Violinistas en el Titanic. Un diálogo sobre la esperanza en medio de la pandemia
Violinistas en el Titanic. Un diálogo sobre la esperanza en medio de la pandemia[1]
Fr. Víctor Treminio, OFM
Violinistas: a eso se resume nuestra condición de acompañantes en medio de todo el caos que brota a consecuencia de una desventura colectiva. Se trata aquí de la pandemia contemporánea donde nos jugamos la vida y la muerte. Decía que nuestra condición “se resume”, mas no “se reduce”. Tal y como veremos posteriormente, los violinistas han sido unos protagonistas modestos a lo largo de la trama cinematográfica del Titanic, ya que a la producción se interesaba más por mostrar el ‘amor romántico’ en lugar del ‘amor político’. Ambos nos interesan en cierta medida, sin embargo, el segundo tendrá nuestra atención a lo largo de texto, en el cual iremos comparando la obra con nuestra vivencia de la pandemia.
Se desata la noticia de una catástrofe real: el Titanic se hunde. La salvación de unos pocos en botes salvavidas y la muerte de una gran mayoría fuera de ellos es inminente. Ante la certeza de la muerte, dos fuerzas se encuentran. La primera se interioriza en el cuerpo individual: es el miedo ante el límite de límites, la angustia de toda existencia, que es la muerte. La segunda fuerza se interioriza en el cuerpo colectivo: la ley del sálvese quien pueda. Una ley altamente conocida en el globo terráqueo. Va más allá del individualismo, se trata más bien de un egoísmo, fruto del instinto de supervivencia animal, mas no de la ética humana que se mueve por la razón vinculante, que es la inteligencia sentiente.
Parte de esto nos ha sucedido ya. Cuando en Latinoamérica se detectaron los primeros casos y se decretaba emergencia total, el modo de proceder de una minoría privilegiada fue optar por su conveniencia. El sálvese quien pueda se tradujo en poder adquisitivo y título de propiedad: se vaciaban las farmacias de medicamentes y los supermercados de provisiones. El privilegio se encerró en casa con internet y televisión, olvidando así, como por inercia, a los nadies: los que no poseen ni casa, ni internet, ni abrigo, ni provisiones. Aquellos que hemos llamado los excluidos. Entre los privilegiados, la salvación individual ganó simpatía, olvidando que quien salve al pobre nos salvará a todos.[2]
Es aquí donde nuestra condición de creyentes nos interpela, así como se sintieron interpelados los violinistas del Titanic. Los músicos, en medio de todo el caos que nos presenta el filme, tomaron una opción fundamental donde se jugaron la vida sin protagonismos. Este acto no fue realizado como una maniobra suicida, sino más bien fue fruto de la conciencia, la habitación del ser humano donde se esconde la solidaridad.
Los violinistas terminan el concierto pagado. Ven el caos y se dicen a sí mismos: “Eso es todo”. Se despiden poco formales y empiezan a caminar, quizás en búsqueda de un chaleco salvavidas o de un bote. Sin embargo, uno de ellos no se mueve en lo absoluto. El largometraje le da una característica de líder. Este, manteniendo su posición inicial, se siente interpelado por el drama humano del cual es testigo. Entonces, decide iniciar una melodía única: Nearer my God to Thee[3]. Con esta melodía, los demás reaccionan y uno por uno se incorpora a la armonía inicial.
En ellos, alcanzamos a descubrir dos verdades necesarias: la primera, que nuestro sufrimiento se empequeñece cuando acompañamos el sufrimiento de los otros. Los músicos renuncian a su bienestar o a su propia salvación. En su lugar irán otros, pues renunciaron a la competencia, a llevar su vida a costa de otros. Prefirieron, en su lugar, comunicar vida a través de la música, del arte en general, pues desde ese ámbito el ser humano ha podido trasladarse al mundo de los deseos. Ese mundo donde solo somos correspondidos por el lenguaje de los anhelos, de la totalidad e infinito en el rostro de Otro. Ese mundo donde no nos conformamos con lo limitado, con lo trágico o lo fortuito.
Es esa dimensión de la persona donde hasta el dolor incomprensible adquiere un sentido trascendente. Son signos necesarios para el ser humano, animal simbólico, que se sabe humano con los otros humanos. Los violinistas del Titanic, a partir de la música lograban acompañar aquellas angustias, flagelos y dolores. El miedo a la muerte se reducía entre los instrumentos musicales. Solo habitaba la música, que también significa vida, y con ella daban un golpe contrahegemónico de esperanza en medio de la calamidad.
En la actualidad, a muchos creyentes les compete el mismo papel. Líderes que realizan objeción de conciencia contra la ley oficial y han salido a acompañar el dolor de los débiles. Socorrer a los migrantes, compartir con los hambrientos, hacer mascarillas para quienes no tienen nada y atender a los más enfermos. Entre ellos, resaltamos aquí la labor del personal médico, que a costa de sus vidas han salvado otras. Se cumple así lo dicho por Jesús en Mateo 25, 40: “En verdad les digo que cuanto hiciste a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hiciste”. Es a cabalidad la melodía de los violinistas:
Cerca de Ti, Señor quiero morar
Tu grande, tierno amor, quiero gozar.
Llena mi pobre ser, limpia mi corazón.
Hazme tu rostro ver, en comunión.
Una certeza tenemos en la vida y esa es la certeza de la muerte. La segunda verdad necesaria que nos relatan los violinistas en la película, es que no hay mejor manera de morir que haciendo lo que amas. Los violinistas han sido músicos toda su vida, pues eso es lo que decidieron ser y eso amaron por sobre todas las otras profesiones del mundo. No podían encontrar la muerte sino de esta manera. Eligen morir como vivieron, tocando. Haciendo arte.
Algo parecido se encuentra el creyente delante de la muerte. No como vivencia final, sino como puerta estrecha necesaria para encontrarse con el Amado. Sabe que la muerte es parte del camino, tal como la atravesó el mismo Jesús en la cruz, pero la afronta haciendo lo que ama: servir. Ya he dicho anteriormente que nadie nos quita la vida, si nosotros la damos primero.[4] Esa es la lógica de Jesús de Nazaret: “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad” (Jn. 10, 18). Los violinistas, como los creyentes en este contexto actual, son vidas donadas, vidas entregadas a la vida de los demás. Son seres-contra-la-muerte.
Finalmente, corresponde el reconocimiento y la fraternidad. El líder de los músicos se despide de ellos con estas palabras: “Caballeros, fue un privilegio tocar con ustedes esta noche”. Existe un reconocimiento de uno sobre los demás, con quienes comparte el destino. Les expresa de viva voz su palabra: privilegio, es decir, una ventaja que ha tenido sobre las demás gentes de poder compartir su vida, y su muerte, con las personas que reconoce sus compañeros, sus hermanos o sus amigos.
Durante la modalidad de encierro, la vivencia en el hogar de muchas familias, incluso comunidades religiosas, se volvió pesada de llevar. Lo mismo podrán decir aquellas personas que en su soledad tuvieron que lidiar contra los fantasmas de la depresión, la ansiedad y el suicidio. Es en este punto que el reconocimiento y la admiración sobre la humanidad del otro son armas poderosísimas de dignidad y fraternidad. Sabernos aventajados con la presencia de los otros que rodean nuestra vida es un ejercicio de solidaridad y resistencia revitalizador. De tal manera que, si nos toca conocer la muerte en esta realidad, nos sintamos dichosos no solo de haber vivido, sino de haber compartido con quienes vivimos.
Esa despedida será la palabra de cortesía final, el broche de oro de tan ejemplar espectáculo. Descubrimos finalmente que el amor romántico, intimista y obsesivo en ocasiones, se queda pequeño delante de la fuerza del amor político, libre y comprometido con quienes nos rodean y nos hermana con quienes más nos necesitan. Ciertamente, este segundo no vende tantas películas como el primero. Pero este amor político, que construye el bien común en justicia y humanidad, es el más digno de imitar por la humanidad a través de los años. Es el que vale la pena vivir hasta el final de nuestros días.
[1] El presente artículo ha sido fruto de una conversión en Instagram Live junto a Diana Arboleda, TC. Debido a la penalización por derechos de autor, de las escenas de dicha película, no quedó registro del conversatorio realizado.
[2] Cfr. Fr. Víctor Treminio, OFM. Quien salve al pobre nos salvará a todos (2020). Disponible en: https://frayvictor.tumblr.com/post/613977246884118528/hemos-continuado-imperturbables-pensando-en
[3] Más cerca, mi Dios, de ti" o "Cerca de ti, Señor" es un himno cristiano decimonónico escrito por Sarah Flower Adams, basado en el pasaje del Génesis 28, 11-19, la historia de la Escalera de Jacob (Cfr. Wikipedia, https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%A1s_cerca,_oh_Dios,_de_ti).
[4] Cfr. Víctor Treminio, OFM. Nadie nos quita la vida, si nosotros la damos primero. Recuperado de: https://www.instagram.com/p/CB5xdPLlYTL/








