«Limpio» dicen, como si la pobreza fuera algo que depura. Nosotros —quiero decir mi padre, mi madre y yo— llevamos ya unos cuantos años prácticamente sin ingresos, y puedo dar fe de que no es así en absoluto: habitaciones vacías por las que corre un viento frío y puro, vida frugal, y todo ese cuento. Más bien lo que me evoca la pobreza es algo tibio, pringoso y sórdido que se te queda pegado; desorden y cargazón nauseabunda. No tiene nada de tonificante ni de sobrio.
Padre era en su tiempo militar de profesión pero, quizá por ser oficial veterinario, logró librarse de la acusación de crímenes de guerra. Ya hace cuatro años que volvió del Pacífico Sur y en todo ese tiempo casi no ha puesto un pie en la calle. Por lo visto tuvo ciertas experiencias bastante intimidantes durante su confinamiento, porque todavía teme que le caigan a palos. Madre, que es una persona más resuelta y sociable, se podría pensar que sabría desenvolverse mejor en estos tiempos. Y de hecho llego a montar un negocio menudeando con sacarina, pero la empresa fracasó pronto cuando los vecinos descubrieron que se les había estado vendiendo un género dudoso a un precio abusivo. Su buen nombre se echó a perder para siempre, por lo que parece, pues los vecinos siguen mostrándose recelosos cada vez que tienen algún trato con ella, como es el caso cuando le toca el turno de colaborar con el racionamiento local de alimentos. Madre está ahora terriblemente acomplejada, y sea lo que sea que haga no tiene confianza alguna. Lo que más nos tiene preocupados es cómo maneja el dinero, claro. Parece que ya no es capaz de sumar y restar, y cuando va a la compra le entrega el monedero al tendero para que coja la cantidad exacta. A ese punto ha llegado. Y luego está mi enfermedad también. Cogí espondilitis tuberculosa mientras servía en el ejército y todavía no me he curado. Paso la mayor parte del día tirado en la cama, digamos que cuidándome.
El desbarajuste al que puede llegar una familia que ha perdido la capacidad de valerse por sus medios es menester verlo para creerlo. Abran un cajón de nuestro aparador de té y encontrarán —sin duda con ojos como tazas— un serrucho. Pues está ahí porque a madre se le ocurrió pensar, en uno de sus momentos malos, que se trataba del cepillo para sacarle virutas a la mojama. Por su parte padre atesora y guarda con celo todo lo que se le antoja útil, como si estuviera aún en el frente. Amontonados de cualquier manera en los anaqueles escalonados junto a la alcoba decorativa hay chirimbolos tales como su sierra de veterinario, bisturíes, cascos de vidrio, semillas de plantas raras, sus charreteras, hilo caqui liado en una bobina de cuero, y más por el estilo. Una vez que este torbellino de desechos se traga sus pañuelos y calcetines —y hasta las camisas y calzoncillos— no hay manera humana de extraerlos. No hace falta que les diga que hay telarañas por toda la casa: en los marcos de las puertas, el techo, los cables eléctricos, y donde a ustedes se les ocurra. Y no son de las ordinarias, sino que tienen prendidas como motitas finas y fofas de algo blanco, como las flores que le salen al moho. Son pelusas de conejos de angora, para ser exactos. Les tengo que decir que a mi nunca me han gustado mucho ni los gatos. Nunca he entendido a la gente que adora a esos bichos insolentes que vienen y frotan sus cuerpos peludos contra ti y apestan la casa con sus meados. Pero los he llegado a apreciar bastante después de conocer a los conejos.
Todo empezó cuando uno de los antiguos oficiales subordinados de mi padre, que ni mi madre ni yo conocíamos, se dejó caer un día a ver al general, como todavía lo llamaba. Entonces no fuimos conscientes, pero en aquella breve visita se las compuso para meterle a padre una extraña idea en la cabeza. A la mañana siguiente padre salió de casa vestido con mayor decoro de lo habitual. Nuestra reacción a tan inesperado acontecimiento no estuvo exenta de cierto aciago presentimiento, aunque fue fundamentalmente optimista. ¿Habría encontrado un trabajo bien pagado? «Cuando se arregla todavía impone ¿no es verdad?», dijo madre. Asentí gravemente, recordando que en el pasado, siempre que iba a ocurrir algo importante, fuera un ascenso o un traslado ventajoso, salía exactamente igual que ahora: de punta en blanco y sin decir ni pío. Pero ¡ay! nuestro optimismo era del todo infundado. Padre volvió aquella noche abrazado a un cajón enorme y sin el reloj que trajo de Singapur. Alguien se lo había birlado de la muñeca expuesta viniendo a casa. Pero a lo que vamos: fue entonces cuando esas asquerosas criaturas entraron en nuestras vidas. Igual que el hombre auténticamente nefario tiene cara de ángel, aquellos conejitos, fueran machos o hembras, eran para comérselos vistos allí acurrucados tímidamente y muy quietecitos en el suelo, con sus ojos rojos brillando en la luz eléctrica. No les digo que yo mismo exclamé, por mis pecados: «¡Qué lindos!». Madre les trajo algo de pan y cada vez que alargaba un pedacito uno de ellos estiraba cautelosamente el cuello y luego de pronto lo arrebataba y gazapeaba con su presa hasta un rincón del cuarto. Nos divertían y animaban aquellas vivas criaturillas con sus cuerpos blancos y puros. Su presencia parecía iluminar toda la casa. Padre estaba muy ufano, claro está: «En seis meses nos reportarán ocho mil yenes al mes». A madre se le pintó una cara como la del niño al que le sacan una piruleta de la manga: «¡Santo cielo!», dijo, con la desdentada boca abierta. Y padre procedió a exponernos su plan: la producción de lana de un año sería tanto, que hilada equivaldría a tantos kilos, que a su vez daría no sé cuantos metros de tela... y así. Madre entró en tal paroxismo de euforia que empezó a reír sin control. ¡Qué va!, gritaba exaltada, padre se estaba quedando corto; ¡tanto paño seguro que nos valía más de ocho mil al mes! Era como si ya viera los montones de hilo y de tela.
Por el rabillo del ojo vi una bolita negra rodar por el suelo. Mirando alrededor vi que había muchas más iguales por todos lados. «¡Qué poca vergüenza!», no había otra forma de expresarlo. Cada vez que daban uno de sus brincos otra bolita salía disparada de su horcajadura. Ni se cohibían lo más mínimo, ni apretaban... y así una y otra vez. Yo miraba sus rostros inexpresivos y sus cretinos ojos rojos de mirada vacua y presentía lo peor.
Al día siguiente padre empezó a trabajar como un desesperado. Estaba más imposible que nunca cuando trabajaba, eso lo sabía ya. En realidad era lo que más me irritaba de él. Para él trabajar era levantar el césped del jardín y rebinar la tierra cuando hacía buen tiempo, por ejemplo, o, si hacía malo, confeccionar cajas de varias formas y tamaños, no se sabía para qué. Ninguna de esas actividades reportaba un beneficio tangible, si de eso se trataba; y si era por afición, tampoco tenía ningún sentido. Lo que más me desconcertaba era el ahínco que le ponía. Medio oculto en una tolvanera de polvo —pues vivíamos en la costa de Kugenuma, famosa por sus recios vientos y mar brava— blandía la azada emitiendo un grito estridente y enloquecido cada vez que la descargaba. Era como mirar a un loco haciendo un baile interminable y el espectáculo me colmaba de angustia por la soledad y esterilidad de su esfuerzo. Caerían dos gotas y todo sería otra vez un un arenoso aguazal donde no iba a crecer nada. «¡Estás perdiendo el tiempo! —le gritaba yo desde mi cama y a través del porche—. ¡Para ya! ¡Mira cómo estás poniendo la casa de arena!» «¿Qué has dicho? —replicaba gritando, desencajado, con la azada detenida en alto sobre la cabeza—. ¿Y qué si es una pérdida de tiempo?»
La llegada de los conejos lo pertrechó de una nueva manía. Comenzó a hacerles cajas. Las clasificó como cajas de cría, de cebo, de ejercicio y todo así, y cada nuevo modelo resultaba más ingenioso que el anterior. Todas las ideas que había pergeñado anteriormente haciendo cajas inútiles las pudo aplicar ahora; pero eran tan peregrinas que aunque nada más se tratara de levantar la tapa de una, sólo él sabía cómo hacerlo. Toda la casa retumbaba sin parar con el ruido del serrucho, el cepillo, la gubia y el martillo. Aquella energía inútil me trepanaba el cráneo y saturaba mi cerebro sin dejar sitio para nada más.
Nunca se me había ocurrido pensar antes en qué clase de ruido haría un conejo; ahora descubrí que se trataba de un chirridito así como uuh uuh. Me resultó un sonido muy decepcionante; y, como cuando escuché por primera vez la voz del emperador en la radio, me dejó una especie de vacío dentro. Aquel gritito extraño y superfluo tenía que escucharlo yo continuamente, pues por miedo a los ladrones o a los perros callejeros padre había colocado las cajas en el armario del pasillo, a apenas un metro de mi cabecera. Por lo visto los conejos duermen de día y de noche se activan. Acostado en la oscuridad me llegaban sonidos de diversa índole de modo irregular pero continuo. Tan pronto eran sus dientes royendo la madera como sus pies zapateando en el piso, luego sus cacas o su pis cayendo por el sistema de desagüe (que era un artilugio notable hecho de hojalata y dispuesto de modo que el culo del nervioso conejo nunca podía esquivarlo).
Una noche típica mía tras la llegada de los conejos consistía en despertarme a media noche con una pesadilla en la que indefectiblemente una gran rata se había metido en mi cama y me estaba royendo los pies o la cabeza. Estar despierto es peor que dormir, porque ahora me hostigan los trasgos de verdad. Desde las puntas de los dedos de mis pies, envueltos en la cosquillosa guata de la cobija, repta un extraño hormigueo por mis piernas hasta ir a agazaparse en la parte enferma de mi espinazo. Cualquier cosa que tenga encima empieza a ahogarme. Primero me saco el corsé de yeso, luego la camiseta interior y me rasco la espalda, todo en vano. Lo único que consigo rascándome es que el picor se meta más adentro. Desesperado por hacerlo salir me hinco los dedos entre las costillas del pecho, empujando todo lo que puedo. Como en respuesta a mi agonía los animales empiezan a armar más barullo que nunca. Mientras, en el cuarto contiguo, se desarrolla un dueto de ronquidos entrecortado por gritos imbéciles y balbuceos.
Padre relincha de repente... se está riendo. Grita: «¡Dámiche!». Desde que volvió de la guerra siempre dice eso durmiendo y por fin he averiguado que lo que significa es: «¡Dame cheche!». Él era el menor de nueve hermanos y parece que estuvo mamando hasta la primavera en que cumplió trece. En un principio pensé que no estaba dormido y todo era un subterfugio enrevesado para convencernos que no era apto para trabajar. Pero ya no lo creo, porque he visto con qué envidia me mira cuando me bebo mi ración por convalecencia de leche en polvo. Así que su sueño recurrente es muy real, originado a la vez por un ansia inmediata y por la añoranza de los goces de la infancia. La obsesión materna de padre no me choca lo más mínimo, si es eso de lo que se trata. De hecho lo encuentro muy chistoso. La imagen de padre chupando de la teta de la abuela es grotesca, ya, pero al fin y al cabo siempre he tenido debilidad por el esperpento. Lo que no significa que su grito de ¡dámiche! en mitad de la noche no me sobresalte igual que antes. Que la palabra en sí sea un jeroglífico y haya tenido que descifrarla yo, aunque lo haya logrado, lo vuelve todo aún más insidiosamente siniestro.
Reducido a un manojo de nervios por aquella serenata en la oscuridad, empiezo a imaginar que mi cuerpo está a punto de desintegrarse tanto por dentro como por fuera. El ruido se vuelve insoportable y trato de taparme la cabeza con la cobija, pero todo lo que consigo es arrancarle puñados de algodón del relleno mientras sigue pillada en mis piernas. La comezón de mi columna no para de empeorar. Es algo que siento desprenderse, como burbujeantes gases de ciénaga, de los residuos de mi caótico cuarto —pelusas, guiñapos, papelillos llenos de mocos— y que va calando mi cuerpo. En un intento desesperado por contener el picor que no puedo alcanzar, me crispo entero. Vuelvo a escuchar a los conejos gimotear en el armario: uuh uuh. «¡Qué gritito tan insulso —pienso— para unas criaturas que meten tanto ruido!»