Cuando la ansiedad me visita, no soy buena anfitriona. Suele hacerlo sin avisar.
No la invito a pasar, pero igual lo hace.
No le ofrezco un tecito, ni unos mates, pero ella se queda.
No para de hablar, su murmullo se da vueltas en mi cabeza y me resulta muy molesto. Me enoja su presencia, me irrita.
No hay lugar en casa, pero se instala muy tranquila. Siempre encuentra dónde. Se acomoda en algún lugarcito y hace notar su presencia.
Nunca se sabe cuanto tiempo se quedará, pero te despertas y ahi está.
Varias son las veces que le pido que se vaya, pero no lo hace. No se si no me escucha, si no le importa.
Ella se va a quedar hasta que yo deje de hacer de cuenta que no existe. Hasta que le hable, la acepte, le ofrezca un tecito. Hasta que charlemos y me cuente el motivo de su visita. Y ahí, si, cuando yo haya entendido para qué vino, ella dará media vuelta y se irá.
No me deja muy tranquila, porque nunca se cuándo va a volver. Pero con cada visita aprendo algo nuevo y siento que estoy un poco más preparada para cuando decida hacerlo.














