JURASSIC WORLD
Era difícil recuperar esa sensación de asombro que el gran Steven Spielberg había conseguido allá por 1992 cuando estrenó Jurassic Park. Es que el filme adaptado de la novela homónima de Michael Crichton no solamente iba a abrir el camino hacia la revolución cinematográfica que es el cine de gran espectáculo apoyado en la tecnología digital, tan común hoy en día, sino que además nos hacía creer por un par de horas que los dinosaurios no se habían extinguido, que estaban ahí, delante de nuestros ojos. Y esto el director de Jurassic World Colin Trevorrow lo sabe muy bien. La cuarta entrega de la saga jurasica muestra el sueño inicial del millonario John Hammond hecho realidad, un parque abierto al público en el que dinosaurios de todas las especies son exhibidos como animales en un zoológico. Pero como remarca la protagonista femenina interpretada por Bryce Dallas Howard, la gente está mas cínica y solo se maravilla si se la sorprende con algo nuevo y espectacular. En la película esa sorpresa estará representada en el Indominus Rex, un nuevo dinosaurio creado genéticamente en un laboratorio, pero lo que el realizador en realidad está hablando es del estado del cine mainstream actual, en el que ya perdimos la inocencia y la posibilidad de maravillarnos. La intención era interesante, lástima que una vez que los bichos escapen de su cautiverio y el peligro y la acción tomen preponderancia en el relato está claro que Trevorrow no creía tanto en su propio discurso, y así Jurassic World se convierte en victima de aquello que quería evitar. Pero mientras hayan dinosaurios en pantalla peleando por ver quién es el más fuerte, poco nos interesa.












