A ustedes con los que me he topado toda la carrera. Médicos a cualquier nivel, enfermeros, personal, técnicos, etcétera. Ustedes mis maestros. Quisiera compartir cosa que muchos no entenderán y que sé que ustedes sí.
Estoy en la recta final de titularme como médico general, sé que aún falta un gran camino. Me gustaría continuar y ser otorrinolaringóloga. Y en este punto me he puesto a pensar en lo mucho que he pasado y que mi familia ve como un camino sin final, en realidad lo es. Aunque para el que estudia es un paso final, que generará un nuevo comienzo.
El primer paso fue decidirme por esta carrera quizás ha sido lo más difícil de mi vida pero sin duda, mi primera gran decisión. No pensé tan profundamente a lo que me enfrentaba.
Los primeros semestres fueron el segundo paso difícil, leer sobre medicina era como si me hablaran en chino, los libros me parencian infinitos a pesar de haberme pasado toda la tarde leyendo o más y con la carga de tareas y materias a penas podía estudiar cada tema con tranquilidad como me hubiese gustado, leer varios libros y varios artículos del mismo tema para comprenderlo totalmente, pero no había tiempo para ello o aprendía todo rápidamente o simplemente me quedaría rezagada en la carrera.
Aún recuerdo el primer día de la carrera con mi primera clase de biología a las 7:00, mi madre me dejó temprano en el área de laboratorios y sabía que por dentro rezaba para que no estuviera nuevamente en la carrera incorrecta y que en verdad me apasionara. Como era de esperarse el profesor no llegó.
La segunda clase sobre anatomía mi verdadera primera clase de toda la carrera con el Dr. Escamilla, se hablaba de él como un excelente doctor y de aquello que haría de la materia un tormento, exigente y muchas veces despectivo. Llegó diciendo que tenía dos especialidades, que era un “chingón” y que nosotros sólo eramos unos inútiles, la clase se trató de hacernos ver que evidentemente no sabíamos nada, no me sentí ofendida inclusive me reí porque al final de denigrarnos nos comentó que allí estábamos para que él nos enseñara todo lo que necesitábamos. Aquél día me senté junto a una niña bien parecida que tenía pinta de haber sido el mejor promedio de la prepa, me asomé a ver su promedio cuando el doctor nos pidió que lo escribiéramos en un papel y así fue: un brillante “9.9″; saliendo de clase no me aparté de ella y hoy seguimos siendo excelentes amigas.
Y sí, el tormento lo conocí durante todo el semestre, pero sin arrepertirme una sola vez de sus clases, de la manera en que dibujaba la anatomía tan precisa en el pizarrón y evidenciaba que para ello le tomaron 30 años de estudio, evidentemente no era un dibujo cualquiera.
Tomé el ritmo de la carrera a partir de segundo semestre cuando conocí cómo debía estudiar cada materia y en qué tiempos, medí todo y pude darme tiempo para hacer ejercicio o dormir.
El tercer gran reto lo tomé en quinto semestre, mitad de la carrera, dio un giro de pronto ya no todo eran las bases de la medicina, sino la enfermedad, enfrentarse con el paciente real. Le perdí el miedo a equivocarme cuando el paciente estaba frente a mí y a hablar apropiadamente.
El cuarto gran reto fue terminar el largo camino de estudio con algunos tropiezos de materias aún pesadas para elegir plaza para el año de internado. Sin escuchar a los demás tuve una sensación de que elegir el “Hospital Español” era la mejor opción, lo dudé varias veces pero al final entre las opciones que había, esté hospital prometía ser aún mejor o al menos así lo elegí. Al llegar allí me di cuenta que sí. Es esta la segunda gran decisión de mi vida. Donde me probé a mí misma en todos los ámbitos, reparé mis heridas y permití que nueva gente me llenara de su felicidad y buena vibra, aprendí de mis pacientes, de mis adscritos y compañeros; me probé a mi misma y llevé mi cuerpo al cansancio extremo, a la anuria y la hipoglicemia probablemente. Me percaté de cuanto se valora dormir por lo menos 5 minutos sobre la mesa o la silla e inclusive aprendí a dormir parada y en cualquier entorno posible y conseguir descansar a pesar de ello.
Vi en cada uno de ellos otro tipo de familia.
Tanto fui feliz allí a pesar de las equivocaciones y posibles derrotas y batallas del día a día que regresaría nuevamente allí. Mi hogar.
He allí a su término que mi satisfacción creció, sólo estaba a un paso de conseguir mi título: el servicio social. Y aunque ya me considero médico no soy nada sin ése papel en mi mano. Para mí fue un gran logro, dentro de la medicina se considera el año más difícil y sin duda lo había sido, pero también fue el mejor de todos. Pude sentir como crecí y madure durante mi estancia allí. Concluirlo pasó a ser parte de mis retos cumplidos, una satisfacción indescriptible que sólo saca lágrimas de felicidad y nostalgia.
El quinto reto gran reto fue elegir plaza para servicio social, el tema fue tan reñido y debido a las circunstancias de nuestro país había que elegir o lo más cómodo o lo más lejano en comunidades rurales. Al final elegí la mejor para mis cometidos durante el año, si, sé que como médico estoy hecha para servir pero también mi vida profesional está en juego y allí radica mi tercera gran decisión: estudiar todo una año para conseguir pase para la especialidad.
Hoy me encuentro allí. Llevo una vida cómoda gracias a la plaza que elegí pero a pesar de todo lo complicado que he paso durante la carrera, esté año sobre pasa a los demás por mucho, llevo una carga mucho más pesada en los hombros. Quiero una especialidad. Y no sólo ello: quiero un título profesional.
Esto, familia, es lo que mi verdadera familia no ve. Mis desvelos y preocupaciones, mis retos de todos los días. El largo camino recorrido, el cansancio. Los desvelos antes de un examen, la una las dos, las tres de la mañana y de pronto despertaba sobre el libro sin haber avanzado nada. Mis frustraciones cuando las cosas no suceden como me gustaría, cuando el paciente aún así se queja conmigo cuando en realidad mi disposición es sincera, cuando todos descasan y duermen, conviven y rién y tu luchas por una posición y a pesar de ello subestiman tu trabajo, te comparan y te tachan del que aún no sabe nada por no tener un papel que lo cerciore explícitamente.
Quisiera que vieran que si me esfuerzo de más es porque dentro de este país no podré ser médico digno si no me colocó en la posición más alta y que si no lucho ahora, nunca lo haré. Es por ello familia que me esfuerzo por mi y por mis futuros pacientes, porque siempre habrá algo que no sepa de la medicina, algo nuevo que leer y prepararme resulta esencial para brindarles certeza de que en mis manos todo estará bajo control.