Los jardines y terrenos de Winterfell eran tan grandes que podía perderse prácticamente desde el desayuno hasta la cena en el exterior sin tener que estar dentro, donde su padre pudiera seguir molestando con todo lo que tenía que ver con el compromiso y otras personas no deseadas. Al menos por unas horas cada día podía olvidarse de toda esa carga entre la nieve y árboles a los que no tenía acceso en la ciudad. Era una de las cosas que más le gustaban de estar en el Norte.
Aunque para su mala suerte había un momento en el que no podía evitar a su padre y ese era el desayuno.
— ¿Qué les hace creer que quiero a Greengrass siguiéndome a todas partes? Beth o Lucy pueden ocupar su lugar sin problema y sin arriesgarnos a otro ataque de insolencia.— No iba a dejar pasar tan fácil y rápido la escena que Greengrass había montado días atrás. Definitivamente no era la clase de persona que quería haciéndole compañía y a sus ojos no había nada que pudiera ofrecerle.
— Parte de la comitiva por ahora...— Agregó, en voz baja, antes de darle un sorbo a su copa. Aunque le daba igual si su padre lograba escucharlo. Dudaba mucho que Wood fuera capaz de seguirles el paso e incluso si lo hacía, ella misma se encargaría de encontrar la forma de deshacerse de él. Sus días en los jardines le habían servido para conocer y memorizar lugares en los que un forastero fácilmente podría perderse. Haría todo lo necesario para deshacerse de él de una forma u otra.
Aquella especia de tregua silenciosa no iba a durar mucho, lo sabía. Tanto Alice como Albus pasaban la mayor parte del tiempo ocupados en diferentes actividades por lo que realmente solo se veían durante las comidas. Era una calma basta frágil, pero calma al final del día. Con ambos relativamente tranquilos podia dedicarle más tiempo a sus dos hijos más pequeños, pues ni Beth ni Gideon habían estado antes el Norte y poder mostrarles el lugar en el que había crecido era una oportunidad que no dejaría pasar.
Por supuesto no podía dejar de lado a Fabian, a quien notaba particularmente cabizbajo. Lo acompañaba para el té en la biblioteca buscando animarlo, aunque realmente las pocas ocasiones en que lo veía sonreír era cuando pasaba el tiempo con Lucy.
Pero esa calma no iba a durar mucho y Albus se encargó de que así fuera durante la cena, estando todos reunidos. Por supuesto estaba al tanto de las visitas que llegarían y de esa penosa situación con la chica Greengrass. Claro que eso no significaba que estuviera de acuerdo, como se lo había hecho saber a Albus.
La expresión en el rostro de su hija le dejó saber lo que venía desde antes de que dijera media palabra y definitivamente habría reñido a Albus de encontrarse a solas.
— Me parece que con Annabeth, Coraline y Lucy tiene el apoyo suficiente además de Elijah, por supuesto. — Si Albus hacía si quiera el menor intento de mantenerlos separados, pronto tendrían un caos en sus manos. — Además estoy segura que Fiorella no fue invitada aquí para darle trabajo y obligaciones. Si quiere explorar por sí misma podemos arreglarle compañía o incluso guías que le muestren un poco de los alrededores y la historia del lugar. — Evidentemente dejar a esa chica cerca de Alice no era opción pero ya encontraría la manera de mantener a todos a raya.
Había una razón por la que los reyes preferían las guerras.
Las guerras eran sencillas. Había enemigos, aliados, objetivos y consecuencias. Podían ser terribles, pero al menos tenían sentido. Los hijos en cambio, eran otra cosa.
Albus observó la mesa mientras Alice protestaba por Greengrass y Elizabeth desmontaba su propuesta con la misma facilidad con la que siempre lo hacía. Neville ocultó una sonrisa detrás de su copa. Fabian parecía desear encontrarse en cualquier otro lugar de los Siete Reinos.
—Muy bien Greengrass queda liberada de cualquier responsabilidad relacionada con Alice— terminó concediendo después de escuchar a ambas. Levantó una mano antes de que su hija pudiera celebrar demasiado la victoria—. Eso al menos asegura que no podrás perder a tus damas de compañía en algún bosque nevado cada vez que te aburras. Son tus hermanas después de todo.
Porque conocía esa mirada, señal de que ya estaba planeando algo para saltarse el protocolo. La había heredado de él y eso era precisamente lo que lo preocupaba. Durante un instante desvió la vista hacia Fabian. Su hijo parecía especialmente interesado en el contenido de su plato.
—Y tú deberías pasar tiempo con nosotros. Tu abuelo es el mejor anfitrión de los Siete Reinos, George y yo ya no queremos volver a King's Landing —añadió intentando captar la atención de Fabian que apenas y levantó la cabeza con evidente resignación.
Albus casi sintió pena por él. La llegada de la princesa Stephanie Kyle debía ser motivo de celebración, pero definitivamente Fabian no opinaba igual. Richard había sido uno de sus aliados más antiguos y el acuerdo existía desde hacía años para asegurar la lealtad de Dorne. Debería ser sencillo aceptar ese matrimonio arreglado, justo como fue para él y Elizabeth al principio. Sin embargo, cuanto más se acercaban los futuros acontecimientos, más empezaba a sospechar que nada relacionado con sus hijos sería sencillo jamás.
Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad tan inesperada que resultaba sospechosa. Después de días interminables de discusiones, amenazas de exilio, profecías, torneos fallidos y negociaciones familiares, Winterfell pareció sumirse en una calma extraña. Como si el castillo mismo hubiera decidido concederles una tregua antes de la siguiente batalla.
Los adultos, naturalmente, fueron los primeros en dejarse engañar.
Albus ocupó sus mañanas cabalgando con sus viejos amigos Frank y George, recorriendo bosques cubiertos de nieve y participando en interminables conversaciones que comenzaban hablando de política y terminaban hablando de la familia. Elizabeth dedicó buena parte de su tiempo a los gemelos más pequeños, empeñada en mostrarles cada rincón de la tierra donde había crecido. Neville Longbottom se convirtió en un anfitrión tan eficiente que nadie tuvo excusa para permanecer ocioso demasiado tiempo.
Todo parecía marchar exactamente como debía.
Lo que, por supuesto, significaba que todo estaba a punto de irse al carajo. Porque mientras los mayores disfrutaban de aquella ilusión de estabilidad, los jóvenes seguían acumulando problemas.
William Wood permanecía en Winterfell bajo el pretexto de acompañar a la princesa de Dorne y continuar conociendo el Norte. Albus había retirado cualquier presión inmediata sobre Alice, pero eso no significaba que el muchacho hubiera desaparecido.
Muy a pesar de Alice.
Aunque ella encontró formas cada vez más creativas de evitarlo. A veces desaparecía entre los jardines nevados. Y otras veces encontraba refugio en las bibliotecas. O simplemente obligaba a Elijah Dawlish a acompañarla durante largas caminatas donde el pobre Wood jamás conseguía alcanzarlos. Y todo aquello parecía perfectamente inocente.
La llegada de Stephanie Kyle añadió una nueva capa de complejidad a una situación que ya era suficientemente pesada. La princesa de Dorne llegó acompañada de una pequeña comitiva, con arena del sur todavía aferrada a algunas de sus pertenencias pese a las semanas de viaje. Fue recibida con todos los honores que correspondían a una futura integrante de la familia real.
Fabian sonrió durante la recepción. Sonrió durante la cena y durante las presentaciones formales. Sonrió tantas veces que cualquiera podría haber pensado que estaba encantado. Cualquiera que no conociera a Fabian Potter.
Elizabeth seguramente lo notó pero Albus definitivamente no, al menos no todavía. Porque el rey seguía convencido de que el tiempo resolvería lo que la presión y las decisiones apresuradas habían complicado.
Creía que Alice terminaría escuchándolo, que Fabian acabaría aceptando sus responsabilidades, que los futuros enlaces encontrarían la forma de funcionar.
Después de todo, él mismo había sido joven alguna vez y había sobrevivido.
Lo que Albus ignoraba era que ninguno de sus hijos parecía particularmente interesado en sobrevivir a sus respectivos compromisos.
Mientras tanto, Winterfell observaba. La nieve caía lentamente sobre las murallas, los cuervos iban y venían, los sirvientes intercambiaban rumores.
Todavía nadie podía verlo con claridad, pero era el escenario perfecto para que todo comenzara a descontrolarse.















