d e v o n

No title available
🪼
macklin celebrini has autism
trying on a metaphor
Cosmic Funnies

titsay
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hello vonnie
occasionally subtle
taylor price

#extradirty
he wasn't even looking at me and he found me
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
AnasAbdin
2025 on Tumblr: Trends That Defined the Year

if i look back, i am lost
Misplaced Lens Cap
we're not kids anymore.
seen from Spain
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@iagooctavio10
Luc Abalo, Velux Champions League, 2013
Carlos Ruesga, Velux Champions League, 2012
“All you can do is pray for a quick death, which you ain’t gonna get.”
Reservoir Dogs (1992) dir. Quentin Tarantino
Inglorious Basterds
Psicosis
I count six shots, nigga. I count two guns, nigga.
Good morning world
All in all you’re just another brick in the wall
The name game
Una luz me da en los ojos. Me hace despertar. Plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim. Un goteo que adopta una cadencia regular. Una gota, seguida de otra, y de otra, y otra. Todas son iguales, pero cada es diferente. Abro los ojos. Un olor a humedad me invade. Estoy en un cuarto oscuro, apenas iluminado por un mísero rayo de luz. Las paredes son de piedra, el suelo esta embarrado y sólo hay una puerta de metal delante de mí. Me levanto del suelo. Me acerco al agua que cae del techo. Es sangre. El charco empapa casi toda la habitación, aportando a todo el conjunto un tono rojizo intenso, como si de Las Médulas se tratara. Decido salir de la habitación. Empujo la puerta de metal, que se abre con un ligero chirrido, pero sin presentar oposición. Fuera hay un hombre. Tiene una cámara en la mano y me enfoca con ella. Está grabando. Lo llamo. Le hablo. Llamo su atención. Lo zarandeo. No me hace caso. Es como si yo no estuviera allí para él. Simplemente me enfoca todo el rato con la cámara, sin variar su postura. No reacciona. No se mueve. Entre gritos de cólera, tiro la cámara al suelo. La pisó hasta romperla y la sigo pisando hasta que no queda más que un amasijo de metal en el suelo. Miro de nuevo al hombre y veo que me sigue grabando con otra cámara. Lo golpeo. El hombre cae al suelo y empieza a sangrar por la nariz, pero no se inmuta. Sigue enfocándome y grabándome. Corro hacia la izquierda. Observo como el hombre se levanta y me sigue. Acelero mi paso y, cuando creí haber perdido al hombre de la cámara, encuentro a otro hombre con una cámara en la mano delante de mí. -¿Quién coño eres?-grito. Y corro. Huyo de ese hombre con cámara, pero, siempre que creo haber dado esquinazo a alguno de estos hombres, aparece otro al final del pasillo por el que estoy corriendo para seguir grabándome. Corro entre angostos pasillos de piedra negra, con los suelos mojados y con una luz escasísima que proviene de pequeñas rendijas que situaría a unos 3 metros sobre mí. En una de mis carreras encuentro otra puerta de metal. La empujo. Me encuentro una sala más grande que en la que yo estaba, con paredes de piedra y una claridad mayor. Al final de la sala, otro hombre con una cámara. Veo una mesa en el centro con una mujer inconsciente en ella. Parece estar encinta. Me acerco a ella para ver si puedo ayudarla. En cuanto doy un paso en la sala, la puerta tras de mí se cierra con gran sigilo. Me doy la vuelta rápido, pero sólo llego para oír el ruido de una llave girando en la cerradura. Empujo la puerta, la golpeo, grito pidiendo ayuda e intento derribar la puerta abalanzándome sobre ella, sin embargo, nada funciona. Avanzo hasta el centro de la habitación y observó a la mujer embarazada. Tiene la cara muy pálida y un tanto violácea. Intento despertarla, pero no responde. Entonces le tomo el pulso. No siento nada. La mujer está muerta. Reparo en que al lado de ella hay una nota escrita en rojo. La cojo y la leo. Pone: La llave está dentro El cámara se mueve entonces. Lleva una catana en la mano. Me la entrega y vuelve a su posición. Dejo la catana en la mesa y voy hacia la puerta. La empujó. La aporreo. Grito. Me desgañito. Y nada. El cámara ni se mueve, y a la mujer poco movimiento le queda. Empiezo a sentir sed. Y cojo la catana. Me dirijo hacia la mujer y levantó su vestido, dejando su vientre voluminoso al descubierto. Debía de estar a punto de parir en el momento de morir. Un sudor frío empieza a bajar por mi frente y mi espalda. Noto como desciende por todo mi cuerpo al tiempo que yo acerco mi catana al vientre de esta mujer. Mi cerebro se opone al movimiento, mientras que mi cuerpo, motivado por un instinto de supervivencia, acerca la catana al vientre. Se sobrepone el cuerpo a la mente y llego a la piel y aprieto. Los músculos del útero aún están duros y me cuesta hundir la catana en ellos. La sangre, negra como melaza, desciende con una lentitud propia de las cosas que ya no sufren el paso del tiempo. Se desliza como una lava negra, de la herida a la mesa y la de la mesa al suelo, donde se va acumulando hasta llegar a mis pies y empaparlos. Esta lava desciende en gotas unitarias. Plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, plim, pim, plim, plim, plim, plim. Creo una herida enorme en el vientre de la mujer. Mis manos tiemblan ahora, ya que mi cerebro teme lo que mi cuerpo le obliga a hacer. Ambos saben que no es lo correcto, pero es lo único que se puede hacer. Finalmente, mis manos temblorosas agarran los bordes de la herida, los músculos tensos y empapados en sangre. La bilis empieza a subir por i garganta al tiempo que empujo para agrandar la herida. Extraigo al feto del interior. La bilis se precipita al exterior. Mi cerebro siente asco, mientras que mi cuerpo, vista cumplida su funcion y deber, siente orgullo de su propia fortaleza. Está frío y rígido, sin nada de vida en él. Un ser que se quedó sin vida antes, siquiera, de degustarla. En una de sus manos tiene una llave de oro bañada en sangre. La cojo, abro la puerta y corro. Sólo paro después de unos minutos, quizás horas. Y empiezo a vomitar. Luego me muevo hasta una esquina y me duermo con la mirada fría e inerte del feto clavada en mi memoria. Al despertarme, encuentro ante mí una botella de dos litros de agua y un enorme bocadillo de carne.