Lo que "Murallas" despertó en mí...
Hoy “Murallas” sonó distinto.
No sé qué botón escondido presionó, pero de pronto sentí que la canción me hablaba desde un rincón que ni yo sabía que seguía abierto.
Como si alguien hubiera tocado una puerta que lleva un año cerrada… y aun así, la luz se colara por la rendija.
Y no sé por qué, pero pensé en ellas.
En esa coincidencia dolorosa de haberlas perdido casi al mismo tiempo, como si el universo hubiera decidido arrancarme dos latidos de un solo tirón.
Tal vez porque ya casi se cumple un año sin su presencia y mi cuerpo lo recuerda aunque mi calendario finja que no pasa nada.
A veces siento que este ha sido el año más pesado de mi vida, el más confuso, el que me dejó más vacíos que certezas.
Como si una parte de mí se hubiera quedado con ellas y yo hubiera seguido caminando con lo que sobró.
La canción dice “mando cartas al cielo”, y por un segundo imaginé hacer eso.
Escribirles algo y lanzarlo hacia arriba, como cuando una niña suelta un globo y se convence de que llegará a donde tiene que llegar.
Me gusta pensar que quizá sí.
Que quizá mis pensamientos les rozan la punta del alma en donde estén.
Hubo una frase que me rompió de una manera suave: “Sé feliz en otra escena”.
Y no sé por qué, pero sentí que era lo único que puedo pedir ahora.
Que sean felices allá, aunque acá las extrañe con una intensidad que a veces me asusta.
A veces creo que no sé vivir en un mundo donde ellas ya no existen físicamente.
Es mi primera Navidad y mi primer final de año sin ellas… y duele.
Duele como cuando el frío se cuela por una ventana rota y no importa cuántas cobijas te pongas, algo sigue helado por dentro.
La canción dice que hay murallas, y yo pensé en las mías.
En las que levanté sin darme cuenta para no quebrarme frente a todos.
En las que cargo cuando digo “estoy bien” pero por dentro estoy hecha un nudo.
En las que me sostienen y, al mismo tiempo, me alejan de lo que quiero sentir.
No sé si me protegen o me confinan, pero ahí están, como castillos abandonados donde guardé cada recuerdo que me duele mirar.
Y aun así… escuchando la canción, me di cuenta de algo que no suelo admitir.... las extraño con un amor que no cabe en ninguna palabra, y por eso mismo duelen tanto.
Quizá por eso pensé en ellas.
Porque esta canción no habla exactamente de muerte, pero sí de ausencias que no sabemos nombrar.
De despedidas que nadie nos enseñó a atravesar.
De seguir queriendo aunque ya no haya un cuerpo a quien abrazar.
Y aquí estoy, un año después, intentando entenderme entre los restos.
A veces siento que ya no soy la misma, que algo se fracturó sin aviso y sigo recogiendo pedacitos de mí que ya no encajan igual.
Quizá esas son mis murallas.... las partes que perdí, las partes que intento reconstruir, las partes que aún buscan dónde colocarse.
Pero hoy la canción me dejó algo más, una sensación pequeñita, casi tímida, de que aunque ellas ya no estén, yo sigo caminando con lo que me dejaron dentro.
Con su amor, con su manera de abrazar la vida, con esa luz que tenían y que, de alguna forma que no entiendo, todavía me acompaña.
Tal vez por eso hoy entiendo que extrañarlas no significa quedarme vacía, sino reconocer que lo que perdí fue tan grande, tan real, tan mío… que aún después de un año sigue moviéndome el alma.
Y supongo que eso también es amor.
Un amor que, aunque duela, todavía existe.
Y aunque no lo parezca, todavía me sostiene.