Ríe con suavidad, recibiéndolo entre sus brazos, y regalándole unas caricias en la nuca, antes de que se separaran. “Es porque exudas ternura, pero eso ya lo sabes, ¿no?” le explica.
Luego se dedica a observar al muchacho unos momentos con fijeza, y termina asintiendo con la cabeza ante su declaración, tragando saliva ante la honestidad con que decide acompañarlo, a pesar de las advertencias. “Muy bien. Claro, terminemos con ésto, de una vez.” Frunce el ceño, enojado consigo mismo por todas las dudas que lo habían asaltado y que no lo habían dejado actuar antes. Al desprender la tapa, el contenido por fin es develado: una simple nota acompaña el paquete de lo que parece ser la marca de relojes que su padre suele preferir. Al por fin tomar su contenido, es exactamente eso: un reloj de pulsera, elegante, y una copia fiel al que solía usar su progenitor. Es la pequeña nota lo que le hace hervir la sangre, de todas formas:
“El tiempo pasa para todos nosotros.”
No se da cuenta cuando su respiración se comienza a agitar, y una risa incrédula abandona sus labios. Olvida al muchacho que tiene al lado, al resto de los estudiantes del campus que pasaban por ahí, nada de eso cruza por su cabeza cuando deposita la nota sobre la mesa, y toma el reloj en una mano solo para estrellarlo contra el suelo, una y otra vez. Pronto se aburre de aquel método y en vez de eso, deja que el lujoso item sea pisoteado bajo su zapato, dando rienda suelta a un momento de violencia que parece no acabar pronto.
Finalizado el pequeño momento que compartieron, Joonseok se quedó esperando a un costado, pellizcándose el labio inferior con la preocupación a flor de piel. Las advertencias del muchacho fueron, de por sí, un pájaro de mal agüero, pero él tenía un mal presentimiento que se sumaba y le despertaba una ansiedad sorda, un mal sabor en la boca. Aun así, tras asomarse por su hombro e inspeccionar el interior de la caja, tomó un poco más de distancia y le permitió desahogarse a sus anchas, sus manos haciéndose de la nota sobre la mesa para poder leerla. Su conclusión: ‘¿Qué demonios?’ “Sangmin,” entonces lo llamó con suavidad, observando sus alrededores y fichando a quienes se atrevían a hurgar la escena con sus miradas. No quería que metieran su nariz en lo que parecía ser un momento personal y frustrante para él. Y pronto, sintiéndose nervioso y anulando su plan de no entremeterse demasiado, se acercó para sujetarlo del brazo y darle un par de jaloncitos, esta vez expresando con más firmeza: “Yah--- tranquilo, vamos. Sangmin.” Sí, quizá no fue su idea más brillante.