𝐬𝐚𝐜𝐫𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐚𝐥𝐦𝐚𝐬 𝐢𝐦𝐩𝐮𝐫𝐚𝐬
La finísima realidad de mi tacto chocando con el tuyo es invisible: la reacción es electricidad corriendo por mi dermis y terminando en una pulsación en mi corazón. Es extrañamente hipnotizante mirarlo hablar, el saber incrustado en cada fibra de sus nervios craneales y la delicadeza de las palabras deslizándose por su lengua.
Me he atrevido, descaradamente, a mirarle el aura. Lo veo brillar con un plateado que poseen los ángeles y que yo nunca pude llegar siquiera a tocar en cualquier otra persona. Me entrega el objeto que ya ni nombre tiene para mí; no lo miro a los ojos porque no quiero verme reflejada. Y es que ya lo he hecho: hace un par de semanas, sin quererlo, miré hacia arriba y me topé con sus ojos marrones, extravagantes.
No quiero divagar en las artes oscuras para averiguar un futuro que llegará, quizás, en unos meses, a fin de año, cuando nosotros ya no seamos un nosotros.
Y mientras me habla de sus saberes infinitos, siento la mano de Helena sobre mi hombro, su presencia madura y tosca clavando sus uñas y recordándome por qué… yo… nunca debería volver a tocar a otro humano.
No es deseo lo que yo siento por ese hombre. No de esa forma. Me he enamorado tanto de mujeres que los hombres no poseen un atractivo real para mí, y Helena me lo recuerda. Me aprieta más fuerte. Siento dolor.
—Ser demoníaco —me susurra—. Criatura del mal.
Me duelen las palabras, pero es verdad. Es este caos interno mío queriendo atrapar a otro más para alimentar mi vitalidad, mi juventud que se va acabando. Y luego, a solas, le digo que no, que no es eso, que hay algo ahí… algo que me ha puesto los vellos de punta.
Y me recuerda, terriblemente, a todos los seres de luz que he profanado, y nombra a esos dos seres sin luz que me han profanado a mí.
Quito su mano de mi hombro. Regreso mis ojos a los de él por un segundo y me mira de la misma forma en que yo lo miro: curioso, extrañado por el sentir que también palpita en su corazón y que no comprende. No entiende cómo es que me he colado en sus filamentos.
No es un amor verdadero. No es la sexualidad prendiendo fuego. Es el reconocimiento de dos almas que no encuentran paz en otros lados y quieren lo mismo de una manera caprichosa; que los hijos y el casamiento no se sienten tan lejanos al vernos a los ojos.
Al comprendernos, quizás, sí exista finísimamente la posibilidad de un futuro: sin el amor romántico de novelas y cuentos, pero sí con la realización de cumplir un deseo… que, a veces, nos quita el sueño a ambos.














