El sueño de Brandon Brooks se vio perturbado en mitad de la noche, la escena de un pájaro envuelto en llamas lo hacía agitarse agobiado sobre la cama, sudoroso, mientras murmuraba de forma inconexa. Hasta que un grito infantil lo despertó.
Alarmado, se pasó rápidamente a la silla de ruedas y se aventuró por los pasillos de la escuela. La mayoría de sus alumnos se encontraban fuera de sus camas, mirando a la misma dirección: la habitación de la pequeña Kala.
—Está bien, no hay por qué alarmarse —se apresuró a poner orden—.Volved todos a vuestras habitaciones, mañana tenéis clase. Solo ha tenido una pesadilla, ya sabéis que le cuesta controlarlo.
A medida que avanzaba, el ambiente se iba sobrecargando, como si la energía de concentrase hasta hacer más denso el aire. Al abrir la puerta, se encontró con la mayoría de los objetos levitando, incluso las paredes y las ventanas se desintegraban.
—¿Kala? ¿Estás bien?
Sin llegar a responder, se sentó en la cama con gesto asustado y los ojos llorosos. Todos los objetos se cayeron de golpe, pero el aire del profesor se cortó. Sus pensamientos se entrecruzaron con los de su hija, y lo que era peor, con los del fénix.
Seguía ahí, en un rincón de la frágil mente de Kala, aun dispuesto a perturbar su existencia y la de todos los que la rodeaban.
—¡KALA!
Al oír el grito de Brandon, la aludida se sobresaltó de tal manera que algunas cosas a su alrededor estallaron por la carga de energía.
—¡Ha sido él! —se excusó rápidamente—. ¡Ha venido a por mí! ¡El pájaro de fuego! Por favor, no quiero irme de aquí. Me gusta vivir contigo.
Al oír esas últimas palabras, el telépata se apresuró a negar con gesto afligido y se terminó de acercar, inclinándose hacia ella a la vez que llevaba una mano a su pelo y lo acariciaba con suavidad para calmarla.
—No vas a irte a ninguna parte. Ya te lo dije, si rompes algo, yo lo arreglo.
—Pero estás preocupado, lo he visto. Yo no quería romper nada, el pájaro me ha obligado. Te lo prometo. Fue él.
Se quedó en silencio unos segundos, consciente de que todo lo que dijera, ya lo habría visto Kala con antelación en su mente. Cualquier excusa, cualquier mentira, cualquier intento por calmarla. Todo sería en vano, igual que la última vez.
—Estoy preocupado, sí —confesó finalmente. Tras ver el rostro de sorpresa de la pequeña, tratando de ser más cercano, se pasó a su cama para sentarse junto a ella—. Ojalá pudiera decirte que solo ha sido un sueño y que todo está bien, pero no puedo mentirte. Kala... ese pájaro en llamas, tiene un nombre. Es el fénix y forma parte de ti.
—Pero yo no quiero que esté conmigo. Me da miedo.
—Lo sé, a mí también. Pero, ¿sabes qué? Creo que no deberíamos tenerlo, nunca más. Creo que él debería tenernos miedo a nosotros, en especial a ti.
—¿A mí?
—Sí, a ti. ¿Quieres saber por qué? Porque eres la mutante más poderosa que he conocido y que conoceré nunca, y no tiene nada que ver con tus poderes, sino por esto de aquí. —Posó un dedo sobre su pecho, a la altura de su corazón —. Siempre quieres con todas tus fuerzas a las personas que hay a tu alrededor y harías lo que fuera por ellas, por ponerlas a salvo. Por eso mismo sé que no importa que tan malo sea ese pájaro o que tanto miedo te de, sé que mientras esté contigo, siempre harás lo que sea por detenerlo. No tiene nada que hacer contra ti.
La pequeña mutante, mientras lo escuchaba, frunció el ceño. A medida que el profesor Brooks hablaba, podía ver las imágenes de una chica mayor que ella, sacrificándose por todos para protegerlos del fénix. No se identificó con ella, pero de algún modo supo que lo haría de ser necesario. Por mucho miedo que tuviera.
—¿Y qué pasará si no puedo pararlo? No sé cómo hacer que se calle. Siempre que estoy sola me habla. Me dice cosas feas.
—Eso es lo que él quiere hacerte creer Kala pero, ¿acaso no lo ves? Tú no estás sola. No lo estarás nunca. No mientras yo esté aquí.
El silencio inundó la sala durante lo que parecieron minutos. La respiración de Brandon se detuvo mientras ella lo miraba a los ojos, pudiendo percibir sus pensamientos. Él quería protegerla, igual que un padre protegía a su hija.
Aun en silencio, se puso en pie sobre la cama y se abrazó al cuello del mutante, cerrando los ojos.
—Te quiero, papá.













