*Balada a la manera de «El cuervo» — doce estrofas para una sola vela.*
Medianoche: yo velaba, y la vela agonizaba
en un lúgubre diciembre, aferrando, pertinaz,
el infolio del olvido cuyo lomo fue el crujido
de dos muertes; el chasquido me resuena. Y tú, tenaz,
me mirabas desde el friso, vigilante y perspicaz:
A la que hila, la primera, la maté en la cristalera
donde hilaba, en fría rueca, blanca escarcha, hilo falaz;
a la que, al pie de mi lecho, iba midiendo ya el trecho
de mi vida —¡hilo estrecho!—, la maté también. ¿Asaz?
Dos borrones en el yeso son ahora, y nada más:
polvo y sombra, y nada más.
Erais tres, como las Parcas: tres esquinas, tres comarcas
de mi alcoba gobernabais con arácnido compás.
A la hilandera traidora derribé, y a la medidora
de mi hora; pero es ahora cuando entiendo, ¡ay!, lo demás:
sobrevive la que corta, la que espera... ¡Cortarás!
¡Oh araña, araña profana, tejedora de la insana
vestidura de la noche! ¿Qué te hice yo, di, jamás?
No tejí mejor que diosa, no reté a Minerva odiosa:
sólo un alma temblorosa soy, que ansiaba un sueño en paz,
un dormir sin acechanzas, un dormir y nada más...
Desde niño la lectura conocí de la pavura:
el alfabeto que escribe vuestra tinta montaraz:
puntos suspensivos, antes; paréntesis palpitantes
de ocho patas acechantes sobre el sueño de un rapaz;
y al rasguido allá en el yeso, me decía, en mi antifaz:
«Es el viento, y nada más.»
¡No desciendas esta noche! Cuando el sueño eche su broche
sobre el plomo de mis párpados vencidos, tú no vendrás;
no desciendas con sigilo por tu pérfido hilo, en vilo,
hasta mi asilo intranquilo, donde al cabo me hallarás;
te lo ruego y te lo mando —voz que ya no puede más—:
¡no desciendas! ¡No, jamás!
Porque sé lo que tú harás, porque sé que tejerás
sobre mis sienes dormidas una mortaja voraz,
y que aquestas telarañas —¡sedas pérfidas y extrañas!—
urdirán en mis entrañas, y hebra a hebra enlazarás
con mis delirios oníricos... ¡y qué sueños tejerás!
¡Qué terribles!... Tejerás.
Soñaré que tus hermanas vuelven, no muertas: ufanas,
que se truecan en cien hidras: ¡cien gargantas y una faz!;
soñaré que el mundo es viga y que de ella —¡qué fatiga!—
pendo, y nadie me desliga, amortajado, incapaz;
y ocho lunas: ¡son tus ojos!, que de mí no apartarás...
¡Profetisa! ¡Cosa aciaga! ¡Profetisa, bestia o plaga!
Por el combo cielo mudo, por el Dios que ambos, quizás,
adoramos —tú tejiendo; yo, de hinojos y gimiendo—,
dime —¡mírame pidiendo!—: ¿hay en Galaad solaz?
¿Dormiré un dormir de nieve, sin telar, aunque fugaz?
«¡Vete! —grito—. ¡Vil arpía! ¡Vuelve a la caverna fría,
a la grieta plutoniana donde reina Satanás!
¡No me dejes una prenda de tu tácita leyenda
de amenaza sin enmienda! ¡Vete y no vuelvas jamás!
¡Y tu fúnebre tijera de mi hilo la apartarás!»
Y ella teje: «Nunca más.»
Pero en vano el verbo clama: no abandonas esa trama;
por tu tela mis palabras ruedan y no entran jamás.
Y comprendo, ya sumiso: no está tu tela en el friso:
la tejiste, sin permiso, en mi infancia, tiempo atrás,
cuando yo era sólo un niño y eras todas las demás...
¡Radio a radio, más y más!
En el centro de tu enredo no estás tú: estoy yo, en el miedo;
yo, la mosca de mi espanto que se agita sin compás;
y en la tela desplegada —¡sombra flotante y ahorcada
sobre el lecho, ya posada!—, tú lo sabes, lo sabrás:
presa mi alma en esa sombra, no ha de alzarse ya jamás...
¡No ha de alzarse... nunca más!