En el Tratado de pintura de Leonardo da Vinci dice que cada ser vivo tiene su manera propia de moverse, de serpentear en el espacio, y que la finalidad de una artista es capturar y reproducir ese serpenteo singular. Un rostro, por ejemplo, es ante todo una fisonomía, una expresión móvil, modelada por una línea ondulante que es como su eje generador. Esta línea no es ninguna de las líneas observables en al cara del modelo. No se encuentra más aquí que allá, pero da la clave de todo. El objetivo del pintor es, pues, sorprender y traducir en la tela ese movimiento ondulante e imperceptible del rostro de su modelo. Así, el pintor busca, en el conjunto de líneas que ve, el movimiento virtual que el ojo no ve. El serpenteo de una cara menos percibido por el ojo que captado inconscientemente por el artista. “La pintura –decía Leonardo- es algo mental”. En suma, el pintor ve su inconsciente, capta el serpenteo íntimo de lo que ve y trata de reproducirlo en la tela. No obstante, detrás de la expresión móvil, el pintor procura captar algo más secreto todavía: la vida interior del personaje representado, sus sueños, sus dudas, sus añoranzas. El rostro es, sin ninguna duda, la ventana más transparente del yo profundo. Por lo tanto, detás de las líneas visibles hay que discernir la ondulación invisible y, detrás de esta, la interioridad que agita el alma del modelo. En una palabra, el arte de ejecutar un retrato es lograr, gracias a las formas, las sombras y los colores, transmitir al espectador la irrepresentable interioridad uqe el rostro sugiere.
de Arte y psicoanálisis. J.D. Nasio.













