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Esta es la mejor revelación del sexo del bebé que he visto nunca:
Igual trabajo, mitad de sueño: el precio oculto de la desigualdad de género
Kaique, que se dizia contra, ao ser questionando o que é ideologia de gênero, não sabe responder.
de canela🤩
Apuntes de Judith Butler sobre la exclusión trans en el deporte y el debate sexo/género
En su más reciente obra "¿Quién teme al género?" (2024), Judith Butler, reconocida filósofa y teórica del género, aborda una vez más temas cruciales en el debate contemporáneo sobre identidad, sexo y género. Entre otros temas, Butler dirige su aguda mirada crítica hacia el ámbito del deporte de élite, desentrañando las complejidades que surgen al intentar categorizar a los atletas en un sistema binario de sexo.
El extracto que presentamos a continuación ofrece una muestra del análisis penetrante de Butler sobre la intersección entre biología, política y sociedad en el contexto deportivo. La autora desafía las nociones simplistas sobre el sexo y el género que han llevado a la exclusión de atletas transgénero e intersexuales, argumentando que los "hechos inmutables" del sexo son mucho más complejos de lo que sugiere un esquema binario tradicional. Butler examina cómo los avances científicos y las políticas del Comité Olímpico Internacional han evolucionado, reconociendo la variabilidad en los niveles hormonales y cuestionando la supuesta ventaja inherente de las mujeres trans en el deporte. Este texto nos invita a reflexionar sobre la necesidad de una comprensión más matizada y justa de la diversidad corporal en el ámbito deportivo de élite.
A continuación el texto de Butler:
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En los debates sobre quién puede competir en deportes femeninos, la cuestión del sexo se complica bastante. En esos debates, el «sexo» se desarticula en rasgos hormonales, anatómicos, biológicos y cromosómicos que no siempre se alinean según las expectativas comunes. En un estudio de 2014, financiado por el Comité Olímpico Internacional (COI) y la Agencia Mundial Antidopaje, se analizaron los niveles de testosterona en casi setecientos atletas que practicaban profesionalmente quince tipos de deportes diferentes. The New York Times informa de que el estudio descubrió «que el 16,5 por ciento de los hombres tenían niveles bajos de testosterona y el 13,7 por ciento de las mujeres, niveles altos, con un considerable solapamiento entre los dos grupos». Si el «sexo» resulta ser un espectro o un mosaico, como han argumentado algunos científicos, los llamados «hechos inmutables» del sexo resultan ser más complicados de lo que implicaría un simple esquema binario. Si aceptamos que los niveles de testosterona solo son significativos en el deporte cuando interactúan con el entrenamiento, y aceptamos que el entrenamiento a menudo depende del acceso a clubes deportivos y gimnasios, entonces lo que hace que alguien tenga músculos fuertes, buena densidad ósea y resistencia es la interacción de la testosterona con una amplia gama de prácticas e instituciones sociales, muchas de las cuales están basadas en la clase social. Cuando el COI revisó en 2021 sus directrices de 2015 que exigían a las mujeres, incluidas las transexuales e intersexuales, reducir sus niveles de testosterona por debajo de 10 nanomoles por litro durante doce meses, citó estudios que mostraban que los niveles de testosterona entre mujeres y hombres pueden solaparse y que muchas mujeres ya tienen niveles de testosterona superiores a los de muchos hombres. En 2015, se pensaba que un nivel de 10 nanomoles por litro era la cota más baja para los hombres, pero incluso entre los hombres asignados al sexo masculino al nacer que practican deportes de élite simplemente no era así: se daban niveles tan bajos como 7 nanomoles por litro. El doctor Richard Budgett, director médico y científico del COI, reconoció que «la ciencia ha avanzado» y que simplemente no sería posible ponerse de acuerdo en otra cifra, ya que el rendimiento deportivo no se correlaciona de forma predecible con los niveles endógenos de testosterona. A medida que los distintos deportes en diferentes lugares formulan sus directrices, los niveles de testosterona y la pubertad masculina pueden ser dos factores entre otros muchos, pero ninguno de ellos puede ser el único ni el determinante.
Quienes afirman que las mujeres trans tienen ventaja en el terreno de juego debido a su constitución hormonal no tienen en cuenta la complejidad de la interacción hormonal con el entorno ni la gama de niveles de testosterona endógena. Pasar por la pubertad masculina no basta para convertir a nadie en un gran atleta. La pubertad masculina sumada al libre acceso a las pistas de tenis ya constituye un panorama diferente. La pubertad masculina sumada a un entrenador privado cambia de nuevo la situación. ¿Qué interviene en la vida biológica de una persona que atraviesa la pubertad masculina para que eso suponga una ventaja y qué conclusión sacamos del hecho de que tipos de antecedentes y niveles de testosterona similares no siempre den resultados similares? Además de la ciencia anticuada en la que se basan la exclusión, la vigilancia y la regulación de atletas intersexuales y transexuales que compiten en deportes femeninos, el COI señala el daño que la vigilancia, la información y la reducción de los niveles endógenos de testosterona tiene en los cuerpos de los atletas. Lo que impulsa la exclusión de atletas trans de la competición deportiva parece obedecer a otro tipo de pasiones que no están respaldadas por la ciencia. El hecho de poder participar en deportes femeninos o masculinos no debe depender de la determinación del sexo, sino de criterios inclusivos y justos. En defensa de la nueva política del COI, Budgett señaló que son muchos los factores que intervienen en la formación de un atleta, incluidos «muchos aspectos de la fisiología, la anatomía y la condición mental», por lo que es difícil señalar la pubertad masculina como la razón definitiva por la que alguien destaca en un deporte. De hecho, podemos imaginar que cada vez que una persona trans destaca en un deporte se atribuye el mérito a las hormonas, pero cada vez que una persona trans no gana una carrera las hormonas no entran en consideración. Una vez que desaparecen los argumentos hormonales y de desarrollo, nos queda una imagen más clara de la discriminación contra las personas trans en lo que se refiere a su actividad deportiva. Si siempre hubiera una ventaja (que no lo es realmente) de la que disfrutan las mujeres trans, las mujeres trans deberían quedar excluidas de la práctica deportiva. Y, sin embargo, la desventaja que sufren al no poder participar apenas nunca sale a relucir.
Aunque la participación de las mujeres intersexuales y transexuales en el deporte se ha enmarcado a veces como un problema de inclusión frente a equidad, es imperativo reconocer el daño que el proceso de «cualificación» para participar en el deporte femenino ha hecho a aquellas a las que se les dijo, de acuerdo con la política de 2003, que tenían que operarse y asumir una terapia de sustitución hormonal durante al menos doce meses. Esas atletas, como la corredora Caster Semenya, parecen padecer hiperandrogenismo y a muchas se les pidió durante años que tomaran medicamentos que disminuyeran los niveles de testosterona, con riesgo para su salud y su bienestar, lo que les provocó un aumento de peso y síntomas febriles, así como dolores abdominales. Semenya se vio obligada a someterse a pruebas exhaustivas tras ganar el Campeonato Africano Júnior en 2009. No se le explicó en qué consistían esas pruebas y supuso que se trataba de los controles antidopaje habituales a los que se someten regularmente la mayor parte de los deportistas profesionales. Tras ganar el campeonato del mundo en Berlín, ese mismo año, Semenya volvió a someterse a exhaustivas pruebas e inspecciones en un hospital local. Los medios de comunicación se entregaron a un frenesí previsible, haciendo circular filtraciones y rumores, y Semenya, tras reflexionar, afirmó que había sido «la experiencia más intensa y humillante de mi vida».
Aunque el COI hizo bien en retirar los requisitos para reducir los niveles de testosterona y asegurarse de que las mujeres con altos niveles de testosterona no queden excluidas de los deportes, sus normas solo funcionan como recomendaciones para organizaciones deportivas específicas y autoridades regionales. El COI también decidió sabiamente retirar los requisitos obligatorios que afectaban tanto a la salud mental como física de atletas objeto de escrutinio. Cuando se insiste en generar una norma a partir de una forma compleja de encarnación se está imponiendo un ideal binario sobre un espectro más amplio. Como sostiene Canela López, en Estados Unidos, la avalancha de nuevos proyectos de ley dirigidos a controlar o excluir a las mujeres trans del deporte presupone erróneamente que la testosterona explica por sí sola las diferencias en el rendimiento atlético: no hay estudios que indiquen que los niveles de testosterona de las mujeres trans (que varían mucho) proporcionen una ventaja sobre sus competidoras cis. Es más, muchas mujeres cisgénero tienen niveles de testosterona superiores a lo que muchos consideran la media «femenina», lo que significa que las amplias variaciones hormonales ya son un elemento intrínseco del deporte femenino.
El debate sobre la participación de las mujeres trans en el deporte abre la puerta de la definición misma de lo que es ser mujer, y cerrarla sería negar la realidad. Una cosa que sabemos es que el espectro hormonal es amplio y que no podemos decidir quién es y quién no es mujer basándonos únicamente en los niveles de testosterona. Hay quien intenta distinguir entre rangos normales y excesivos, pero esta ya es una forma patologizante de rechazar una complejidad fundamental. Si estamos a favor del deporte femenino, y asumimos que las mujeres son complejas, deberíamos afirmar esa complejidad. Las estadísticas no apoyan exactamente el temor de que las mujeres trans ganen siempre a las mujeres cis. En palabras de López: «De hecho, lejos de encontrarse en la cima del deporte, la representación de atletas trans sigue siendo especialmente baja en competiciones de élite. De los y las diez mil atletas presentes en Tokio para los Juegos Olímpicos de 2021, solo tres eran trans, a pesar de que estas personas representan aproximadamente el 1 por ciento de la población mundial. Cuando Laurel Hubbard se clasificó para los juegos [de 2021] en levantamiento de potencia, se convirtió en la primera mujer abiertamente trans en ganarse el derecho a competir en unos Juegos Olímpicos». En un contexto en el que se argumenta que ser trans supone una ventaja injusta para las jugadoras, consideremos el riesgo inverso que las jugadoras trans están dispuestas a asumir. En 2022, la campeona olímpica Ellia Green hizo saber a la gente que era trans, después de competir con eficacia en rugby femenino durante años. Su historia sugiere que el sexo asignado al nacer no permite predecir a nadie quién será en esta vida ni las ventajas o desventajas con las que tendrá que bregar.
El dimorfismo sexual no es un simple hecho ni una hipótesis inocente. Funciona como una norma, o más bien como una exigencia que ordena nuestra forma de ver, casi determina lo que encontraremos y, a veces, obliga a negar una serie de elementos complejos y solapados, de carácter hormonal y neurológico, antes de aceptar que nada ponga en tela de juicio ese marco sagrado. ¿Qué hace que ese marco sea sagrado? ¿Algún tipo de implicación obsesiva? Evidentemente, se puede generalizar sobre cómo afectan diversas enfermedades y afecciones, por ejemplo, a las mujeres y niñas asignadas al sexo femenino al nacer, pero cuando englobamos ese tipo de estudios bajo la rúbrica del «dimorfismo» asumimos que confirman otra tesis, a saber, que solo hay dos formas de cuerpo, masculino y femenino, y que el binarismo no debe ser cuestionado por mucho que encontremos evidencias de ello. En tales casos, la hipótesis no se revisa en función de las pruebas existentes: se excluye la evidencia, lo que revela que la hipótesis es una norma epistémica obligatoria, una fantasía ineludible, el lado adecuado de la ciencia. De hecho, no se trata de argumentos basados en la ciencia, sino de una forma de crueldad institucionalizada basada en una distorsión de las pruebas.
La historia de relación de la ciencia, la investigación y la experimentación médica con la crueldad es larga. Los esfuerzos por excluir a toda una clase de personas de la participación en el deporte no es más que un ejemplo de recorte de derechos, que asume que a nadie le importará que ese grupo no pueda participar, o bien que ese grupo es pernicioso y explota su supuesta ventaja para socavar los objetivos feministas de igualdad de género. En cualquier caso, estas decisiones suponen una violación impune de los derechos, y el uso de la ciencia para apoyar la crueldad es solo un nuevo capítulo de la larga historia en la que la propia ciencia se convierte en instrumento de opresión.
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Texto extraído de: Judith Butler (2024): ¿Quién teme al género? Pp. 221-226. Paidós.
Hoy el pecado es exaltado como virtud...
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Católico
Talvez Deus não exija prestação de contas delas no dia do Juízo. Diário 496.