(CB) Hace poco mĂĄs de 60 años, se jugĂł en Wembley un partido que quedĂł en la historia como pocos: Inglaterra perdiĂł, por primera vez en la historia, un partido como local. Los hĂșngaros les dieron un baile, demostrando no sĂłlo que eran los mejores del mundo en ese momento, sino que los ingleses no eran los reyes de este deporte, a pesar de haberlo inventado.
Escrita por Jonathan Wilson, esta es la historia de ese partido, su contexto y sus consecuencias. CĂłmo una goleada en contra consiguiĂł, 13 años despuĂ©s, darle a Inglaterra su primer tĂtulo mundial.
Inglaterra 3-6 HungrĂa: a 60 años del partido que aturdiĂł a una naciĂłn
La paliza en Wembley provocĂł nuevas ideas en el Reino Unido, que llevaron finalmente a que Inglaterra ganara el Mundial de 1966.
El 6-3 de HungrĂa en Wembley, hace 60 años, resuena mĂĄs que cualquier derrota en la historia del fĂștbol inglĂ©s. No tuvo que ver con que esta fuera la primera derrota en casa frente a un equipo no britĂĄnico, ni con la magnitud del resultado o el resplandor de los hĂșngaros: tuvo que ver con el estado de shock que produjo. En lo que durĂł un partido âo una hora, de hecho, dado que HungrĂa aflojĂł en el Ășltimo tercio del encuentroâ la complacencia y la insularidad del fĂștbol inglĂ©s quedaron expuestas y, despuĂ©s de ese 25 de noviembre de 1953, ninguna de las viejas certezas volviĂł a ser cierta.Â
Seis meses antes, cuatro seleccionados de Inglaterra estuvieron en Wembley jugando por el Blackpool, en la final de la Copa FA, un partido que fue visto como una representaciĂłn del fĂștbol inglĂ©s en su mĂĄxima expresiĂłn. Aunque es discutible, ese pudo haber sido el dĂa en que el fĂștbol reemplazĂł al cricket como el deporte britĂĄnico por antonomasia. Incluso los cĂnicos de la zona de prensa se pararon sobre sus asientos a aplaudir la Ă©pica remontada del Blackpool. De un 1-3 pasaron a un 4-3, inspirados por Stanley Matthews y sus regates en la derecha, atacando a Tommy Banks, un lateral que terminĂł sufriendo de un tirĂłn muscular. El maestro, a la edad de 38, al fin tuvo una medalla de campeĂłn.
De todas formas, los signos de alerta estaban ahĂ, aunque nadie se preocupĂł de mirarlos. La primera derrota de Inglaterra frente a un equipo de Europa continental llegĂł en España, en 1929, pero sĂłlo hubo excusas y quejas: que la cancha estaba dura, que hacĂa calor, que el pĂșblico estaba tan excitado que sĂłlo las espadas de los policĂas los mantenĂan fuera de la cancha. HabĂa, en general, una sensaciĂłn de que si el fĂștbol no se jugaba bajo las condiciones inglesas, no era fĂștbol del todo.
QuizĂĄ fueran excusas legĂtimas, pero se iba marcando una tendencia: Inglaterra sufrĂa contra equipos que se disponĂan con dibujos distintos a la W-M. Los centro delanteros retrasados siempre terminaban confundiĂ©ndolos. El austrĂaco Matthias Sindelar preocupĂł a los ingleses echĂĄndose atrĂĄs en un amistoso en 1932. Vsevelod Bobrov, del Dinamo de MoscĂș, consiguiĂł lo mismo frente a muchos clubes britĂĄnicos en la gira de 1945, y el suizo Alfred Bickel causĂł estragos en 1947. En 1951, Inglaterra hizo un tour por Argentina, y se encontrĂł con los mismos problemas y dificultades.
Para ese viaje, estaban agendados dos juegos contra la selecciĂłn local, primero con un representativo y luego en un amistoso internacional. Inglaterra se tomĂł esa diferencia muy en serio, y en el primer partido alineĂł jugadores reservas y perdiĂł 3-1 frente a una Argentina de primera lĂnea, inspirada por su retrasado centrodelantero, JosĂ© Lacasia, que constantemente sacĂł de posiciĂłn al central inglĂ©s Malcolm Barrass.
Walter Winterbottom, el entrenador de Inglaterra, ideĂł un plan. âAlguna gente querĂa que tuviĂ©ramos a un hombre detrĂĄs de Lacasia, siguiĂ©ndole sus huellasâ, dijo, âpero el capitĂĄn Billy Wright, vehementemente, querĂa que el central se mantuviera atrĂĄs, en posiciĂłn, y que alguien mĂĄs lo tomara. Decidimos, entonces, que Harry Johnston, el central, se mantuviera cerca de Ă©l al comienzo del partido, con Billy y Jimmy Dickinson cubriendo ese hueco en el medio. Luego Johnston volverĂa a su posiciĂłn, intercambiando la marca con otro, asĂ los argentinos no sabrĂan si persistirĂamos en la marca hombre a hombre. Pero el partido se suspendiĂł por lluvia a los 20 minutos, asĂ que no alcanzamos a saber si funcionarĂaâ.
Winterbottom es una figura subvalorada estos dĂas, ninguneado por sus formas catedrĂĄticas, su falta de tacto y su supuesta responsabilidad en el ocaso inglĂ©s. La verdad es que el anticipĂł el futuro pero se le impidiĂł hacer nada para evitarlo. Parte del problema era Stanley Matthews, y el culto al dribbling que Ă©l inspiraba.
Stan Cullis, por ejemplo, capitaneĂł en tiempos de guerra a Inglaterra en un partido contra Gales. Cuando supo que los galeses le harĂan doble marca a Matthews, dio instrucciones de cambiar la orientaciĂłn del juego hacia el lado opuesto, pasĂĄndola lo mĂĄs que pudieran a Dennis Compton, el extremo izquierdo. A pesar de la victoria por 8-3, fue condenado rotundamente. âLos periĂłdicos me dieron duro y parejoâ, dijo Cullis, ây me preguntaron cĂłmo me atrevĂ a tratar asĂ a Stanley Matthews. Insistieron en que el pĂșblico fue a ver a Matthews, no a mĂ, y exigieron que renunciara a la capitanĂaâ.
Matthews, previsiblemente, estaba a favor de la libre expresiĂłn, algo que quedĂł claro en su explicaciĂłn del desastre del Mundial del 50, cuando Inglaterra quedĂł eliminada en primera ronda tras perder contra Estados Unidos en Belo Horizonte. âTristemente, a la selecciĂłn inglesa le faltĂł un deseo de ganarâ, escribiĂł en su primera autobiografĂa. âLa culpa la tuvieron esas charlas previas, explicando tĂĄcticas que habĂan sido introducidas por primera vez por nuestro entrenador [Winterbottom].
âTĂș no puedes llegar y decirle a tu jugador estrella cĂłmo es que Ă©l debe jugar y quĂ© es lo que debe hacer en un partido internacional. Tienes que dejar que haga su juego natural, el que antes dio tantos dividendos. Me he dado cuenta en los Ășltimos años que estas instrucciones previas a los partidos se han alargado mientras la habilidad de los jugadores en la cancha ha disminuido. Yo digo: a la basura las charlas y dĂganle a los jugadores que hagan lo que sabenâ.
Matthews no estaba solo. âLa desagradable verdadâ, escribiĂł el periodista sueco Ceve Linde en Idrottsbladet, âes que el fĂștbol inglĂ©s se ha deteriorado gradualmente, cayĂ©ndose, finalmente, de su pedestal y todavĂa rodando hacia abajo. Lo mĂĄs triste de esta tragedia es que los ingleses, con muy pocas excepciones, no son capaces de reconocer quĂ© fue lo que pasĂł. En su autosatisfacciĂłn y vanagloria, todavĂa se imaginan a sĂ mismos los mejores del fĂștbol mundial, y sus derrotas meros accidentesâ.
âEl hecho es que el fĂștbol inglĂ©s tiene mucho que aprender del resto del mundo, tanto sobre entrenamientos, cursos, tĂĄcticas, organizaciĂłn y estrategias. âInglaterra tiene que reencontrar su espĂritu tradicionalâ, escriben ahora. Eso es fĂĄcil decirlo, Âżpero cĂłmo se podrĂa reencontrar esto en un paĂs tan golpeado por dos guerras mundiales, obligado por su debilidad a abandonar sus posesiones alrededor del mundo? La misma fatiga se puede encontrar en su fĂștbol. Es una falta de fuerza perfectamente justificable, que sin embargo se matiza con una arrogancia que, a los ojos de un extranjero, parece repugnante, incluso aterradoraâ.
DespuĂ©s de la gira por SudamĂ©rica, en 1951, Winterbottom supo que estaba contra la corriente. âTenemos buenos jugadores en caminoâ, dijo, âpero en juego de equipo estamos muy atrĂĄs. Partido a partido hay muchos cambios que realizar para hacer posible una planificaciĂłnâ. PodrĂa ser, fĂĄcilmente, un lamento que cruza toda la historia del fĂștbol inglĂ©s.
En octubre de 1953, Inglaterra jugĂł un amistoso contra un combinado del Resto del Mundo para celebrar el aniversario 90 de la fundaciĂłn de la FA. El Resto del Mundo jugĂł con un fluido tridente de ataque que contaba con Gunnar Nordahl, Bernard Vukas y Laszlo Kubala. Inglaterra, como era la tĂłnica, nuevamente fracasĂł a reaccionar, con su central Derek Ufton sufriendo mĂĄs de la cuenta. âAbandonado por su presa, se sentĂa como un pez fuera del aguaâ, escribiĂł el periodista austrĂaco Willy Meisl. âSe podĂa ver su aguda incomodidad, por no decir que estaba perdido. ÂżSeguir a Nordahl o dejarlo merodear? Su vida no tuvo sentido por 90 minutos por el simple hecho de que un imaginativo centrodelantero extranjero se negĂł a jugar segĂșn el modelo britĂĄnicoâ. Un dudoso penal al Ășltimo minuto le dio a la Rosa un empate 4-4.
Lo que HungrĂa consiguiĂł un mes despuĂ©s fue, simplemente, otro capĂtulo de la misma historia. Nandor Hidegkuti se retrasĂł como un falso nueve, Harry Johnston no tuvo la mĂĄs mĂnima idea de quĂ© hacer con Ă©l, y como consecuencia, el 9 de los hĂșngaros, detrĂĄs de una fluida lĂnea de cuatro delanteros, tuvo tiempo y espacio para dictar el juego. La teja cayĂł sobre los ingleses: el 6-3 fue un resultado suficientemente malo, pero la verdad es que reflejĂł tangencialmente la verdadera superioridad magyar.
Les anularon un gol por un offside inexistente, se perdieron innumerables ocasiones de gol y estuvieron inusualmente descuidados en el fondo; que volvieran a golear a los ingleses un año despuĂ©s âen Budapest, por 7-1â no fue una sorpresa. âEsta fue la madre de todas las palizasâ, escribiĂł Clifford Webb en el Daily Mail. âEstuvimos desacelerados, atontados, fuera de lugar⊠SĂłlo puedo esperar que tenga un efecto revitalizador, y que sacuda a nuestros dirigentes y tĂ©cnicos, que se den cuenta que el control del balĂłn en velocidad es el secreto del Ă©xito en la actualidadâ.
Hasta cierto punto, lo era. De pronto, todo parecĂa debatible. Un espĂritu de innovaciĂłn se apoderĂł del juego inglĂ©s. Peter Doherty, entrenador del Doncaster, notando que el equipo hĂșngaro numeraba sus camisetas inconvencionalmente âmodificando la costumbre de que el 2 marcara al 11, el 3 al 7 y el 5 al 9â hizo que sus propios jugadores usaran nĂșmeros al azar para confundir a los rivales. En el Manchester City, el delantero Don Revie imitĂł a Hidegkuti y se retrasĂł, lo que en parte le ayudĂł a convertirse en el futbolista del año en 1955.
Lo que HungrĂa habĂa hecho al otro lado de la cancha, en defensa, resultĂł igual de relevante. El medio centro Jozsef Zakarias jugĂł tan atrĂĄs que se casi se convirtiĂł en un segundo defensor central, y aunque hay algo de confusiĂłn al respecto, las libretas del entrenador, Gusztav Sebes, mostraban con claridad su visiĂłn de Zakarias como un volante muy retrasado. Para el fin de la dĂ©cada, despuĂ©s de que Brasil ganara el Mundial del 58 usando este sistema, la lĂnea de cuatro defensas logrĂł una aceptaciĂłn general, e incluso fue implementada por el Ipswich de Alf Ramsey, quien justamente defendiĂł a Inglaterra en esa derrota en Wembley. El sistema sin delanteros externos con el que Ramsey consiguiĂł la Copa del Mundo de 1966, dirigiendo a los ingleses, puede ser visto como una lĂłgica evoluciĂłn de la forma ây por quĂ© no, del estiloâ hĂșngaro.
Sacar la conclusiĂłn, como muchos lo han hecho, de que Ramsey fue directamente influenciado por esa derrota es, probablemente, simplificar demasiado. Su instintiva sospecha de cualquier persona no inglesa era tal que seguramente nunca habrĂa admitido un aprendizaje por parte de un extranjero. AdemĂĄs, Ă©l parecĂa genuinamente convencido de que ese dĂa los hĂșngaros tuvieron suerte, culpando por la derrota a Gil Merrick, el arquero inglĂ©s, y su responsabilidad en los goles que vinieron de remates de distancia. Pero habĂa otra fuente, que le entregaba a Ramsey similares enseñanzas, y que probablemente fue mucho mĂĄs significativa: Arthur Rowe, su entrenador en el Tottenham.
Rowe habĂa sido una figura clave en el Tottenham de Peter McWilliam, a fines de los 30, y fue su desarrollo en el juego compacto y asociado el que llevĂł a los Spurs al ascenso y luego al tĂtulo de liga, en 1951. Rowe estaba tan inmerso en ese estilo que fue a Budapest a profundizarlo, y se encontrĂł con que compartĂa muchas ideas con los hĂșngaros, incluso antes de la segunda guerra mundial. Para Ramsey, el juego de HungrĂa probablemente era sĂłlo una versiĂłn mĂĄs intensa del estilo al que estaba acostumbrado en su club.
Lo que sĂ consiguiĂł la derrota en Wembley fue destrozar el mito de la superioridad inglesa. Volver a la vieja manera de hacer las cosas, y seguir pensando que la antigua tradiciĂłn era una especie de inmutable sabidurĂa, era inviable. Se habĂa creado un ambiente en el cual Ramsey y otros colegas pudieron experimentar con mĂĄs libertad. Esta no habĂa sido una derrota en Madrid, en el calor de mayo, ni tampoco en Belo Horizonte, en julio: habĂa ocurrido en Wembley, en una cancha hĂșmeda, durante una tarde brumosa de noviembre, en las condiciones que muchos creĂan eran las ideales para jugar al fĂștbol inglĂ©s. Las cadenas del pasado fueron rotas y sĂłlo se repusieron cuando, tras 13 años de innovaciĂłn, el Ă©xito en el Mundial estableciĂł una nueva tradiciĂłn.
Encorajados por Sebes, se hablĂł mucho de que HungrĂa representaba al audaz futuro socialista, frente al individualismo y conservadurĂa de un imperio britĂĄnico en retroceso. Algo que se enfatizaba considerando que el partido se jugĂł en Wembley, entonces conocido como el Estadio Imperial. Pero lo que verdaderamente consiguiĂł la victoria del equipo hĂșngaro fue la liberaciĂłn del fĂștbol inglĂ©s. La mayorĂa asumiĂł que esa tarde habĂan visto jugar a los futuros campeones mundiales. De cierta forma, sĂ lo hicieron, sĂłlo que el Ă©xito no llegĂł en Berna al siguiente año sino en esa misma cancha, en 1966. Y no fue HungrĂa quien levantĂł la Copa. Fue Inglaterra. Â
(Publicado originalmente en The Guardian: England 3-6 Hungary: 60 years on from the game that stunned a nation)











