"Writober" Mythical monsters
Su casa era un desastre, cada vez que llegaba las cajas amontonadas por todas partes y el olor a humedad se lo recordaban. Pero no tenía tiempo para ordenar, vivía dieciocho horas en la calle y seis en casa, las suficientes para descansar. Lo unico que tenía circulación en su casa era el cesto de ropa sucia cuando llegaba al tope.
Esa noche había llegado al mismo tiempo que el chico del delivery con su pizza, la recogió y dejó todo en la mesa en el único espacio que quedaba. El resto estaba ocupado de tazas con restos de café seco (lo único que tenía en la cocina para preparar además de botellas de agua). Se desparramó en una de las sillas vacías (las otras eran posaderas de más cajas) y suspiró. Bostezó mientras abría la caja de pizza para tomar un pedazo. Se dedicó a revisar el celular mientras comía. Mensajes de sus padres, mensajes de sus amigos cercanos, incluso mensajes de sus amigos lejanos. Resopló y dejó el teléfono a un lado para terminar de comer. Cada tanto se frotaba los ojos. Cuando terminó, se duchó y cayó muerta en la cama.
Esa era su rutina desde hacía cuatro meses. Ella llevaba el duelo de manera distinta, prefería ocuparse y agotarse para no pensar. Por eso tomaba todos los turnos posibles del trabajo.
No podía creerlo. Veía su celular, leía los mensajes de sus jefes una y otra vez. Parecía que todos se habían puesto de acuerdo para dejarle el día libre. Un día libre... ¿Un día libre? ¡No podía tener un día libre!
Pero ahí estaba, a las diez de la mañana aún en su cama, intentando buscar alguien que necesitara ser cubierto. Nadie. Nadie.
Sí, tenía un día libre. Y se amargó al instante.
Se levantó de la cama y fue a la cocina, no había nada de comer por supuesto, así que sólo se hizo café. Cuando vio hacia la sala volvió a ver todas las cajas apiladas, tal vez era hora de ordenar un poco.
Todo lo que se había apilado, al menos un ochenta por ciento, eran pertenencias de su abuela. Su abuela... No quería pensar en que ya no la volvería a ver más nunca, sentía de inmediato el nudo en la garganta y no quería llorar.
Tragó grueso, con fuerza, ella era más fuerte que el dolor. Su abuela estaba en un mejor lugar, eso era seguro.
Cerca del mediodía terminó rodeada de recuerdos. El chico del delivery incluso le preguntó si todo estaba bien cuando le vio los ojos hinchados (seguro lo había asustado. Si hubiese visto a alguien como lo que vio en el espejo, ella también hubiese preguntado lo mismo).
Es que había encontrado lo peor que pudo salirle de las cajas. Su madre le había dicho que guardar todas esas cosas sólo le haría más difícil desprenderse de los recuerdos de su abuela, pero ella no podía dejar que las cosas de su abuela terminaran en manos de desconocidos, en casa hogares o en la basura. Había sido más apegada a su abuela, ella la había criado, hasta hacía cuatro meses había cuidado de ella. Jugaba con ella como solía hacerlo de niña.
"Amabas esto cuando eras niña"
Sonrió. Aunque sólo fuera por cinco segundos, cuando su abuela recordaba o tenía lucidez, eran los cinco segundos más felices de su vida.
Encendió el pequeño carrusel de unicornios y se puso a ver las fotografias. Estaban mezcladas, pero la mayoría eran de ella cuando tenía cinco años y su abuela le había regalado una pijama enteriza de unicornio. Su abuela también tenía una de su talla y las dos tenían muchas fotografias comiendo helados, horneando galletas, armando el árbol de navidad... con las pijamas.
Recordaba que su madre discutía con su abuela porque le vivía llenando la cabeza de cosas que no existían, y cuando ella lloraba y se quedaba con su abuela, siempre la calmaba pacientemente.
"Muchos adultos cuando crecen pierden su conexión con el mundo de las hadas, querida, y luego no son capaces de ver nada más. Pero quienes no, tienen ganado el pase a su tierra. Ya lo vas a ver. Primero te encontrarás a los unicornios, debes darles miel, aman la miel. Y luego, cuando te reconocen, te suben en su lomo y te guian al país de las hadas. Los unicornios son nuestros guías espirituales"
"Los dragones... Los dragones son tímidos, jamás vas a verlos de este lado, Samie. En este mundo tienes que buscar a los unicornios, los tuyos, ellos te llevaran al país de las hadas, y allí, si eres una buena niña, verás más que dragones"
Se rio y se secó las mejillas mientras seguía pasando las fotografías.
Dios... Extrañaba tanto a su abuela. Sus cinco segundos de lucidez habían sido los más bellos y más dolorosos que pudo soportar los dos últimos años.
—¡Apresúrate, Samie! ¡Corre! —exclamaba su abuela.
Le veía desde abajo, y luego vio su propio cuerpo. Tenía seis años.
Se rio mientras corría con ella. Las dos usaban las pijamas de unicornio.
Exclamó un respingo de sorpresa. Su abuela la había soltado y le enseñaba sus unicornios.
—Son reales —susurró llevándose las manos a las mejillas.
—¡Claro que son reales, Samie! ¿Todavía dudabas?
Eran hermosos. Mucho más hermosos que las ilustraciones más bellas que tenía su abuela en toda la casa. Eran enormes, mucho más blancos que la nieve, sus cuernos eran entorchados y eran de cristal.
¡Los cuernos eran de cristal!
—Ven, Samie, acércate, tócalos. Quieren saludarte.
Ella se rio y se acercó. Casi murió de ternura cuando un unicornio bebé salió de entre el regazo de un unicornio que estaba recostado en el suelo.
El pelaje del unicornio bebé era dorado, y apenas se asomaba su cuerno en la cabeza, como una pequeña perla. Ella lo tocó y el unicornio dio saltitos de emoción, no pudo evitar abrazarlo del cuello. Y de repente se vio rodeada de tres unicornios bebés, tan dorados como el oro.
Se separó y vio a su abuela, dio un respingo llamándola:
—¡Abuela! ¡Me olvidé la miel! ¿Cómo iremos al país de las hadas si no les damos miel para el viaje? —hizo un mohín.
Oh Dios, quería ir al país de las hadas.
Su abuela le sonrió y se acercó a ella. Negó con la cabeza.
—Aún es muy pronto, mi Samie.
De repente tenía su tamaño adulto. Ya no era la niña, era la mujer de veintisiete años. Su abuela le tomaba de las mejillas.
—No llores, mi Samie, todavía te falta mucho para que vengas con nosotros.
—Pero abuela —sollozó. Apretó los labios y la abrazó—, quiero ir contigo. Dijiste que cuando viera los unicornios, no dejara que se fueran al país de las hadas sin mi.
—Oh, es cierto, pero estos no son tus unicornios —rio ella jovial. Se separó y le besó la frente—, por eso no tienes miel contigo ahora. Estos son los unicornios que esperaban por mi. Los tuyos —vio hacia la pequeña manada de cinco, luego vio a los pequeños unicornios dorados—, los tuyos todavía les falta —volvió a verla, le secó las lágrimas—. Tardaste mucho en venir a despedirme, querida.
— Abuela, lo siento, lo siento mucho —la abrazó—, es que, no podía, te extraño demasiado. Tus cinco segundos de recuerdos, abuela —lloró.
—Oh Samie, querida —susurró, le dio muchos besos en el rostro—, lamento haberte hecho sufrir tanto.
—De ninguna manera, abuela. Tu cuidaste de mi de niña, yo cuidé de ti cuando volviste a ser niña.
Los unicornios relincharon. Y ella tuvo la sensación de que el momento de la despedida definitiva había llegado, y abrazó más fuerte a su abuela.
—Samie, no pierdas la conexión. Prométemelo —dijo ella mientras le acariciaba la cabeza.
Ella asintió desesperada.
—Muy bien —se separó y le besó la frente—, y yo te prometo que nos veremos de nuevo ¿Está bien?
—Samie —la llamó con el tono que usaba cuando la regañaba.
Ella se rio, asintió con la cabeza y se secó una mejilla.
—Yo también te amo, Samie. Sé una buena niña.
Vio a su abuela darle la miel a los unicornios, y luego la vio subirse al lomo de uno. Su abuela la despidió con un gesto enérgico de la mano y ella correspondió, sonrió.
Dio un respingo y se levantó. Había mojado toda la hoja de álbum, tenía las mejillas húmedas.
Se había quedado dormida sobre el album de fotografias. Había tenido el mejor sueño de todos. Un sueño especial.
Vio la fotografía, era su abuela montada en un caballo blanco.
"No es tan hermoso como un unicornio, pero no me molesta"
— Abuela —secó el plástico protector con cuidado—, que tengas buen viaje.
Definitivamente su abuela estaría en un mejor lugar, el más feliz de todos y rodeada de sus unicornios.