El transporte público es un espejo social. A diario uso la Ecovía para transitar por el norte de Quito. En cada recorrido la ciudad y sus habitantes cuentan historias y muestran sus formas de ser: sus gustos, temores, contradicciones y alegrías. El articulado recorre la parte oriental de la capital, desde la Av. Río Coca hasta el Playón de la Marín. Maneja otras dos rutas que se extienden hasta el sur, que he experimentado un par de ocasiones.
Desde hace algún tiempo, he tomado nota mental de cómo es el quiteño que utiliza este medio de transporte. Como resultado de este ejercicio de observación he podido establecer ciertos parámetros que resumo en las siguientes líneas.
1. La división social del trabajo
Los vendedores ambulantes son la fuerza laboral que acompaña cada trayecto en la Ecovía. Su configuración no parece aleatoria, porque cada grupo social ha sido destinado, por un sistema invisible (tal vez vinculado con la trata de personas) para realizar ciertas actividades. Así funciona el asunto: las personas con discapacidad visual, cantan (temas religiosos, principalmente); los niños ofrecen barriletes, caumales o frunas y los extranjeros (gran parte compuesta por migrantes de Venezuela) se dedican a la comercialización de dulces, lápices y esferos, gadgets para celulares o lo que se pueda para sustentar sus necesidades.
En esta dinámica, también participan los grupos vulnerables como ancianos y discapacitados que piden limosna con ruegos a los usuarios. En algunos casos, estas personas cuentan historias terribles sobre sus situaciones de vida con las que buscan conmover los bolsillos de los pasajeros para recibir centavos. Generalmente, suelen ser las mismas personas que se suben todos los días, por lo que si se toma la Ecovía frecuentemente se los ha visto en más de una ocasión y, a veces, a la misma hora.
A más de ello, existen músicos (entre profesionales y amateur) que comparten sus versiones de canciones populares (que van desde el reggaeton, hasta temas del recuerdo) y sus propias obras. Cuando se tiene suerte, se puede escuchar a verdaderos artistas que interpretan música clásica, jazz o blues con violines, guitarras o saxofones. Estas personas intercambian melodías por “moneditas”, una sonrisa o aplausos de los pasajeros.
2. El horror al vacío y el aferramiento
Al subir a una unidad, el usuario se encuentra con una masa de cuerpos superpuestos alrededor de las puertas. Es necesario usar codos y escabullirse entre los intersticios para avanzar al interior del transporte. Se pueden perder billeteras, celulares, dignidades y oxígeno en el intento.
El amontonamiento humano muestra la necedad, comodidad y egoísmo de la gente. La mayoría de pasajeros opta por aferrarse al sitio más próximo a las entradas para evitar la fatiga de bucear entre los otros cuando se llenan los buses. Esta táctica sirve para anticiparse a las paradas, pero pierde sentido si uno va a completar toda la ruta. Sin embargo, hay personas que permanecen pegadas, como percebes a las rocas, desde el inicio al fin del recorrido.
Esta acción evidencia esa necesidad de sujetarse y de mantenerse en la (trillada) zona de confort. No exige un esfuerzo de mirar que hay más allá (de la puerta de entrada) y demuestra una falta de interés completa por los demás. Estos usuarios estorban los flujos de los otros por su bienestar, lo cual hace pensar que bien podrían ser la piedra en el zapato de cualquiera, al impedir el movimiento. Pensaría que este tipo de personas son como el burócrata que atasca un trámite.
El aglutinamiento humano de la Ecovía recuerda que somos una sociedad barroca que le tiene miedo a los lugares vacíos. Sobre esto he llegado a pensar que la gente se amontona porque quiere compañía. Pese a que “al fondo hay sitio” los usuarios prefieren estar juntos (¿Será por el frío?).
No importa la incomodidad propia y del resto ni los insistentes llamados de atención del conductor por liberar el espacio de las puertas. La gente sigue fiel al tubo tibio del que se sostienen varias manos. Somos necios.
Aproximadamente entre las 07h00 y 09h30 y las 17h00 y 19h30 la Ecovía está repleta. Durante las ‘horas pico’,dominan la ansiedad del tiempo, la irratibilidad por el tráfico y el tedio de la rutina. En este ambiente, los cuerpos se mueven uniformes, al entrar y salir de las unidades. Es inevitable pensar en la metáfora visual de Tiempos Modernos de Chaplin, en la que los pasajeros se convierten en un rebaño de ovejas.
A diferencia de las estaciones de buses comunes, en la de la Río Coca el orden tradicional de las filas (un individuo detrás de otro) es casual. Generalmente, existe solo una masa de personas, entre las que se distingue el ‘vivo’ que quiere entrar primero, ya sea para ‘ganar puesto’ o porque se atrasa a su destino. Este es un ser de cuidado, pues no le importa empujar o pasarse por encima de cualquiera para entrar más rápido al articulado.
Se hallan también los cómodos y despistados, que se aglutinan al inicio de la línea de ingreso para esperar una unidad vacía o la ruta correcta. Sin embargo, en este grupo se ubican las personas con movilidad reducida, ancianos y mujeres con niños pequeños, quienes tienen el derecho de buscar un asiento de acuerdo con sus necesidades.
Además, en las filas se encuentran los vendedores ambulantes, que armonizan el ambiente caótico con el voceo de sus productos. Ellos son expertos en paradas, tipos de unidades y rutas. A veces, cumplen el papel de azafatas; indican a los pasajeros cómo deben entrar a los articulados, vigilan la delincuencia y ayudan a personas con discapacidad y a los ancianos a ingresar. No obstante, hay ocasiones en las que generan más caos; estorban el flujo de la gente y se pasean entre los pasillos de los buses, con cajas de caramelos y mochilas grandes, que incomodan a los usuarios.
En este ambiente es fácil perder la paciencia. Por eso, se busca, desesperadamente, abordar una unidad. Se siente la tensión en los rostros fruncidos y los suspiros con olor a pasta de dientes. Como el sentimiento y la angustia es compartida, existe un mínimo de solidaridad en la queja. Y es que a los quiteños nos encanta señalar lo que esta mal, mientras esperamos que la solución aparezca: en este caso, la ecovía.
Cuanto es momento de abordar, los pasajeros se atropellan por los asientos y rincones libres. La acumulación es inevitable, pero hay que resguardar la integridad y las pertenencias. Aunque uno debe tener un mínimo de tolerancia y empatía con el otro, la invasión a la proxemia hace que gane el egoismo. En ese sentido y si el reloj permite ventaja es mejor esperar otra unidad. No obstante, el espíritu gremial ecuatoriano no lo permite, pues la gente se ha acostumbrado a moverse como las ovejas.
4. Las miradas perversas versus la indiferencia
En las ecovías, los ojos son selectivos con la atención. Mientras una mujer joven y atractiva recibe las revisiones morbosas de los usuarios masculinos, sus miradas se enceguecen cuando ingresa una embarazada o una persona con niños colgados de sus espaldas o brazos. El mismo trato reciben las personas de grupos vulnerables.
Es típico en los medios de transportes locales que cierta porción del público masculino se entretenga con los cuerpos femeninos, ya sea con la mirada o, en casos más desagradables con el tacto o el roce. Este tipo de individuos aprovechan el apretujamiento para satisfacer sus deseos, sin importar la violación del espacio personal de la mujer. Lamentablemente, como este tipo de prácticas están normalizadas, nadie dice nada, todos los ojos se cierran y las víctimas pasan por locas o histéricas cuando reclaman respeto.
Y es que la indiferencia es con quien molesta. Por eso los pasajeros se ‘hacen los dormidos’ o se refugian en sus teléfonos: la excusa ideal para ser indiferentes. Así, la responsabilidad de ser buen ciudadano y la empatía se quedan de lado. Una vez más, se revela una pequeña porción del egoísmo local y que es más importante la comodidad propia que preocuparse por el otro.
Hay muchos otros detalles que ver en la Ecovía, pero quedará en lector descubrirlos en cada viaje. La observación permite comprender el medio en el que se vive y entender al otro. Vivimos distraídos, ya sea por el divagar de nuestra mente, el cansancio del trabajo o por las notificaciones de las aplicaciones sociales. Mientras viajamos a bordo del transporte público nos sumergimos en nosotros mismos; no existe nada, ni nadie más. Sin embargo hay que hacer el ejercicio de separarse del yo. Basta con mirar al que se sentó a lado para cambiar la perspectiva. Así, tal vez, seamos capaces de ceder el asiento a quien lo necesita, moverse de la comodidad del tubo de la puerta de entrada para permitir el tránsito de los demás o acomodarnos de mejor manera para no estorbar al resto. Es posible que con el mínimo cambio nos hagamos el favor, y al resto, de mejorar el caos y tedio del transporte urbano y de la cotidianidad, en general.