La frustración de sentirme un peso
Hay días en los que lo que más me duele no son mis propios problemas, sino el daño que siento que termino generándole a las personas que amo.
Y es frustrante. Tan frustrante que a veces quisiera desaparecer un rato solo para no preocupar a nadie más.
Lo que daría por solucionar de una vez mis problemas económicos.
Por dejar de vivir apagando incendios, improvisando, intentando sobrevivir con “manotazos de ahogado” mientras todo alrededor parece derrumbarse.
Estoy cansada de sentir que nunca alcanzo, que nunca llego, que apenas logro respirar antes de que aparezca otro problema más.
Y aunque intento mantenerme fuerte, por dentro me pesa muchísimo tener que pedir ayuda.
Odio tener que pedir dinero.
Odio sentirme vulnerable frente a alguien explicando por qué no puedo sola.
Porque cuando el problema es económico, el mundo cambia.
Las personas cambian.
Las miradas cambian.
La realidad es que muy poca gente te ayuda de verdad cuando se trata de dinero.
Muchos opinan, muchos juzgan, muchos preguntan… pero pocos realmente tienden la mano sin hacerte sentir incómoda o culpable por necesitar apoyo.
Y ahí es donde aparece la culpa.
Esa sensación horrible de sentirme un contrapeso para mi pareja.
Porque mientras él intenta solucionar todo, yo siento que solo sumo preocupaciones.
Y aunque sé que probablemente él no me vea de esa manera, mi cabeza sí lo hace.
Mi cabeza me repite constantemente que debería poder con todo sola, que debería resolver mi vida sin arrastrar a nadie conmigo.
Hace un tiempo me tocó cruzarme con una persona que prácticamente no tiene ningún compromiso conmigo.
Ni siquiera somos amigas realmente.
Y aun así me prestó dinero cuando más lo necesitaba.
Y eso también me pesa. Muchísimo.
Porque yo le prometí, le juré, que iba a devolverle todo.
En ese momento de verdad creía que iba a poder hacerlo.
Pensaba que para mayo ya iba a estar más tranquila, más alivianada, quizá no libre de deudas completamente, pero sí un poco mejor.
Y la realidad terminó siendo otra.
Cada día me siento más hundida.
Más lejos de poder cumplir todo lo que prometí.
Y eso me destruye por dentro porque odio sentir que le fallo a la gente que confió en mí.
No tengo trabajo estable.
Y mi emprendimiento, que era lo único que me sostenía, se vino abajo.
No sé si fue la temporada, la situación económica o simplemente la vida golpeando otra vez.
(Quizás en otro texto pueda hablar mejor de eso).
Pero la realidad es que hoy no tengo ingresos.
Hay días en los que incluso cuesta llegar a tener algo para comer.
No tengo hijos, pero tengo a mi mamá.
Y verla pedir algo simple, algo pequeño, y no poder dárselo, me rompe el alma.
Porque me gusta mimarla, cuidarla, darle aunque sea un detalle.
Y últimamente ni eso puedo hacer sin sentir desesperación.
También están mis animalitos.
Y no saben el dolor que da tener que rebuscárselas constantemente para que ellos tengan algo para comer mientras una intenta aparentar que todo está bajo control.
Y aunque tanto esta persona como mi novio jamás me viven cobrando o recordándome las cosas, yo igual me siento mal.
Terriblemente mal.
Porque siento que otra vez estoy fallando.
Otra vez quedando atrapada en promesas que hice creyendo que sí iba a poder salir adelante.
Lo peor es que mi pareja ni siquiera sabe todo.
No sabe que alguien más me prestó dinero.
No sabe el tamaño real del miedo que tengo encima todos los días.
Y creo que lo escondo porque me da vergüenza.
Vergüenza de no haber podido resolver mi vida todavía.
Vergüenza de sentir que por más que me esfuerce, siempre termino cayendo otra vez en el mismo pozo.
A veces quisiera dejar de pensar en dinero aunque sea un día.
Dormir sin números en la cabeza.
Sin sentir culpa.
Sin sentir que todo depende de cuánto pueda resistir emocionalmente antes de romperme.
Y aunque sigo intentando salir adelante, hay noches en las que el cansancio emocional pesa más que cualquier otra cosa.
Porque sobrevivir también agota.