu escritorio estaba limpio y preparado siempre, ni siquiera cuando los pergaminos y pliegos que Sage les proporcionaba para repasar tenían notas especiales o una o dos páginas de más especialmente para ti.
Nadie cuestionaba, no cuando las preguntas más difíciles eran para ti, no cuando los exámenes más grandes eran para ti. Menos cuando los hechizos prácticos más complejos te correspondía formularlos a ti.
Pero tu si te dabas cuenta, cuando ya no peleaba contigo y no te echaba en cara tus errores. Los convertía en oportunidades extra que antes no tenía la desesperación de darte.
“Corrige el tercer paso y lo tienes.”
“Vas demasiado rápido, vuelve y podrás resolverlo.”
“Quizá si cambias algo en tu procedimiento puedas avanzar.”
Y pronto descubriste que lo que te daba; te convenía.
Los libros y los pergaminos con notas explicativas y con lo más importante de los capítulos te evitaba las horas de leer y catalogar información. Además de que te hizo aprobar las propedéuticas como una campeona.
Y Sage no necesitaba ver, sabía que usabas lo que te ofrecía. Por eso su rostro se iluminaba cada que corregía un examen tuyo o veía una práctica bien hecha.
Siempre con milésimas más altas que tus anteriores pruebas, que a ojo común no era la gran cosa; pero en un programa tan competitivo esas milésimas te aseguraban el futuro.
Claro, no era obvio. No suspiraba ni sonreía cuando veía tus notas. Simplemente era como verlo con hambre, pero aceptando esa migaja para sobrevivir la semana entera.
Y algo más se instaló en su estomago cuando una tarde, sin verlo a la cara siquiera. Sin darle ese pequeño detalle; le preguntaste.
“¿Qué se necesita para entrar al consejo de alumnos?”
Sus orejas se levantaron ante la pregunta, como si hubieras activado un interruptor. Escuchaste como entrelazaba sus manos y se inclinaba levemente en el aire, sabía que querías una respuesta rápida y concisa, y Sage no quería perder este momento de tu atención para intentar convencerte de todo lo que sus pensamientos más intrépidos anhelaron todo este tiempo.
“Necesitas las mejores calificaciones del programa, cariño.” Asentiste, sin voltear. Aunque vio como tu hombro se contrajo ante el apodo cariñoso. Así que Sage, como el bufón que solía ser; dio lo mejor de sí para entretenerte. Y habló, habló para llegar a ti. “Probablemente ya sabes que el puesto está ocupado ahora, mi encantador alumno está un par de décimas de obtener una calificación perfecta. Él pronto se graduará, podrías esperar y-."
“Quiero el puesto ya.” Exigiste, a Sage le temblaban las manos. No quería decir algo que te hiciera enojar y te fueras, pero el panorama no era muy favorable con tus calificaciones actuales. ¡Te habías vuelto la mejor de tu generación, claro que sí! Pero la meta se difuminaba cuando las décimas traicioneras intervenían en este tipo de decisiones.
“Bueno… ¡podríamos comenzar a subir promedios en tus próximas pruebas propedéuticas, tus prácticas ya son excelentes!” Dándole la espalda, hiciste una mueca con los labios por la forma en que se incluía en tus planes. No lo necesitabas, no necesitabas nada de él. Todas esas cosas: tus metas, sueños y objetivos ya no le concernían a Sage más allá de deshacer el vínculo. Bueno… atenuarlo.
* Yo te lo doy. *
* Yo te doy tu calificación perfecta… * Quiso decirte. Pero Sage sabía que parte de tu orgullo como alumna, celosa y disciplinada; se apilaba en lograr méritos por ti misma. Sabía, con vergüenza y dolo que lo que él tuviera para ofrecerte; no sería nada más que el insulto más grande de tu vida. Por eso ofreció su mano, no para regalar; sino para ayudarte.
“¡Podríamos aprovechar nuestras reuniones para atenuar el vinculo y prepararte para obtener calificaciones perfectas a partir de los siguientes exámenes!” Sage hablaba delirante, con la idea de que esas reuniones ya ocurrían y no era nada más que él borracho y ansioso de algo que tu no permitidas ocurrir. “¡Será un poco difícil ver resultados inmediatos, pero podremos hacer mucho, recién vas hacia la mitad de tu segundo año! ¡Debiste ver a ese tonto sus primeros años, la dificultad del programa le ha sentado bien, pero no tanto como te sentará a ti!” Sage dejó escapar una carcajada.
Así que con desesperación flotó hacia su escritorio y comenzó a recoger todas sus cosas entre sus brazos temblorosos, su cabello se despeinaba y su sombrero caía levemente de lado; dejando su cabello estrellado a la vista y aquellos mechones blanco leche cepillando la marca de su frente.
“Espera a que termine de tomar todas mis cosas, podemos ir ahora mismo. ¿La biblioteca del segundo piso te parece bien? ¡He escuchado que puedes pedir comida ahí! ¡Cancelaré mis clases con el siguiente grupo!” Su voz salía a trompicones, las manos le temblaban.
La idea de tenerte con él, no solo ayudándolo con el control de su vinculo para que tu estuvieras menos irritada. Sino de estudiar con él, aprovechar todo su potencial y explotar el tuyo; incluso de que te volvieras su tutorada para encaminarte a el futuro de una presencia poderosa; la base molecular de su valor de enseñanza. Lo emocionaba más que nada, e incluso… poder acercarse a ti… En la misma mesa de la biblioteca, en el jardín, en el comedor. Conversando, estudiando, hablando, aunque sea una mirada, una risa o un comentario ingenioso, algo… quizá…
“Si me das la oportunidad…” Pero tu ya te habías ido antes de terminar de escuchar, dejándolo con la palabra en medio de su garganta y sus manos intentando sostener todo su material contra su pecho. Su mente ya maquinando que podrían utilizar para la clase de hoy…
Habías escuchado lo que necesitabas, no tenías porque quedarte a escuchar sus desvaríos.
Sage se quedó unos segundos observando la puerta entreabierta, el auditorio vacío. Sus labios entreabiertos con palabras que jamás pudo pronunciar. Sus ojos más abiertos de lo normal bajaron a todo el material que sostenía y que había olvidado que podía hacer desaparecer con un ademán de manos.
Parpadeó cinco veces seguidas y chasqueó los dedos para enviar todo su material a su oficina mientras bajaba la vista avergonzada. Acomodando su sombrero y cepillando su cabello con sus dedos, como quien trata de quitarse la sensación de pena cuando todo el gripo se ríe de ti.
Nunca te exigía agradecimiento, sabía que tu gratitud hacia él murió con el peso aplastante de sus acciones.
Antes habría usado cualquier cosa para hacerte sentir pequeña, para mofarse de lo increíble que era y como le debías tanto. Ahora solo dejaba los materiales y se alejaba, aprendió que quedarse esperando una reacción podía espantarte y ganarse una bofetada otra vez. Pero su mente, no siempre lograba esconder esa ansiedad miserable.
Al menos… quería sentirse usado. Quería ser de utilidad.
Es por eso que todos los días, sin falta al finalizar las clases. Sage te compartía su agenda, te notificaba acerca de sus horas libres, te avisaba en que auditorios o zonas de la academia estaría por si te animabas a ir e intentar resolver su problema con el vínculo y darte algunas asesorías extras.
“¡Ah, querida! ¡Hoy estoy libre a partir de las 6!”
Nunca respondías, solo cruzabas la puerta del auditorio dejándolo con la mano levantada y su sonrisa alegre que se volvía difícil de sostener cada vez.
“Este fin de semana no tengo planes que no se puedan mover si me necesitas.”
Claro que no lo necesitabas, el tonto te había facilitado todo lo que necesitabas para estudiar. Y todo lo tomabas tan dulcemente porque las propedéuticas eran brutales y tenías un objetivo en mente. Habías tenido tropiezos el primer año, pero podías tomar la ventaja que Sage te dio y escupirle en la cara por ello.
Si él había decidido de la nada que quería ayudarte, poco te importaba; no le debías ni la palabra.
“El sábado iba a dar una conferencia en el pueblo, pero puedo moverla. No es importante.”
“El miércoles puedo saltarme el almuerzo, los de básica y media superior no tendrán clases.”
“Estaré en la biblioteca hasta tarde.”
“No tengo responsabilidades después de esta clase, puedes acompañarme.”
“La biblioteca del segundo piso es tranquila.”
“Puedo quedarme si quieres que arregle ese asunto del vínculo.”
“Puedo comprar algo de comer...”
Y cada vez lo decía más rápido, sugiriendo planes más entretenidos o llamativos.
Como si tuviera miedo de que, si no ponía suficientes opciones sobre la mesa, tú eligieras cualquier otro lugar del mundo donde él no pudiera alcanzarte. Como si tuviera cada vez más temor de la facilidad con la que lo dejabas, con las manos llenas, con su disposición y con su oferta de él entero.
Y Sage, el gran sabio, el dueño de la academia, el hombre que había arruinado la vida de miles de personas en el auditorio donde te sentabas a diario, bajaba la vista un instante como si acabaran de ponerle una mano en la nuca para domarlo. Apretaba su cetro contra el pecho y fruncia el ceño angustiado, se encogía sobre él mismo y su fracaso de tantas semanas acumuladas. Y volvía a intentar, convencido del futuro que veía junto a ti.
Entonces volvía a hablar. Más suave, más patético. Nunca se sabe cuándo podrías estar de buen humor y aceptar su oferta de ayuda. Siempre disponible, siempre atento, siempre ahí para ser pisoteado a cambio de una palabra tuya que nunca obtenía.
“He avanzado con algunas barreras para atenuar el vínculo. No son perfectas, pero podrían darte… más tranquilidad.”
Vínculo, vínculo, vínculo. Sage nunca dejaba de usar esa palabra y era lo que te provocaba querer castigarlo más, ignorarlo, darle la espalda.
Odiabas la implicación de la palabra, el subtexto entre líneas, no querías que algo así existiera entre ustedes dos.
“Necesito probarlas contigo, claro. No puedo calibrarlas solo.”
“No tienes que quedarte mucho. Diez minutos bastarían.”
“Cinco, incluso. Si eso te incomoda menos…”
Cinco minutos.
Como si no fuera evidente que aceptaría treinta segundos si se los dieras.
Pero tu solo te encogías de hombros y te dabas media vuelta para salir del auditorio, si no te dabas prisa no tendrías tus diez minutos para ver a tu Truthless antes de encerrarte a estudiar.
Dejando solo a Sage con los cientos de planes que hizo para tener una tarde divertida.
Los demás alumnos estaban demasiado ocupados con sus propias calificaciones deplorables para notar la desesperación. Para ellos, Sage solo era Sage: intenso, bizarro, gritón, terrible e injustificable. Si te hablaba más, debía ser porque te había escogido como su pupila, como hacía con los sobresalientes de otras generaciones.
Sage siempre tenía uno por generación.
Y sí, te había escogido.
Pero no exactamente como una pupila sobresaliente. Lo eras, pero ese objetivo suyo ahora mismo estaba al fondo del barril. No era como cuando escogía a sus alumnos predilectos de otras generaciones que arrastraba del cuello hasta la excelencia y luego los ofrecía al mundo en su eterna ofrenda por sus pecados.
Pero seguía sin poder agarrarte con las manos, siempre salías rápido, ya no volteabas a sus invitaciones, no querías conversar con él.
Pero aún te quejabas de sus pruebas difíciles, aún te escuchaba en el fondo de su mente, aceptabas los libros y guías que él dulcemente preparaba para ti la noche anterior. Desayunabas sus regalos y tomabas el té que te preparó en la aguja y cuidó que permaneciera calienta para cuando abrieras tu puerta.
Te había escogido con los ojos y sus manos que querían posarse finalmente sobre ti.
Entonces comenzó a darte regalos más perversos.
Su autocomplacencia fuera de quicio se llenaba con los actos más insignificantes, como verte usar las cosas que te daba.
Primero una pequeña bolsa de dulces perfumados de tus sabores favoritos que dejaba sobre tu mesa cuando fingía pasar a tu lado para supervisar su desempeño en las propedéuticas.
Algunas mañanas llegabas a tu mesa y veías pequeñas tonterías que Sage te traía de sus visitas al pueblo sin consultarte.
Una libreta de notas con tapa de cuero, pequeñas vasijas decorativas para colocar tu pluma y pintadas con el costoso pigmento purpura.
Una bufanda de algodón para el invierno.
Y tu los aceptabas, no porque te enterneciera el gesto. Sino porque siempre alguno de tus compañeros, con más molestia que por curiosidad te preguntaba.
“¿Es de tu pretendiente?” Claro, la academia sabía que solo tenías uno. Después de ese beso arriesgado en el edificio de dormitorios, Recluse se ha vuelto más inmerso en tu vida. Siendo notado por los estudiantes de la academia; cuando te ayuda a estudiar en la biblioteca, cuando están cenando algo en el comedor y cuando salen a los jardines a pasear.
¡No, no… Sage también lo era!
¡Sage también quería que reconocieras su lugar!
Pero sabías que esto no era obra de Truthless, él te daba sus regalos y atenciones personalmente.
Porque cada vez que tomabas esos obsequios y detalles, Sage te observaba desde el frente del auditorio, revoloteando suavemente como una abeja. Expectante, con un brillo esperanzado en sus ojos de que también lo miraras y le dieras algo. Pero con la misma expresión lastimera en sus labios de que estaba seguro de que no lo conseguiría.
Una sonrisa, una mirada graciosa, un gracias, un avance que a este punto ya no le importaba si sus alumnos lo notaban… Por favor, por favor, por favor…
Y es por eso que, más avivaban tus ganas de adjudicarle sus atenciones a otro hombre que si se lo merecía. Ignorando el evidente hecho de que las intenciones de tu profesor se estaban desviando hacia un terreno que no querías ver y por eso lo repelías con fervor.
“Mphm… él tiene muy buen gusto.” Asentiste, miraste de reojo a Sage quien fingía ordenar un conjunto de pergaminos y acariciaste los regalos con cariño dirigido a alguien que no era Sage.
La tiza seguía escribiendo rápidamente contra el pizarrón, los alumnos se quejaban porque ese día Sage había comenzado sin siquiera esperarlos y tu comenzaste a desayunar como siempre.
Pero Sage se detuvo, un segundo demasiado quieto cuando te escuchó decir eso. Algo que para todos pudo significar nada, pero para él era casi un derrumbe de su perdición.
Bajó la mirada hacia la bolsita de frutas confitadas que había traído para ti y darte en medio de la clase, era temporada después de todo; pero solo él sabía dónde conseguir las mejores.
Y pensó en todas las cosas que te había dado, las tomabas claro, pero las recibías como si fueran de Truthless. Como si el buen gusto fuera de él.
Como si la elección cuidadosa de colores, texturas y detalles perteneciera al rubio, no a Sage que gastaba su tiempo en los mercados probando y comprando aquello que seguramente te gustaría más.
Para que voltearas a mirarlo por una vez en estas tortuosas semanas, para ganarse tu palabra, tu atención o una mirada tan siquiera.
Que miserable.
Sage primero sintió la sangre de la humillación subirle a la cara.
Y luego vino el reflujo de un sentimiento infantil, vergonzoso y estúpido de corregirte. De decirte que no, que todos esos detalles te los daba él y solo él con tanto esmero como un perro se sienta pacientemente a que su dueño le abra la puerta.
* ¡No es suyo, lo elegí yo! *
* ¡Yo mandé a confeccionar esa bufanda que traes puesta! *
* ¡Yo hago tu té todas las mañanas! *
* ¡Yo fui al mercado antes de que amaneciera! *
Sage siempre había sido un ser en control, envidiable, amado por tantos alumnos que comenzaba a marearse en su propio puesto, atractivo sin importar su forma de ser.
No necesitaba resolución, no le hacía falta afecto ni atención cuando rechazaba a sus queridos estudiantes a diario, no cuando las personas del pueblo se abalanzaban contra él en sus conferencias de la plaza…
Incluso, tuvo tu afecto una vez.
Pero, aunque supiera lo que iba a ocurrir ahora; no era el tiempo ni el lugar. Estaba condenado a verte crecer, claro que sí. Pero no esperaba que la piedra que te lanzó cuando eras niña se le regresaría con más fuerza.
Antes buscabas su atención y le dabas obsequios pequeños, adecuados para una niña. ¿Por qué creciste de esta manera?
La respiración se le agita cuando piensa en eso, su visión se mueve sin él quererlo y puede sentir el lento latido de su souljam en los oídos. Sus manos se cerraban en el aire.
Dile, por favor dile que le está pasando.
Se está enamorando…
Pero no podía decirlo, así que se mordió la lengua y el silencio le supo a sangre.
“Qué considerado.” Añadió tu compañero, con esa sonrisa idiota de quien no sabe dónde acaba de poner el pie. Esta vez se sentó unos escalones detrás más cerca de ti para curiosear los regalos, el tic en el ojo de Sage hizo que su monóculo se resbalara levemente por su pómulo. “¿Siempre te trae cosas?”
“Si.” No era una mentira, pero sabías que esto era de Sage. “No suele decir mucho, pero sé que todo me lo da él.”
Sage, quien había estado mucho tiempo atento a tú conversación con el imbécil, de repente reaccionó. Su sonrisa se tensó y ajustó su monóculo con su mano sudada mientras colocaba sus manos detrás de la espalda y volvía a sonreír. Bajó la vista hacia su libro y no podía leer.
No porque fuera idiota, ¿tal vez lo era? Pero las palabras que él mismo escribió hace eones parecían desdibujarse.
Que vergüenza, inmensa y ridícula para alguien como él.
Tu compañero, un hijo de familia aristócrata. Perfectamente arreglado, con un bordado distinto cada día en sus túnicas, los mejores materiales y una caligrafía divina sobre sus cuadernos. Esos regalos que tu profesor te había hecho llegar no llamaron su atención solo porque fueras cortejada tan apasionadamente; sino porque él reconocía el origen y el coste de esas cosas.
Un ojo bien entrenado a base de todos los lujos y privilegios con los que creció y que nunca te ha visto degustar hasta hace unas cuantas semanas.
El chico soltó una risilla mientras regresaba sus asuntos.
“Vaya que tiene dinero.”
“Y buen gusto.” Añadiste mientras te llevabas un bocado de pastel a los labios e imitabas la acción de tu compañero para poner tu pluma a escribir con un hechizo simple.
No era el orgullo de Sage, ese concepto ya no existía cada vez que lloriqueaba por tus rechazos y después volvía a inflarse el pecho al día siguiente para intentarlo de nuevo.
Esas sensaciones eran distintas, más pequeñas y, por lo tanto; difíciles de comprender. Eran golpes, no como la bofetada. Eran golpes que él sentía dentro, muy adentro en su pecho. Golpes que tu suministrabas a diario, había golpes buenos y malos.
Cuando disfrutabas de sus regalos, cuando comías en clase y llegabas con tu abrigo y su bufanda cubriéndote la nariz de la ventisca gélida.
Cuando lo negabas frente a todos, cuando le dabas méritos que no le correspondían a Recluse. Cuando lo dejabas solo con las manos llenas y muchas palabras por decir.
Si intervenía, se delataba; así que hizo lo que le quedaba. Como si necesitara hacer daño en otro lado para no lamerse las heridas.
“Tu.” Señaló a tu compañero con el que conversabas. Él se tensó, no habían pasado ni cinco minutos desde que comenzó la clase. “Explica por qué un hechizo de magia de la luna oscura puede devolver la agresión al ejecutante.”
“Porque… porque si la línea de desfogue no está bien trazada, el impacto puede regresar por el-.” Sage lo interrumpió haciendo un ruido infantil.
“Incorrecto.”
“Pero no he terminado.”
“Eso fue lo más triste de todo; que seguías.” Tu compañero se sentó de forma pesada y ocultó su cara en su libro. Tú te reíste de ambos y seguiste comiendo tu pastelito ahora que sabías que Sage no se atrevería a molestarte durante tu sagrado desayuno.
Y Sage, ya sin desear desquitarse contigo; destrozó a tus compañeros durante todo el día.
Cuando te extendió los resultados de tus pruebas personalmente, el papel estaba decorado con un broche demasiado pesado y detallado para ser un clip de papel.
Esa mañana lo retiraste de las hojas y lo sostuviste con tus manos temblorosas, una horquilla para el cabello. Pesada, hecha de algún metal demasiado similar al oro; no querías ni siquiera pensar en que lo fuera. El trabajo de cristalería de las flores se veía delicado y bien trabajado.
Miraste a Sage de reojo y él volteó descaradamente a sonreírte. No con malicia, con una sonrisa casi infantil que le levantaba las mejillas y ojos achinados.
Una sonrisa que se le borró tan pronto, en la tarde cuando te fuiste a toda prisa del auditorio. Sage flotó hasta tu lugar vacío, observó el broche abandonado. No en la mesa, ese sería un gesto fácil de discernir. Estaba sobre el asiento de tu silla, abandonado, tirado. Una flor se había quebrado cuando lo dejaste caer sin cuidado.
Sage tomó el broche y la pieza rota, lo guardó en su bolsillo y no volvió a mencionar nada al respecto. Tampoco lo dejó a los pies de tu puerta a la mañana siguiente… primero tenía que repararlo.
Vaya, que artesano tan torpe; seguramente no soldó bien el oro a la figura…
Si, seguro fue eso, por eso no te gustó…
Es por eso que, nunca dejó de intentar.
Cuando el otoñó comenzó a retirarse y los arándanos anidaban en tu balcón para no morir congelados cuando caía aguanieve del cielo; Sage te entregó algo especial al final de sus clases, el sol cada vez duraba menos tiempo en el cielo. La tarde lucía más envejecida de lo que realmente era.
“Ah, ah… ¡Querida espera!” Ya no te hablaba desde su escritorio o la tarima al frente del auditorio, cada vez que lo ignorabas y te ibas; él se acercaba más. Flotando hacia ti con desesperación incluso si algunos alumnos todavía estaban terminando de cruzar la puerta. ¡No importaba, todos asumían que ya eras su tutorada! Sería normal compartir más tiempo y conversaciones después de clase y… también todos creían que tenías a tu novio…
Tu volteaste de mala gana, envuelta en un abrigo afelpado y calentito que te hacía lucir como un rollo de alfombra que Truthless te había comprado por el frio del pronto invierno. Lo acompañabas de la bufanda que él te dio…
Pero tus ojos se abrieron un poco asombrados al ver algo nuevo. Era Sage, inclinado de manera pronunciada hacia ti, casi con humildad. Con muchas ganas de servirte.
Se había quitado su ridículo sombrero, pudiste ver el nacimiento de su cabello, claro, esponjoso y estrellado. Adornado con esos mechones de cabello claro que caían por su rostro. Se ofrecía a ti; no como profesor sino como hombre.
Con ambas manos te ofrecía un par de libros, lucían algo viejos; de esos que ya no existían en la biblioteca.
“Son… unos libros especiales para mí. Sé que te servirán para mejorar tu promedio de la última prueba de este año.” La voz le salió baja, casi vergonzosa. Después de todo, él como la antigua Fuente del Conocimiento, lo escribió a una edad muy temprana. Unos libros llenos de recuerdos, de sus primeras obras y que preservaba el papel ancestral con un hechizo que le gastaba energía a diario. Y te lo ofrecía a ti, con ambas manos. Como algo que no se prestaba, que debía estar a salvo solo en tus dedos. Que confiaba en ti.
El invierno comenzaría en pocas semanas y con ello, el año se iría. Quería darte un gesto, un presente que de verdad significara algo para él. No algo que pudiera comprar sin problema con su oro.
Y como era material que te interesaba, lo aceptaste. De manera fría, casi robótica.
“No están en circulación en las bibliotecas.” Continuó Sage, con una rapidez nerviosa que intentó disimular demasiado tarde. “Son… personales.”
No dijo “no los compartas”. No se atrevió.
Quizá porque pedirlo habría delatado el verdadero gesto. Quizá porque, en su cabeza torcida y hambrienta, tú entenderías sola que algo así no se compartía. Que no era una guía cualquiera. Era para ti…
“Bien.” La palabra te salió seca, casi sin alma.
Pero fue suficiente para que Sage se quedara un segundo completamente inmóvil.
No sonrió al principio. Tal vez porque no se lo esperaba. Tal vez porque, viniendo de ti, una palabra tan básica podía caerle encima como otra bofetada.
Luego sus labios se suavizaron, no mucho.
Lo suficiente para que tuvieras que apartar la vista con desagrado, tomar los libros e irte.
“Claro.” Respondió. Y de ese tono ya no quedaban vestigios del antiguo profesor que tanto te había hecho llorar. Ya no existía. “Sí. Claro. Úsalos bien.”
Y ahí estaba otra vez intentando. Él intentando hacer que te quedes, el ruego silencioso.
Úsalos.
* Úsame. *
Te fuiste antes de que pudiera seguir.
Esa noche abriste los libros sobre tu escritorio con la intención de estudiar, pero también para juzgar la elección de literatura de Sage que él cree que te hará marcar una diferencia en las últimas pruebas del año calendario.
No pudiste juzgar, eran tomos brillantes.
No perfectas, había en ellas una juventud que no imaginabas que le agradaría leer a Sage: una arrogancia expansiva, una especie de emoción desmedida ante las posibilidades de la magia y de indagar más en ella. Algunas frases eran hermosas, los diagramas fueron hechos a caligrafía fina; nada parecido a la letra pomposa y llena de adornos de Sage.
Parecía el esqueleto de una estrella… una estrella que solía ser preciosa.
Cerraste el libro con brusquedad.
No, no ibas a caer en eso. En esos intentos de persuasión, en todos sus intentos patéticos para intentar suavizarte en su presencia. No para que nuevamente te hiciera llorar. No ibas a permitir que su atención se convirtiera en una deuda íntima, no ibas a llevar esa carga.
Colocaste en el suelo algunas plumas de mala calidad y tinteros baratos que habías dejado abandonados debajo del escritorio cuando Truthless te regaló mejores materiales para tu trabajo.
Transmutaste hojas con un hechizo simple y con un ademán de hechizo simple pusiste a trabajar las plumas mientras estudiabas esa noche.
No copiaste todo, no eras descuidada ni deseabas trabajar de más por compañeros que no valían la pena. Seleccionaste capítulos, diagramas, apartados útiles para las propedéuticas. Para que aquellos encantadores libros dejaran de ser un gesto romántico y se volviera recurso académico.
“No te debo nada.” Murmuraste con odio.
A la mañana siguiente llegaste antes de que el auditorio se llenara. Pero no antes de Sage, él amaba demasiado sus clases y siempre llegaba antes que todos.
Tus compañeros fueron entrando poco a poco. Algunos te miraron con la desconfianza y el odio habitual. Tú sacaste el paquete de hojas copiadas que traías en un bolso sospechoso que nunca solías traer a clases.
“Esto les va a servir para la prueba.” No subiste las escaleras a buscarlos, suficiente era el favor que les hacías. Lo mínimo que podían hacer era bajar por ellas.
Primero nadie entendió, pero luego vieron los diagramas, los capítulos enumerados y la escritura precisa.
Entonces el grupo entero se movió hacia ti con rapidez, una desesperación que asimilaba el de un animal acorralado que no podía permitirse el lujo de fallar o sería autanasiado.
“¿De dónde sacaste esto?”
“¿Es legal?”
“¿Me puedes dar una copia?”
“¿Esto entra en la prueba?”
Sage, quien solía hacer sus tonterías habituales antes de comenzar a molestar, levantó la vista tarareando. Su monóculo brillaba con la escasa luz fría de la mañana nublada.
Al comienzo no entendió porque de repente tenías a todos los tontos rodeándote, no eras muy popular. Al contrario, estaba seguro de haber leído perfectamente las rivalidades entre todos ahí. Los demás años no eran distintos.
Vio como estabas envuelta en ese abrigo adorable, con su bufanda calentándote la nariz hasta que te aclimataras a la calidez del auditorio. Casi sonrió con satisfacción, al menos no la habías tirado por ahí.
Entonces vio las hojas.
Hojas con diagramas, con un pobre intento de copia de SU LETRA sobre papel barato repartido en cinco mesas. A sus alumnos inclinados sobre algo que no debía estar en sus manos.
Luego volvió a ti, hojeando los libros originales mientras bebidas el té que él te preparó esa mañana.
Se hundió, como una vela metida en un vaso de agua. Intentó chispear al comienzo, quiso desquitarse de sobremanera, hacer algo.
Se le apagó la alegría pequeña con la que solía buscarte al entrar y ver como aceptabas y degustabas sus regalos, aunque siempre los despreciaras. Después la expectativa y al último esa esperanza que llevaba alimentando semanas con migajas y planeando sucesos improbables.
Su rostro siguió siendo el mismo; hermoso, insoportable, compuesto. Pero algo detrás de sus ojos se fue al fondo y su alegre tarareo se deshizo.
Se hundió.
Sus dedos se apretaron contra el cuello de su cetro hasta que los nudillos se volvieron blancos y le temblaron los brazos que lo sujetaban.
Su mirada fija en sus libros originales, los que te había dado especialmente para ti. Los hiciste para todos.
Y eso, para Sage; fue mucho más cruel que haberlos quemado.
Sage no podía reclamar. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Decir frente al aula que esos libros eran especiales? ¿Que no eran material académico, sino un obsequio que celosamente guardó solo para tus ojos?
No, no podía.
Porque entonces todos sabrían.
Así que se lo tragó
Y luego sonrió hasta que sus colmillos sobresalieron tras el ras de sus labios azules. Como el profesor amaestrado y malvado que había olvidado que era.
“¿Oh? ¡Que generosa ayuda les has proporcionado! Supongo que ahora no tendré que preocuparme por explicar los fundamentos desde cero”
Algunos alumnos que seguían más entretenidos por el contenido valioso del libro que por las palabras huecas de Sage, preguntaban:
“Profesor Sage, ¿podemos utilizar estas guías para la siguiente prueba?”
“¡Por supuesto!” Respondió mientras tomaba su cetro con ambas manos y hacía un ademán para poner a las tizas a trabajar sobre el pizarrón.
No volvió a verte, ya no buscó con deleite como disfrutabas de tu desayuno ni como leías tus libros con aparente interés.
Estaba decepcionado, suavemente. Casi como un niño.
* “Eran para ti.” *
Te sobresaltaste en tu mesa, un poco de te cayó contra tus piernas.
Hace mucho que no escuchabas a Sage porque prometió poner su mente en blanco para ti.
Volteaste a mirarlo, pero él parecía muy concentrado en el libro donde estaba dictando. Erguido, regio, sin aristas y sin emociones en su rostro más allá del encanto.
Por lo que te era difícil discernir qué había provocado esta travesura tuya en su interior, era más fácil cuando simplemente se enojaba.
Esa emoción si la entendías.
No te arrepentías. Y… aun así, la imagen de los ojos dorado y cian de Sage apagándose no se te fue de encima durante toda la clase.
Al final, cuando todos salieron con las copias apretadas contra el pecho y un poco más de esperanza en la cara para la siguiente prueba, Sage permaneció al frente.
Tú guardaste tus cosas con gusto, hoy tendrías una cita con Truthless después de tanto tiempo. Por eso ayer estudiaste como una loca, un día libre con tu hombre no te sentaba nada mal.
Esta vez Sage no se acercó, no comenzó a bombardearte con esa boca suya que nunca se callaba acerca de sus horarios, cuando podrías ir a buscarlo o pedirte unos minutos de tu tiempo.
En cambio, te daba la espalda mientras tarareaba suavemente y organizaba sus cosas para el siguiente curso.
“Me alegra que no los dañaras.” Soltó, el eco del auditorio vacío los rodeó con una incomodidad que había presenciado peleas peores entre ustedes dos.
“Me sirven.” Respondiste seca, no le diste oportunidad de darte lástima.
Sage asintió antes de darse la vuelta.
“Puedes quedártelos hasta la prueba.” Con un ademán para levantar su dedo, te ayudó a meter el ultimo libro a tu bolso. “Después los quiero de vuelta.”
La frase fue correcta, de un profesor y no un desesperado que había intentado colarse donde ocultabas tu genialidad y amor bajo llave.
Frío, ahí estuvo el verdadero castigo.
No te gritó y tampoco te quitó los libros. Simplemente retiró de ellos todo lo que había intentado darte.
Ya no eran un obsequio, algo especial que te había dado como una parte de su historia y su anhelo por verte mejorar.
Ahora solo eran material prestado, suerte compitiendo por la calificación más alta con todo teniendo ese material.
Un panorama bastante limitado por la decepción, tristeza y una pizca de odio que Sage ahora sentía.
No… estaba seguro de que, aunque esos idiotas tuvieran esas copias; les ganarías por mucho.
Y tú, sentiste una incomodidad horrible al conseguir hacerlo sentir exactamente como querías. ¿Por qué no se sentía bien como él lo hacía parecer cada vez que te hacia llorar?
Sage se volteó de nuevo hacia su escritorio mientras volvía a tararear.
“Puedes irte.”
Frunciste el ceño y te retiraste con rapidez, si estaba esperando una palmadita o una disculpa; jamás la conseguiría.
Te fuiste con los libros en el bolso y las copias circulando por todo el programa.
Ojalá el sentimiento le dure un buen rato, ojalá sienta la fracción de lo que te provocó durante años. Estos meses te has empeñado fuertemente en ello ahora que tu eres la que está arriba en la balanza, aunque con un sabor agridulce en el paladar.
Detrás de ti, Sage se quedó solo en el auditorio, mirando los restos de tinta copiada sobre una de las mesas. Evitando verte para no perseguirte por la conducta aprendida todos estos meses.
Durante un segundo llevó la mano a su cuello y luego bajó al pecho, justo donde alguna vez había arrancado luz para dársela a los mortales. Y aún así había sido ejecutado. Llenándose de una espiral de auto lamento, sin querer voltear a ver el pasado que lo había alcanzado con consecuencias tácitas.
Pasado, presente, futuro. Y aún así te miraba a ti.
Luego bajó la mano y suspiró con pesadez.
Qué ridículo, había vuelto a hacerlo.
Había entregado fuego, esperando ser mirado como quien lo sostuvo primero.
Y otra vez, por supuesto, todos habían encendido sus propias velas y se habían ido sin mirar atrás.
Sin embargo, tal parece que la balanza no te iba a dejar quedarte arriba sin una pequeña cuota de por medio.
No te sentías mal por Sage. No exactamente. Había sido una decisión consciente, pensada y ejecutada con toda la frialdad que pudiste permitirte. Los libros eran útiles.
Aun así, el silencio de Sage te había dejado un sabor raro en la boca.
No era culpa ni arrepentimiento.
Tal vez porque habías esperado que peleara contigo, esa era la única forma de interacción que conocías con él. Y querías que te diera cuerda.
Pero no lo hizo, por lo tanto; no ganaste.
Subiste las escaleras hacia las laterales de la academia, en medio de los auditorios de magia blanca con esa sensación todavía detrás de los dientes, pero la dejaste morir poco a poco mientras subías hacia el observatorio.
Truthless te había invitado a cenar ahí. No en el pueblo porque el regreso sería agotador ya que no disfrutabas de usar portales para trasladarte, tampoco en el comedor por su simpleza y tampoco en una cafetería donde pudieran mirarlos demasiado.
En privado.
Eso te provocó nervios, no porque desconfiaras. “Muchas cosas pueden ocurrir a solas” dijeron tus amigos cuando te vieron salir sin tu cinta dorada sobre la túnica negra. Sin embargo, te desearon mucha suerte. Todo sea por el señor rubio que les traía dulces y te cuidaba bien.
Aún no sabías como es que Recluse tenía acceso al observatorio, el primer piso estaba lleno de matraces, libros muy importantes, atriles y lentes de aumento y enfoque para el telescopio.
El segundo piso era por lo que Truthless te había citado ahí, la estructura amaderada que se fusionaba con las enredaderas de arándanos y las pequeñas flores que brotaban todo el año atraían a las luciérnagas titilantes. Mientras que la cúpula de cristal daba vista directa al cielo estrellado y la apertura hacia donde apuntaba el enorme telescopio; dejaba paso a la luna en ese día específico del mes.
Llegaste un poco tarde, consecuencia de un poco de sombra sobre tus párpados y un tono diferente de purpura en tus labios. Recluse estaba de pie ahí, apoyado con su bastón que parpadeaba a través de una noche que no se notaba tanto ante el velo blanco de una luna llena.
No tenía su capa habitual a pesar del frio, su túnica azul estaba ceñida ligeramente con un cinto blando y había puesto un poco más de esfuerzo en su maquillaje.
Era tan guapo que ya te habías acostumbrado.
Ya sabía que estabas ahí, por eso no lo tomaste con la guardia baja cuando lo abrazaste con gusto y fuerza. Él soltó una risilla mientras te rodeaba la cintura con su mano libre y se inclinaba hacia abajo para que lo saludaras con un beso suave en los labios.
Se quedaron un rato así, inhalando su esencia de vainilla y él balanceándose contigo de un pie a otro para sentirse y darse el tiempo de expresar cuanto se han extrañado todos estos meses que estuviste ocupada y el tiempo solo les permitió verse un par de minutos.
Truthless te preparó la cena, no sabías que podía cocinar tan bien hasta que viste una mesita en medio del lugar; un mantel bien emplatado y decorado como esos restaurantes elegantes de la plaza a los que te llevaba a comer seguido.
Había cocinado el estofado que te gustaba, había pan casero de masa madre, trajo todas esas golosinas que te gustaban, uvas con queso picado, té y un poco del vino claro que tomabas porque el tinto te caía mal en el estómago.
“¿Cocinaste tu?” Dejaste que te guiara con tu mano entrelazada a su fuerte brazo. Arrastró la silla para que te sentaras y luego la empujó para que estuvieras cómoda.
Luego tomó asiento en la propia, frente a ti.
“Quería compartir contigo.” Dijo mientras se inclinaba para servirles, primero a ti. Lleno tu plato y añadió pan al lado, después vertió té en tu copa. Sabía que preferías comer con bebidas dulces a diferencia del amargo vino.
Te enterneciste y te dejaste mimar. Truthless te escuchaba con atención acerca de las pruebas, tus compañeros y cuanto te faltaba para alcanzar y superar a ese chico de penúltimo año y arrebatarle su lugar en el consejo.
Cuando notaba que estabas muy sumergida en tu narrativa, tomaba tu cubierto y te metía un bocado a los labios, antes de que se enfriara la comida.
La comida estaba buena, muy buena. El tipo de comida que no buscaba impresionar, pero aun así lo hacía. Casera, de esa que no hay en los restaurantes. Caliente, bien sazonada, hecha para el frío de la temporada y hecha con ingredientes propios de esta.
“Felicidades por tus pruebas propedéuticas.”
“Todavía falta mucho.” Resoplaste. “No me felicites antes de tiempo, esto es horrible.”
“Igual merece ser celebrado adecuadamente.” Asintió para si mismo mientras te acompañaba con los dulces y algo de fruta.
“¿Y tú?” Preguntaste, intentando mover la conversación a algo menos estresante y que no te recordara al idiota de Sage. Mucho menos ahora. “No pareces de los hombres que cocinan.”
“¿No parezco capaz de alimentar a mi mujer sin pagar?” Te sonrojaste ante ese comentario y desviaste la mirada.
“Siempre has pagado.” Dijiste bajito.
“También siempre cocino, es solo que no puedo llegar a tu edificio con cacerolas de todo lo que me encantaría cocinarte.” Te carcajeaste levemente mientras abanicabas tu rostro por el sonrojo que te provocó.
“Comienzo a creer que me mentiste y en realidad eres un graduado de la magia de repostería.” TR se carcajeó en tu lugar y sirvió un poco de vino. Solo para reírse con su voz grave cuando probaste un poco y te sacudiste por la sensación avinagrada que te caía al estómago.
Él bebió tu copa y te dejó con el té.
La noche pudo haber seguido así.
Tranquila, tibia. Con la comida, las constelaciones sobre ustedes como peces nadando alrededor de una pecera y él mimándote con paciencia. Por un momento casi te permitiste pensar que la cena era solo eso: una cena. Que quizá Truthless te había llevado ahí para disfrutar, para cuidarte.
Pero entonces su seriedad y el choque de los cubiertos te hizo sobresaltarte de tu asiento, TR se disculpó por eso.
Un sonido demasiado cortante como para no significar algo, tu estomago se hundió con las gotas de vino dentro.
“Necesito hablar contigo, antes de avanzar más en nuestra relación.” Dejaste escapar un gimoteo en tus adentros ante esas palabras específicamente. Las habías escuchado de las parejas de tus amigos, leído en libros y visto en pequeñas interpretaciones de teatro en tu academia. Nunca significaba algo bueno, y esta vez tampoco fue la excepción. “No es malo necesariamente, pero si importante.” Eso no te calmó.
“Sabía que mi estofado favorito era una trampa.” Te removiste incómoda.
“No es una trampa, lo hice porque sé que te gusta.” Truthless no sonrió ni bromeó esta vez, eso te puso sería.
“Dime…”
Él entrelazó los dedos sobre la mesa, esperabas que corriera a tomar tu mano y plantarte en el suelo, darte su apoyo. Pero no lo hizo, quizás porque sería incongruente con las palabras que diría. No parecía nervioso, pero sí más cuidadoso con sus palabras a continuación. Como si cada palabra hubiera sido elegida mucho antes de llegar a esa noche y, aun así, le pesara usarla.
“No estoy solo.” El observatorio pareció enfriarse, y como si los cielos simpatizaran contigo. Una suave tormenta de aguanieve comenzó a caer en la academia.
“¿Cómo?”
“Hay alguien más en mi vida.”
Sentiste como lentamente te encogiste de hombros, más pegados a tu cuerpo, sintiéndote pequeña mientras apretabas tus manos en tu pecho. Al mismo tiempo que tus ojos se abrían de sobremanera, como si no hubiera otra forma de procesar.
Sentiste picazón, una suave capa aguada de lagrimas comenzó a formarse en tus ojos.
El latido de tu corazón se asentó en tus oídos y la imagen de Recluse sentado frente a ti se desdibujaba.
No sonó a confesión sucia ni adultera, tampoco fue una excusa ni un “perdóname, tengo pareja”. Y quizá por eso te molestó más. Porque Truthless no parecía estar escondiéndose de la frase, ni siquiera sentía vergüenza. Te miraba serio y directo. Ponía el asunto frente a ti, como si creyera que la honestidad sin filtro no era crueldad.
“¿Otra mujer?” La pregunta casi te hizo echarte a llorar. No, claro que no era otra mujer. Tú eras la otra mujer.
“Es un hombre.” Pero ante esa respuesta, que personalmente lo sentiste como un escupitajo de parte del rubio que creías que también te quería.
Con eso si que te levantaste de la mesa de un tirón, sin cuidado de arrastrar la silla y llevándote los cubiertos y el contenido de los platos contra el mantel.
Por un momento, el fugaz y lancinante recuerdo de Sage te vino a la mente. Rápidamente te sacudiste mientras retrocedías y Recluse se levantaba para ir por ti.
No… no, Recluse tiene mucho mejor gusto que eso.
Luego frunciste el ceño, por preocuparte más por las preferencias del rubio que de cuidar tus propios sentimientos.
“Él sabe de ti, está bien con eso.” Como si no esperara tu reacción, Recluse trató de sostenerte, yendo hacia ti sin su bastón y guiándose por su pobre vista, ayudada por la exuberante iluminación de la luna. “Quiere conocerte.”
“Entonces si es tu pareja.” Antes de que pudiera acercarse y tocarte, le arrebataste la intención con un manotazo.
Tu profesor imprudente te había introducido al arte de dar buenas palizas; podías darle una a Truthless también. “No me toques, no me mires… que broma de mal gusto.”
Lo barriste con la mirada mientras te recomponías, tragabas duro para contrarrestar el sentimiento de asfixia que te provocaría un derrame de lágrimas. Te quitabas el polvo de tu túnica, acomodabas tu cabello y te tocabas los labios con rencor.
“Por favor, déjame explicarme bien.” Entendió su reacción y se quedó plantado en su lugar esperando que escucharas y no salieras corriendo. “Yo te quiero, él también. Se arrastraría para poder hablar contigo, él-.”
“¡Mentiroso, ni siquiera me conoce!” No lo dejaste terminar, le gritaste. “Yo… yo pensé que tú y yo…” No terminaste, se te hizo aguda la voz por el llanto que todavía no dejabas salir. Azotada por los recuerdos de todos estos meses, como lo dejaste entrar.
Claro… ¡Claro! Que tonta, tu lo dejaste entrar. Tu decidiste dejar entrar a tu vida a un tipo extraño, no puedes ponerte a llorar ahora que sale con esto.
Era de esperarse.
“¡Te quiero, como mi pareja!” Recluse se llevó la mano al pecho, como si esa acción hiciera la primera verdadera y no solo una frase cruel, insensible y tonta.
“¡No voy a ser la amante de nadie!” La palabra se estrelló contra el observatorio como si hubiese roto algo de cristal. Truthless se quedó inmóvil.
No por sorpresa, no pareció sorprendido por tu rabia, sino preparado para recibirla. Como si hubiese sabido que, llegado este punto, alguna parte de ti iba a abofetearlo también. Se lo merecía y no pensaba apartar la mano.
“No quiero una amante, te quiero en mi vida. Quiero que seas mi mujer y él también.”
“¡Deja de decir tonterías!” Negaste con la cabeza, enfureciéndote más de lo triste que te sentías. Frunciste el ceño, de hecho, estabas muy molesta.
Truthless te había hecho venir aquí, todo tan bonito. Te había cocinado y hecho que te la pasaras bien… solo para decirte esto. No había ritual de humillación más cruel. “¡¿Desde cuándo?!”
“Desde antes de conocerte.” Claro, entonces tu llegaste después. La tercera rueda, la tercera silla en una mesa para dos.
“¡¿Entonces qué mierda quieres de mí?!”
“Quiero que seas mi pareja.”
“¡YA TIENES UNA!” Esta vez, en lugar de retroceder te enfrentaste a él y lo empujaste con las palmas de tus manos.
Esa fue la única vez que lo viste ponerse firme contra ti, su mirada no era severa ni problemática. Pero su cuerpo no iba a permitir que lo empujaras. “¡Entonces quédate con él y a mi déjame en paz!”
“No voy a pelear así contigo.” Eso si que te molestó, Truthless tenía la osadía de ponerte limites en una discusión que claramente te estaba afectando. Y eso se sintió más violento que cualquier comentario humillante de Sage, en una situación así; los ojos del rubio lucían tan presionantes. Opresivos, te estremeciste.
Abriste los ojos y ahora sí que lloraste.
Pero también te defendiste.
“Yo… yo soy una de las alumnas más inteligentes de mi programa. ¡Yo debería estudiar para mis pruebas ahora mismo! Las pruebas más importantes de mi vida y estoy aquí… ¡escuchando las tonterías de un HOMBRE!”
La palabra hombre te salió con recelo, habías aprendido a odiarlos efusivamente. El director, tus compañeros, Sage y ahora Truthless…
“Tienes razón, discúlpame por-.”
“¡No, no, ya cállate!” Lo señalaste acusatoriamente. “¡Mentiroso, eres un hombre despreciable!”
“¡Me gustas, te quiero en mi vida y quiero que seas mi pareja! ¡él también quiere lo mismo, no hay mentira en eso!”
“¡Pero la verdad no estaba completa!”
“Por favor, discúlpame por eso…”
“¡NO! ¿En serio esperabas que me sentiría halagada por saber que dos hombres me quieren?”
“No, sé que no lo estás. Pero no quería arrastrarte a una relación sin que estuvieras al tanto de lo que eso implica.” El semblante serio de Recluse comenzaba a descomponerse ahora que notaba el esfuerzo que habías puesto en tu maquillaje y ahora se arrastraba por tus mejillas por culpa de tus lágrimas. Lágrimas que él mismo había causado. “Tampoco quiero presionarte, él y yo siempre vamos a esperarte a ti. Sin importar cuando estés lista, pero tú no estás obligada a tomar una decisión esta noche.”
“¡¿Que mierda significa esa basura que dijiste?!”
“Él y yo somos exclusivos y a ti también te damos ese respeto, tú no tienes por qué serlo con nosotros.”
“¿Por qué dices esas tonterías?” Casi te ríes, de no ser por lo que sentías. Estabas segura de que tenías una mueca afligida.
“Porque sería injusto pedirte fidelidad a una relación que aún no has elegido.”
“¿¡TE ESTÁS ESCUCHANDO!? ¡Yo no quiero ser parte de tu relación!”
“Pero me gustaría que los fueras.”
“Sabes que, te mereces el mismo trato de un hombre que conozco.” Estabas bien encaminada a propinarle un buen golpe, moviste el cuerpo; levantaste el brazo…
Pero te detuviste, lo querías demasiado como para hacer eso. Así que lo único que salió de ti fue una mueca de contención y más lágrimas. “¿Quién es?” Preguntaste rendida.
“No puedo ponerlo frente a ti si él todavía no ha sido capaz de hacerlo por sí mismo.”
Eso te ardió. Claro, a él sí que lo protegía.
Porque era su pareja, porque lo quería, porque lo amaba. Porque eran cómplices, eran amantes, porque habían estado juntos desde mucho antes de que tu tuvieras consciencia.
Y deliberadamente lo seguía cuidando, era considerado con él a costa de tu bienestar.
Y esa idea no la pudiste tolerar.
“Cobarde.” Escupiste. “No quiero seguir con esto.”
“Lo entiendo, puedo acompañarte a tu edificio.” Truthless asintió, creyendo que te referías a la cita y no a su relación de lo que sea que estuvieron construyendo hasta ahora.
“No.” Lo reprendiste, mirándolo desde abajo con tus ojos hundidos por las lágrimas, pero albergando el odio que siempre había formado parte de tu esencia. “No me sigas, no regreses, no eres nada mío.”
* “Todavía…” * La voz de Recluse te golpeó en la parte trasera de la nuca. No había movido sus labios.
No es cierto…
No es cierto.
¡No es cierto!
¡NO ES CIERTO!
Te sentiste pesada, tus ojos se abrieron; no con ira, con miedo.
Solo había una persona en todo el mundo que se había vinculado a ti por error y no era Truthless.
Por un instante pensaste en Sage y los hechizos de cambia formas, que era Sage. Pero no podía ser Sage porque los habías visto a ambos al mismo tiempo al menos un par de veces, lejano el uno del otro, distantes.
Si, Sage podía imitar las voces de su forma física, pero no la personalidad. Era algo que marcaba profundamente su diferencia con Truthless y la discusión de antes. Entonces… ¿por qué estaban vinculados también?
Levantaste la vista, Truthless te miraba fijamente con un esqueje de arrepentimiento en su facie. Como si hubiese cometido un error de cálculo, como si hubiese hecho algo por accidente…
Te sentías mareada, tus ojos enfocaban y desenfocaban, el suelo se balanceó bajo de ti.
Y cuando subiste tu mirada aterrada para verlo y notar que quería alcanzarte. Cerraste los ojos y con una seña aprendida en tus manos hiciste un hechizo que te tragó en las sombras, resbalándote del abrazo de Recluse como alquitrán.
El rubio miró los restos alquitranados de tu magia resbalándose entre sus dedos como arena. No cerró la mano y tampoco intentó retenerla. No porque no quisiera, sino que; si apretaba los dedos, aunque fuera sobre un residuo muerto de tu hechizo, se sentiría como una segunda agresión. Como si incluso la sombra que dejaste atrás pudiera acusarlo de seguir tocando donde ya le habías dicho que no, que te dejara en paz.
Truthless se quedó inmóvil.
La aguanieve golpeaba la cúpula del observatorio con un sonido fino, insistente. La cena seguía servida a medio terminar.
Maldijo, no para ti. No como reproche inmaduro contra ti.
Para sí mismo. Había sido un accidente, un reflejo interno por la tensión. Ese tipo de desliz que, después de siglos, ya no debería permitirse. Pero tu frase lo había atravesado como un cuchillo bien afilado.
Y él había respondido desde el lugar menos prudente de todos. Desde el vínculo, aquél que ya existía y tu simplemente te metiste por accidente. Por capricho del destino, pero él no sabía que podía hablarte como Sage le contó que podía comunicarse contigo.
No sabía que podía hacer eso.
No sabía, no sabía. Pudo haberlo evitado, ser precavido, ya sabe que experiencia tuviste con Sage. No sabía… de verdad no sabía.
No sabía…
¡No sabía!
* ¡NO SABÍA! *
Qué estupidez, que hombre tan cruel. Qué forma tan perfecta de confirmar todo el odio que le tenías a los hombres en tu vida.
Truthless miró la puerta por donde no habías salido, sino desaparecido. La sombra todavía goteaba en pequeñas hebras sobre la madera, buscando volver a ser oscuridad común.
Por un instante, el impulso de seguirte le tensó todo el cuerpo. De hecho, podía hacerlo.
Podía asegurarse de que no hubieras caído en un pasillo equivocado, en el lago o en una escalera.
Podía y precisamente por eso no lo hizo.
Porque le dijiste que no te siguiera, que no lo querías cerca y que no eran nada.
Truthless bajó la mano. No se arrepentía de habértelo dicho, eso era lo terrible. Quizás pudo habértelo dicho mejor, acompañado. ¿Pero eso habría sido peor? Estaba seguro de que no había una forma buena de decirlo.
Pudo haberlo dicho antes, pudo haber sido más asertivo, más… ¿suave? ¿Qué tipo de suavidad existía en una conversación como esa?
Pasado, presente y futuro. Y de alguna forma seguía viéndote ahí.
Y a diferencia de Sage, Truthless pasó la noche caminando y pensando como podría ir de regreso hacia ti.
Aunque… si de verdad no lo querías ni a él ni a Sage, lo entendería perfectamente. Ya han ocurrido errores de este tipo, aunque ningún error logró vincularse a ellos de esa forma, por eso te seguía viendo. Y también seguía viendo la mesa para dos, pensada para tres.
Les mentí chat, al final la mala de la historia soy yo JAJAJAJAJA.
Lamento tardarme tanto, estuve meditando dos horas completas si meter esa última parte o no. Este capítulo estuve pura angustia y quería dar un final bonito con la cena pero al final no valía la pena ocultar lo que iba a pasar eventualmente. ¡La realidad de las relaciones poliamorosas, tratos y acuerdos bastante crudos para una persona sin estómago!
En fin, por favor háganle saber que opinan. Vaya que me he lucido con las palabras ¿eh?
No planeaba escribir tanto pero tampoco quería dejar eso fuera del capítulo.
Espero hayan sentido pena por Sage y que Recluse los haya hecho sentir mal, están escritos para eso.
Pero tranquilos, el siguiente capítulo estará lleno de cosas bonitas y las cosas comenzarán a ordenarse. Es como cuando manifiestas y todo se va al caño, pero después te pasa lo que pediste.
En fin, les he alimentado. Ahora denme de comer a mi con sus opiniones en párrafos súper largos para que yo tenga algo que leer. Byeeee. :)
El futuro que nos espera
Sage of Truth x FemReader x Truthless Recluse
NSFW fanfic TRASH MAGIC art!
No podía sacarme de la cabeza a nosotros finalmente felices y rebotando encima de esos hombres. ¡Lo siento!
¡Muchas gracias por todos esos lindos comentarios en el nuevo capítulo, estoy leyéndolos todos, esperen mi respuesta. ❤️
TRASH MAGIC III
"Milky Sugar and Spice."
Segunda Parte: "Sweet Vanilla Essence."
Cuarta Parte: Proximamente.
Use Google Translate ;)
Short Fic NSFW Sage of Truth x Fem Reader x Truthless Recluse
Recuento de palabras: 22.09k
ADVERTENCIAS DEL CAPÍTULO: Besos, Angustia sin Consuelo, Age Gap (lo considero porque Sage y Truthless son mayores como por... eones), Sage es patético, Almas gemelas, Obsesión, Hechizos vinculantes, Romance, Cortejo, Citas, Secretos, Relaciones establecidas pre existentes, Mención de infidelidad aunque técnicamente no lo es, Negligencia sentimental, Acuerdos extraños de pareja.
(¡Seguro! Pero, oh... cariño. Como vas a pasarla mal.)
ADVERTENCIAS GENERALES: Enemies to friends to lovers, Soulmates, Angustia y Romance, Malentendidos, Magia, Porno con trama, MUCHA TRAMA EXCESO DE TRAMA EN SERIO ESTO TIENE MÁS DE 50K AL FINAL LA TRAMA SE ME FUE DE LAS MANOS, Mención de magia y su construcción de mundo, Academia de Yogurt de Arándano, Mención de Shadow Milk, Slow burn, Romance, Relación profesor alumno (no especifiqué cual; descúbranlo), Truthless se incluye un poco tarde a la trama, poliamor, Cuckolding pero no realmente (ya verán porque), Switch Sage y Truthless, Trio, Pérdida de la virginidad, Primeras veces, Sexo Vaginal, Sexo Anal, Sexo Oral, Múltiples posiciones sexuales, Creampie, Impregnation, Praise Kink, Size kink, Breeding kink, Pregnacy kink, Cinturones de castidad, Sounding, Matrimonio, !Final feliz! Primer beso, Sexo eventual, Angustia sin consuelo, Mención de infidelidad aunque tecnicamente no lo es, Cortejo, Secretos, Desbalance de poder.
* n * se usa para pensamientos y *“ n ”* para conversación mental.
El primer día de regreso a clases nadie estaba feliz, tanto que fuiste la primera en llegar a pesar de que quedaban pocos minutos antes de que comenzara la clase. La mayoría de las clases pasadas era una competencia por ver quien llegaba más temprano y más preparado.
Era un poco difícil eliminar la costumbre de dormir hasta tarde después del año pasado tan destructivo.
Llegaste al auditorio quejándote, el otoño enfrío el aire que corría por los jardines y ahora usabas mallas térmicas debajo de tus túnicas. Al menos cuando era temprano, podrías quitarte el exceso de ropa por la tarde.
Los arándanos solían migrar hacia los techos y balcones de los edificios ya que los arbustos se quedaban sin hojas, aquellos que no lograron madurar y separarse de su rama, yacían secos en el piso junto a las hojas naranjadas.
Los recuerdos de anoche te dominaron desde que te despertaste a primera hora. Recluse escoltándote a casa pasada la medianoche, los regalos, los dulces, el beso… Sus palabras acerca de cuanto deseaba cortejarte y como esperaba que cuando lo conocieras mejor; aceptaras las condiciones de lo que significa estar en su vida.
Esa elección de palabras fue muy rara, honestamente; el repertorio de los hombres a tu alrededor te hacía desconfiar de esas palabras.
Sabías que tenía que haber un truco, incluso si se trataba del sincero y dulce Truthless; no te estaba mintiendo. Pero tampoco te contaba todo, y eso ya decía bastante.
Aunque no dejaste que te comiera gran parte de la cabeza, tus prioridades en este momento eran otras.
Primero sobrevivirías a tu formación académica, el romance ocupará las migajas de tu tiempo libre.
Antes de llegar a tu edificio, pasaste por el auditorio de las prácticas de magia blanca. Los estudiantes de ahí ya llevaban unas cuantas semanas avanzadas y se notaba por la angustia en sus miradas. Probablemente estaban en las primeras pruebas del semestre.
“¡No es justo, nunca hacen nada!” Te detuviste en una de las mesas conjuntas con el pretexto de acomodar tus materiales, dándoles la espalda para no incomodarlos demasiado. Pero… es que últimamente que comenzaste a ser consciente, escuchabas cada vez más quejas acerca de Sage por toda la academia.
“¿Qué te dijo el consejo?”
“Dijeron que el director hablaría con el profesor Sage para corregir sus métodos de evaluación.” Tu habías aprendido que eso significaba que la queja se había archivado con el director, al igual que la tuya. “¡Pero el tipo sigue haciendo lo mismo con los exámenes!”
“¿No se supone que los profesores tienen libertad de cátedra?” Trató de razonar su compañera.
“¡No es lo mismo, está evaluando hechizos más avanzados que nuestro grado; a este paso vamos a perder la carrera todos!”
Te levantaste y seguiste caminando en cuanto notaron que tu uniforme no era de ahí, sino del programa impartido nada más y únicamente que por Sage. No era como si fueras a delatar sus quejas, cada vez deducías que Sage no era el profesor más valioso; sino el más odiado. Al contrario, estabas de su lado.
Pero preferías no inmiscuirte demasiado si no tenías una posición de poder para ayudar, aunque no podías creer que, entre tantas quejas, ese hombre horrible siguiera dando clases ahí. ¿Por qué lo protegen tanto?
El auditorio estaba vacío y olía a que el personal de limpieza lo había preparado después de las vacaciones y antes de su reingreso, olía perfectamente limpio, pero las hojas viejas de los libros y el azúcar de las tizas seguía tintando el ambiente en un olor atalcado y viejo.
Empujaste la puerta con tu costado y giraste suavemente con todas tus cosas entre tus brazos, no estabas segura del nuevo cronograma, pero sabías que el primer día suele ser muy ajetreado. Querías estar cómoda, así que trajiste una botella de agua, tus apuntes, plumas, un suéter y la caja con el pastelito que Recluse te dejó en la mañana.
Esperabas que el de hoy fuera de kiwi, le dijiste que te gustaban de esos, pero parece que nunca hay porque todos son al azar, como si no supiera cual elegir cuando los compraba.
Para tu mala suerte, tu mañana se arruinó tan temprano en cuanto viste a Sage de espaldas en su escritorio, tarareando mientras se balanceaba en el aire y preparaba libros y pergaminos. La mueca de desagrado que hiciste se te quedó marcada un buen rato.
* “Que asco, muérete.” * Durante las vacaciones no te cruzaste con él ni una sola vez, ni siquiera en el comedor donde lo habías visto anteriormente un par de veces o en la biblioteca donde solía dar clases de regularización a algunos alumnos y sus estúpidos cursos de verano. Por lo que habías olvidado el problema regente entre ustedes dos.
Estabas segura de que Sage te escuchó, pero fingió hasta que la puerta detrás de ti emitió un chirrido. Ahí si se dio la vuelta.
No molesto o con una mueca de que claramente te había escuchado y ya no le daba miedo ocultar que era acreedor de tus insultos mentales.
O que, ahora que ambos eran conscientes de ese lazo que ataba su mente; tendría la libertad de reprenderte abiertamente.
Nada de eso. Era apacible, tranquilo. Volteando hacia ti suavemente con una sonrisa sospechosamente poco marcada, el monóculo que llevaba era idéntico al que se había estrellado contra el piso cuando lo abofeteaste.
Bajó la vista a las cosas que llevabas, entre ellas la cajita de regalo con el pastelito que él te compró muy temprano y la dejó a los pies de tu puerta; humilde, inocente. De la que tu no tenías forma de saber la cantidad obscena de problemas que podía causar verte llevarla para el pecho del hombre que tenías en frente. Y que él había elegido con tanto cuidado cuando TR no le dijo de que sabor te gustaba más.
Creyendo que tu sabías quien realmente te llevaba esas cajitas con tanto esmero, cuidando que el lazo se viera perfecto, que la fruta fuera fresca y la crema estuviera hecha de leche suave y no tan dulce.
Tú, en cambio, estabas bastante segura de que era otra persona totalmente distinta.
Y él, ignorante de que ese crédito se lo estaba llevando Truthless; sonrió un poco más. Creyendo lo que él quería creer.
No orgulloso, ni triunfal. Era una satisfacción pequeña que no lo llenaba del todo. Era ridícula, un comportamiento patético que tienen los hombres cuando una idea “romántica” y estúpida les sale bien y creen que el universo acaba de empezar a ponerse de su lado.
Sin embargo, en sus adentros también había urgencia. Algo que no había sentido nunca: se estaba quedando atrás. Le estaban ganando, gracias a todo este tiempo que decidió jugar y revolotear a costa de tu bienestar. Y ahora estaba pagando los intereses de eso de la forma en que más le ardía.
No quería quedarse en una posición que él mismo se ganó, no cuando tenía las posibilidades de ir más allá. De evadir su merecido.
Tenía que apresurarse.
“¡Ah, buenos días, querida! ¿Qué tal tus vacaciones?” Casi jadeas de indignación al escuchar la osadía de ese hombre al hablarte con las manos entrelazadas y una dulzura que no le quedaba. Incluso llegaba a ser hostil por la forma en que no le quedaba.
Como un perro.
Por eso sonreía, entrelazaba sus manos y se inclinaba hacia ti.
Era como un perro que estaba tratando de convencerte que esta vez si daría la vuelta y rodaría sobre el suelo si le dabas una segunda oportunidad.
“Te guardé el lugar de siempre.” Cerró los ojos alegremente mientras señalaba, para tu molestia; la mesa que ya tenías en tu objetivo para ocupar. Ridículo, como si hubiese más alumnos a los que no permitió sentarse por ti, como si las mesas no sobraran, como si pudiera enternecerte a ti; que tienes una capacidad de memoria más allá de dos meses.
Te le quedaste bien como si hubiera sufrido un daño cerebral y solo estuviera balbuceando tonterías y sacando baba, pero no. Estaba psiquiátricamente sano, cuerdo (aparentemente).
Y Sage, sintiendo el silencio caerle encima, no dejo desaparecer la esperanza de verte llevar su presente, decidió seguir. Claro que sí, siempre haciéndolo peor para todos.
“¡Y también revisé el cronograma del año, en dos semanas tendremos nuestra primera prueba práctica!” Hizo un ademán y un pergamino de tamaño modesto enrollado con un moño dorado apareció ante el trazo de la mano, te lo extendió como una ofrenda. “Supuse que querrías saberlo para no estresarte tan pronto.”
Porque, incluso con las intenciones renovadas contigo, no iba a favorecerte en ningún aspecto que significara tu formación académica. Aunque podía darte algunas ayudas para que te desempeñaras mejor, la mayoría dependía totalmente de ti.
Y eso fue tan ridículamente considerado que no te dio ternura, te dio miedo. Como cuando los sanadores escondían la aguja con la que iban a pincharte hasta que sentías el dolor atravesarte.
No le respondiste, solo frunciste el ceño, levantaste la vista para verlo a los ojos y comunicarle tu sentimiento nauseabundo hacia su persona, trataste de no pensar en nada más para evitar que te escuchara y fuiste a sentarte de mala gana dejándote caer en tu silla con un eco sordo de molestia. Le negaste la cortesía mínima de darle los buenos días y gracias a tu profesor.
Sage se quedó ahí un segundo más, todavía con el pergamino en la mano, extendido hacia donde solías estar.
Lo llevó despacio hasta tu mesa y no insistió en explicar más. Lo dejó encima de tus apuntes como si no fuera capaz de soportar del todo la idea de que lo tiraras a la basura.
Sage, que había pasado toda la noche revolcándose por dentro con la imagen del beso que te había dado Truthless en el mercado del pueblo, con la insolencia de verlo llevarse el final que él no consiguió. Traías su labial azul corrido por toda la cara anoche, y tu labial morado sobre la boca de otro. Pero no estaba celoso, no del todo. Sintió por primera vez en semanas una brizna repugnante de esperanza.
Quizá… no iba tan tarde. Podría igualar a Truthless con suficiente rapidez, si era amable y gentil contigo, para hacer la propuesta correcta antes de que el rubio te terminara de envolver solo para él.
Sage borró su sonrisa y ladeó la cabeza con confusión cuando no abriste la cajita y comenzaste a comer el postre mientras abrías tus apuntes. Parpadeando un par de veces mientras colocaba sus manos detrás de su espalda, descifrando exactamente que ocurría. ¿Recibías sus cajitas de regalo no? ¿Sabías lo que significaba verdad? ¿Entonces…?
La idea se abrió delante de él y el sentimiento era horrible. ¿Y si no sabías que eran suyos?
El pensamiento lo recorrió como una corriente helada y ridícula, la preocupación se denotó en toda su cara.
“¿¡Qué?!” Casi gritas de desesperación ante la insistente mirada de tu profesor. Levantaste la vista para verlo mal de nuevo, no te gustaba que te estuviera observando de esa forma. Y Sage, torpemente, como quien es atrapado espiando donde no debería; rápidamente desvió la mirada hacia la puerta. Aceptando el castigo con una compostura que podía aceptar más insultos, conductas condescendientes y bofetadas.
“Me alegra verte de vuelta.” Dijo mientras se daba la vuelta para regresar al frente, a la par que los primeros alumnos ingresaban en el límite de hora.
Te enderezaste en tu asiento como un gato erizado.
Se te revolvió el estómago y perdiste el apetito por el pastel que planeabas abrir para poder estar plácida.
Sage te arruinó los planes, como casi todo lo que involucraba tenerlo cerca.
Como si fuera tan fácil, como si un par de meses fuera suficiente para olvidar lo que había pasado y la vulnerabilidad que sientes cada vez que lo tienes cerca porque no sabes que pensamiento privado tuyo se va a colar en su mente.
Bajas la vista molesta, ves la madera de la mesa; usualmente está algo polvorienta después de un periodo de descanso por lo que siempre cargas pañuelos en el bolsillo. Pero ahora no.
La madera de tu mesa no solo estaba limpia, pasaste dos de tus dedos y una ligera capa de brillo se quedó en tus yemas. Había sido pulida, volteaste a ver a las mesas vacías a tu lado; polvorientas. Miraste hacia atrás donde tus compañeros tomaban asiento y te dirigían muecas de desagrado mientras pasaban paños sobre la madera abandonada por meses. Una vez limpio todo, se acomodaban para la clase.
El personal de limpieza no te aprecia lo suficiente como para limpiar tu lugar de esta manera, inconscientemente regresas tu mirada a Sage.
Él, quien estaba aún tarareando y revoloteando mientras escribía matrices y diagramas sin comenzar la clase aún, volteó a verte. Como si te hubiese sentido clavarle un cuchillo por la espalda.
Se acomodó el monóculo y te sonrió dulcemente, delatándose. Te estremeciste, ¿cuál era la trampa?
Su sonrisa duró poco y flotó rápidamente hacia el frente para extender una mano con uno de los libros que otorgaban en la biblioteca y que por fortuna utilizaste para estudiar en el verano.
“Asumiré que fueron astutos y estudiaron todo lo que veremos estas semanas.” De nuevo, sin bienvenidas ni palabras orgullosas, esas solo fueron para ti.
Apretaste los puños, un par de tus compañeros se tensaron y otros simplemente endurecieron la mirada preparados. “Habrá una prueba escrita antes de comenzar con cada uno de los hechizos prácticos, quien repruebe el examen no podrá avanzar con los demás.”
Si, no había obligación en seguir estudiando en temporada de descanso, lamentablemente Sage no era un profesor que entendiera de prudencia y descansos.
El hombre no se apiadó por aquellos a los que vio confundidos o preocupados, simplemente hizo desaparecer su libro y se empujó hacia atrás en el aire para llegar al pizarrón.
“Entiendo que estén acostumbrados a pruebas escritas fáciles, pero el programa se ramifica a partir de este año a nada más que hechizos.” Hizo énfasis en la palabra fácil, como si se estuviera regodeando de que aún no les muestra lo sádico que podía ser con sus pruebas y probablemente, mientras más aumenten los semestres, lo hará más la dificultad de los exámenes. “Pero no puedo permitir que estudiantes estúpidos pongan en peligro a sus demás compañeros por no tener la seriedad suficiente como para ilustrarse en el tema.”
Algunos de tus compañeros comenzaron a anotar las palabras de Sage para prepararse con antelación, otros escribían el nombre de los libros que Sage sostenía y hacía desaparecer, otros copiaban los diagramas y matrices, aunque no supieran que era.
“Quien falle tres exámenes propedéuticos está fuera del programa.” Todos se congelaron, escuchaste el coro de plumas azotar contra la mesa. Tu apretaste las esquinas de la mesa para sostenerte mientras levantabas la vista hacia el frente, con Sage. Para tu desconcierto y respiración agitada, no te estaba viendo a ti. Sino más arriba, donde estaban sentados el resto de tus compañeros. “Si fallan tres pruebas, no habrá forma de que se recuperen para librar el año… así que, ¡esfuércense!”
Eso ultimo lo dijo con una sonrisa radiante mientras se pavoneaba de regreso hacia su escritorio para comenzar, no una catedra sino el matadero de estudiantes que eran una serie de preguntas específicas y tomadas a consciencia de cada libro que asumió que tomaron para estudiar.
Ni siquiera habías abierto tus apuntes o encantado tu pluma…
“¡Tu, dime las cinco condiciones para invocar un escudo reflector!” Sage se elevó más alto y se inclinó hacia delante, señalando a uno de tus compañeros que se veían más estúpido (según él).
“Ah… ehm, ¿un escudo expuesto a magia blanca o magia de la luna oscura, profesor?” Diste un giro sobre tu silla bien limpia y pulida para ver a tu compañero. Se levantó como si la silla le quemara el trasero, era uno de los que te había visto mal hace rato. Ahora… era tan graciosamente diferente cuando le tocaba enfrentarse al profesor Sage. Podías ver el brillo de sudor en sus manos constantemente retorcidas entre sí, su frente brillosa y el sonrojo de vergüenza en sus orejas.
Sage entrecerró los ojos y sonrió enseñando sus colmillos, apreciaba las preguntas tontas que utilizaban para ganar tiempo, pero eso no iba a funcionar, no con él.
“¡Dime todas!” Extendió los brazos al aire, hoy se sentía particularmente atrevido. ¡Lo habían privado tantos meses de sus preciados alumnos, tenía que volver a adiestrarlos o se volverían estúpidos de nuevo!
Y como era de esperar, tu compañero solo balbuceó frases a medias antes de rendirse.
“Lo siento, no estudié eso…” Se encogió mientras se sentaba con rapidez, al juicio de todos.
“¡Ay, qué vergüenza! ¿Vas a decirle eso a las personas muertas que no pudiste proteger?”
Un par de tus compañeros desviaron la mirada. Otros hundieron más el rostro sobre sus apuntes como si así pudieran reducir las posibilidades de que Sage los interceptara. La crueldad de Sage, por mucho que la conocieran, seguía cayéndoles como agua helada cada vez que se dejaba ver. Era como si el hombre se encargara personalmente de recordarles que nadie llegaba allí por ser especial; había que sostenerlo. Y había que ganárselo, ganarle a él.
Lo raro, es que Sage no te estaba partiendo en dos a ti, sino al resto de tus compañeros.
¡Un error suyo, pasó tanto tiempo el año pasado intentando someterte que casi descuida a sus otros queridos estudiantes!
¡Pero no deben preocuparse, ahora que va por ellos!
Continuó sin dar tregua para que nadie pudiera recomponerse.
“Tú.” Tarareo mientras señalaba al chico de al lado que esperaba librarse de ser descuartizado solo por la probabilidad de que la persona a su lado ya había participado. Lamentablemente eran tan pocos alumnos que era imposible evadir a Sage. “Define los tres pasos de un anclaje dinámico.”
Comenzó bien, luego trastrabilló a mitad del primer paso, esperando que Sage se apiadara y lo cortara ahí. Pero no, lo dejó seguir como un animal yendo al matadero, asintiendo a cada tontería recitada para que siguiera balbuceando. Haciendo que todo el auditorio escuchara las tonterías que fingía recordar o inventaba para rellenar huecos en la teoría.
“No no no no no.” Finalmente dijo cuando el alumno terminó. “No, eso fue tan torpe… ¿cómo pasaste el año pasado?”
Las risas nerviosas salieron más como un gemido de agonía, pero todos se callaron y se enderezaron en cuanto Sage volteó a verlos para buscar al siguiente, nadie quería ser el siguiente.
“¡Tu!, ¿qué se necesita para un hechizo de cambio de forma exitoso?”
“¿Quiere que le diga todo…?”
“¡Si!”
¿Eso fue un quejido de llanto…?
¡Algunos alumnos incluso desviaban sus iris hacia abajo, hacia ti! Para intentar un truco barato que desviar la atención del profesor Sage y fuera contra ti, como siempre. Como solía ser siempre.
Y ese era el problema, que contigo no estaba siendo así hoy. Lo notaste al instante, no las preguntas; sino que te evitaba a propósito. O al menos evitar tratarte con la aspereza que a los demás.
Porque mientras iba destrozando a cada alumno con una precisión que bordeaba el disfrute, evitaba tu mesa con demasiado cuidado. No lo suficiente para que pareciera que te estaba ignorando, pero sí como quien le da vueltas a un charco porque no quiere ensuciarse el dobladillo del pantalón.
“¡Ahora, dime el rango de geolocalización en un hechizo de seguimiento mediano!”
“¡Profesor Sage, ya respondí dos veces!”
“¡Y lo sigues haciendo igual de mal, vamos piensa!”
Pero eso no te enternecía, te molestaba. Algunas respuestas las sabías, otras las anotabas para estudiarlas después.
Pero no te sentías agradecida, no después de haber estudiado tanto; porque, para comenzar ni siquiera estaba dando la retroalimentación que tu solías pedirle con las respuestas. Te sentías insultada.
* “Cobarde.” * Y por supuesto que te escuchó, soltó un pequeño quejido antes de quedarse callado, como si lo hubieran pateado y echado un balde de agua luego de hacer un truco.
“¿Profesor Sage?”
Error, porque ese alumno volvió a darle cuerda.
“¡Dime la magnitud de onda para una explosión provocada entre un hechizo de magia blanca y magia de la luna oscura!” El estudiante solamente chilló de agonía.
Después de un par de minutos sin que Sage volteara hacia ti, te aburriste. Diste un giro de nuevo sobre tu silla y miraste la cajita con el pastel, de repente te había regresado el hambre.
Te sentaste erguida para deshacer el listón de la cajita de regalo, era morado y sus bordes estaban adornados con brillantina. Escuchabas el parloteo y las risas malvadas de Sage mientras la cajita cedía al ser desatada.
Tus ojos aburridos se abrieron al reconocer la fruta verde con trocitos amarillos entre la crema y el pan, de repente al hambre te había regresado y tomaste la cucharita diminuta con entusiasmo, la que siempre acompañaba la decoración del pastel.
Siempre fuiste quisquillosa para comer, lamiste la crema de la cuchara, te comiste el pan y dejaste los trozos de fruta para el final de cada mordisco.
* “Por fin.” * La oreja izquierda de Sage se movió ligeramente al escucharte.
“¿Cómo se deshace un hechizo parasitario sin tocar la matriz de un hechizo?”
“¿Qué clase de hechizo?”
“Hablas demasiado para alguien que no sabe que solo existe una forma.”
Sage seguía revoloteando sobre tus compañeros como un cuervo que había encontrado carne de cañón particularmente deliciosa. Particularmente malintencionado, no te sorprende. Si no se desquitaba contigo, lo haría con alguien más.
Y tal parece que tu eres la única capaz de aguantarlo entero, porque es casi lamentable como ni siquiera entre cinco pueden responder una pregunta bien.
Te encogiste de hombros mientras soltabas un murmullo satisfecho después de llevarte otro trozo de mango a la boca.
En otras circunstancias, quizás si fueran tus amigos o tus compañeros de la básica; levantarías la mano y responderías para evitar la incomodidad de todos.
Pero no, honestamente no dabas una moneda de oro por esos molestos hombres. Que se la arreglen solos si tan genios y millonarios eran.
Lo que no lograbas discernir en esa mente hueca que Sage se empeñaba por mantener en blanco para no molestarte con sus pensamientos era que él si quería preguntarte para que participaras.
Truthless Recluse le contó lo duro que estudiaste, cada tema, discusión y demostración de hechizos que él te enseñó durante las vacaciones de verano. Sabía que no habías perdido el ritmo, que incluso eras mejor que hace dos meses. Y esa información Sage la había guardado como su pequeño tesoro.
Tenía tantas preguntas, temas para discutir contigo y la clase, incluso si solo uno de ustedes (tu), podía exentar ciertos temas; no dudará ni un poco en aumentar la dificultad de su cátedra.
Pero no ahora.
¡Estabas comiendo el pastelito que te regaló!
Sage siempre ha presumido de ser un increíble maestro de ceremonias, quizá por eso mismo era un actor increíblemente malo.
Tú no te diste cuenta porque tenías la vista perdida para saborear mejor el kiwi del que Truthless te había privado todas las vacaciones en cada cajita de regalo.
No importa cuantos ademanes y maromas hiciera Sage en el aire para entorpecer a los, ya de por si nerviosos y torpes estudiantes; una vista bien entrenada y sin sudor podría identificar la forma en que te miraba de reojo de vez en cuando.
Como sus ojos se achinaron cuando vio que recobraste el hambre cuando viste la fruta que contenía el bizcocho.
Lamías la crema apáticamente y el bizcocho parecía no encantarte, pero la fruta era a lo que le prestabas atención. Te comías trocito por trocito, masticabas más de la cuenta y cerrabas los ojos cuando tragabas.
¡Ese era el sabor, de esos te gustaban!
Y Sage elegía seguir viviendo la fantasía, por lo que fingió que no eras una opción en su matadero personal el primer día de clases.
Era lo suficientemente inteligente para no dejar que los demás se dieran cuenta. Pero mientras más obvio era desviando la mirada hacia ti, más ridículo y triste se volvía. No era gracioso, no era algo de lo que te burlarías si te dabas cuenta.
Era humillante, una idea prematuramente romántica por un detalle mal atribuido que él creía mutuo.
No fue cuando terminaste de lamer lo último de la cuchara, ni cuando dejaste la cucharita dentro de la caja para cerrarla y procediste a beber un poco de agua.
Fue hasta que te vio acomodarte en tu silla.
Notaste que se habían callado, Sage te señaló con una sonrisa. No burlona o de esas que hacían que quisieras abalanzarte sobre él para matarlo.
Era una sonrisa pequeña y satisfecha, como un gato que cazó una cucaracha para ti.
“Tu.” Rodaste los ojos, el pastelito en tu estomago se agrió. Que horrendo era verlo hablarte otra vez con esa diversión mezquina después de haber partido a todos tus compañeros. “Repito, ¿cuáles s-.”
“No es necesario que repita.” Lo cortaste mostrándole la palma de tu mano, te enderezaste en tu asiento y echaste el brazo sobre el respaldo para voltear hacia atrás a tu compañero que no pudo responder la primera pregunta.
No querías ver a Sage mientras respondías, preferías la mueca de ira mal digerida del otro hombre tonto a tus espaldas.
En realidad, no era una pregunta tan difícil, eran como esas preguntas del programa de sanadores que no requerían pensar; simplemente memorizar las opciones y sus posibles bifurcaciones para recitar lo que se pedía.
Tan simple como haberlo repetido un par de veces sola en tu habitación para que se te quedara grabado.
Para cuando te reacomodaste para voltear hacia el frente, Sage flotaba en el centro del auditorio con las manos entrelazadas en un gesto extraño de atención y una sonrisa.
Te miraba como si hubieras hecho algo mucho más intimo que responder a una pregunta. Porque tu ibas a ser no solo su próximo proyecto personal, su tutorada que llevaría a la graduación o su amante; sino la mujer que representaba los frutos que daba ser tan estricto en este programa.
Tus respuestas, después de saber lo mucho que te habías esforzado por estudiar; eran una caricia para él.
Tu le regresaste la mirada con una mueca hasta que tus labios se levantaron y mostraron tus dientes.
“¡Exactamente, querida!” Sage ignoró eso y levantó las manos en señal de que por fin lo habían liberado de su ronda interminable de preguntas que solo obtenían respuestas patéticas. “Lamentablemente, no puedo dejar pasar la incompetencia de los demás después de esta patética demostración de conocimiento, ¡o debería decir analfabetismo!” Sage chasqueó los dedos y la cajita vacía que planeabas levantarte a tirar luego, se elevó por el aire y fue lanzada al bote de basura. “¡Muy bien, lápices fuera, apuntes dentro! ¡No quiero que volteen a mirarse entre sí, examen de prueba!”
El salón entero, contigo incluida, soltaron un gemido quejumbroso que hizo eco hasta las oficinas laterales.
“Por favor, ¿creen que a mi no me molesta tener una generación entera de idiotas?” Sage se inclinó hacia los demás, por primera vez no te sentiste incluida. Vaya novedad, ¿Solo porque respondiste bien? Te preguntas si alguien se la habrá chupado esa mañana o a que se debía tanta hospitalidad de su parte. Aún tienes deudas pendientes con él como para notar los gestos que te convenían.
Ahí fue cuando una idea se enrolló en tu cerebro, ¿quizás el director realmente lo reprendió? ¿Tal vez por eso estaba evitando choques directos contigo para evitar otra queja de tu parte? Después de todo, las quejas individuales eran una cosa, pero las quejas acumuladas de un solo alumno solían ser interpretadas como acoso en cualquier lugar.
Escuchaste a Sage suspirar de la nada, decepcionado. No te importó la razón.
La verdad es que Sage, en contra de lo que estuvo intentando todo el verano para corregirse, aún no descubre una forma para dejar de escuchar todas tus ideas y pensamientos emergentes. No puede hacerlo solo, te necesita cerca para probar y equivocarse con los hechizos de protección mental.
Es por eso que; escuchó ese pensamiento erróneo tuyo.
¡Claro que nadie lo reprendió! Bueno… ¡casi nadie! Esto era cambio genuino y un intento de llegar a tiempo a algo que solo él sabía que se estaba alejando. Pero no estabas entendiendo, ¡tal vez deba seguir siendo más efusivo al respecto con su lenguaje y sus acciones!
Sage hizo un ademan en el aire y del rastro que iban dejando sus dedos, apareció la montaña de papel que conformaban exámenes tan bastos para tan pocos alumnos.
El tuyo, por supuesto que era el pliego de hojas más grueso.
Si, era enorme por la cantidad extra de preguntas. Pero también lo era porque estaba mejor organizado… tenía más espacio para desarrollar; como solían ser tus respuestas. Las preguntas múltiples tenían espacio innecesario por si querías agregar algo extra y las preguntas trampa, porque claro que las había; estaban hasta el final para que te concentraras en el contenido que de verdad importaba.
No te estaba favoreciendo para que tuvieras todas las respuestas, eso sería bastante grosero y tonto en una carrera tan exigente. Simplemente te daba herramientas para que estuvieras más cómoda.
Quisiste voltear hacia atrás para ver si alguno de tus compañeros también tenía un examen así de… cómodo. Pero no querías reprobar la primera prueba del año por ser atrapada intentando ver las pruebas de los demás.
Así que respondiste, sorprendentemente rápido. No porque las respuestas estuvieran ahí o fueran problemas fáciles, la dificultad había subido como habrías esperado de un nuevo año. Sino que desarrollabas rápido porque tenías espacio y todo estaba ordenado a tu forma de pensar y responder.
Al final estabas segura de haber fallado unas cuantas, pero por lo menos no te sentías drenada al acabar.
“¡Entreguen!” La palabra fue dicha por mera cordialidad, porque Sage simplemente hizo un ademán de jalar con su dedo y todos los exámenes flotaron de regreso a una pila bien ordenada sobre su escritorio.
Los exámenes se desplegaban, se corregían, eran marcados con tinta roja en los errores más torpes. La tinta dorada estaba reservada para promedios aprobatorios y quizás una carita feliz si lo sorprendían. La clase entera observó en un silencio húmedo y sin esperanza.
Él ni siquiera disimuló la velocidad y la diversión que le provocaba ver las respuestas. Utilizaba la tinta roja con un sadismo excepcional.
“Qué alegría.” Dijo mientras los primeros resultados eran asentados y puestos boca abajo. “Es incluso peor de lo que supuse.” Todos se hundieron en el resentimiento colectivo, tu no creías tener una calificación tan mediocre; pero te unías al sentimiento por el simple arte de odiar a Sage.
Se había hecho tarde con tanta facilidad cuando un examen de proporciones odiseicas era presentado, aún quedaba tiempo suficiente para que Sage anunciara los resultados.
Sin embargo; en la interminable espiral de diversión retorcida que significaba para él hacer sentir angustia a estudiantes; él quería que pensaran en lo que no hicieron durante las vacaciones.
“La clase terminó.” Canturreó Sage, sin temor de mostrar la satisfacción en su rostro. Sentiste las miradas clavándose en tu espalda, como si esperaran que esas palabras te hayan encendido el culo y pelearas con Sage para que les diera sus calificaciones ahora mismo en lugar de esperar innecesariamente un día en angustia.
Pero la petición indirecta de personas que no te agradaban; hacía que quisieras hacer justo lo contrario.
Tu silla fue la primera en chillar cuando la raspaste contra el suelo para levantarte y comenzar a guardar tus cosas con rapidez.
Te hiciste la tonta y fingías no ver las miradas que buscaban contacto con la tuya desesperadamente.
Al final se rindieron, las bolsas se cerraron con rapidez furiosa. Todo el grupo comenzó a salir con hartazgo y los hombros caídos en la desesperanza.
Tomaste tos cosas en brazos y comenzaste a caminar rápido, por miedo a que…
“Tú te quedas.” La frase de tu profesor te tomó tan por sorpresa que soltaste un quejido sonoro para todos. Los últimos alumnos que salían por la puerta voltearon solo para burlarse de ti con risas y cotilleos. Al menos ellos saldrían temprano y tú te quedabas con el dolor de culo más grande de toda la academia.
“No quiero.” Rezongaste.
“No te lo pregunté.” Y ahí estaban los dientes que había ocultado todo este tiempo, se te enderezó la espalda, erizada y con todo de ti listo para pelear. Te volteaste con violencia.
Perfecto, ahora si querías quedarte, pero a pelear.
“Tengo una queja de usted vigente en el archivo del director, ¿quiere otra?” Sage ignoró tu bofetada verbal y descendió al suelo. Sus tacones chocando con el piso por primera vez en el día hicieron un eco seco.
Te plantaste en tu lugar seguro a unos metros lejos de él, no solía verse porque siempre se la pasaba flotando como un abejorro, pero era alto. Tanto que ofendía el uso de esos tacones.
Te sostuvo la mirada un segundo largo, inclinándose sobre su centro. Y luego hizo lo más horroroso que pudo, sonrió dulcemente.
“Hiciste un examen esplendoroso, cariño.” Te tensaste, no por el elogio o el apodo que utilizaba con la mitad de la academia. Era que no parecía estar bromeando, no había sarcasmo o burla maliciosa. Había elegido hablarte con una sinceridad que sabía tan artificial en él que se te erizó la nuca.
“No me hables así.” Con tonterías como esas a veces era difícil seguir manteniendo la formalidad al hablarle. Y, bueno; ya lo habías abofeteado. Seguramente no haría ningún daño si comenzabas a hablarle así.
Él parpadeó confundido, como si genuinamente no hubiera previsto que esa forma de hablarte te hubiera molestado.
“Quise decir que te desempeñaste muy bien.” Corrigió de inmediato mientras desviaba la mirada e intentaba encontrar soporte en una estructura sólida del auditorio mientras jugaba nerviosamente con el oro de su cetro.
Tu examen flotó y se desplegó frente a ti para que pudieras ver la calificación puesta en tinta dorada en la primera hoja, seguido de una carita feliz de tinta corrida. Un truco barato que escondía la cara de Sage.
“No necesito que me felicites, sé que lo hice bien.” Empujaste el examen con tu brazo libre para que dejara de bloquearte el campo de visión.
Sage apretó apenas la boca, no herido, sino conteniendo la reacción vieja de responderte algo cruel solo para recuperar terreno. De no sentir que su ego estaba siendo pisoteado. Se tragó esa versión de sí mismo con una disciplina extraña y muy visible.
Qué hombre tan sospechoso.
Entonces hizo aparecer una pequeña torre de libros sobre la mesa lateral. Todos con cintas de color sobresaliendo del cuerpo de los libros y marcando secciones concretas.
“Los temas de las pruebas propedéuticas.” Levantó una mano y los libros se acomodaron por tamaño, desfilando frente a ti, abiertos en páginas distintas para mostrarte su trabajo. Páginas resaltadas, marcapáginas ordenados, notas hechas con lápiz. Como si le estuviera ofreciendo una ofrenda a una fiera que no sabe si comérselo a él o si considerará lo suficientemente apetitoso lo demás. “Te ayudará mucho a prepararte, puedes pedirme ayuda si no entiendes algo.”
No ibas a impresionarte o a darle las gracias.
“¿Me crees tan estúpida como para no saber en que libros buscar tus predecibles exámenes?” Respuesta incorrecta, sus pruebas eran bastante retadoras. Esperabas que tu comentario no fuera un incentivo para que aumentara el nivel de dificultad de los propedéuticos.
Tú seguías queriendo pelear. Lo sentías en el cuerpo como calor acumulado. Querías hablar de la queja, del director, del hecho de que habías ido, habías contado todo, habías quedado vacía y al final el sistema solo le había dado un golpecito tibio en el hombro por hacer sus tonterías. Por que “Sage era un profesor muy valioso”.
* “Sería más valioso disecado.” * Sage se incomodó apenas, un tropiezo a su sonrisa rehecha.
Él tomó aire. Se aferró al cetro con ambas manos, vertical contra el cuerpo, en una postura tan ridículamente inocente que habría dado risa de no ser porque la conocías demasiado bien: estaba escondiendo las uñas. Pero también reconocías esa postura donde agachaba demasiado la cabeza para expresar una puerta abierta para dejarte mostrar tu enojo.
Y tú ibas a aprovechar esa puerta.
Ibas a tomar toda esa mansedumbre e ibas a abusar de él.
“Hablé con el director.”
No se disculpó, no minimizó la situación o intentó justificarse. Solo siguió ahí, dando un pequeño repiqueteo con sus tacones para acercarse poco a poco a ti y esperando que no le mordieras el cuello y lo sacudieras violentamente como le pasa a sus peluches cuando a Recluse no le gustan y hay un perro cerca.
Aunque reconoce que se reprendió mentalmente todo el verano, eso debería contar ¿no…?
“¿Ah sí?” Te burlaste. “¿Te dijo que hicieras un truco para librarte del castigo?”
“No fue una conversación agradable.” No indagó en su mentira, prefería mantener la fachada sin soltar información que pudiera sacar a relucir el conflicto de intereses que significaba ser el director y el profesor problemático al mismo tiempo. “Me pidió prudencia y razón para resolver esto.”
“Qué bueno que tenemos un director tan sabio, ¿qué sería de nosotros?” Torciste los labios.
“A veces lo es.” Eso te dio ganas de tomar uno de esos libros y lanzárselo en la cara.
“No estoy para esto.” Apretaste más tus cosas contra tu pecho.
“Yo tampoco.” Respondió con desesperación en cuanto te vio intenciones de girar hacia la salida.
“Pobrecito.”
Sage estaba casi seguro de que una palabra más y gotearías veneno de tus caninos. ¿Dónde aprendiste eso?
Ah si… de él.
“Estoy acatando las órdenes del director.” Ordenes que él mismo se puso y que podrían ser malinterpretadas si no tenía cuidado.
Y era lo más repugnante de él, incluso a estas alturas seguía mintiendo porque la mentira ya estaba tan enraizada a ambos que no podía echarse hacia atrás sin perderte. Casi le daba risa, él debería estarse riendo ahora mismo ¿no?
“Y aún así seguimos atados.” Te inclinaste suavemente sobre tu eje con el ceño pronunciado y los ojos entrecerrados de una decepción diseñada para hacer sentir mal a las personas, sobre todo aquellas que esperaban aprobación de tu parte.
Ahí sí, por fin. La palabra pareció entrarle recta por las costillas. La suave sonrisa en su cara se mezcló en una mueca apenas un segundo y volvió a coserse con esa misma prisa humillante de las últimas semanas.
“Si, seguimos atados.” Prosiguió antes de que tuvieras la oportunidad de ejercer violencia contra él, su monóculo se había ladeado, su flequillo estaba despeinado y no podías evitar notar la leve capa de sudor en su frente que le daba un aspecto desaliñado y nervioso. Que asco, se veía tan pequeño que podrías aplastarlo con la suela de tus zapatos. “He estado trabajando en eso.”
“Por supuesto, esto es tu culpa.” Te reíste de pura molestia.
“Pero no puedo hacerlo solo.” Tu sonrisa se borró, esa frase no te gustó y mucho menos la mirada de severidad que te dio luego de lucir absolutamente patético hasta ahora. “Puedo probar con mi propia mente, claro, pero no sirve de mucho.” Una sonrisa miserable le pasó por la boca y murió enseguida. “Me resulta bastante fácil dejar mi mente en blanco cuando quiero para que no escuches nada, pero yo sigo escuchándote siempre, aunque te esfuerces por evitarlo.”
No te esforzabas, todos los insultos que ha escuchado hasta ahora son totalmente a propósito, aunque tiene razón. De todas formas, si no quisieras que te escuchara, no podrías evitarlo.
“No voy a ayudarte a resolver el problema que tu causaste.”
Sage por fin dejó ver una expresión de molestia, pero se mitigó en un parpadeo. Porque, por primera vez el lazo no era culpa de Sage. Fue tuya, por indagar en su mente, por entrar donde no debías. Esto no debía pasar, tu fuiste el detonante para todo este problema.
O al menos, eso fue lo que pensaba en las noches cuando no obtenía avances en su investigación.
La verdad era que, eras tu; esto iba a pasar tarde o temprano. Así que siguió, reacio a continuar con la odisea que convergía al futuro distante donde te convertías en su mujer. Así que se tragó todo lo que tenía que decirte y sonrió con dulzura.
“Necesito que estés presente para probar si los hechizos de contención pueden reducir la resonancia del lazo, al menos lo suficiente como para que yo no escuche tu mente… si no quieres.”
“¿Por qué querrías conservar el lazo?” Atacaste. “Es más fácil destruirlo que intentar mitigarlo.”
“Porque no puede deshacerse. Puedes investigar tú también si no me crees.” La voz le salió más baja, casi sin querer. “Quiero ayudarte y también… quería verte bien hoy.”
Que escalofriante, ni siquiera pudiste sentir lástima porque no la identificaste como tal. Ni siquiera te estaba pidiendo una disculpa apropiada, no admitía su error y no te dejaba en paz.
“Quería que tuvieras una agradable mañana, yo… quería que…” Era una conversación desagradable, de esas que no arreglan nada y, aun así, te desordenan los órganos un poco porque las respuestas no eran las que querías.
Era bastante difícil seguir escuchándolo, mientras más lo interrumpieras; mejor.
“Claro… y ayudarme significa tener que desperdiciar mi tiempo contigo.”
“Sí.” Respondió seco, pero sincero. Y después se encogió sobre sí mismo, lo había hecho tantas veces que estabas segura de que ahora estaban a la misma altura. “Solo el tiempo necesario si así lo deseas, después de clases. Y… ¡no todo puede ser malo, puedes aprovechar tu tiempo!” Bajó las orejas mientras te miraba desde abajo. “Puedo ayudarte a prepararte para las pruebas.”
“Pude con ese patético examen tuyo, puedo con las propedéuticas.”
Había algo en la forma en que Sage inclinaba la cabeza, sus ojos entrecerrados con una ligera capa lechosa en ellos que se hundían con algo doloroso. La iris dorada brillaba demasiado, pero la azul te permitía reflejarte en ella; pidiendo, intentando alcanzar algo que todavía no se le era permitido. Sus cejas temblorosas se fruncían hacia la desesperación, apretaba su cetro contra su pecho y parecía querer decir tanto.
Pero simplemente se callaba a tu disposición.
El cabello de su flequillo blanco se le pegaba a la frente, le picaba la piel y su sedoso cabello se despeinaba con la respiración.
La camisa blanca debajo de todo ese cuello y adornos pomposos delataba su respiración suave que le ampliaba el pecho. Algo que te hacía querer patearle la cara y luego poner la suela de tu zapato contra su cara para ver si la lamía.
Te sobresaltaste ante el pensamiento. No porque estuviera mal, habías tenido pensamientos peores y más grotescos hacia su persona. Sino porque podía escucharlo… o más bien, ya lo había escuchado.
Lo escuchaste respirar por la boca, lo viste mirarte con los ojos bien abiertos y luego bajando vergonzosamente hasta la punta de tus botas que se asomaba levemente debajo de tu túnica negra.
Porque él te dejaría… si eso quisieras él te dejaría hacerlo. Sage, el profesor invencible, el sabio más arrogante de la academia y el hombre cruel que te hizo llorar esa vez…
Si eso compensa algo, si esa era la forma en que por fin le permitías acercarse desde abajo, desde el lugar miserable que se había ganado, entonces él…
Sage levantó su mirada con algo raro en la cara, con la desesperación de que podría perder la cabeza y arrodillarse solamente para ver que ocurría. No un profesor, un hombre que acababa de descubrir, con horror, que incluso tu crueldad le ofrecía una forma de contacto.
Un golpe tuyo significaba cercanía, una patada en la cara significaba tenerte ahí, con él.
Si tuviera una cola, estaría golpeando rítmicamente el suelo con ella. Comenzó a desesperarse, a sentirse incomodo en su piel y en su situación. La ropa le quedaba más ajustada, el cuello demasiado alto y su souljam pesaba de repente.
Quería hacer tantas cosas. Y eso lo notaste, como un gato cuyas orejas se mueven ante la mínima perturbación en el aire. No te llegó ningún pensamiento suyo, pero lo sentiste: un impulso torpe y febril de arrodillarse solo para ver qué hacías. La posibilidad absurda de dejar su cetro de un lado, bajar la cabeza, y ofrecerse para ti.
Rápidamente abriste los ojos de más, viste a la pared blanca y te giraste para irte corriendo. Esta vez Sage no logró alcanzarte por mucho que lo quiso en ese momento.
“¡POR FAVOR, PIENSALO!” Fue un grito desgarrador detrás de ti, no fue una orden; era una súplica. Frunciste el ceño mientras trotabas lejos. Pero no volviste a escuchar algo cuando cruzaste la puerta.
Sage tenía su tiempo perfectamente cronometrado, cuando cruzaste el pasillo; los dos estudiantes de quinto año llegaron al auditorio de junto. No los conocías, no eran tus amigos, pero reconocías sus caras por la cantidad de veces que se han peleado por los libros de la biblioteca.
Sage se quedó solo, mudo y con una incomodidad en su ropa por la vergüenza.
Que imbécil, aunque no esperaba espantarte de esa forma, ¡fuiste tu la que pensaba en darle una buena golpiza, no puedes echarle la culpa del todo!
Bueno, sí podías.
No era culpa de tus pensamientos, era de lo que Sage podría haber hecho con ellos. Para comenzar, ni siquiera debería poder escucharlos. Tu privacidad y tus ideas sadistas con él eran asunto suyo.
Sin embargo, te oía de todas formas.
Sage se pasó una mano por la cara, lento, arrastrando los dedos sobre el puente de la nariz y el monóculo para reacomodárselo. Miró la mesa con los libros que te dio, los olvidaste. ¿O simplemente no quisiste tomarlos?
Desvió su mirada hacia la pizarra mientras sacaba un pañuelo blanco del bolsillo interior de su camisa y se limpió el sudor de la frente. ¡No podía dejar que sus queridos estudiantes de quinto año lo vieran tan desaliñado!
Claro, estaba inmiscuido en grandes problemas justo ahora, pero eso no era culpa de sus demás estudiantes. Tenía que verse presentable y concentrado.
¡Tal vez les haría un examen extra difícil como bienvenida! Sage soltó una risilla mientras se recomponía, dio un pequeño aplauso con las manos para despertarse del ensueño e hizo desaparecer tus libros. ¡Te los dejaría en la puerta de tu habitación!
Un ultimo ademán de magia que lo recorrió de pies a cabeza lo dejó limpio e impecable y tomó sus cosas para ir a revolotear al aula de sus demás alumnos.
Llegaste al edificio de dormitorios sin recordar, casi te caes un par de veces por los escalones del jardín.
No porque estuvieras anonada, poco a poco habías aprendido a mantener tus emociones en control para que Sage no afectara demasiado en tu vida como siempre lo había hecho. Te estabas insensibilizando.
No le dedicabas tiempo a su sospechoso comportamiento ni a lo que sea que haya pasado ahí adentro.
En tu cabeza daba vueltas la misma idea una y otra vez, la comías y volvía a surgir detrás de tu nuca. Repasando las conversaciones que escuchaste todo el verano a hurtadillas. O, al menos, todo lo que habías ignorado y ahora que ya no sabías como cortar las raíces; necesitabas prestarle atención.
Tantas quejas sobre Sage, no es posible que ni el consejo de alumnos y profesores hayan hecho algo. Claro, ¿cómo podrían hacer algo si el director es quien frena todas las quejas? Si simplemente tiene una conversación poco agradable con Sage.
No, él necesita ser sancionado de verdad, recibir advertencias, ser retirado de labores por un tiempo de acuerdo con su falta. Su libertad de catedra tiene que detenerse.
Esta tarde te diste cuenta de algo. Si, todas las quejas sobre Sage son meramente académicas y administrativas. Es mucho más fácil evadir un castigo por calificaciones injustas, métodos de evaluación cuestionables y conflictos con alumnos.
¿Y si Sage quisiera salirse con la suya con algún alumno? No académicamente, pero si con esa actitud escalofriante y bizarra simplemente decidiera que le agrada demasiado alguien… Una alumna, de esas que se le confiesan atrás del edificio del programa de magia de repostería cuando creen que nadie los ve. ¿Quién lo detendría? ¿Y si él…?
Tu hilo viciado de pensamientos horribles y preocupantes se disiparon, como un ventarrón de aire a la neblina. Te tropezaste con el escalón diminuto que marcaba el pequeño patio de tu edificio, solo así lograste levantar la vista.
Pero la sensación de estar a pasos de tirarte sobre tu cama no fue lo único que te agradó, la ligera brisa del otoño que hacía crujir las hojas secas del suelo que el personal barrería mañana también traía un dulce aroma a vainilla fresca.
TR estaba de pie, apoyado suavemente de su bastón hacia la derecha. La suave capa de sonrojo por el sol de otoño delataba que llevaba un buen rato esperando.
Algunos alumnos entraban y salían del comedor, viéndolo más de la cuenta, pero él simplemente cerraba los ojos para descansarlos; hasta que te percibió.
Su postura tomó vida y te sonrió a lo lejos con los ojos perezosos.
Ni siquiera te molestaste en saludarlo, lo cual pudo rozar en un gesto maleducado. Simplemente corriste hacia él y lo abrazaste por la cintura, apretando tus materiales de clase contra sus cuerpos. No podías juntar tus manos alrededor de su torso, así que simplemente te aferraste a su túnica.
* Día difícil. * Pensó Truthless, así que no preguntó.
Simplemente te rodeó con la mano que sostenía su bastón y colocó su palma sobre tu cabello para darte leves caricias reconfortantes.
Te encogiste aún con la cara enterrada cerca del broche de su capa, aún te resultaba vergonzoso como comenzabas a sentir el corazón acelerado y el estómago ansioso en su presencia. Sobre todo, después del beso de anoche.
“¿Quieres algo de comer?” Te preguntó mientras seguía acariciándote el cabello.
Lo pensaste un poco, no habías comido en un largo rato, pero tampoco es que… El borborigmo de tu estomago delator habló antes de ti, seguido de un profundo gemido de sufrimiento de tu parte mientras te enterrabas más contra sus ropas y su amplio pecho. Olía bien, siempre lo hacía; incluso si llevaba demasiado tiempo bajo el sol quemante de la temporada.
“Vamos a la cafetería.” Escuchaste como resopló divertido y te volvía a hablar con la voz grave y cansada.
“Podemos ir al comedor.” Te separaste levemente de él, pero aún apoyada contra él y siendo sostenida fuertemente contra él.
La verdad era que, ya no protestabas ante la cantidad de dinero que gastaba en ti; pero la comida en tu edificio no era mala. Y tal vez hoy habrían hecho ese estofado que te gusta.
“Hoy es tu primer día de clases, comamos algo especial.” Bajó su mirada para verte apoyada sobre su pecho y te tomó la mejilla con su mano que antes te acariciaba el cabello. No viste, pero sentiste la sangre correrte por la cara cuando sentiste su pulgar acariciar la piel de tu mejilla. Desviaste la mirada, en vacaciones solía estar despejado porque todos regresaban a casa o estaban en sus habitaciones.
Pero, ahora todos en el edificio entraban y salían, el comedor estaba lleno. Algunos los veían demasiado tiempo, estabas segura de que era por Recluse. No solía haber hombres tan guapos en los programas, así que entrecerraste los ojos y correspondiste a su gesto apoyando el peso de tu cabeza contra su mano.
Recluse sonrió satisfecho.
Además, el programa de la luna oscura no albergaba personas dispuestas a enamorarse o a salir con alguien exactamente. Todos se la pasaban metidos en las bibliotecas o estudiando en sus habitaciones hasta colapsar. Verte a ti con las túnicas negras y las cintas doradas; era tan inusual como las olas de calor de cada década.
Y tu también estabas segura que, de no ser por la paciencia y disposición de Truthless por ayudarte a practicar hechizos y a estudiar; seguramente lo hubieras dejado por la carga de responsabilidades.
No te llevó al pueblo debido a que ya no podían tomarse tantas libertades en un nuevo año intensivo de estudio y exámenes. No quería regresarte a los dormitorios igual de exhausta que ayer, está seguro de que no dormiste lo suficiente. Así que sería una cita pequeña, cerca para tu comodidad.
Cruzaron el lago y fueron a una cafetería de la aldea al otro lado. TR te ofreció su brazo y jaló tu silla para que te sentaras antes de empujarte adecuadamente contra la mesa.
Debido a que no subiste a tu habitación para dejar tus cosas, él las colocó amablemente sobre el perchero y la mesita de al lado. Y dejó su cetro de orquídea negra apoyado sobre la silla sobrante, en dirección a ustedes.
Te pediste una malteada y algunos sándwiches salados que TR estuvo dispuesto a compartir contigo para que pudieras probar la mitad de todos y ver cuales te gustaban más. Para que estuvieras segura de que pedir las siguientes citas.
Debido a lo que te esperaba este año; probablemente muchas citas ocurrirían ahí.
Eso te hizo sonreír inconscientemente, como si Recluse ya tuviera un cronograma de citas y salidas de acuerdo a tu disposición de clases y estudio.
Te seguía viendo, ahora y en el futuro.
¿Y cómo no pensarlo de esa forma? Cundo se ofrecía a cortar la comida por la mitad, a ofrecerte si querías más, a pedir postres que ya sabía que te gustaban. Te alimentaría él mismo si él no supiera que le darías un manotazo al tenedor con ofensa.
Y, sin embargo; no pudiste evitar sentirte distraída. Te apenaba mucho, considerando lo mucho que TR se esforzaba cada vez que se veían.
“Estas estresada, ¿pasó algo?” No dijo un comentario sobre tu aspecto, sino sobre tu comportamiento. Lo agradecías, probablemente no tenías la mejor carta de presentación después del calor del otoño y el imbécil de Sage. “¿Hay algo de lo que quieras hablar? Puedo ayudarte.”
No valía mucho guardarte el asunto. Tus amigos no lo entendían, aunque les contaras; no podrían hacer mucho y solo harían el problema más grande considerando que ellos también tomaban una o dos clases con Sage al menos una vez a la semana.
Así que simplemente lo sacaste, TR no era un hombre que trastrabillara o se fuera por las ramas. Y considerando su estatus como graduado de tu programa educativo; tal vez podría hacer algo.
“¿De verdad existen vínculos que no se pueden deshacer con magia?” Desviaste la mirada hacia la nada, con las cejas fruncidas; como si te doliera el concepto.
“¿Vínculos sentimentales…?” No entendió tu pregunta, así que tomaste aire, te metiste el bocado de panacota y tragaste para centrarte.
“Estoy atada mentalmente a alguien… en contra de mi voluntad.” Te tensaste, dicho de esa forma sonaba terrible. “Yo… entré a su cabeza intentando usar un hechizo de lectura de mente. Entré a una parte de su cabeza que no debía y desde entonces puedo escuchar sus pensamientos y esa persona los míos.” Te sonrojaste, evitaste especificar que era un hombre. Decir que estás atada mentalmente a un hombre mientras estas saliendo con otro hombre era… ¿indebido?
Pero Truthless no lucía molesto o celoso, simplemente bajó la vista de sus iris bicolor y después ladeó la cabeza. Solo para preguntar y después darte una respuesta que no querías.
“¿Cuánto tiempo llevan atados?”
“Más de un año.”
“Ya intentaron limpiarse la magia del otro?
“Ya, desde el comienzo.”
“Entonces si no es un hechizo. No hay forma de deshacerlo.” El repiqueteo de tu cuchara sobre el plato de porcelana alertó a algunos de los comensales que estaban regados por las mesas de toda la cafetería. Respiraste fuerte por la nariz, no estabas segura de que sentir, pero ira era una parte de esa amalgama sentimental que no sabías como procesar y TR se dio cuenta. “Lamento que tengas que escuchar eso de mí, sé que buscabas una salida.”
Recluse se inclinó sobre la mesa para buscar tu mano que estaba suspendida en el aire mientras temblaba, la que había dejado caer la cuchara. La suya era más grande que la tuya, así que la envolvió suavemente y la colocó sobre la mesa mientras te daba un suave apretón. Juntas.
La mesa fría en tu palma y el calor de Recluse en los nudillos que apretaba para que parara el temblor de tu cuerpo te hicieron mirarlo a los ojos.
Un ojo era dorado, como el sol manchado del invierno entre las nubes, ese sol que se esconde. Mientras que el otro era su cielo pintado de los colores del amanecer.
“Sé que es abrumador y algo que tu no pediste. Si, no puede deshacerse, pero existen muchas cosas que pueden contrarrestar el lazo para que lleves una vida tranquila.”
“Hablas como si-.”
“Yo también me até por accidente a alguien hace muchos años.” Diste un leve salto por la noticia, TR te ancló más a él. Esta vez tomando tu mano entre las suyas, inclinando levemente la cabeza para que te centraras en sus palabras. “Sé de lo que hablo, no son palabras para consolarte. Puedo acompañarte. Nosotros pudimos contrarrestar el lazo, ya no nos escuchamos.”
Te quedaste unos segundos pensando, digiriendo la información.
Técnicamente Sage no te había manipulado haciéndote creer que no podía deshacerse: era verdad.
Y te arrepentirías el resto de tu vida por intentar aprobar ese examen a toda costa, por meterte a su mente.
Aunque no entendías, ¿te habrías atado a Sage de todas formas en alguna de las prácticas de magia donde conscientemente te dejaba entrar a su mente? También entraste a la mente de tus compañeros y algunos amigos. ¿Por qué no estas atada a ellos entonces? ¿Es algo inherente en quienes practican magia de la luna oscura? ¿Entonces porque ningún profesor te lo advierte? ¿Por qué no parece pasarles a todos? ¿Por qué con Sage…?
Y casi como si TR escuchara lo que maquinaba por tu cabecita preocupada; habló.
“No hay una razón, si lo preguntas. Al menos hasta donde he investigado.” Lo miraste, con los ojos entrecerrados de la angustia que te consumía. No sabías que él también cargaba con algo así, y lucía tan integro y centrado. ¿Alguna vez lograrás ser así ante esta situación tan terrible? “Lamentablemente es algo que ocurre, a veces pienso que es un capricho de la magia. Tú eres la tercera persona que conozco que le ocurre en todo el tiempo que llevó familiarizado con la academia.”
¿Tercera persona? Entonces conoce a Sage… no. Sage sería la cuarta persona, cada uno está atado a otra persona. ¿Sería prudente que le contaras de quien se trataba?
Aunque no sabes que tan escandaloso suene que ese lazo proviene de tu profesor, tu enemigo personal. Tampoco querías ser juzgada por estar atada a otro hombre, eso sonaba más que comprometedor. Pero Truthless no te juzgaría, ¿verdad?
“¿Esa persona te ofreció ayuda?” La severidad de su pregunta te sacó de tus pensamientos a kilómetros por hora. El agarre sobre tus manos se tensó, había algo en su semblante y su tono que cambiaron hacia algo de recelo por una persona que no conocía. “El lazo solo lo puede mitigar la magia de los involucrados, aunque sería mejor si pudiera hacerlo yo y ayudarte a calmar tu angustia.”
Pero tampoco lo culpabas, Sage si que te hizo sentir un montón de angustia hasta ahora. Si TR lo conociera, estaría igual de disgustado con él que tú.
“Si.” Dijiste en automático.
“Bien.” Asintió con el ceño bien asentado en su facie. Cerró los ojos unos segundos para calmarse y simplemente suspiró. “Si el idiota no lo logra, llámame de todas formas.”
Cuando abrió los ojos de nuevo te sonrió dulcemente a través de esos ojos cansados y bien decorados por las sombras profundas.
Liberó tu mano y la atrajo hacia él para besarte. Primero la punta de tus dedos, luego las falanges y al final tus nudillos.
Se te erizó la piel y cerraste los ojos con fuerza, solo pudiste escuchar la risilla de Recluse antes de separarse.
No dijo nada al respecto y para cuando abriste los ojos, ya estaba pidiéndole al mesero un té verde para ti. Cuando protestaste con el numero de cosas pedidas dijo que te ayudaría a relajarte, te conoce y sabe que estudiaras por la noche. Sería de gran ayuda que lo hicieras tranquila.
La conversación después de eso fue más agradable, no querías hablar mucho del lazo a pesar de que Truthless insistió en que consultaras con él si algo no iba bien. No querías hablar más de eso en su cita y él lo respetó.
Balanceabas suavemente las piernas sobre la silla de adelante hacia atrás mientras terminabas tus postres y te tomabas el té que te trajeron.
Los silencios eran agradables, pero también te llevaban a una conclusión indeseada.
Tenías que recurrir a Sage, no mañana ni pronto. Lo odiabas demasiado como para tenerlo cerca, pero en algún futuro cercano; te gustaría ponerle un freno a esto que te atormentaba.
Sin dejar de lado la convicción por hacer algo ante todas las injusticias y tonterías que tu profesor dejaba a su paso por toda la academia.
Alguien tenía que ponerlo en su lugar y lamentablemente, solo eras una alumna a su merced que esperaba una acción del petulante director.
Tenías que hacer algo, tu estadía en la academia sería prolongada debido a los años que requiere tu programa educativo para graduarte.
Por supuesto que no ibas a tolerar ser victima del mismo sistema que escudaba y protegía la tiranía y el monopolio de Sage. Por supuesto, no ibas a someterlo de un día para otro, no le darías una lección desde tu posición.
Pero podías escalar… hasta que inevitablemente: un día. Puedas hacer algo contra él tu misma.
No estabas segura de la trazabilidad del plan, no sabías si había realmente una manera, pero podías comenzar por algo.
Al anochecer, salieron de la cafetería. TR se ofreció a llevar tus cosas y te aferraste a su brazo esta vez a la mínima intención de ofrecértelo para llevarte de vuelta al edificio de dormitorios.
Las noches ya eran mucho más frías, te colocaste tu suéter y Recluse tomó el atrevimiento de rodearte suavemente con su capa mientras caminaban de regreso.
Volteabas a mirar el lago en silencio, el cielo estrellado y despejado por los vientos polares de la temporada hacía que la noche brillara más.
“Quiero unirme al consejo de alumnos.” Dijiste, no buscabas aprobación. Solo deseabas contarle, probablemente tu trayectoria escolar se volvería mucho más difícil. Estabas avisándole de esa complejidad.
Y Truthless dejó escapar un zumbido de aprobación, casi como un ronroneo.
No se le hizo descabellado imaginarte ahí, con la capa del programa de magia de la luna oscura encima de tus túnicas negras y cintos dorados. Sabía que eras más que capaz.
Reuniéndote con los demás alumnos representantes de cada programa y someterlos a tus exigencias y propuestas. Estarías más ocupada, entiende porque se lo dices.
Y, sobre todo; verte destronar al actual representante de tu programa también sería su placer.
“Te sentaría muy bien.” Seguramente te volverías más regia, más altanera con los profesores incompetentes de esa academia. Tus palabras tendrían peso, tendrías un carácter más tangible y ácido. Tal y como le gusta. La frase le salió con gusto, de orgullo tal vez.
Cuando llegaron al edificio, con las luces del comedor apagadas y la ausencia de tus amigos restregados contra el vidrio esperando los postres y los obsequios que siempre traías contigo. Recluse se permitió evadir un poco de la prudencia inamovible que lo caracterizaba.
No te soltó de inmediato.
Usualmente, al llegar al umbral de tu edificio, retiraba el brazo con la cortesía de todo un caballero. Inclinaba la cabeza, te deseaba buenas noches y esperaba a que entraras antes de marcharse en dirección a los jardines. Siempre correcto, siempre paciente.
Pero esa noche no fue así. Esa noche, su capa seguía sobre tus hombros, su brazo seguía debajo de tu mano y su cuerpo no hizo el gesto educado de retroceder.
Te diste cuenta demasiado tarde, cuando ajustó un poco más la capa para abrigarte y dejó la mano ahí; apoyada abierta contra tu espalda. Lo meditó un momento y luego lo dijo.
“Quiero felicitarte por tu primer día.” Frunciste el ceño y volteaste a verlo.
“Pero ya lo hiciste.” Enfatizaste en tus palabras sacudiendo suavemente la bolsa que contenía las cajitas con sándwiches que Recluse te había pedido para llevar y que desayunarás mañana. Él se rio, grave, lento.
“No de la forma que quiero.” Tu corazón dio un vuelco ridículo.
Recluse no parecía nervioso, eso era lo peor. Tampoco parecía burlarse de ti. Solo estaba ahí, sereno, bastante guapo. Con seguridad, no te estaba pidiendo permiso para existir en el mismo plano que tú, pero si para acercarse. Quería ver que tan cerca estaba de que finalmente le dieras la llave de tu vida.
Ya sabías, sabías que estaba pidiendo sin pedir. Te despegaste de la calidez de su mano contra tu espalda y te moviste hasta quedar frente a él.
No dijiste nada, lo mirabas desde abajo. Su postura que eclipsaba la luz de la luna, los mechones de su cabello dorado que se movían con la brisa gélida, su labial azul profundo intacto.
“¿Puedo besarte?” Volteaste a ver hacia tu edificio. Si, el comedor estaba cerrado y vacío. Pero algunos balcones todavía seguían iluminados por las luces de sus habitantes. Demasiadas personas despiertas para tu gusto.
Estaban demasiado cerca.
“Que descarado.” Mordiste, desviando la mirada a lo que fuera menos a él que te miraba con tanta dedicación. “Aquí podría vernos alguien.”
“No recuerdo que las reglas de conducta digan algo al respecto.” Jadeaste de horror ante sus palabras y la sonrisa ladeada que dejaba relucir sus caninos.
Era extraño verlo mostrar los dientes, siempre tan sereno y cansado. Te sonrojaste profundamente, incluso si el frio y la oscuridad lo disimulaban; el calor que irradiabas se sentía. “Pero me importa si te incomoda.”
Sentiste su mano grande posarse suavemente contra tu pómulo. Primero rozando sus nudillos de arriba hacia abajo, luego descansando toda la palma contra ti y acariciando en círculos con su pulgar.
Echaste un último vistazo a la puerta de entrada y entrecerraste los ojos para no sucumbir a la vergüenza y atrevimiento de lo que ibas a decir.
“No me incomoda… tanto.” Lo ultimo lo dijiste tan bajito que Truthless no escuchó, pero pudo adivinar leyéndote los labios.
Sonrió con ternura y se acercó para besarte.
No fue como la primera vez, apto para primerizas. Fue respetuoso y gentil, pero ya no era casto y carecía de la contención de ayer. Eso fue para no asustarte, pero ahora profundizó mucho más en las intenciones.
Con la mano libre que sostenía tu bastón te rodeó la cintura con su fuerte brazo y te pegó a él.
Quedaste pegada a su pecho y con las piernas pasando debajo de las suyas, el embriagador aroma al alcohol y a la vainilla de su colonia te mareaba con el mero contacto de sus labios que se movían suavemente para mezclar la cera de sus labiales.
Pronto abrió la boca para ti; lo imitaste para lamerse como lo habían hecho ayer. Pero ya no eran lamidas tímidas de lenguas que apenas y salían de sus labios.
Con la mano que sostenía tu mejilla, bajó el dedo índice para subir tu rostro y ladeó su cara para profundizar.
Gemiste al sentir como posaba su boca abierta sobre la tuya, pidiendo permiso para someter tu lengua y que dejaras entrar la suya.
Al escucharte, Truthless suspiró soñadoramente. Pero también hizo que comenzara a posarse encima de ti para hacerte dar pequeños pasos hacia atrás.
Seguía presionándote contra él, para que sintieras el latido de su pecho contra el suyo. Tus piernas de repente torpes y temblorosas entre las suyas y moviéndose un paso a la vez. Por cada paso que daban, Recluse enredaba su lengua con la tuya, las aplanaba juntas.
Sentiste la piedra helada de una jardinera detrás de tus piernas, te había guiado fuera de la entrada, donde la sombra de los arbustos que todavía no botaban sus hojas; los cubría mejor.
Dejaste caer la bolsita que llevabas y Truthless dejó su bastón apoyado en el filo de la jardinera. Solo entonces se permitió pegarse a ti, subir la mano libre en tu cintura a tu nuca y pegarte más al beso. Revolviendo su lengua contra la tuya, batiendo sus labios y lamiéndolos solo para volver a meterse en tu boca otra vez.
Atrevido, con hambre. Casi vulgar por la forma en que sus lenguas se buscaban fuera cuando se separaban para respirar y luego volvían a chocar juntos con un gemido colectivo.
Recluse te acariciaba, apretaba suavemente tu cintura y luego subía únicamente rozando tu columna con sus dedos. Enredaba sus dedos en tu cabello y apretaba.
Te aferraste a su túnica por equilibrio y luego comenzaste a sentirlo, sus hombros anchos, sus fuertes brazos, la dureza de su espalda y al pasar tus dedos por su cabello más suave de lo que adivinarías.
Para cuando se separaron no pudiste evitar dejar la lengua asomándose entre tus labios levemente, no porque pudieras seguir más el ritmo, sino por el estado estimulado y brumoso en que te había dejado. Tus ojos desenfocados y con una leve capa lechosa lo hicieron no perseguirte más, pero si quedarse respirando cerca. Creando su propia atmosfera de aire se arremolinaba hacia arriba y marcaba el vapor suave y caliente entre ustedes, a diferencia del frio gélido de la noche.
Recluse te atrajo, no para volver a comerte. Sino para darte un pequeño beso en la sien ahora que todo su labial estaba corrido. Totalmente en control, contenido y prudente mientras alejaba la mano de tu nuca.
Que hombre tan peligroso.
Una mano te sostuvo de la cintura, ya no urgida; elegante y en calma. Y no hizo el mínimo intento de limpiarse, de hecho, parecía orgulloso de ese azul purpureo que siempre hacían cada vez que sus bocas se unían.
“Que imprudente.” Sentías la cara caliente, te abanicaste con la mano sin éxito y tu mirada perdida y lechosa recobró la luz de alguien alerta.
Te inclinaste para quitar a Recluse de tu rango de visión y observaste a tus alrededores en caso de que hubiera estudiantes cerca.
“Si.” Respondió descaradamente mientras se relamía los labios. Aunque sus ojos se entrecerraron con algo parecido a la preocupación. “¿Está todo bien? ¿Hice algo que no querías?”
“¡No, no!” Lo dijiste más por instinto, ni siquiera escuchaste su pregunta por completo. No querías que se malinterpretara tu preocupación. Si, no querías que te vieran. Pero bueno, si alguien ve, ¿qué hace afuera tan tarde de todas formas?
“Sé que estarás más ocupada, te daré tu espacio.” Ladeó la cabeza con una sonrisa.
No lo decía como un pretexto para no salir contigo, pero era realista. No sabes cuantas pruebas propedéuticas aplicarás, pero si Sage dijo que con tres están fuera del programa; probablemente serán examenes cada dos semanas.
“Si… mi primera prueba es en dos semanas.” Recluso puso su mano libre contra tu mejilla y te apoyaste en ella mientras cerrabas los ojos. “Preguntaré por el consejo mañana.”
“Bien, no descuides tus planes por mí.” Con una pesadez que notaste que le costó se quitó prácticamente de encima. Su mano dejó en paz tu cintura y se agachó para tomar la bolsa que dejaste caer con tus regalos y tus materiales de clase que sacaron a dar un paseo. Te los entregó y tomó su bastón de regreso. “Ahora sí, fue un buen primer día de clases.” Resoplaste divertida y mientras te despegabas de la jardinera y tomabas la bolsa.
“Comenzó a ser un buen día después de que salí de clases.” Todo lo que tenga que ver con compartir aire con Sage es un mal día en todos los sentidos. Truthless tomó su mano y comenzó a caminar hacia la entrada del edificio nuevamente. “Gracias por el pastel, ¿hoy si encontraste de mi favorito?”
Truthless siguió caminando, pero su pensamiento se detuvo un segundo.
Ah… estabas hablando de los pastelitos de Sage. Así que por fin te había traído el que te gustaba, el rubio solo esperaba que Sage se haya dado cuenta de que son tus favoritos o habría un poco de inconsistencia en su narrativa.
Sin embargo; siguió pretendiendo.
“Me alegra que tuvieras una mañana agradable con ello.” Al llegar a la puerta principal se detuvo, elevó tu mano y la besó antes de soltarte por completo. No intentó nada raro, simplemente te observó desde arriba con sus ojos cansados y maquillados por las sombras profundas. “Descansa, estaré contigo siempre que tengas tiempo.”
“Descansa tu también.” Oh, vaya que Truthless no descansaría después de esta cita tan exitosa. Te volteaste para empujar la puerta de cristal y meterte al comedor, todavía viste a Recluse hacer una honorable reverencia y marcharse en dirección al jardín de los arándanos que se removían molestos por el aire frio que el rubio levantaba con su capa.
La verdad es que Truthless apagó sus intenciones con ese beso. Si, claro que deseaba besarte, mucho; habría seguido si tuviese las posibilidades y el tiempo.
Pero tenía un tema pendiente que hablar contigo ahora que formalmente estaban saliendo, no lo estaba ocultando porque nadie preguntó y él no lo empujó a la mesa.
En parte porque cierto profesor patético lloriqueaba cada vez que intentaba hacerlo para poder profundizar su relación contigo y tampoco quería estresarte o provocarte emociones negativas, no cuando debías rendir pruebas tan deshumanizantes.
Y ahora, que querías ser miembro del consejo, ese tema murió en sus labios y se lo tragó de regreso a su estómago en la cafetería.
Tu tomaste un porta velas que flotaba cerca de ti y subiste a tu habitación, esta noche te sentías suave y ligera; así que revoloteaste en el centro de las escaleras con un hechizo simple que no te costaría tanto.
Deseabas estudiar unas horas sin que afectara tu requerimiento mínimo de sueño, pero no sacaste ningún libro de la biblioteca. Te encogiste de hombros y le echaste la culpa a Sage.
Quizá debiste tomar esos libros que te ofreció, golpearlo y luego salir corriendo.
Pero no opusiste resistencia a descansar al menos una noche, era tu primer día; lo merecías. Así que te aseaste y te pusiste cómoda para dormir, el leve canto de los grillos y el silencio de la noche te regresaron inconscientemente a sucesos recientes.
Pensaste en tu hombre rubio y lo cálido que se sentía besarlo, ser sostenida por él y simplemente tenerlo cerca.
Nunca habías compartido esa calidez con alguien, ahora entiendes porque tus amigos y compañeros solían meter personas a sus habitaciones.
Cuando pruebas la calidez, es imposible no notar lo solo que estás. Sobre todo, de noche.
A la mañana siguiente te encontraste con la linda sorpresa de tu pastelito diario acompañado de un café y con el horrible gusto de los libros que Sage te había ofrecido. Apilados al lado de los regalos, seguían teniendo notas adhesivas sobresaliendo y esos separadores ridículos por temas. ¿En serio había venido hasta tu puerta a dejártelos? ¿Preguntó por tu puerta o solo se los dejó al guardián para que los subiera?
Que hombre tan desagradable.
La preparación para las primeras pruebas propedéuticas no fue especialmente útil, Sage estaba bastante reacio a que ustedes estudiaran por su cuenta y simplemente resolvieran sus dudas en clase.
La teoría que veían a diario les funcionaria únicamente para los hechizos, no para el examen; lo cual era contradictorio. Pero no ibas a atreverte a dudar de las palabras de alguien tan bizarro como para dar este tipo de catedra.
Después del pastelito de kiwi y mango, todas las mañanas recibiste uno igual. A veces acompañado de té o un café.
Tu mesa de trabajo siempre estaba limpia y Sage seguía siendo un asqueroso, pero… ya no contigo. Al menos en medio de las clases.
Te dejaba desayunar con calma. Al comienzo pensaste que simplemente temía de otra bofetada tuya si seguía siendo odioso, hasta que tardaste dos horas desayunando a propósito para ver si esperaba tanto tiempo para comenzar a darte participaciones.
Y… sí. Claro que fue tan lejos como para dejarte plácida dos horas.
Como un reloj con alarma, Sage volteaba y te señalaba para que respondieras la pregunta una vez tu caja de pastel estaba terminada y empaquetada.
En cambio; se había vuelto peor con los demás.
Asumes que toda esa basura que no desecha contigo, es canalizada hacia tus pobres compañeros.
Últimamente Sage ya no está tanto en la tarima del salón, en cambio revolotea a mitad de las mesas del auditorio para que todos tus compañeros que se esconden detrás no puedan huir. La verdad te la pasas bien tomando apuntes sin nadie a tu vista.
“¿Qué? ¿En serio vas a responder eso? ¿No te da vergüenza?”
No importa si la respuesta estaba bien, si estaba incompleta; estaba mal. Sus pruebas nunca aceptarían una respuesta incompleta como correcta.
“¿Tu familia pagó para que entraras o algo así?”
“Casi… que lástima para ti.”
Tus compañeros estaban demasiado ocupados ahora que la carga de participaciones recaía en ellos como para notarlo.
Sage era descarado.
No lo suficiente como para acusarlo, nadie tenía el suficiente tiempo para cuestionar porque te dejaba desayunar a tus anchas, porque tu escritorio estaba limpio y preparado siempre, ni siquiera cuando los pergaminos y pliegos que Sage les proporcionaba para repasar tenían notas especiales o una o dos páginas de más especialmente para ti.
Nadie cuestionaba, no cuando las preguntas más difíciles eran para ti, no cuando los exámenes más grandes eran para ti. Menos cuando los hechizos prácticos más complejos te correspondía formularlos a ti.
Pero tu si te dabas cuenta, cuando ya no peleaba contigo y no te echaba en cara tus errores. Los convertía en oportunidades extra que antes no tenía la desesperación de darte.
“Corrige el tercer paso y lo tienes.”
“Vas demasiado rápido, vuelve y podrás resolverlo.”
“Quizá si cambias algo en tu procedimiento puedas avanzar.”
Y pronto descubriste que lo que te daba; te convenía.
Los libros y los pergaminos con notas explicativas y con lo más importante de los capítulos te evitaba las horas de leer y catalogar información. Además de que te hizo aprobar las propedéuticas como una campeona.
Y Sage no necesitaba ver, sabía que usabas lo que te ofrecía. Por eso su rostro se iluminaba cada que corregía un examen tuyo o veía una práctica bien hecha.
Siempre con milésimas más altas que tus anteriores pruebas, que a ojo común no era la gran cosa; pero en un programa tan competitivo esas milésimas te aseguraban el futuro.
Claro, no era obvio. No suspiraba ni sonreía cuando veía tus notas. Simplemente era como verlo con hambre, pero aceptando esa migaja para sobrevivir la semana entera.
Y algo más se instaló en su estomago cuando una tarde, sin verlo a la cara siquiera. Sin darle ese pequeño detalle; le preguntaste.
“¿Qué se necesita para entrar al consejo de alumnos?”
Sus orejas se levantaron ante la pregunta, como si hubieras activado un interruptor. Escuchaste como entrelazaba sus manos y se inclinaba levemente en el aire, sabía que querías una respuesta rápida y concisa, y Sage no quería perder este momento de tu atención para intentar convencerte de todo lo que sus pensamientos más intrépidos anhelaron todo este tiempo.
“Necesitas las mejores calificaciones del programa, cariño.” Asentiste, sin voltear. Aunque vio como tu hombro se contrajo ante el apodo cariñoso. Así que Sage, como el bufón que solía ser; dio lo mejor de sí para entretenerte. Y habló, habló para llegar a ti. “Probablemente ya sabes que el puesto está ocupado ahora, mi encantador alumno está un par de décimas de obtener una calificación perfecta. Él pronto se graduará, podrías esperar y-."
“Quiero el puesto ya.” Exigiste, a Sage le temblaban las manos. No quería decir algo que te hiciera enojar y te fueras, pero el panorama no era muy favorable con tus calificaciones actuales. ¡Te habías vuelto la mejor de tu generación, claro que sí! Pero la meta se difuminaba cuando las décimas traicioneras intervenían en este tipo de decisiones.
“Bueno… ¡podríamos comenzar a subir promedios en tus próximas pruebas propedéuticas, tus prácticas ya son excelentes!” Dándole la espalda, hiciste una mueca con los labios por la forma en que se incluía en tus planes. No lo necesitabas, no necesitabas nada de él. Todas esas cosas: tus metas, sueños y objetivos ya no le concernían a Sage más allá de deshacer el vínculo. Bueno… atenuarlo.
* Yo te lo doy. *
* Yo te doy tu calificación perfecta… * Quiso decirte. Pero Sage sabía que parte de tu orgullo como alumna, celosa y disciplinada; se apilaba en lograr méritos por ti misma. Sabía, con vergüenza y dolo que lo que él tuviera para ofrecerte; no sería nada más que el insulto más grande de tu vida. Por eso ofreció su mano, no para regalar; sino para ayudarte.
“¡Podríamos aprovechar nuestras reuniones para atenuar el vinculo y prepararte para obtener calificaciones perfectas a partir de los siguientes exámenes!” Sage hablaba delirante, con la idea de que esas reuniones ya ocurrían y no era nada más que él borracho y ansioso de algo que tu no permitidas ocurrir. “¡Será un poco difícil ver resultados inmediatos, pero podremos hacer mucho, recién vas hacia la mitad de tu segundo año! ¡Debiste ver a ese tonto sus primeros años, la dificultad del programa le ha sentado bien, pero no tanto como te sentará a ti!” Sage dejó escapar una carcajada.
Así que con desesperación flotó hacia su escritorio y comenzó a recoger todas sus cosas entre sus brazos temblorosos, su cabello se despeinaba y su sombrero caía levemente de lado; dejando su cabello estrellado a la vista y aquellos mechones blanco leche cepillando la marca de su frente.
“Espera a que termine de tomar todas mis cosas, podemos ir ahora mismo. ¿La biblioteca del segundo piso te parece bien? ¡He escuchado que puedes pedir comida ahí! ¡Cancelaré mis clases con el siguiente grupo!” Su voz salía a trompicones, las manos le temblaban.
La idea de tenerte con él, no solo ayudándolo con el control de su vinculo para que tu estuvieras menos irritada. Sino de estudiar con él, aprovechar todo su potencial y explotar el tuyo; incluso de que te volvieras su tutorada para encaminarte a el futuro de una presencia poderosa; la base molecular de su valor de enseñanza. Lo emocionaba más que nada, e incluso… poder acercarse a ti… En la misma mesa de la biblioteca, en el jardín, en el comedor. Conversando, estudiando, hablando, aunque sea una mirada, una risa o un comentario ingenioso, algo… quizá…
“Si me das la oportunidad…” Pero tu ya te habías ido antes de terminar de escuchar, dejándolo con la palabra en medio de su garganta y sus manos intentando sostener todo su material contra su pecho. Su mente ya maquinando que podrían utilizar para la clase de hoy…
Habías escuchado lo que necesitabas, no tenías porque quedarte a escuchar sus desvaríos.
Sage se quedó unos segundos observando la puerta entreabierta, el auditorio vacío. Sus labios entreabiertos con palabras que jamás pudo pronunciar. Sus ojos más abiertos de lo normal bajaron a todo el material que sostenía y que había olvidado que podía hacer desaparecer con un ademán de manos.
Parpadeó cinco veces seguidas y chasqueó los dedos para enviar todo su material a su oficina mientras bajaba la vista avergonzada. Acomodando su sombrero y cepillando su cabello con sus dedos, como quien trata de quitarse la sensación de pena cuando todo el gripo se ríe de ti.
Nunca te exigía agradecimiento, sabía que tu gratitud hacia él murió con el peso aplastante de sus acciones.
Antes habría usado cualquier cosa para hacerte sentir pequeña, para mofarse de lo increíble que era y como le debías tanto. Ahora solo dejaba los materiales y se alejaba, aprendió que quedarse esperando una reacción podía espantarte y ganarse una bofetada otra vez. Pero su mente, no siempre lograba esconder esa ansiedad miserable.
Al menos… quería sentirse usado. Quería ser de utilidad.
Es por eso que todos los días, sin falta al finalizar las clases. Sage te compartía su agenda, te notificaba acerca de sus horas libres, te avisaba en que auditorios o zonas de la academia estaría por si te animabas a ir e intentar resolver su problema con el vínculo y darte algunas asesorías extras.
“¡Ah, querida! ¡Hoy estoy libre a partir de las 6!”
Nunca respondías, solo cruzabas la puerta del auditorio dejándolo con la mano levantada y su sonrisa alegre que se volvía difícil de sostener cada vez.
“Este fin de semana no tengo planes que no se puedan mover si me necesitas.”
Claro que no lo necesitabas, el tonto te había facilitado todo lo que necesitabas para estudiar. Y todo lo tomabas tan dulcemente porque las propedéuticas eran brutales y tenías un objetivo en mente. Habías tenido tropiezos el primer año, pero podías tomar la ventaja que Sage te dio y escupirle en la cara por ello.
Si él había decidido de la nada que quería ayudarte, poco te importaba; no le debías ni la palabra.
“El sábado iba a dar una conferencia en el pueblo, pero puedo moverla. No es importante.”
“El miércoles puedo saltarme el almuerzo, los de básica y media superior no tendrán clases.”
“Estaré en la biblioteca hasta tarde.”
“No tengo responsabilidades después de esta clase, puedes acompañarme.”
“La biblioteca del segundo piso es tranquila.”
“Puedo quedarme si quieres que arregle ese asunto del vínculo.”
“Puedo comprar algo de comer...”
Y cada vez lo decía más rápido, sugiriendo planes más entretenidos o llamativos.
Como si tuviera miedo de que, si no ponía suficientes opciones sobre la mesa, tú eligieras cualquier otro lugar del mundo donde él no pudiera alcanzarte. Como si tuviera cada vez más temor de la facilidad con la que lo dejabas, con las manos llenas, con su disposición y con su oferta de él entero.
Y Sage, el gran sabio, el dueño de la academia, el hombre que había arruinado la vida de miles de personas en el auditorio donde te sentabas a diario, bajaba la vista un instante como si acabaran de ponerle una mano en la nuca para domarlo. Apretaba su cetro contra el pecho y fruncia el ceño angustiado, se encogía sobre él mismo y su fracaso de tantas semanas acumuladas. Y volvía a intentar, convencido del futuro que veía junto a ti.
Entonces volvía a hablar. Más suave, más patético. Nunca se sabe cuándo podrías estar de buen humor y aceptar su oferta de ayuda. Siempre disponible, siempre atento, siempre ahí para ser pisoteado a cambio de una palabra tuya que nunca obtenía.
“He avanzado con algunas barreras para atenuar el vínculo. No son perfectas, pero podrían darte… más tranquilidad.”
Vínculo, vínculo, vínculo. Sage nunca dejaba de usar esa palabra y era lo que te provocaba querer castigarlo más, ignorarlo, darle la espalda.
Odiabas la implicación de la palabra, el subtexto entre líneas, no querías que algo así existiera entre ustedes dos.
“Necesito probarlas contigo, claro. No puedo calibrarlas solo.”
“No tienes que quedarte mucho. Diez minutos bastarían.”
“Cinco, incluso. Si eso te incomoda menos…”
Cinco minutos.
Como si no fuera evidente que aceptaría treinta segundos si se los dieras.
Pero tu solo te encogías de hombros y te dabas media vuelta para salir del auditorio, si no te dabas prisa no tendrías tus diez minutos para ver a tu Truthless antes de encerrarte a estudiar.
Dejando solo a Sage con los cientos de planes que hizo para tener una tarde divertida.
Los demás alumnos estaban demasiado ocupados con sus propias calificaciones deplorables para notar la desesperación. Para ellos, Sage solo era Sage: intenso, bizarro, gritón, terrible e injustificable. Si te hablaba más, debía ser porque te había escogido como su pupila, como hacía con los sobresalientes de otras generaciones.
Sage siempre tenía uno por generación.
Y sí, te había escogido.
Pero no exactamente como una pupila sobresaliente. Lo eras, pero ese objetivo suyo ahora mismo estaba al fondo del barril. No era como cuando escogía a sus alumnos predilectos de otras generaciones que arrastraba del cuello hasta la excelencia y luego los ofrecía al mundo en su eterna ofrenda por sus pecados.
Pero seguía sin poder agarrarte con las manos, siempre salías rápido, ya no volteabas a sus invitaciones, no querías conversar con él.
Pero aún te quejabas de sus pruebas difíciles, aún te escuchaba en el fondo de su mente, aceptabas los libros y guías que él dulcemente preparaba para ti la noche anterior. Desayunabas sus regalos y tomabas el té que te preparó en la aguja y cuidó que permaneciera calienta para cuando abrieras tu puerta.
Te había escogido con los ojos y sus manos que querían posarse finalmente sobre ti.
Entonces comenzó a darte regalos más perversos.
Su autocomplacencia fuera de quicio se llenaba con los actos más insignificantes, como verte usar las cosas que te daba.
Primero una pequeña bolsa de dulces perfumados de tus sabores favoritos que dejaba sobre tu mesa cuando fingía pasar a tu lado para supervisar su desempeño en las propedéuticas.
Algunas mañanas llegabas a tu mesa y veías pequeñas tonterías que Sage te traía de sus visitas al pueblo sin consultarte.
Una libreta de notas con tapa de cuero, pequeñas vasijas decorativas para colocar tu pluma y pintadas con el costoso pigmento purpura.
Una bufanda de algodón para el invierno.
Y tu los aceptabas, no porque te enterneciera el gesto. Sino porque siempre alguno de tus compañeros, con más molestia que por curiosidad te preguntaba.
“¿Es de tu pretendiente?” Claro, la academia sabía que solo tenías uno. Después de ese beso arriesgado en el edificio de dormitorios, Recluse se ha vuelto más inmerso en tu vida. Siendo notado por los estudiantes de la academia; cuando te ayuda a estudiar en la biblioteca, cuando están cenando algo en el comedor y cuando salen a los jardines a pasear.
¡No, no… Sage también lo era!
¡Sage también quería que reconocieras su lugar!
Pero sabías que esto no era obra de Truthless, él te daba sus regalos y atenciones personalmente.
Porque cada vez que tomabas esos obsequios y detalles, Sage te observaba desde el frente del auditorio, revoloteando suavemente como una abeja. Expectante, con un brillo esperanzado en sus ojos de que también lo miraras y le dieras algo. Pero con la misma expresión lastimera en sus labios de que estaba seguro de que no lo conseguiría.
Una sonrisa, una mirada graciosa, un gracias, un avance que a este punto ya no le importaba si sus alumnos lo notaban… Por favor, por favor, por favor…
Y es por eso que, más avivaban tus ganas de adjudicarle sus atenciones a otro hombre que si se lo merecía. Ignorando el evidente hecho de que las intenciones de tu profesor se estaban desviando hacia un terreno que no querías ver y por eso lo repelías con fervor.
“Mphm… él tiene muy buen gusto.” Asentiste, miraste de reojo a Sage quien fingía ordenar un conjunto de pergaminos y acariciaste los regalos con cariño dirigido a alguien que no era Sage.
La tiza seguía escribiendo rápidamente contra el pizarrón, los alumnos se quejaban porque ese día Sage había comenzado sin siquiera esperarlos y tu comenzaste a desayunar como siempre.
Pero Sage se detuvo, un segundo demasiado quieto cuando te escuchó decir eso. Algo que para todos pudo significar nada, pero para él era casi un derrumbe de su perdición.
Bajó la mirada hacia la bolsita de frutas confitadas que había traído para ti y darte en medio de la clase, era temporada después de todo; pero solo él sabía dónde conseguir las mejores.
Y pensó en todas las cosas que te había dado, las tomabas claro, pero las recibías como si fueran de Truthless. Como si el buen gusto fuera de él.
Como si la elección cuidadosa de colores, texturas y detalles perteneciera al rubio, no a Sage que gastaba su tiempo en los mercados probando y comprando aquello que seguramente te gustaría más.
Para que voltearas a mirarlo por una vez en estas tortuosas semanas, para ganarse tu palabra, tu atención o una mirada tan siquiera.
Que miserable.
Sage primero sintió la sangre de la humillación subirle a la cara.
Y luego vino el reflujo de un sentimiento infantil, vergonzoso y estúpido de corregirte. De decirte que no, que todos esos detalles te los daba él y solo él con tanto esmero como un perro se sienta pacientemente a que su dueño le abra la puerta.
* ¡No es suyo, lo elegí yo! *
* ¡Yo mandé a confeccionar esa bufanda que traes puesta! *
* ¡Yo hago tu té todas las mañanas! *
* ¡Yo fui al mercado antes de que amaneciera! *
Sage siempre había sido un ser en control, envidiable, amado por tantos alumnos que comenzaba a marearse en su propio puesto, atractivo sin importar su forma de ser.
No necesitaba resolución, no le hacía falta afecto ni atención cuando rechazaba a sus queridos estudiantes a diario, no cuando las personas del pueblo se abalanzaban contra él en sus conferencias de la plaza…
Incluso, tuvo tu afecto una vez.
Pero, aunque supiera lo que iba a ocurrir ahora; no era el tiempo ni el lugar. Estaba condenado a verte crecer, claro que sí. Pero no esperaba que la piedra que te lanzó cuando eras niña se le regresaría con más fuerza.
Antes buscabas su atención y le dabas obsequios pequeños, adecuados para una niña. ¿Por qué creciste de esta manera?
La respiración se le agita cuando piensa en eso, su visión se mueve sin él quererlo y puede sentir el lento latido de su souljam en los oídos. Sus manos se cerraban en el aire.
Dile, por favor dile que le está pasando.
Se está enamorando…
Pero no podía decirlo, así que se mordió la lengua y el silencio le supo a sangre.
“Qué considerado.” Añadió tu compañero, con esa sonrisa idiota de quien no sabe dónde acaba de poner el pie. Esta vez se sentó unos escalones detrás más cerca de ti para curiosear los regalos, el tic en el ojo de Sage hizo que su monóculo se resbalara levemente por su pómulo. “¿Siempre te trae cosas?”
“Si.” No era una mentira, pero sabías que esto era de Sage. “No suele decir mucho, pero sé que todo me lo da él.”
Sage, quien había estado mucho tiempo atento a tú conversación con el imbécil, de repente reaccionó. Su sonrisa se tensó y ajustó su monóculo con su mano sudada mientras colocaba sus manos detrás de la espalda y volvía a sonreír. Bajó la vista hacia su libro y no podía leer.
No porque fuera idiota, ¿tal vez lo era? Pero las palabras que él mismo escribió hace eones parecían desdibujarse.
Que vergüenza, inmensa y ridícula para alguien como él.
Tu compañero, un hijo de familia aristócrata. Perfectamente arreglado, con un bordado distinto cada día en sus túnicas, los mejores materiales y una caligrafía divina sobre sus cuadernos. Esos regalos que tu profesor te había hecho llegar no llamaron su atención solo porque fueras cortejada tan apasionadamente; sino porque él reconocía el origen y el coste de esas cosas.
Un ojo bien entrenado a base de todos los lujos y privilegios con los que creció y que nunca te ha visto degustar hasta hace unas cuantas semanas.
El chico soltó una risilla mientras regresaba sus asuntos.
“Vaya que tiene dinero.”
“Y buen gusto.” Añadiste mientras te llevabas un bocado de pastel a los labios e imitabas la acción de tu compañero para poner tu pluma a escribir con un hechizo simple.
No era el orgullo de Sage, ese concepto ya no existía cada vez que lloriqueaba por tus rechazos y después volvía a inflarse el pecho al día siguiente para intentarlo de nuevo.
Esas sensaciones eran distintas, más pequeñas y, por lo tanto; difíciles de comprender. Eran golpes, no como la bofetada. Eran golpes que él sentía dentro, muy adentro en su pecho. Golpes que tu suministrabas a diario, había golpes buenos y malos.
Cuando disfrutabas de sus regalos, cuando comías en clase y llegabas con tu abrigo y su bufanda cubriéndote la nariz de la ventisca gélida.
Cuando lo negabas frente a todos, cuando le dabas méritos que no le correspondían a Recluse. Cuando lo dejabas solo con las manos llenas y muchas palabras por decir.
Si intervenía, se delataba; así que hizo lo que le quedaba. Como si necesitara hacer daño en otro lado para no lamerse las heridas.
“Tu.” Señaló a tu compañero con el que conversabas. Él se tensó, no habían pasado ni cinco minutos desde que comenzó la clase. “Explica por qué un hechizo de magia de la luna oscura puede devolver la agresión al ejecutante.”
“Porque… porque si la línea de desfogue no está bien trazada, el impacto puede regresar por el-.” Sage lo interrumpió haciendo un ruido infantil.
“Incorrecto.”
“Pero no he terminado.”
“Eso fue lo más triste de todo; que seguías.” Tu compañero se sentó de forma pesada y ocultó su cara en su libro. Tú te reíste de ambos y seguiste comiendo tu pastelito ahora que sabías que Sage no se atrevería a molestarte durante tu sagrado desayuno.
Y Sage, ya sin desear desquitarse contigo; destrozó a tus compañeros durante todo el día.
Cuando te extendió los resultados de tus pruebas personalmente, el papel estaba decorado con un broche demasiado pesado y detallado para ser un clip de papel.
Esa mañana lo retiraste de las hojas y lo sostuviste con tus manos temblorosas, una horquilla para el cabello. Pesada, hecha de algún metal demasiado similar al oro; no querías ni siquiera pensar en que lo fuera. El trabajo de cristalería de las flores se veía delicado y bien trabajado.
Miraste a Sage de reojo y él volteó descaradamente a sonreírte. No con malicia, con una sonrisa casi infantil que le levantaba las mejillas y ojos achinados.
Una sonrisa que se le borró tan pronto, en la tarde cuando te fuiste a toda prisa del auditorio. Sage flotó hasta tu lugar vacío, observó el broche abandonado. No en la mesa, ese sería un gesto fácil de discernir. Estaba sobre el asiento de tu silla, abandonado, tirado. Una flor se había quebrado cuando lo dejaste caer sin cuidado.
Sage tomó el broche y la pieza rota, lo guardó en su bolsillo y no volvió a mencionar nada al respecto. Tampoco lo dejó a los pies de tu puerta a la mañana siguiente… primero tenía que repararlo.
Vaya, que artesano tan torpe; seguramente no soldó bien el oro a la figura…
Si, seguro fue eso, por eso no te gustó…
Es por eso que, nunca dejó de intentar.
Cuando el otoñó comenzó a retirarse y los arándanos anidaban en tu balcón para no morir congelados cuando caía aguanieve del cielo; Sage te entregó algo especial al final de sus clases, el sol cada vez duraba menos tiempo en el cielo. La tarde lucía más envejecida de lo que realmente era.
“Ah, ah… ¡Querida espera!” Ya no te hablaba desde su escritorio o la tarima al frente del auditorio, cada vez que lo ignorabas y te ibas; él se acercaba más. Flotando hacia ti con desesperación incluso si algunos alumnos todavía estaban terminando de cruzar la puerta. ¡No importaba, todos asumían que ya eras su tutorada! Sería normal compartir más tiempo y conversaciones después de clase y… también todos creían que tenías a tu novio…
Tu volteaste de mala gana, envuelta en un abrigo afelpado y calentito que te hacía lucir como un rollo de alfombra que Truthless te había comprado por el frio del pronto invierno. Lo acompañabas de la bufanda que él te dio…
Pero tus ojos se abrieron un poco asombrados al ver algo nuevo. Era Sage, inclinado de manera pronunciada hacia ti, casi con humildad. Con muchas ganas de servirte.
Se había quitado su ridículo sombrero, pudiste ver el nacimiento de su cabello, claro, esponjoso y estrellado. Adornado con esos mechones de cabello claro que caían por su rostro. Se ofrecía a ti; no como profesor sino como hombre.
Con ambas manos te ofrecía un par de libros, lucían algo viejos; de esos que ya no existían en la biblioteca.
“Son… unos libros especiales para mí. Sé que te servirán para mejorar tu promedio de la última prueba de este año.” La voz le salió baja, casi vergonzosa. Después de todo, él como la antigua Fuente del Conocimiento, lo escribió a una edad muy temprana. Unos libros llenos de recuerdos, de sus primeras obras y que preservaba el papel ancestral con un hechizo que le gastaba energía a diario. Y te lo ofrecía a ti, con ambas manos. Como algo que no se prestaba, que debía estar a salvo solo en tus dedos. Que confiaba en ti.
El invierno comenzaría en pocas semanas y con ello, el año se iría. Quería darte un gesto, un presente que de verdad significara algo para él. No algo que pudiera comprar sin problema con su oro.
Y como era material que te interesaba, lo aceptaste. De manera fría, casi robótica.
“No están en circulación en las bibliotecas.” Continuó Sage, con una rapidez nerviosa que intentó disimular demasiado tarde. “Son… personales.”
No dijo “no los compartas”. No se atrevió.
Quizá porque pedirlo habría delatado el verdadero gesto. Quizá porque, en su cabeza torcida y hambrienta, tú entenderías sola que algo así no se compartía. Que no era una guía cualquiera. Era para ti…
“Bien.” La palabra te salió seca, casi sin alma.
Pero fue suficiente para que Sage se quedara un segundo completamente inmóvil.
No sonrió al principio. Tal vez porque no se lo esperaba. Tal vez porque, viniendo de ti, una palabra tan básica podía caerle encima como otra bofetada.
Luego sus labios se suavizaron, no mucho.
Lo suficiente para que tuvieras que apartar la vista con desagrado, tomar los libros e irte.
“Claro.” Respondió. Y de ese tono ya no quedaban vestigios del antiguo profesor que tanto te había hecho llorar. Ya no existía. “Sí. Claro. Úsalos bien.”
Y ahí estaba otra vez intentando. Él intentando hacer que te quedes, el ruego silencioso.
Úsalos.
* Úsame. *
Te fuiste antes de que pudiera seguir.
Esa noche abriste los libros sobre tu escritorio con la intención de estudiar, pero también para juzgar la elección de literatura de Sage que él cree que te hará marcar una diferencia en las últimas pruebas del año calendario.
No pudiste juzgar, eran tomos brillantes.
No perfectas, había en ellas una juventud que no imaginabas que le agradaría leer a Sage: una arrogancia expansiva, una especie de emoción desmedida ante las posibilidades de la magia y de indagar más en ella. Algunas frases eran hermosas, los diagramas fueron hechos a caligrafía fina; nada parecido a la letra pomposa y llena de adornos de Sage.
Parecía el esqueleto de una estrella… una estrella que solía ser preciosa.
Cerraste el libro con brusquedad.
No, no ibas a caer en eso. En esos intentos de persuasión, en todos sus intentos patéticos para intentar suavizarte en su presencia. No para que nuevamente te hiciera llorar. No ibas a permitir que su atención se convirtiera en una deuda íntima, no ibas a llevar esa carga.
Colocaste en el suelo algunas plumas de mala calidad y tinteros baratos que habías dejado abandonados debajo del escritorio cuando Truthless te regaló mejores materiales para tu trabajo.
Transmutaste hojas con un hechizo simple y con un ademán de hechizo simple pusiste a trabajar las plumas mientras estudiabas esa noche.
No copiaste todo, no eras descuidada ni deseabas trabajar de más por compañeros que no valían la pena. Seleccionaste capítulos, diagramas, apartados útiles para las propedéuticas. Para que aquellos encantadores libros dejaran de ser un gesto romántico y se volviera recurso académico.
“No te debo nada.” Murmuraste con odio.
A la mañana siguiente llegaste antes de que el auditorio se llenara. Pero no antes de Sage, él amaba demasiado sus clases y siempre llegaba antes que todos.
Tus compañeros fueron entrando poco a poco. Algunos te miraron con la desconfianza y el odio habitual. Tú sacaste el paquete de hojas copiadas que traías en un bolso sospechoso que nunca solías traer a clases.
“Esto les va a servir para la prueba.” No subiste las escaleras a buscarlos, suficiente era el favor que les hacías. Lo mínimo que podían hacer era bajar por ellas.
Primero nadie entendió, pero luego vieron los diagramas, los capítulos enumerados y la escritura precisa.
Entonces el grupo entero se movió hacia ti con rapidez, una desesperación que asimilaba el de un animal acorralado que no podía permitirse el lujo de fallar o sería autanasiado.
“¿De dónde sacaste esto?”
“¿Es legal?”
“¿Me puedes dar una copia?”
“¿Esto entra en la prueba?”
Sage, quien solía hacer sus tonterías habituales antes de comenzar a molestar, levantó la vista tarareando. Su monóculo brillaba con la escasa luz fría de la mañana nublada.
Al comienzo no entendió porque de repente tenías a todos los tontos rodeándote, no eras muy popular. Al contrario, estaba seguro de haber leído perfectamente las rivalidades entre todos ahí. Los demás años no eran distintos.
Vio como estabas envuelta en ese abrigo adorable, con su bufanda calentándote la nariz hasta que te aclimataras a la calidez del auditorio. Casi sonrió con satisfacción, al menos no la habías tirado por ahí.
Entonces vio las hojas.
Hojas con diagramas, con un pobre intento de copia de SU LETRA sobre papel barato repartido en cinco mesas. A sus alumnos inclinados sobre algo que no debía estar en sus manos.
Luego volvió a ti, hojeando los libros originales mientras bebidas el té que él te preparó esa mañana.
Se hundió, como una vela metida en un vaso de agua. Intentó chispear al comienzo, quiso desquitarse de sobremanera, hacer algo.
Se le apagó la alegría pequeña con la que solía buscarte al entrar y ver como aceptabas y degustabas sus regalos, aunque siempre los despreciaras. Después la expectativa y al último esa esperanza que llevaba alimentando semanas con migajas y planeando sucesos improbables.
Su rostro siguió siendo el mismo; hermoso, insoportable, compuesto. Pero algo detrás de sus ojos se fue al fondo y su alegre tarareo se deshizo.
Se hundió.
Sus dedos se apretaron contra el cuello de su cetro hasta que los nudillos se volvieron blancos y le temblaron los brazos que lo sujetaban.
Su mirada fija en sus libros originales, los que te había dado especialmente para ti. Los hiciste para todos.
Y eso, para Sage; fue mucho más cruel que haberlos quemado.
Sage no podía reclamar. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Decir frente al aula que esos libros eran especiales? ¿Que no eran material académico, sino un obsequio que celosamente guardó solo para tus ojos?
No, no podía.
Porque entonces todos sabrían.
Así que se lo tragó
Y luego sonrió hasta que sus colmillos sobresalieron tras el ras de sus labios azules. Como el profesor amaestrado y malvado que había olvidado que era.
“¿Oh? ¡Que generosa ayuda les has proporcionado! Supongo que ahora no tendré que preocuparme por explicar los fundamentos desde cero”
Algunos alumnos que seguían más entretenidos por el contenido valioso del libro que por las palabras huecas de Sage, preguntaban:
“Profesor Sage, ¿podemos utilizar estas guías para la siguiente prueba?”
“¡Por supuesto!” Respondió mientras tomaba su cetro con ambas manos y hacía un ademán para poner a las tizas a trabajar sobre el pizarrón.
No volvió a verte, ya no buscó con deleite como disfrutabas de tu desayuno ni como leías tus libros con aparente interés.
Estaba decepcionado, suavemente. Casi como un niño.
* “Eran para ti.” *
Te sobresaltaste en tu mesa, un poco de te cayó contra tus piernas.
Hace mucho que no escuchabas a Sage porque prometió poner su mente en blanco para ti.
Volteaste a mirarlo, pero él parecía muy concentrado en el libro donde estaba dictando. Erguido, regio, sin aristas y sin emociones en su rostro más allá del encanto.
Por lo que te era difícil discernir qué había provocado esta travesura tuya en su interior, era más fácil cuando simplemente se enojaba.
Esa emoción si la entendías.
No te arrepentías. Y… aun así, la imagen de los ojos dorado y cian de Sage apagándose no se te fue de encima durante toda la clase.
Al final, cuando todos salieron con las copias apretadas contra el pecho y un poco más de esperanza en la cara para la siguiente prueba, Sage permaneció al frente.
Tú guardaste tus cosas con gusto, hoy tendrías una cita con Truthless después de tanto tiempo. Por eso ayer estudiaste como una loca, un día libre con tu hombre no te sentaba nada mal.
Esta vez Sage no se acercó, no comenzó a bombardearte con esa boca suya que nunca se callaba acerca de sus horarios, cuando podrías ir a buscarlo o pedirte unos minutos de tu tiempo.
En cambio, te daba la espalda mientras tarareaba suavemente y organizaba sus cosas para el siguiente curso.
“Me alegra que no los dañaras.” Soltó, el eco del auditorio vacío los rodeó con una incomodidad que había presenciado peleas peores entre ustedes dos.
“Me sirven.” Respondiste seca, no le diste oportunidad de darte lástima.
Sage asintió antes de darse la vuelta.
“Puedes quedártelos hasta la prueba.” Con un ademán para levantar su dedo, te ayudó a meter el ultimo libro a tu bolso. “Después los quiero de vuelta.”
La frase fue correcta, de un profesor y no un desesperado que había intentado colarse donde ocultabas tu genialidad y amor bajo llave.
Frío, ahí estuvo el verdadero castigo.
No te gritó y tampoco te quitó los libros. Simplemente retiró de ellos todo lo que había intentado darte.
Ya no eran un obsequio, algo especial que te había dado como una parte de su historia y su anhelo por verte mejorar.
Ahora solo eran material prestado, suerte compitiendo por la calificación más alta con todo teniendo ese material.
Un panorama bastante limitado por la decepción, tristeza y una pizca de odio que Sage ahora sentía.
No… estaba seguro de que, aunque esos idiotas tuvieran esas copias; les ganarías por mucho.
Y tú, sentiste una incomodidad horrible al conseguir hacerlo sentir exactamente como querías. ¿Por qué no se sentía bien como él lo hacía parecer cada vez que te hacia llorar?
Sage se volteó de nuevo hacia su escritorio mientras volvía a tararear.
“Puedes irte.”
Frunciste el ceño y te retiraste con rapidez, si estaba esperando una palmadita o una disculpa; jamás la conseguiría.
Te fuiste con los libros en el bolso y las copias circulando por todo el programa.
Ojalá el sentimiento le dure un buen rato, ojalá sienta la fracción de lo que te provocó durante años. Estos meses te has empeñado fuertemente en ello ahora que tu eres la que está arriba en la balanza, aunque con un sabor agridulce en el paladar.
Detrás de ti, Sage se quedó solo en el auditorio, mirando los restos de tinta copiada sobre una de las mesas. Evitando verte para no perseguirte por la conducta aprendida todos estos meses.
Durante un segundo llevó la mano a su cuello y luego bajó al pecho, justo donde alguna vez había arrancado luz para dársela a los mortales. Y aún así había sido ejecutado. Llenándose de una espiral de auto lamento, sin querer voltear a ver el pasado que lo había alcanzado con consecuencias tácitas.
Pasado, presente, futuro. Y aún así te miraba a ti.
Luego bajó la mano y suspiró con pesadez.
Qué ridículo, había vuelto a hacerlo.
Había entregado fuego, esperando ser mirado como quien lo sostuvo primero.
Y otra vez, por supuesto, todos habían encendido sus propias velas y se habían ido sin mirar atrás.
Sin embargo, tal parece que la balanza no te iba a dejar quedarte arriba sin una pequeña cuota de por medio.
No te sentías mal por Sage. No exactamente. Había sido una decisión consciente, pensada y ejecutada con toda la frialdad que pudiste permitirte. Los libros eran útiles.
Aun así, el silencio de Sage te había dejado un sabor raro en la boca.
No era culpa ni arrepentimiento.
Tal vez porque habías esperado que peleara contigo, esa era la única forma de interacción que conocías con él. Y querías que te diera cuerda.
Pero no lo hizo, por lo tanto; no ganaste.
Subiste las escaleras hacia las laterales de la academia, en medio de los auditorios de magia blanca con esa sensación todavía detrás de los dientes, pero la dejaste morir poco a poco mientras subías hacia el observatorio.
Truthless te había invitado a cenar ahí. No en el pueblo porque el regreso sería agotador ya que no disfrutabas de usar portales para trasladarte, tampoco en el comedor por su simpleza y tampoco en una cafetería donde pudieran mirarlos demasiado.
En privado.
Eso te provocó nervios, no porque desconfiaras. “Muchas cosas pueden ocurrir a solas” dijeron tus amigos cuando te vieron salir sin tu cinta dorada sobre la túnica negra. Sin embargo, te desearon mucha suerte. Todo sea por el señor rubio que les traía dulces y te cuidaba bien.
Aún no sabías como es que Recluse tenía acceso al observatorio, el primer piso estaba lleno de matraces, libros muy importantes, atriles y lentes de aumento y enfoque para el telescopio.
El segundo piso era por lo que Truthless te había citado ahí, la estructura amaderada que se fusionaba con las enredaderas de arándanos y las pequeñas flores que brotaban todo el año atraían a las luciérnagas titilantes. Mientras que la cúpula de cristal daba vista directa al cielo estrellado y la apertura hacia donde apuntaba el enorme telescopio; dejaba paso a la luna en ese día específico del mes.
Llegaste un poco tarde, consecuencia de un poco de sombra sobre tus párpados y un tono diferente de purpura en tus labios. Recluse estaba de pie ahí, apoyado con su bastón que parpadeaba a través de una noche que no se notaba tanto ante el velo blanco de una luna llena.
No tenía su capa habitual a pesar del frio, su túnica azul estaba ceñida ligeramente con un cinto blando y había puesto un poco más de esfuerzo en su maquillaje.
Era tan guapo que ya te habías acostumbrado.
Ya sabía que estabas ahí, por eso no lo tomaste con la guardia baja cuando lo abrazaste con gusto y fuerza. Él soltó una risilla mientras te rodeaba la cintura con su mano libre y se inclinaba hacia abajo para que lo saludaras con un beso suave en los labios.
Se quedaron un rato así, inhalando su esencia de vainilla y él balanceándose contigo de un pie a otro para sentirse y darse el tiempo de expresar cuanto se han extrañado todos estos meses que estuviste ocupada y el tiempo solo les permitió verse un par de minutos.
Truthless te preparó la cena, no sabías que podía cocinar tan bien hasta que viste una mesita en medio del lugar; un mantel bien emplatado y decorado como esos restaurantes elegantes de la plaza a los que te llevaba a comer seguido.
Había cocinado el estofado que te gustaba, había pan casero de masa madre, trajo todas esas golosinas que te gustaban, uvas con queso picado, té y un poco del vino claro que tomabas porque el tinto te caía mal en el estómago.
“¿Cocinaste tu?” Dejaste que te guiara con tu mano entrelazada a su fuerte brazo. Arrastró la silla para que te sentaras y luego la empujó para que estuvieras cómoda.
Luego tomó asiento en la propia, frente a ti.
“Quería compartir contigo.” Dijo mientras se inclinaba para servirles, primero a ti. Lleno tu plato y añadió pan al lado, después vertió té en tu copa. Sabía que preferías comer con bebidas dulces a diferencia del amargo vino.
Te enterneciste y te dejaste mimar. Truthless te escuchaba con atención acerca de las pruebas, tus compañeros y cuanto te faltaba para alcanzar y superar a ese chico de penúltimo año y arrebatarle su lugar en el consejo.
Cuando notaba que estabas muy sumergida en tu narrativa, tomaba tu cubierto y te metía un bocado a los labios, antes de que se enfriara la comida.
La comida estaba buena, muy buena. El tipo de comida que no buscaba impresionar, pero aun así lo hacía. Casera, de esa que no hay en los restaurantes. Caliente, bien sazonada, hecha para el frío de la temporada y hecha con ingredientes propios de esta.
“Felicidades por tus pruebas propedéuticas.”
“Todavía falta mucho.” Resoplaste. “No me felicites antes de tiempo, esto es horrible.”
“Igual merece ser celebrado adecuadamente.” Asintió para si mismo mientras te acompañaba con los dulces y algo de fruta.
“¿Y tú?” Preguntaste, intentando mover la conversación a algo menos estresante y que no te recordara al idiota de Sage. Mucho menos ahora. “No pareces de los hombres que cocinan.”
“¿No parezco capaz de alimentar a mi mujer sin pagar?” Te sonrojaste ante ese comentario y desviaste la mirada.
“Siempre has pagado.” Dijiste bajito.
“También siempre cocino, es solo que no puedo llegar a tu edificio con cacerolas de todo lo que me encantaría cocinarte.” Te carcajeaste levemente mientras abanicabas tu rostro por el sonrojo que te provocó.
“Comienzo a creer que me mentiste y en realidad eres un graduado de la magia de repostería.” TR se carcajeó en tu lugar y sirvió un poco de vino. Solo para reírse con su voz grave cuando probaste un poco y te sacudiste por la sensación avinagrada que te caía al estómago.
Él bebió tu copa y te dejó con el té.
La noche pudo haber seguido así.
Tranquila, tibia. Con la comida, las constelaciones sobre ustedes como peces nadando alrededor de una pecera y él mimándote con paciencia. Por un momento casi te permitiste pensar que la cena era solo eso: una cena. Que quizá Truthless te había llevado ahí para disfrutar, para cuidarte.
Pero entonces su seriedad y el choque de los cubiertos te hizo sobresaltarte de tu asiento, TR se disculpó por eso.
Un sonido demasiado cortante como para no significar algo, tu estomago se hundió con las gotas de vino dentro.
“Necesito hablar contigo, antes de avanzar más en nuestra relación.” Dejaste escapar un gimoteo en tus adentros ante esas palabras específicamente. Las habías escuchado de las parejas de tus amigos, leído en libros y visto en pequeñas interpretaciones de teatro en tu academia. Nunca significaba algo bueno, y esta vez tampoco fue la excepción. “No es malo necesariamente, pero si importante.” Eso no te calmó.
“Sabía que mi estofado favorito era una trampa.” Te removiste incómoda.
“No es una trampa, lo hice porque sé que te gusta.” Truthless no sonrió ni bromeó esta vez, eso te puso sería.
“Dime…”
Él entrelazó los dedos sobre la mesa, esperabas que corriera a tomar tu mano y plantarte en el suelo, darte su apoyo. Pero no lo hizo, quizás porque sería incongruente con las palabras que diría. No parecía nervioso, pero sí más cuidadoso con sus palabras a continuación. Como si cada palabra hubiera sido elegida mucho antes de llegar a esa noche y, aun así, le pesara usarla.
“No estoy solo.” El observatorio pareció enfriarse, y como si los cielos simpatizaran contigo. Una suave tormenta de aguanieve comenzó a caer en la academia.
“¿Cómo?”
“Hay alguien más en mi vida.”
Sentiste como lentamente te encogiste de hombros, más pegados a tu cuerpo, sintiéndote pequeña mientras apretabas tus manos en tu pecho. Al mismo tiempo que tus ojos se abrían de sobremanera, como si no hubiera otra forma de procesar.
Sentiste picazón, una suave capa aguada de lagrimas comenzó a formarse en tus ojos.
El latido de tu corazón se asentó en tus oídos y la imagen de Recluse sentado frente a ti se desdibujaba.
No sonó a confesión sucia ni adultera, tampoco fue una excusa ni un “perdóname, tengo pareja”. Y quizá por eso te molestó más. Porque Truthless no parecía estar escondiéndose de la frase, ni siquiera sentía vergüenza. Te miraba serio y directo. Ponía el asunto frente a ti, como si creyera que la honestidad sin filtro no era crueldad.
“¿Otra mujer?” La pregunta casi te hizo echarte a llorar. No, claro que no era otra mujer. Tú eras la otra mujer.
“Es un hombre.” Pero ante esa respuesta, que personalmente lo sentiste como un escupitajo de parte del rubio que creías que también te quería.
Con eso si que te levantaste de la mesa de un tirón, sin cuidado de arrastrar la silla y llevándote los cubiertos y el contenido de los platos contra el mantel.
Por un momento, el fugaz y lancinante recuerdo de Sage te vino a la mente. Rápidamente te sacudiste mientras retrocedías y Recluse se levantaba para ir por ti.
No… no, Recluse tiene mucho mejor gusto que eso.
Luego frunciste el ceño, por preocuparte más por las preferencias del rubio que de cuidar tus propios sentimientos.
“Él sabe de ti, está bien con eso.” Como si no esperara tu reacción, Recluse trató de sostenerte, yendo hacia ti sin su bastón y guiándose por su pobre vista, ayudada por la exuberante iluminación de la luna. “Quiere conocerte.”
“Entonces si es tu pareja.” Antes de que pudiera acercarse y tocarte, le arrebataste la intención con un manotazo.
Tu profesor imprudente te había introducido al arte de dar buenas palizas; podías darle una a Truthless también. “No me toques, no me mires… que broma de mal gusto.”
Lo barriste con la mirada mientras te recomponías, tragabas duro para contrarrestar el sentimiento de asfixia que te provocaría un derrame de lágrimas. Te quitabas el polvo de tu túnica, acomodabas tu cabello y te tocabas los labios con rencor.
“Por favor, déjame explicarme bien.” Entendió su reacción y se quedó plantado en su lugar esperando que escucharas y no salieras corriendo. “Yo te quiero, él también. Se arrastraría para poder hablar contigo, él-.”
“¡Mentiroso, ni siquiera me conoce!” No lo dejaste terminar, le gritaste. “Yo… yo pensé que tú y yo…” No terminaste, se te hizo aguda la voz por el llanto que todavía no dejabas salir. Azotada por los recuerdos de todos estos meses, como lo dejaste entrar.
Claro… ¡Claro! Que tonta, tu lo dejaste entrar. Tu decidiste dejar entrar a tu vida a un tipo extraño, no puedes ponerte a llorar ahora que sale con esto.
Era de esperarse.
“¡Te quiero, como mi pareja!” Recluse se llevó la mano al pecho, como si esa acción hiciera la primera verdadera y no solo una frase cruel, insensible y tonta.
“¡No voy a ser la amante de nadie!” La palabra se estrelló contra el observatorio como si hubiese roto algo de cristal. Truthless se quedó inmóvil.
No por sorpresa, no pareció sorprendido por tu rabia, sino preparado para recibirla. Como si hubiese sabido que, llegado este punto, alguna parte de ti iba a abofetearlo también. Se lo merecía y no pensaba apartar la mano.
“No quiero una amante, te quiero en mi vida. Quiero que seas mi mujer y él también.”
“¡Deja de decir tonterías!” Negaste con la cabeza, enfureciéndote más de lo triste que te sentías. Frunciste el ceño, de hecho, estabas muy molesta.
Truthless te había hecho venir aquí, todo tan bonito. Te había cocinado y hecho que te la pasaras bien… solo para decirte esto. No había ritual de humillación más cruel. “¡¿Desde cuándo?!”
“Desde antes de conocerte.” Claro, entonces tu llegaste después. La tercera rueda, la tercera silla en una mesa para dos.
“¡¿Entonces qué mierda quieres de mí?!”
“Quiero que seas mi pareja.”
“¡YA TIENES UNA!” Esta vez, en lugar de retroceder te enfrentaste a él y lo empujaste con las palmas de tus manos.
Esa fue la única vez que lo viste ponerse firme contra ti, su mirada no era severa ni problemática. Pero su cuerpo no iba a permitir que lo empujaras. “¡Entonces quédate con él y a mi déjame en paz!”
“No voy a pelear así contigo.” Eso si que te molestó, Truthless tenía la osadía de ponerte limites en una discusión que claramente te estaba afectando. Y eso se sintió más violento que cualquier comentario humillante de Sage, en una situación así; los ojos del rubio lucían tan presionantes. Opresivos, te estremeciste.
Abriste los ojos y ahora sí que lloraste.
Pero también te defendiste.
“Yo… yo soy una de las alumnas más inteligentes de mi programa. ¡Yo debería estudiar para mis pruebas ahora mismo! Las pruebas más importantes de mi vida y estoy aquí… ¡escuchando las tonterías de un HOMBRE!”
La palabra hombre te salió con recelo, habías aprendido a odiarlos efusivamente. El director, tus compañeros, Sage y ahora Truthless…
“Tienes razón, discúlpame por-.”
“¡No, no, ya cállate!” Lo señalaste acusatoriamente. “¡Mentiroso, eres un hombre despreciable!”
“¡Me gustas, te quiero en mi vida y quiero que seas mi pareja! ¡él también quiere lo mismo, no hay mentira en eso!”
“¡Pero la verdad no estaba completa!”
“Por favor, discúlpame por eso…”
“¡NO! ¿En serio esperabas que me sentiría halagada por saber que dos hombres me quieren?”
“No, sé que no lo estás. Pero no quería arrastrarte a una relación sin que estuvieras al tanto de lo que eso implica.” El semblante serio de Recluse comenzaba a descomponerse ahora que notaba el esfuerzo que habías puesto en tu maquillaje y ahora se arrastraba por tus mejillas por culpa de tus lágrimas. Lágrimas que él mismo había causado. “Tampoco quiero presionarte, él y yo siempre vamos a esperarte a ti. Sin importar cuando estés lista, pero tú no estás obligada a tomar una decisión esta noche.”
“¡¿Que mierda significa esa basura que dijiste?!”
“Él y yo somos exclusivos y a ti también te damos ese respeto, tú no tienes por qué serlo con nosotros.”
“¿Por qué dices esas tonterías?” Casi te ríes, de no ser por lo que sentías. Estabas segura de que tenías una mueca afligida.
“Porque sería injusto pedirte fidelidad a una relación que aún no has elegido.”
“¿¡TE ESTÁS ESCUCHANDO!? ¡Yo no quiero ser parte de tu relación!”
“Pero me gustaría que los fueras.”
“Sabes que, te mereces el mismo trato de un hombre que conozco.” Estabas bien encaminada a propinarle un buen golpe, moviste el cuerpo; levantaste el brazo…
Pero te detuviste, lo querías demasiado como para hacer eso. Así que lo único que salió de ti fue una mueca de contención y más lágrimas. “¿Quién es?” Preguntaste rendida.
“No puedo ponerlo frente a ti si él todavía no ha sido capaz de hacerlo por sí mismo.”
Eso te ardió. Claro, a él sí que lo protegía.
Porque era su pareja, porque lo quería, porque lo amaba. Porque eran cómplices, eran amantes, porque habían estado juntos desde mucho antes de que tu tuvieras consciencia.
Y deliberadamente lo seguía cuidando, era considerado con él a costa de tu bienestar.
Y esa idea no la pudiste tolerar.
“Cobarde.” Escupiste. “No quiero seguir con esto.”
“Lo entiendo, puedo acompañarte a tu edificio.” Truthless asintió, creyendo que te referías a la cita y no a su relación de lo que sea que estuvieron construyendo hasta ahora.
“No.” Lo reprendiste, mirándolo desde abajo con tus ojos hundidos por las lágrimas, pero albergando el odio que siempre había formado parte de tu esencia. “No me sigas, no regreses, no eres nada mío.”
* “Todavía…” * La voz de Recluse te golpeó en la parte trasera de la nuca. No había movido sus labios.
No es cierto…
No es cierto.
¡No es cierto!
¡NO ES CIERTO!
Te sentiste pesada, tus ojos se abrieron; no con ira, con miedo.
Solo había una persona en todo el mundo que se había vinculado a ti por error y no era Truthless.
Por un instante pensaste en Sage y los hechizos de cambia formas, que era Sage. Pero no podía ser Sage porque los habías visto a ambos al mismo tiempo al menos un par de veces, lejano el uno del otro, distantes.
Si, Sage podía imitar las voces de su forma física, pero no la personalidad. Era algo que marcaba profundamente su diferencia con Truthless y la discusión de antes. Entonces… ¿por qué estaban vinculados también?
Levantaste la vista, Truthless te miraba fijamente con un esqueje de arrepentimiento en su facie. Como si hubiese cometido un error de cálculo, como si hubiese hecho algo por accidente…
Te sentías mareada, tus ojos enfocaban y desenfocaban, el suelo se balanceó bajo de ti.
Y cuando subiste tu mirada aterrada para verlo y notar que quería alcanzarte. Cerraste los ojos y con una seña aprendida en tus manos hiciste un hechizo que te tragó en las sombras, resbalándote del abrazo de Recluse como alquitrán.
El rubio miró los restos alquitranados de tu magia resbalándose entre sus dedos como arena. No cerró la mano y tampoco intentó retenerla. No porque no quisiera, sino que; si apretaba los dedos, aunque fuera sobre un residuo muerto de tu hechizo, se sentiría como una segunda agresión. Como si incluso la sombra que dejaste atrás pudiera acusarlo de seguir tocando donde ya le habías dicho que no, que te dejara en paz.
Truthless se quedó inmóvil.
La aguanieve golpeaba la cúpula del observatorio con un sonido fino, insistente. La cena seguía servida a medio terminar.
Maldijo, no para ti. No como reproche inmaduro contra ti.
Para sí mismo. Había sido un accidente, un reflejo interno por la tensión. Ese tipo de desliz que, después de siglos, ya no debería permitirse. Pero tu frase lo había atravesado como un cuchillo bien afilado.
Y él había respondido desde el lugar menos prudente de todos. Desde el vínculo, aquél que ya existía y tu simplemente te metiste por accidente. Por capricho del destino, pero él no sabía que podía hablarte como Sage le contó que podía comunicarse contigo.
No sabía que podía hacer eso.
No sabía, no sabía. Pudo haberlo evitado, ser precavido, ya sabe que experiencia tuviste con Sage. No sabía… de verdad no sabía.
No sabía…
¡No sabía!
* ¡NO SABÍA! *
Qué estupidez, que hombre tan cruel. Qué forma tan perfecta de confirmar todo el odio que le tenías a los hombres en tu vida.
Truthless miró la puerta por donde no habías salido, sino desaparecido. La sombra todavía goteaba en pequeñas hebras sobre la madera, buscando volver a ser oscuridad común.
Por un instante, el impulso de seguirte le tensó todo el cuerpo. De hecho, podía hacerlo.
Podía asegurarse de que no hubieras caído en un pasillo equivocado, en el lago o en una escalera.
Podía y precisamente por eso no lo hizo.
Porque le dijiste que no te siguiera, que no lo querías cerca y que no eran nada.
Truthless bajó la mano. No se arrepentía de habértelo dicho, eso era lo terrible. Quizás pudo habértelo dicho mejor, acompañado. ¿Pero eso habría sido peor? Estaba seguro de que no había una forma buena de decirlo.
Pudo haberlo dicho antes, pudo haber sido más asertivo, más… ¿suave? ¿Qué tipo de suavidad existía en una conversación como esa?
Pasado, presente y futuro. Y de alguna forma seguía viéndote ahí.
Y a diferencia de Sage, Truthless pasó la noche caminando y pensando como podría ir de regreso hacia ti.
Aunque… si de verdad no lo querías ni a él ni a Sage, lo entendería perfectamente. Ya han ocurrido errores de este tipo, aunque ningún error logró vincularse a ellos de esa forma, por eso te seguía viendo. Y también seguía viendo la mesa para dos, pensada para tres.
Les mentí chat, al final la mala de la historia soy yo JAJAJAJAJA.
Lamento tardarme tanto, estuve meditando dos horas completas si meter esa última parte o no. Este capítulo estuve pura angustia y quería dar un final bonito con la cena pero al final no valía la pena ocultar lo que iba a pasar eventualmente. ¡La realidad de las relaciones poliamorosas, tratos y acuerdos bastante crudos para una persona sin estómago!
En fin, por favor háganle saber que opinan. Vaya que me he lucido con las palabras ¿eh?
No planeaba escribir tanto pero tampoco quería dejar eso fuera del capítulo.
Espero hayan sentido pena por Sage y que Recluse los haya hecho sentir mal, están escritos para eso.
Pero tranquilos, el siguiente capítulo estará lleno de cosas bonitas y las cosas comenzarán a ordenarse. Es como cuando manifiestas y todo se va al caño, pero después te pasa lo que pediste.
En fin, les he alimentado. Ahora denme de comer a mi con sus opiniones en párrafos súper largos para que yo tenga algo que leer. Byeeee. :)
Hear me out
Dragón Fount gordito
Siempre me encontrarás en el espacio onírico
Desnudez no sexual
Hola me gustan tus historias es genial para mí la calidad de dedicación que le pones a estos relatos no todos los días eve eso no es ser grosera ni nada pare tengo curiosidad de la fecha de publicación de trash magic el capítulo 3 tiene fecha de publicación disculpa si molesto pero me muero de ganas por leerlo
¡Hola! Muchas gracias por los elogios, justo ahora estoy escribiendo parte del tercer capítulo.
No eres grosera para nada, no hay fecha específica debido a que esta semana publicaré un capítulo de otro trabajo que tengo abandonado. Así que probablemente el capítulo 3 de Trash Magic se publicará el 15-17 de Mayo.