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Tarde de Playa
No supo, en qué momento su mente había decidido formar un castillo con un hombre adulto; sin que la vergüenza que arrastraba por su pasado no se encontrara rondando su mente en aquel momento.
El olor del mar. La calidez de la arena. El juego genuino entre ella y Kinger que comenzó ante la libertad de sentir estar vivo de nuevo. Sabía que el hombre no estaba en sus cabales, y le era divertido y bonito que aún así decidiera unirse con ella para jugar.
¿Cuánto tiempo no había hecho algo así?
No recordaba haber disfrutado de algo parecido de pequeña que no fuera sola. Era una hija de entre muchos hermanos y hermanas, lo que ocurre cuando una pareja tiene suficiente dinero como para no preocuparse por el costo de la crianza de varios hijos e hijas.
Ragatha se recordaba como una niña buena pero con hambre de explorar todo lo que encontrara a su vista. Los vestidos manchados de barro por jugar en el suelo, el olor a caballo. Sus rizos enredados por olvidar peinarse antes de salir afuera con sus hermanos o amigos cuando aún era solo una niña. Y todo cambio.
Solo bastó un solo bofetón de su madre para que el miedo la invadiera casi todos los días. Y no se hizo parte de su personalidad ser tan tímida cuando aquel castigo se volvió costumbre.
Sacudió la cabeza volviendo al presente. Donde sus manos amoldavan un castillo de arena que parecía más una tortuga ante el intento torpe de Kinger en diseñar su parte como una montaña sin forma. Ragatha sonrió. —Ahora, podríamos construirle un foso alrededor— dijo algo nerviosa a Kinger, esperando su palabra para continuar.
—Bien visto Ragatha— Kinger mostró su aprobación alzando el puño con un gesto rápido. —Así "NADIE" conquistará nuestros muros impenetrables.
Ragatha no pudo evitar soltar una risa. Las lágrimas en sus ojos se formaron al ver cómo los ojos de Kinger se desviaban en diferentes direcciones por su entusiasmo.
Daría lo que fuera por que así fueran todos sus días en aquel Circo.





