taylor price
★

❣ Chile in a Photography ❣
todays bird

shark vs the universe
Show & Tell
noise dept.
No title available
Game of Thrones Daily

oozey mess
Doug Jones

Jar Jar Binks Fan Club

Kiana Khansmith
Interview Vampire Daily
Sade Olutola
Aqua Utopia|海の底で記憶を紡ぐ
PUT YOUR BEARD IN MY MOUTH
d e v o n
EXPECTATIONS
🪼

seen from Singapore
seen from Kenya
seen from Colombia

seen from United States

seen from Italy
seen from Türkiye
seen from United States
seen from Germany
seen from Germany
seen from Kenya
seen from United States

seen from United States

seen from Malaysia

seen from Argentina

seen from United States
seen from India

seen from United States

seen from Malaysia

seen from Italy
seen from United States
@xwheelordiex
Chobits ‘ちょびっツ’ - Your Eyes Only Artbook
Details: Vanitas, 1645, by Cagnacci Guido (1601-1682).
Only 90s kids understand
Headbangers Balls 1991
amor, amor..
Amor, amor.
Taking a “colossal” break from a pile of commissioned projects on my desk. :)
"TO AVOID"
"La razón por la que uno crea música, arte o escribe es para poner las cosas en un orden, de manera en que puedas lidear con ellas", "Y la muerte es una de esas cosas, pero no parece que pasemos mucho tiempo lideando con ella, entonces si te acusan de ser mórbido o sombrío estás haciendo algo bueno como artista".
"Porque nuestra cultura es la cultura más jodidamente desesperada, tratando desesperadamente de evitar cualquier cosa vagamente deprimente. Lo cual es alarmante porqué ¿cual es el resultado?Bueno, todos sabemos cuál es ¿no? Estamos en un momento en el que se nos presentan cambios innegables en el clima global y problemas fundamentales que nos afectan a todos y a cada uno de nosotros, y ese es el momento en el que escuchamos la mierda más tonta en la radio y vemos a las celebridades más tontas y vacías, ser celebridades". Thom York.
Radiohead, Liverpool, feb.1995.— by Steve Gullick
"Yo sé quién soy. Y después de todos estos años. hay una victoria en ello".
“The most painful goodbyes are the ones that are never said and never explained.”
— Unknown
Father.
"Lo único seguro es que la vida es un instante, y que tú y yo tendremos una larga muerte por delante". - Será tarde - Gran Rah ft Grafy
"No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente."
Virginia Woolf.
Hubo un tiempo en que prados, bosquecillos, arroyos, la tierra, y toda vista acostumbrada, me parecían ser, en luz celeste adornos, la gloria, la frescura de un sueño. Hoy ya no es como fue, me vuelva a donde quiera, de día o por la noche: las cosas que veía no puedo verlas ya... ...pero hay un Árbol, entre muchos, uno, un cierto Campo que he mirado tanto, y ambos me dicen de algo que se fue: ante mis pies, la flor del pensamiento repite un cuento siempre: ¿a dónde huyo aquel brillo visionario? ¿dónde están hoy las glorias y los sueños? ✡ Poema final de Penny Dreadfull el qué es recitado por John Clare o también llamado "The Criature". ✡ poema de William Wordsworth.
FRAGMENTO: LA CHICA MÁS GUAPA DE LA CUIDAD (1978).
POR CHARLES BUKOWSKI
Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una máquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.
Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: «No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…». Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.
Su padre había muerto por el alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.
Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.
—¿Tomas algo?
—Claro, ¿por qué no?
No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era solo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No solo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.
—¿Crees que soy bonita? —preguntó.
—Sí, desde luego. Pero hay algo más… algo más que tu apariencia…
—La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
—Bonita no es la palabra, no te hace justicia.
Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.
Ella me miró y se echó a reír.
—¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?
Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.
—Mira —dijo a Cass, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
—¡Vete a la mierda, amigo! —dijo ella.
—Será mejor que la controles —me dijo el encargado.
—No te preocupes —dije yo.
—Es mi nariz —dijo Cass, puedo hacer lo que querrá con ella
—No —dije, a mí me duele.
—¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
—Sí, me duele, de veras.
—De acuerdo, no lo volveré a hacer.
Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
—¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
—Por la mañana —dije, y me di la vuelta.
Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.
Se echó a reír.
—Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.
—No hay problema —dije. En realidad no tenemos por qué hacerlo.
—No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.
Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.
—Ven, amor.
Fui.
Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—¿Qué diablos importa? —preguntó ella.
Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.
—Sabía que estabas en la bañera —dijo, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.
Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.
—¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
—Lo sabía.
Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.
Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.
—Esos hijos de puta —decía, solo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
—La culpa la tienes tú por aceptar la copa.
—Yo creía que se interesaba por mí, no solo por mi cuerpo.
—A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.
Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.
—Vaya, cabrón, has vuelto.
Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nunca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Solo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.
—Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza….
—No, no seas tonto, es la moda.
—Estás chiflada.
—Te he echado de menos —dijo.
—¿Hay otro?
—No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.
—Sácate esos alfileres.
—No, es la moda.
—Me hace muy desgraciado.
—¿Estás seguro?
—Sí, mierda, estoy seguro.
Se sacó lentamente los alfileres y los guardó en el bolso.
—Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
—Vale —dije, tengo mucha suerte.
—No quiero decir que seas feo. Solo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
—Gracias.
Tomamos otra copa.
—¿Qué andas haciendo? —preguntó.
—Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
—A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
—No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
—Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso
Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.
Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa… de aquella manera que solo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quitó aquel vestido del cuello alto y lo vi… Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.
—Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? —dije desde la cama.
—Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?
La arrastré a la cama y la besé. Me empujó y se echó a reír:
—Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
—Sí —dije, no puedo parar de reír… Cass, zorra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.
Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.