A las 2:20pm llegué a la central camionera para irme a Ensenada. Al entrar, una mujer que vendía boletos en el puesto de camiones Aguacaliente se fijó en mí y dijo, casi gritando: "Señorita, Ensenadaaa, camión para Ensenadaaa".
Inesperadamente en trance, caminé hacia ella. Me preguntó si iba a Ensenada y luego me dijo que había una salida a las 3:00pm. Contesté que sí, que quería ese boleto, a pesar de haber pensado unos segundos antes en ir a revisar los camiones ABC por si había alguno que saliera a las 2:30pm.
Compré el boleto y me fui a sentar, molesta conmigo misma porque probablemente tendría que esperar más en vano por no haber estado más despierta. Sin embargo, pensé, aquello realmente había sido extraño, en serio me había sentido como hipnotizada.
Detrás de mí se encontraban cuatro hombres platicando ruidosamente, los cuales me intimidaron un poco. A mi derecha, con un asiento vacío entre las dos (en el cual coloqué mis maletas), había una señora de unos 50 años, con el pelo corto, una blusa de flores y falda larga. Tenerla cerca hizo que no me intimidaran tanto los hombres. A mi izquierda, con dos asientos vacíos entre ambos, había un joven probablemente 10 años mayor que yo, de unos 30 años. Me recordó a mis hermanos porque ellos tenían esa edad. Llevaba unos shorts y una camisa blanca, y el cabello chino oscuro amarrado en una pequeña coleta. Él también me intimidó un poco, pues su complexión era grande y tenía unos tatuajes en la muñeca izquierda.
Minutos después de seguir quejándome interiormente por mi "error", escuché que el chico dijo "oiga". Me incomodé e hice como si estuviera muy concentrada haciendo algo en mi celular, pero luego, disgustada de mi actitud grosera, lo volteé a ver por si necesitaba algo.
Él observaba a uno de los señores que se encontraban detrás de mí. Supuse que le habría hablado a él y que éste no le había respondido. Apenada, volví a enfocarme en mi celular, pero otra vez escuché aquél peculiar "oiga". Volteé y me encontré con su mirada, una mirada mucho más tierna de lo que hubiese podido imaginar. Sus ojos eran verdes. Me pidió la hora. Le dije que eran las 2:30pm.
Me dio las gracias y de nuevo prevaleció el silencio.
Luego se acercó un asiento a mí y me pidió por favor si le podía leer cuál era el destino que indicaba su boleto.
—Aguascalientes —le dije.
—Oh, gracias. A-guas-ca-lien-tes—pronunció con aparente dificultad—. Es que me cuesta leer español. Soy de California, recién me deportaron.
Me inmuté. Tomé mis precauciones, pero también sentí lástima por él.
—Ah, pues lo hablas muy bien —lo animé, nerviosa.
—Gracias. Veo que todos tienen en mano sólo este papel —dijo señalando su boleto de autobús—. ¿Este no es necesario? —me mostró la hoja de papel que estaba engrapada debajo de su boleto, la cual me pareció importante por estar firmada.
—Lo siento, no estoy segura —contesté, incómoda por no saber qué responder. Ni siquiera leí bien lo que decía la hoja para que eso no hiciera que se acercara más a mí—. Ese papel —dije, señalando su boleto— sí es necesario. Pero no estoy segura de que ese otro lo sea... Quizá tú sí lo necesites.
Guardó silencio como para procesar lo que le había dicho y asintió.
—Ah... Okey —volteó a ver el piso, adquiriendo una expresión preocupada—. Nunca he ido a ese lugar. Allá está un primo. A ver cómo me va.
Lo miré atentamente, en silencio.
—Suerte —le dije. Realmente le deseé suerte.
Volteó a verme, sonriente y con un brillo especial en los ojos.
Volvimos a estar en silencio pero él me volvió a sacar plática. Me preguntó si iba lejos y le contesté que no, sin dar detalles. Después de un rato, de repente comentó:
—Me quedé sin nada. Sólo traigo esto. Si ves a más personas en la calle que traen una bolsa como esta con ropa, es que son deportados.
No supe qué decir, guardé silencio. Luego, no recuerdo exactamente cómo, sacó el tema de que había estado 4 años en una prisión, lo cual me alarmó más. Sin embargo, su mirada y voz tierna impidieron que me alejara.
—En la prisión, si no había comida, nos compartíamos lo que conseguíamos. Bueno, sólo algunos. Yo era de los que compartían.
Aquello me conmovió, pero procuré permanecer firme. También, preocupada de que alguien más se robara mis maletas por estar distraída, coloqué mi mano derecha sobre ellas.
Él me preguntó si estudiaba y qué estudiaba.
—Uhmm, leer —expliqué sencillamente, mientras hacia como si tuviera un libro entre mis manos.
—¡Oh, leer! Me gusta leer. En la prisión leía y dibujaba y escribía. También hacía ejercicio —parecía que le gustaba mucho realizar esas actividades.
Sonreí, aliviada de escuchar aquello.
—Es buen entretenimiento —aseguré.
Siguió mencionando la palabra "prisión" una y otra vez, lo cual me siguió alarmando, pero me acostumbré a ello. En un lapso de silencio que se prolongó lo suficiente como para haberle dejado de hablar sin más, me animé a preguntarle, desvergonzada pero con mucha curiosidad:
—¿Por qué estuviste en prisión?
—Por menso. Por andar robando —respondió con gracia, pero a la vez decepcionado de sí mismo.
Me tranquilizó que no me respondiera algo horrible como "porque maté a alguien" o "porque violé a alguien", aunque ciertamente yo no podía estar segura de que lo que me había dicho era verdad.
Me contó sobre el estilo de vida de la prisión y sobre los distintos tipos de personas que había allí.
—Hay asesinos, pero también hay quienes no son tan malos. Hay quienes se la pasan durmiendo, porque así pueden soñar que están en las calles, que son libres, que están con su familia...
De nuevo sentí una presión en el pecho. Él continuó:
—Yo no me la pasaba durmiendo. No digo que dormir sea malo, pero también es importante estar en actividad.
Asentí. No pude evitar pensar que ese chico era demasiado consciente como para haber estado en una prisión, pero luego me corregí; quizá lo era por haber estado en una prisión.
Extrañamente triste, advertí que mi camión había llegado y que ya me debía ir. Se lo hice saber.
—Oh, está bien... Suerte —me dijo cálidamente, deseándome la suerte que yo le había deseado antes.
—Espero que te vaya bien. Te cuidas —le sonreí. Quise darle la mano, pero no me atreví.
Fui a la fila, revisaron mi boleto y me dejaron salir. Caí en la cuenta de que ni siquiera nos dijimos los nombres, de que él ni siquiera me lo preguntó, quizá por pensar que eso me incomodaría. Quién sabe, tal vez aquél chico no albergaba intenciones negativas y sólo necesitaba hablar con alguien. Caminé hacia mi camión, pero antes de subir volteé hacia atrás. Él seguía ahí. Me veía a través del ventanal, pero no maliciosamente, sino como si fuéramos amigos. Volví a despedirme de él con la mano y él me devolvió el gesto con su característica tierna sonrisa.
Comprendí por qué me tenía que ir hasta las 3:00pm.