Ximena y Pelusa.
Ximena vive en el segundo piso, se ve pasar de repente con Pelusa, la única pequeña perra que vive por acá, es raro ver animales a esta altura, así que todos por acá la cuidamos. El edificio es chico, solo cuatro pisos y yo me muevo solo en el primero. No puedo subir escaleras y los ascensores me generan problemas, pero me detendré aquí, esta no es mi historia.
Conocí a Ximena de la misma forma en cómo la estoy viendo ahora, saliendo algo apurada a estudiar y dejando a Pelusa conmigo para que la cuidara durante el día hasta que ella volviera. Pelusa es pequeña, pero tiene alma de animal grande, igual que su energía. Salta y corre por todos lados. Le gusta mucho jugar con su pelota y se monta en los respaldos de los sillones imponente. Como si supiera que es la reina del vecindario. Y de la ciudad probablemente. Por eso hay que cuidarla tanto. No queremos que se la roben, porque perros como ella ya no hay.
Ximena tiene 27 años y hace tres que encontró a Pelusa tirada en el bosque, "como caída del cielo", dijo ella. Alguien debió haberla abandonado ahí a merced de la naturaleza esperando que se volviera una perra salvaje en un ambiente hostil.
Hace unos 20 años que la legislación cambió y ahora los animales domésticos son escasos porque la gente decidió dejar de criarlos. Eran demasiados gastos y papeleo para poder mantener uno. Pero acá nos hicimos cargo. Cada departamento pone algo para cuidarla. Es una pequeña perra comunitaria, pero Ximena la trajo y ella es quien tomó las responsabilidades más exigentes. Ella tiene mejores dotes humanos que yo en ese sentido.
Hoy Pelusa ha hecho unos cuantos trucos y el paseo que le di la dejó muy cansada, por lo que duerme echada al lado mío mientras escucho música tomando el poco sol que se puede tomar durante la tarde, sobre todo en este lugar del planeta. Amanece tarde y oscurece temprano. Como en los polos de la antigua Tierra.
Ximena me llama y me dice que viene en camino, que si quiero acompañarla a tomar once con ella. Yo accedo. Viene con algo de pan y yo he cosechado en la huerta algunos tomates que podrían combinar bien. Un poco de sal y aceite y según lo que he visto, deberían quedar listos. Llega piloteando y dejando su aerodeslizador estacionado en su lugar y toca el timbre. La veo a través de la cámara de seguridad y acciono el interruptor que abre la compuerta para bajar el vehículo al subterráneo mientras doy la señal para abrir la puerta de mi apartamento.
Ximena entra, me entrega el pan y Pelusa salta saludándola en el living iluminado por los últimos rayos de sol. A pesar del poco sol, el calor acá es fuerte. Creo que es algo bueno que no dure tanto el día. Por lo menos para ellos. Nos sentamos a la mesa y Pelusa come su comida entremedio de nuestras piernas.
Me da las gracias y me dice que la próxima semana viene el ingeniero a hacerme el chequeo mensual. He trabajado impecable con animales y creen que me vendrá bien un ajuste más humano del que he estado realizando. Ser un robot con sensores térmicos ha sido todo un trabajo de costumbre. El sol me ayuda a cargar algunos días, pero siempre necesito conectarme en la noche para amanecer operativo completamente.
Pelusa me lame las piernas antes de irse. Su lengua tibia activa mis sensores. Es una cálida despedida.
Escritos de Des Rentor














