Una vez más llegó el momento de decir adiós. Una vez más me encuentro haciendo balances y reflexiones. Hoy creo que me toca cerrar el blog que abrí meses atrás, cuando me embarqué en esta aventura, simplemente porque también es hora de volver a casa. Nunca pensé que irme fuera a resolver completamente mis dudas, que la experiencia en una o dos organizaciones pudiera agotar mi panorama de posibilidades vocacionales... pero no puedo negar que alguna esperanza tenía de terminar mi viaje con un paquetito de certezas. He aprendido mucho en estos meses, sobre el mundo y sobre mí. Pero hubo una lección final, totalmente inesperada, que trajo viejos planteos a la mesa, que trastocó todas las posibilidades y reformuló las perspectivas. Me fui lejos, muy lejos de casa, a lugares donde los dioses son otros, si bien compartimos los demonios: el mismo hambre, la misma miseria, la perversidad de sistemas fracasados que pesan sobre los más débiles. Bajo una nueva luz quise reorganizar mi vida: desafiar mis creencias, practicar el servicio, la tolerancia, la aceptación... otra manera de trabajar, otra forma de pensar la entrega, el consumo y el amor. Cuando hago un ejercicio mental parece fácil ubicar ideas en casillas y desear que la cosa funcione. Pero la realidad no está hecha de ideales, ni siquiera de intenciones. Hacia el final de mi viaje estaba claro que la única manera de transformar mi realidad en Buenos Aires era volviendo, tratando de entender de nuevo el panorama, animándome a probar cosas nuevas en casa. Del otro lado del mundo resulta más simple abrirse a las posibilidades... cuando llegamos al hogar somos un poco gatos: nos hacemos bolita en el mismo lugar de siempre, ese donde está calentito y el sillón recuerda nuestra forma. Asumí que me espera una nueva búsqueda, allá en el viejo conocido, y decidí aprovechar los días de vacaciones que me quedaban hasta entonces. Hay cosas que nos suceden como sucede un tsunami: llegan de golpe y arremeten contra todo. No hay nada que hacer más que embarcarse en la reconstrucción de lo que queda, si algo queda. Fue así de inesperado, aunque menos destructivo. No fue tanto lo que aniquiló a su paso, pero transformó todo para siempre, agarró mi listita de prioridades y la metió en una licuadora con mi perspectiva, mis deseos y mi raciocinio. Y es posible que ya nada sea igual. Estoy saltando al capítulo final, debería retrotraerme a la India para poder explicar lo que está nublando mis ideas y obligándome a pensar todo de cero. Dudo que pensar sea la palabra correcta, porque el análisis ya no es mi aliado, porque la frialdad de sopesar escenarios me resulta imposible, porque ya no puedo concentrarme en una vocación o un propósito, porque los ojos se me llenan de lágrimas y sé que ya no puedo ver claramente. La playa en Tailandia me dio tiempo para revivir mentalmente cada uno de los días que tuve la suerte de su compañía, cada insignificante momento que no parecía signado por el destino. También me permitió encadenar los gestos nimios que lo empujaron hacia otro lugar en mi mente, esas cosas tontas que no llegan a ser motivos para querer a alguien pero que van abriendo camino a la simpatía, a desear un poco más la cercanía de una persona. Difícilmente sean características que lo describen, y su acumulación no es más que un compendio de guiños sin lógica alguna. Como que le interesara vipassana y pudiéramos charlar sobre voluntad, compromiso y pasión. O que su único destino inamovible del viaje a la India fuera un desconocido y lejano paraje en el centro mismo de la nada, porque existía una reserva de tigres, el animal preferido de su sobrino, y le hubiera prometido una foto. O que se alejara del grupo que habíamos inaugurado apenas horas antes y ralentara su paso sin parar del todo porque yo me había quedado atrás sacando fotos y no quería que me perdiera pero tampoco presionarme a avanzar. O sus anteojos de abuelo, que agregaban un toque ridículo a su total falta de habilidad estética, comprobando que realmente no buscaba la aprobación de nadie. O que se pusiera contento al saber mi edad, porque ya no sería el más viejo en el equipo, sin preocuparse por herir mi vanidad porque mejor que se muera de hambre esa desgraciada. Fue un día de turismo grupal en Jaipur, al final del cual nos despedimos y me animé a decirle que seguramente nos volveríamos a encontrar, como tan seguido sucede entre viajantes que recorren India. Pero con seca certeza me dijo que probablemente no, y me pasó su email para seguir en contacto, un gesto automático que no siempre tiene sentido (aunque la mayoría use Facebook y él todavía confíe en hotmail). Le saqué una foto a sus pies, antes de irme, sus enormes patas sucias de andar descalzo por Jaipur, porque en algún momento se le antojó que sus ojotas no iban a protegerlo más que de la sensación del mundo a sus pies. Me imaginé un post sobre patitas mugrientas que nunca escribí, y me fui con Ryan a tomar el tren a Jaisalmer. No sé qué fue lo que lo llevó a asegurar que no nos veríamos de nuevo, pero sólo agregó sorpresa a ese momento en que lo volví a ver, caminando hacia nosotros sin siquiera habernos visto aún, mientras íbamos con Ryan a comprar whisky y gin para prepararnos para nuestra excursión al desierto. Disimulando los saltitos que daba mi corazón le indiqué a Ryan su presencia, y dejé que lo invitara a acompañarnos. Leí por ahí que los hombres demuestran lo que piensan cuando evitan la mirada y lo que sienten cuando dudan, y que es al revés en las mujeres. Su sonrisa ya había aceptado mientras se debatía porque ya había definido ir al día siguiente, porque acababa de llegar a la ciudad, porque el viaje en ómnibus lo había dejado un poco zombi. No niego que el paisaje haya ayudado a que fuera perfecto, contando estrellas fugaces en la noche desértica mientras la temperatura empezaba a caer y todo parecía obligarnos a un abrazo. Compartíamos un catre y mirábamos al cielo, mi cabeza apoyada en su brazo flaco y fibroso, que tenía una cicatriz que me hizo reparar en él. Me gustan las cicatrices, tengo una extraña fijación con esas huellas de vivencias que marcan nuestra piel, en general contra nuestra voluntad. Pienso que los tatuajes son las cicatrices que elegimos, esas heridas con mensajes que decidimos llevar por siempre. Y allí reposaba mi cabeza, sin importarme el tiempo, o los nervios que anticipan un beso, concentrada en el firmamento porque ya había contado cinco y él aún no había visto ninguna. Quizás porque no estaba prestando atención, quizás su mirada estuviera atendiendo otro juego en el cual yo participaba pasivamente. Cuando volvimos del desierto sabíamos que nos quedaban una tarde y un día antes de una despedida que, esta vez sí, sería definitiva. No hablamos sobre eso, elegimos aprovechar ese emplazamiento mágico explorando el fuerte, su palacio y terrazas, brindando con cada atardecer y cada estrella. En algo que me parecía un acto de rebelión contra la cultura local, íbamos de manos tomadas. Y las horas se fundieron en segundos, que se escabulleron entre nuestros dedos impotentes. Esta vez no dije que tal vez volviéramos a vernos, como librando al destino a decidir por nosotros. Esta vez fui más audaz, sugerí retar al destino con un plan: recorrer juntos Myanmar. Sin definir nada, nos preguntamos cómo sería, dos casi desconocidos paseando por un país que acaba de abrir las puertas al turismo. Imágenes de atardeceres, lagos y templos, con nuestras manos entrelazadas, cruzaron nuestra mente. Y nos despedimos, con cuatro indios mirándonos fijamente nos dimos un último beso, deseando que no fuera el último, deseando que ese beso tímido y débil no fuera el último contacto de nuestros labios. Veinte días faltaban para el reencuentro. Veinte días en los cuales pasé por Camboya y Tailandia. Conocí Siem Reap, Pnhom Phen, Bangkok, Ko Phi Phi, Koh Panghan y Koh Tao. Veinte días de templos, playas, atardeceres hipnóticos, lluvias torrenciales y fiestas. Veinte días que parecieron meses entre mail y mail. Las palabras que intercambiamos, junto a los recuerdos de Jaisalmer fueron el combustible que alimentó mi ansiedad. Cada carta reafirmaba que la decisión era la correcta, que dos semanas juntos serían el cierre perfecto para mi año de cambios. La espera aumentaba la expectativa que ya tenía desde años atrás, cuando vi una foto de Bagan y me enamoré de esos templos amaneciendo, y me prometí que por más lejano que sonara iba a visitar Birmania. Llegué a Myanmar con un batallón de grillos saltando de un lado al otro en mi interior, proyectando las calles de Yangon con sus sonrisas llenas se dientes y sus esquinas llenas de templos, imaginando Bagan acariciándome con su luz mientras amanece y me trepo a algún punto alto que me permita ver los siglos de fe perfilándose entre el sol saliente, pudiendo sentir el ruido de un bote en Inle Lake, en esa mezcla de sonidos de mercado flotante apaciguada por el agua... y claro, la fantasía de verlo de nuevo, de acercarme con esa timidez boba que aparece cuando alguien nos gusta, de sentarme a su lado a tomar una cerveza, con su brazo alrededor de mis hombros, de aventurarnos nuevamente de manos tomadas. Cuando la realidad supera a la ficción obliga a creer en el universo. Tantas veces nos maravillamos ante historias fantásticas que no caben en el mundo, pero cuando el mundo viene a sacudirnos es un regalo precioso. Nunca podría haber escrito tan bello final, nunca imaginé que pudieran existir dos semanas tan perfectas, nunca pensé que podría ser protagonista de un amor enorme hecho de pequeñeces. La naturalidad con la que nos fuimos conociendo, al tiempo que Myanmar nos abría sus puertas, y fuimos rumbeando uno adentro del otro, abriéndonos camino sin querer hacia ese lugar donde acampar para siempre parece ser la única opción. Dos extraños, con pasados tan diferentes, con trayectorias tan diversas, que se encuentran en un presente conjunto, y de repente no pueden evitar imaginar un futuro. Cómo explicar que alguien venga de otro país, de otra realidad, y sin embargo comparta valores, visiones y deseos. Yo no quería enamorarme, pero el amor no tiene ni una pizca de voluntad, sucede a pesar nuestro, atrevido e indomable. No quise pensar al respecto los primeros días, sumida en vivir el momento y disfrutar de cada segundo. Dormíamos poco, porque cada hora descansando era una hora sin mirarnos, sin hablarnos, sin compartirnos. Incluso en los viajes en ómnibus nuestros ojos se entrelazaban abiertos, y nos sumergíamos silenciosamente en esa ventana a través de la cual la pestañas del otro nos mimaban el alma. El tiempo no se detuvo, aunque parecíamos detenidos en un paréntesis, en una burbuja ínfima donde solamente cabíamos abrazados. Puedo enumerar sus virtudes, las cualidades que lo hicieron excepcional, aunque vaya a saber si fueron ellas las que me cautivaron, porque el amor no nace de la suma de características sino tal vez de la relación que se establece entre nuestras faltas. Al quinto día de estar juntos noté que no había retorno de mi sonrisa, que se había quedado dibujada observándolo caminar por la montaña, con tus piernas flacas y un sombrero birmano. En India ya me sentía la persona más afortunada del mundo, por haber pasado tres días extraídos de un cuento. En Myanmar mi buena fortuna fue empezando a asustarme, porque la distancia de nuestros mundos tiene un correlato concreto, de miles de kilómetros y litros de océano. Mientras agradecía la dicha de saber que existía, maldecía la pena de tener que separarnos. El último día casi no hablamos, en una especie de luto emocional que intentamos disimular. Yo había tratado de cambiar mi pasaje, para poder viajar juntos más tiempo, para seguir jugando a que nuestro amor era posible. Pero no lo fue. Estábamos recostados y se ubicó encima mío, mirándome a los ojos para después escapar la mirada, dirigiéndola sin querer a mi muñeca tatuada. "Anicca", dice mi tatuaje, en pali: "transitoriedad". Se rió, nos reímos, peleando las lágrimas que insistían en aparecer. Los dos sabemos de la permanencia del cambio, y sin embargo esa sensación de que hay un lugar donde podemos querernos para siempre. No soy recolectora de mementos, las mudanzas me han obligado a guardar pocos objetos y esforzarme por mantener los recuerdos en mi memoria. Me regaló su reloj antes de separarnos, presente que había recibido en su decimoctavo cumpleaños y que me negué a aceptar. El único elemento que mantuve fue un recipiente de pastillas contra la malaria con su nombre, pastillas que compartimos y en mi mente eran una ceremonia diaria de comunión y cuidado. De haberme calzado su reloj mi tatuaje hubiera quedado escondido, como si después de aniquilarnos el tiempo quisiera redimirse con un oxímoron físico ineludible. Hay un elemento que no se puede pesar, que no se puede medir, y que no existía al principio de mi viaje. Nunca quise ser alguien que deja todo amor, que se funde a otro plan, que abandona su búsqueda individual por un camino conjunto. Lamento aceptar que cuando estoy entre sus brazos no me importa nada más, algo que nunca antes había sentido y me alegra tanto como me avergüenza. Yo no sé cómo sigue esta historia, la nuestra o la mía. No tengo dudas de que he pasado las dos semanas más felices de mi vida, y que seguramente era una lección necesaria también: recordarme otros motivos, otros condimentos inmensurables de cada camino, ingredientes que dulcemente empañan nuestros objetivos y nos alimentan de energías para barajar y dar de nuevo.