Lukas Stefan Bergfalk es un príncipe extranjero que actualmente reside en el palacio ubicado en Angeles. Nació hace 28 años en el país de Dinamarca. Es de casta 1 y los habitantes de la nación dicen que guarda cierto parecido con Daniel Sharman.
► ¿Qué espera de su visita a la nación?:
Su mirada azulada pareció perdida, su lengua pasó entre sus labios con vaga intención; era difícil distinguir la expresión del príncipe: había una línea invisible entre la indiferencia y concentración. Finalmente, cuando el reloj asesinó varios segundos, inhaló a su suerte antes de soltar: “No demasiado” Se dio el lujo de expresar, fijando sus ojos color cielo en los penetrantes ocelos de su interlocutor. Sus cejas se elevaron con sutileza, buscando el fin de una conversación. “He oído que en este lugar no se especializa en gastronomía o deportes, más bien es este famoso… ¿Qué? ¿Programa? O como quieran llamarlo, eso de las seleccionadas buscando al príncipe.” Empezó a relatar, soltando un suspiro breve, pero cansino. Entre memorias buscó anuncios y otras estupideces referentes a toda la parafernalia en cuestión. “Es ingenioso, me parece deivertido. En Dinamarca no hacemos nada similar, la verdad. Ahí es todo cuestión de tratos y conveniencia. Así como los antiguos programas. Debe ser un privilegio elegir a quién desposar, ¿uh?” Terminó admitiendo, y alzó sus hombros sin preocupación. Con sutileza, la comisura derecha de su boca se torció en modo de sonrisa, un gesto tenue de genuina sinceridad. “Espero entretenerme, conocer gente nueva y salir por ahí. Es obvio que para estar encerrado en un palacio prefieriría quedarme en mis tierras…, así que vengo a ver qué tal es este lugar: ¿qué hacen en su tiempo libre? ¿Qué tan dañinas son las fiestas? ¿Qué tan costoso es? Y un sinfín de preguntas que, supongo, el tiempo se decidirá a responder.” Por inercia, mordisqueó su labio inferior, sosteniendo su mirada de la ventana más próxima, un modo de transportarse a su interior; entonces, un tinte más personal derribó sus previas palabras. “También pretendo encontrar experiencia. Estoy sin mis padres, sin ojos que observen lo que hago constantemente: soy igual que muchos, no único, eso me gusta de cierta forma.” Completó con una media sonrisa cincelando sus facciones, ahora permitiendo que sus ojos se fijaran en el entrevistador ensimismado. “Pero soy igual de consentido que todos, tengo que asumir.” Decidió confesar más tarde, ensanchando esa curvatura de su boca, impulso de banales pensamientos ingresando a su mente. “¿Qué? ¿Di poca información? Bueno, es que de mí no es tan fácil saber. Debes esforzarte un poco más, las preguntas son casi irrelevantes en toda esta entrevista… Demasiado comunes, quizá, pero está bien, después de todo estoy respondiendo de manera precisa y concisa.” Aclaró, adornando cada sílaba con una suficiencia fácil de palpar; su objetivo era demostrar una independencia que parecía no poseer, o que otros pensaban que estaba lejos de poseer.
► Cuéntenos un poco sobre su vida:
Un suspiro en forma de silbido escapó de su cuerpo, chasqueó su lengua contra su paladar, como si de esa manera las palabras emanaran con más fluidez desde sus labios; un breve pestañeo hizo la introducción de suspenso necesario, mientras que su boca regresó a ser una línea recta que denotaba diplomática seriedad. “Voy a empezar diciendo que soy hijo único, por ende, cargo con toda la responsabilidad de la corona.” Creyó que era una manera simple de soltarse ante un desconocido, no estaba seguro del por qué requería una entrevista tan personal para entrar a un sector que jugaba el papel de un aparente aliado, mas comprendió que solamente debía acatar. “Supongo que mi infancia fue como la de cualquier príncipe, aunque claro que yo fui más especial: mis madre no podía concebir hijos por, bueno, problemas médicos… Según cuenta mi padre, se encomendaron a un santo que realizaba milagros o alguna idiotez como esa (soy terriblemente escéptico) y entonces nací yo. Aprendí a caminar más tarde de lo normal y no solté una sola palabra hasta como los dos o tres años: sucede que me tenían demasiado mimado, sólo debía señalar y tenía cinco platos diferentes de comida en frente de mí, o cien juguetes recién comprados, o tres modelos de piscina para construir en el patio del palacio, no tuve que hablar para conseguir nada. Y, así entre nos, sigo en la misma situación.” Una soberbia arrastrada se percibió en cada sílaba, finalizando la oración con una complaciente sonrisa; la pausa que se extinguió en menos de un minuto, prosiguiendo con la historia que no prometía ser demasiado contundente. “No tuve demasiados amigos, no porque no quisiera: soy encantador y todo, pero tengo que admitir que siempre preferí estar con mis juguetes, mis videojuegos, mi espacio… Compartirlo era innecesario. Claro que, ya sabes, cuando hacían esas típicas reuniones con ministros o eventos en otras naciones, me juntaba con otros príncipes o duques que tuvieran mi edad para pasar un buen rato.” Explicó, haciendo uso de sus manos para enfatizar con breves movimientos. Estaba convencido de haber contado su historia un montón de veces, periódicos y revistas, algunos reportajes para la televisión y entrevistas de índole más privada; sin embargo, se esforzaba por revelar siempre un detalle inesperado, buscando una versión menos monótona de su propia vida. “Fui educado en el palacio, los maestros cambiaban casi todas las semanas porque no me gustaban. Es decir, cada vez que debía hacer un examen, lograba que los despidieran… Ya sé, era absurdo, pero tenía catorce años y cero deseos de seguir estudiando, ya cuando fui más grande comprendí cuan necesario era todo el alboroto de las materias y otras instrucciones de vida.” Se detuvo, cruzando los brazos sobre su pecho, manteniendo un gesto simpático y bastante despreocupado. “A los dieciocho conocí a mi futura esposa. Fue… No quiero decir traumático, porque ella es adorable, pero el matrimonio no lo es (sigo huyendo de eso, la verdad). Nos vimos varias veces, somos buenos amigos, pero no estamos enamorados. Hemos hablado del tema, nos preocupa, aunque queremos pensar que podemos sobrellevarlo.” Un tema delicado de tratar, y es que había estado con otras mujeres que lejos estaban de llevar una corona sobre ellas, sin embargo, aquello lo atesoraba como un peligroso secreto. “Programaron la boda para el siguiente año, a ver si todos aquí merecen la invitación al festejo o no.” Primera broma que se atrevía a lanzar, ladeando la sonrisa ya pintada en sus facciones europeas. Bien conocía la tradición de su país, ahí donde se mencionaba que toda la realeza debía estar presente en eventos como ese.
► ¿Cómo describiría su personalidad? :
Unas cejas enarcadas y una fracción de segundo cuyo objetivo constaba en meditar una respuesta concreta, acabó en un suspiro de carácter eterno y cansado. “Es complicado describirse a sí mismo, ¿sabes? Te arriesgas a no tener un punto demasiado objetivo o sincero, muchas cosas que el consciente no se atreve a reconocer.” Haría su mejor intento, sin embargo, convencido estaba de que la arrogancia prevalecería ante cualquier palabra. Se inclinó, apoyando los brazos sobre el escritorio que había enfrente, una actitud poco formal, pero necesaria para invitar a la privacidad. “Trato a las personas con el respeto que merecen. Esto de ser príncipe me lleva a una posición algo incómoda porque, bueno, sé que soy importante y que Dinamarca dependerá de mis decisiones dentro de un tiempo, pero cada quien es dueño de lo propio, es imprescindible en su mundo… Tiene sentido, ¿no? Me gusta que sea todo mutuo, siempre.” Expresó con carente superficialidad, porque las personas eran máscaras y engaños, un disfraz que de cierta forma debía eliminar. “Me gusta salir moderadamente, amigo del alcohol no soy, pero lo bebo en ocasiones particulares y especiales, usualmente cuando hay demasiadas personas y tengo que aparentar el agrado que me causa estar ahí y no tranquilo en mi planeta. Los niños me gustan, los animales también, religioso… No, ya mencioné que era escéptico.” Pausó un instante, humedeciendo su labio inferior. Lanzaba características al azar, detalles que podían ser considerados importantes, no obstante, rehuía de sus verdaderos pensamientos al describir sus cualidades. “Tiendo a ser bastante soberbio, creo que todos los defectos recaen en eso, mi ego está por encima del Everest, y soy un terco hasta el cansancio.” Otra vez necesitó un respiro, considerando suficiente la cantidad de características que había soltado; ahora se aproximaba su parte favorita, porque poco problema tenía en retener su lengua cuando de virtudes se trataba. “Me considero una persona limpia y ordenada, a pesar de que siempre tuve sirvientes que hicieran todas mis cosas, aprendí (seguramente en el aburrimiento) a ordenar cada cosa que desordeno, he llegado a pensar que puede ser un trastorno obsesivo compulsivo no diagnosticado, pero al parecer son sólo manías que tengo desde la infancia.” De nueva cuenta, su espalda recayó en la silla con sigilo, haciendo preso el interior de su mejilla entre sus molares. “Aprecio la buena música, escribir, aprender idiomas y, quizá, el arte. ¿Ser posesivo es algo bueno o algo malo? Me gusta proteger y enmarcar lo que me pertenece, por ejemplo, nadie puede tocar a Phoebe, mi prometida: es mía. A pesar de que no estemos enamorados ni nada, es… no, imposible.” El ejemplo resultaba ser tremendamente innecesario, mas en ese momento se percibió con un sabor diferente, hace muchísimo que no hablaba ni una palabra sobre sí. Con sus padres mantenían una relación cercana, pero distante a la vez. “Asumo que eso no importa.” Se aseguró de quitar importancia, presumiendo esa habilidad de escapar rápido de una situación cuando la misma no tiene solución.
Tengo que presumir mi caligrafía, me gusta dibujar y mi letra es bonita, el problema es que nunca me interesó ir más allá (entiéndase como museos y trivialidades que contengan temas artísticos).
De pequeño tuve que tomar un curso obligatorio de contabilidad. Ya fue suficiente con un semestre completo de derecho danés, pero tras cursar la materia… Digamos que en ese momento supe que nunca utilizaría los números otra vez.
Tiendo a dormir muchísimo. Estoy convencido de que la palabra pereza no debería figurar por aquí, pero no tengo otra por el momento: en Dinamarca jamás puedo quedarme despierto hasta demasiado tarde por cuestiones de hora: me duermo a las once y despierto a las doce del otro día. Patético, lo sé.
Mi escepticismo me ha vuelto más frío, aunque trato de compensarlo con vivencias pasadas para regresar a ese limbo entre confianza y desconfianza donde antes me encontraba. Ahora, realmente, no le creo a nadie.
Soy alérgico al cuero. Quizá por esa razón no se compró nada animal en mi casa y pude vivir tranquilo como vegetariano. Porque sí, soy vegetariano.