Old Legends #01 - Invader
Cuenta la leyenda que alguna vez, el héroe más conocido y querido en todo El Pueblo, el mismo que todos envidian por su gracia, su poder y su sabiduría, no fue tan ágil, noble ni sabio alguna vez, y que mucho antes de que Hyde tirase por el suelo el secreto peor guardado por todos en El Pueblo, nuestro admirado y respetado Invader ya estaba dando problemas. Un niño revoltoso siempre, después de que sus habilidades se manifestaron, se convirtió en un problema serio para su entorno, y para sí mismo; descubriendo secretos de sus amigos, arruinando sorpresas de sus seres queridos, pescando preocupaciones e ideas perturbadoras de cada persona en la calle, el fastidio y el resentimiento se apoderaron de él y si no se convirtió en un sociópata asesino en serie fue gracias a que su egoísmo no le permitió hacer otra cosa que mantenerse ocupado física y mentalmente, imposibilitando, en cuanto estuviese a su alcance, que cualquier cosa además de sus pensamientos se paseara por su cabeza, fue en esta época cuando empezó a sumirse en fiestas con música estridente, sin sentido, drogas, alcohol y exigentes jornadas de ejercicio, dormía como una roca cuando dormía, y cuando no lo hacía estaba en alguna fiesta, así pues, ganó su antigua fama del hedonista más grande que haya existido en El Pueblo, es por esta época también, en que esta historia toma lugar.
- ¡Ahhhhhgggg! – Zacarías levantó su cabeza rápidamente de la mesa, y con la punta de su dedo meñique se aseguró de que ningún rastro de cocaína había quedado en sus fosas nasales, se retorció un poco por el dolor y se recostó sobre el sillón forrado en cuero – No es síndrome de Estocolmo, es un gusto adquirido.
La música en la discoteca apenas si dejaba mantener el equilibrio, y era mucho más fuerte en el rincón que había elegido para sentarse. Había traído una buena dosis de polvo en su último viaje a La Capital pero ya quedaban sólo un par de líneas más, dejó el billete de 20 dólares con el que aspiraba a un lado y miró a la muchacha sentada junto a él, le acarició la mejilla con el dorso de su mano e intentó recordar de dónde la había traído, pero hacía días que estaba ebrio y drogado, y podría jurar que cinco minutos antes había visto un búho mirándolo desde la baranda del pasillo, así que le restó importancia y encendió un cigarrillo, se levantó y se asomó al primer piso, el lugar estaba a reventar, vio a un par de tipos saludándolo desde una mesa, pero fastidiado volteó la mirada y se concentró en otra cosa cuando escuchó a uno de ellos pensar “¡me va a saludar!”. Las luces estroboscopicas ayudaban a su des-concentración aunque a veces temía sufrir un ataque de epilepsia. Volvió al sofá y se sentó inquieto. La muchacha empezó a pasar su mano por su pecho a través de los botones sueltos de su camisa, intentó relajarse, pero como una llamada a la puerta insistente y que iba aumentando de volumen, se desesperó cuando ella prácticamente gritaba “¡RELÁJATE!” en su mente.
- Vaya baile, tómese algo, vaya – Le dijo fastidiado
- No, pero no quiero – respondió ella, en tono meloso – Aquí estoy bien – Intentó acomodarse en su pecho.
- ¡VAYA! – La alejó con un movimiento de su hombro – No se lo estoy pidiendo.
- Pues no – dijo ella retadora, convencida de que era un juego – Aquí me quedo.
- ¡Váyase! – Le gritó él mientras le apagaba su cigarrillo en el brazo. Ella se levantó de un salto y le dio un puntapié, hizo un intento de abofetearlo, pero él ya lo había previsto.
En el instante en que la muchacha empezó a bajar las escaleras, la música volvió a agolparse en sus oídos con un volumen muy superior al recomendable. Buscó otro cigarrillo y suspiró en lugar de exhalar, recostó su cabeza en el sillón, por un instante sintió que se volvía de piedra que se ahogaba en una masa de cuero negro y frío, vio al búho de nuevo, posado en su mesa, lo miró un instante y emprendió vuelo, se incorporó exaltado, desorientado, pero sólo habían pasado unos segundos, caminó una vez más hasta la baranda para ver el primer piso, se concentró en la música y sintió un cosquilleo en sus oídos, luego, un escalofrío lo recorrió del cuello a las piernas cuando escuchó a varias mentes repetir la misma orden “Traigan cuantos puedas. La cacería no es asesinato.” Alterado, miró en todas direcciones para percibir alguna de las mentes que había hecho eco de esa orden, pero antes de que terminase de escudriñar en la mente de la tercera persona que vio, sujetos con capuchas y prendas vinotinto empezaron a entrar por la puerta delantera, armados de bates y cadenas. Todos se iban deteniendo a medida que los veían pero la música siguió sonando, un hecho que marcaría la diferencia.
- ¡Van a venir con nosotros, señoritas y señores! – Uno de los tipos de vinotinto habló por un megáfono. Zacarías se dio media vuelta y se preparó a correr, esos tipos no eran policías y no venían a buscar un soborno, era, al parecer uno de esos grupos que les enseñaban a temer a los niños de El Pueblo. Corrió hasta su mesa y recogió su sombrero de bombín y su bastón, dejó el sobre con cocaína y se acercó lentamente a las escaleras, pero escuchó a alguien decir con entusiasmo “Lo encontré” pero antes de que Zacarías pudiera reaccionar, le asestaron un golpe en un muslo con una palanca y lo derribaron. “Ahora voy a llevárselo al Arrugas.” Quiso llorar cuando leyó en su cabeza que no tenían idea de para qué lo buscaban, pero lo querían. El tipo de vinotinto visualizó su siguiente golpe y antes de que pudiera lograrlo, Zacarías pasó del desespero a la rabia, lo sujetó por las rodillas y lo empujó contra la baranda, el tipo cayó al primer piso sobre una mesa.
Todos en el lugar miraron hacia arriba y vieron a Zacarías con el rostro congelado de miedo y la respiración agitada, retrocedió de la baranda y cojeando un poco empezó a bajar las escaleras, pero ya había dos tipos subiendo hacia él. Tomó su bastón con fuerza y se convenció de que Alex de Large podría con ellos, empezó a asestar golpes a diestra y siniestra, lo hicieron regresar al segundo piso y lo arrinconaron contra la baranda, esquivando uno de los golpes de un bate, descubrió que no era tan difícil caerse desde ahí al primer piso, cayó sobre dos personas y antes de tener tiempo de levantarse, resistió con sus antebrazos dos golpes de bates que le ajustó un tipo con un casco de motociclista apuntando a su cabeza, esquivó una varilla que terminó golpeando a uno de los tipos debajo de él, se puso de pie y le dio una patada en el pecho a un tipo con capucha vinotinto; anticipar sus movimientos no lo ayudaba cuando eran tantos ataques, peleó y se hizo el duro de atrapar cuando una cadena golpeó su mano y perdió su bastón, se resistió hasta que una silla en la espalda lo subyugó, una vez en el suelo pisaron sus manos y patearon sus costillas, alguien le dio un rodillazo en una mejilla y luego alguien se paró sobre sus gemelos, le agarró el cabello y lo hizo levantar la cabeza, el tipo del megáfono desenfundó un taser y lo encendió, la discoteca empezaba volverse un lugar oscuro, tenía la cabeza llena de susurros y de miedo, miedo por su vida, leyendo las mentes de los demás, entendió que lo asesinarían como a un animal luego de presentarlo a un tipo llamado “Arrugas”, suspiró y se dio cuenta de que todo estaba en silencio, se preguntó, como una banalidad a las puertas de la muerte, una última victoria insuperable “¿Qué canción está sonando?”, pero al escucharla, se sintió revitalizado, con una misión clara y simple, abrió los ojos con fuerza y aun con todo el volumen, y aunque no pronunció las palabras, todos en la discoteca escucharon lo que dijo:
Zacarías vio cómo con el estallido de la música un tipo saltó sobre el hombre con el taser, antes de que otro pudiera quitárselo de encima, los dos muchachos que lo habían saludado golpearon a otros con una silla sin duda rompiéndoles la mandíbula, escuchó botellas romperse y vio personas rodando por el suelo golpeándose entre ellas. Se levantó y caminó hasta donde estaba el hombre con el megáfono, se había golpeado la cabeza contra un escalón y su cuerpo aún no respondía, pero su pensamiento estaba claro, antes de que pudiera desenfundarla, Zacarías le quitó una pistola de su cinto, le dio una patada plena en el rostro y sintió un cartílago chasquear contra su pie. Todos parecían poseídos, guerreros berserkers saltando de un enemigo a otro y sin intenciones de detenerse hasta que estuvieran acabados. Los bates habían cambiado de manos, las cadenas estaban en el suelo, y de los quince tipos de vinotinto que habían entrado sólo quedaban cuatro adentro, inconscientes o muertos. Arrojó la pistola sobre el tipo del megáfono y buscó su sombrero debajo de una mesa. Adolorido como no recordaba haberlo estado salió a tropezones del lugar, cayó de bruces en el andén una vez afuera y como pudo se sentó al borde, respiró, sintió su angustia ¿Qué carajo había pasado ahí adentro? Levantó su adolorido metro noventa y nueve de existencia y empezó a caminar por las calles del pueblo. Esa noche decidió que no podía permitir que eso volviera a sucederle, que nunca más estaría expuesto, ni desprevenido, sacó su celular del bolsillo de sus jeans apretados y llamó a la única persona que podría ayudarlo con eso.
- Virgilio, tenemos que hablar.