La primera frase enunciada por Kuroko activó un mecanismo en su cerebro, dando rienda suelta a su imaginación. Tragó saliva y desvió la mirada con un leve tinte rojizo sobre las mejillas, tratando de no dejarse llevar por las imágenes que se formaban en el interior de su mente. Nunca creyó que podría sacar su lado pervertido, pero gracias a Kuroko, todo parecía posible.
« Eres malo, Kurokocchi » pensó mientras cubría parte de su rostro con una mano, justo antes de oír lo siguiente. Su corazón inmediatamente dio un brinco, y pronto sus mejillas ardieron mucho más. ¿Cómo no enamorarse cada vez más de él si era tan lindo? No podía soportar tanto. Lo único que quería era arrastrarlo a un rincón y besarlo como jamas podría hacerlo.
Luego de ingresar al probador, permitió que las prendas que llevaba puestas se deslizaran de su cuerpo, y observó su propio reflejo en el espejo allí presente. Quedó así durante unos instantes, dejando que su mente vagase en torno a diversos pensamientos, como el hecho de que todo eso que estaba viviendo en esos precisos instantes era real, y no un producto de su alocada imaginación. Era el novio de Kuroko, justo como lo había estado soñando durante tanto tiempo, y eso lo hacía tan feliz.
¿Cómo sería la vida de ambos a partir de ese instante? ¿Estarían juntos por mucho tiempo? ¿Llegaría a tener la dicha de casarse con él? A medida que esas ideas surcaban su mente, se percataba de cómo la emoción bullía en su interior de forma incontrolable. No sabía que ser correspondido podría generar tal estado de euforia.
Tras sacudir la cabeza para regresar a la realidad, comenzó a vestirse, comenzando por los jeans, que le quedaron ligeramente ajustados, pero no lo suficientemente incómodos; la camiseta de mangas largas de color negra, y luego añadió el trench al vestuario. Tras abrochar todos los botones de la gabardina, y ajustar el cinturón que venia adjunto, se colocó, finalmente, el fedora, y se colgó el uniforme del instituto sobre el brazo para llevarlo.
Antes de comprobar su aspecto reflejado en el espejo, oyó la voz de Kuroko, y respondió con un simple “Okay~”. Luego, entornó los ojos y comprobó que el atuendo que llevaba puesto se veía bien. Se ajustó el fedora, apartó algunos mechones de cabello del rostro, sonrió y giró esperando a que todo se viera adecuadamente. Entonces recordó algo, y buscó entre la ropa, entresacando de ella la bufanda que le había dado a Kuroko el día anterior, antes de que todo eso diera comienzo.
Sonrió pensando que, en el momento en que decidió regalarle dicha prenda, jamás imaginaría que lograría tocar el corazón del otro. Tras verse complacido con ese concepto, salió finalmente del probador, y se dirigió a zancadas hacia la dependienta, la cual lució muy animada ante el aspecto que él mismo presentaba.
Luego de pagar por toda la vestimenta, a excepción del fedora, ella le ofreció amablemente una bolsa donde guardar el uniforme, y él agradeció el gesto. Ella intentó pedirle una cita, pero él la rechazó diciendo que no tenía tiempo, ya que estaba ocupado con el modelaje y el basket (lo cual no era una mentira del todo), y tras abandonar el local, fue a buscar a Kuroko, que lo esperaba afuera.
Sonrió con gentileza al verlo allí, y tan pronto como estuvo a su lado, buscó entre el uniforme, y extrajo de allí la bufanda, la cual se la colocó con mucho cuidado y cariño antes de depositar un beso sobre su frente.
— Ya estoy listo, Tetsuya —murmuró tomando una de sus manos con cuidado, y acariciándola. Sintió el suave tacto de la piel ajena, y tuvo que reprimir los deseos de elevarla y llenarla de besos como solía hacer, pero esa vez estaban en público, y cualquier persona podría verlos, por lo que no tuvo más remedio que contenerse— ¿Nos vamos? —inquirió finalmente, tomando la bolsa con una mano, y sosteniendo la de Kuroko con la otra—. ¿A dónde debíamos ir después…? ¡Ah, es verdad! La farmacia —recordó repentinamente, y comenzó a caminar en busca de un sitio donde podría comprar un medicamento efectivo contra ese terrible dolor de garganta que lo aquejaba.
Caminó entrelazando sus dedos con los ajenos, y dedicándole miradas de soslayo al otro a medida que avanzaban a través de las calles. Cuando se detenía a esperar a que el semáforo les diera vía libre para cruzar, aprovechaba momentos fugaces en los que besaba la mejilla ajena como muestra de lo mucho que lo quería.
— L-Lamento si estoy resultando muy meloso o algo —se disculpó rato después, con una sonrisa nerviosa—. Es solo que siento que necesito demostrarte todo el amor que siento por ti a cada momento, para que jamás lo olvides —murmuró inclinándose un poco sobre él para que nadie más pudiera oír esas palabras, pero tras una pausa, agregó—: Luego de la farmacia, ¿Te parecería bien ir a comer algo? Todavía es muy temprano para ir al cine. De paso, mientras comemos, podré realizarte la propuesta que tengo en mente.