«Después de haber derribado a los dioses del paganismo, Epicuro vio elevarse ante él ese dios misterioso y desconocido al que los teólogos antiguos sometían al mismo Júpiter, el dios de rostro sombrío, hijo de Caos y de la Noche, sentado inmóvil en el fondo del Olimpo, que es representado sin ojos porque no ve a nadie de los que él aplasta, y la cabeza coronada de estrellas porque su poder se extiende tan lejos como los cielos. Esta divinidad representaba la fuerza vital de la naturaleza, por oposición a los esfuerzos impotentes de los seres humanos, es la que Epicuro se propuso derribar; divinidad mucho más terrible, porque su poder se extiende por todas las partes a la vez, tanto dentro de nosotros mismos como en el exterior y sobre nuestros propios pensamientos y nuestras propias acciones. Imaginar los dioses por encima de todas las cosas era esclavizarse, pero explicar todas las cosas, comprendido uno mismo por medio de las facultades humanas era proclamar la libertad de los hombres y el rechazo del Destino.»
M. Guyau: La Moral de Epicuro y sus relaciones con las doctrinas contemporáneas. Daniel Jorro Editor, pág. 87. Madrid, 1907.
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