Desde chiquita escribir siempre algo me curó. Y en mis 30, ya no tan chiquita, escribo esto curándome. Nunca pensé que una semillita de sandía -como llegó a decirte tu papá- dentro de mí podía volverse tan revolucionario y transformador, algo que sin dudas caló profundo y algo que en mi me cambió para siempre. Muchos le dicen “una prueba de la vida”otros le dicen “un destiempo”. Los médicos le dicen embarazo interrumpido. Yo hoy todavía no sé cómo llamarlo, pero tengo la certeza de que, a pesar de las grietas que se abrieron, la luz entró. Y llegó. Y se quedó para siempre acá.
Creo firmemente que las mujeres tenemos el don de no solo dar la vida, sino también sostenerla. Lo que quizás a veces falta decir es que también necesitamos ser y sabernos sostenidas. Algo que en mi me cambió para siempre, y es recordarme sostenida por muchos, y sin dudas por algo más grande que nosotros: Dios. Sostenida todos estos años, esta larga semana -más que nunca- y hoy en mis 30 cumplidos con todo esto en retrospectiva.
El 16 de julio de este año, le dije a mi mamá ese día, fue de los más mágicos que tuve. Solo nosotras con tanta certeza, con mucha fuerza y una energía tan poderosa, lo sabemos. Carmela estaba ahí.
Te soñé y anhelé toda mi vida. Era ese nombre el que tenía guardado desde púber, al que le rezaba convencida de que algún día llegaría a mis brazos en forma de bebita, mi hija compañera. Quien me conoce, lo sabe. Eras vos Carmela, yo sé que eras vos. Pero llegaste de otra forma, y todavía no lo entiendo del todo. Igual, esa plenitud en mi fe que me regalaste ese día me la guardo para siempre. Me compré un anillo en la feria de la Peña por el día de la Virgen del Carmen en La Cumbre, en la iglesia donde tu papá y yo nos casamos. Cuánto disfrutamos con tus abuelos y tu hermano, respirábamos mucha alegría. Vimos muchos caballos y pasamos todo el día ahí. De alguna forma tenía que llevarme conmigo un tesoro de esos instantes SAGRADOS. Tu papá también te sintió, con una fe inquebrantable que siempre va a latir, a pesar de que tu corazón no llegó a hacerlo. Hoy estás en alguna parte del universo, lo sé porque me lo dicen el sol la luna y las estrellas. Hoy latís en nosotros y para siempre así. Y en Toribio también.
Mi torito, el principito de mi vida y el principio de la vida en mi, que me llena de alegría absolutamente todos los días, hasta los más difíciles. Esa luz tan pura, esa sensibilidad y esa conexión con lo más profundo de mi ser va a ser algo que siempre voy a sostener con todo mi amor incondicional. El te saludo con un “hola bebé” mirando a la ventana antes de que yo supiera nada. El si que te vio, te sintió y más que nadie sabe que acá estás, en algún lugar del universo. Qué mágicos son los niños y su sabiduría.
Toribio y Carmela, qué mágicos son.













