Ha pasado tiempo. Tiempo desde que tomamos caminos diferentes, desde que, de alguna forma, aquella bomba de sentimientos nos explotó directamente en la cara. Por el camino se quedan momentos complicados, pasos llenos de dudas, resignación y, sobre todo, silencio. No miento si te digo que jamás pensé tenerte de vuelta, pero tampoco si negara que, sin duda, era algo que también necesitaba. Tanto tiempo sin ti fue más que suficiente para darme cuenta que nunca te habías ido del todo, que nunca te irías del todo, y que, en cierta manera, siempre llevaría parte de ti a cualquier sitio que fuera. No costó mucho aceptarlo, que lo bueno tomara fuerza, y lo menos bueno se fuera diluyendo con el paso de los meses, fue un gran punto a favor, un compañero de viaje casi perfecto que suplía por momentos una ausencia aún presente. Llegaste, de nuevo, con un perdón bajo el brazo tan sincero como puro, tan bonito y emotivo que no había la más mínima duda de que salía disparado del corazón, mezclado con remordimiento, tristeza y rabia, honesto, humilde, cariñoso y noble. Para mí sería muy fácil aceptarlo, dejar que cargaras con el peso de la culpa, ponerte la soga al cuello y liberarme para siempre. Pero no. No sería justo, ni consecuente con lo que pienso, ni tampoco real. Libramos una batalla a contrarreloj, dos ejércitos al ritmo de las órdenes de una guerra que se nos quedaba grande. Tú y yo. Dos. Jugamos nuestras cartas como bien pudimos, creyendo ciegamente en lo que hacíamos, en que eso era lo mejor, sin darnos apenas cuenta del daño colateral que nos estábamos haciendo. Nadie quería sangre, pero fue inevitable. Tuviste tus aciertos, tus errores y tus motivos. Y yo tuve mis aciertos, mis errores y motivos. Ni siquiera elegimos darle un buen final a aquella guerra, abandonamos la batalla siendo cobardes, tirando el respeto por la borda, apagando a golpes aquella magia que teníamos guardada. Tú y yo. Los dos. Pero, pese a todo, lo bueno seguía siendo demasiado bueno, me diste tantas cosas irremplazables, increíbles, inmejorables, que, de alguna forma, construyeron un baúl inquebrantable y guardaron todos tus recuerdos dentro, para que nadie, jamás, pudiera tocarlos. Me enseñaste el valor de la confianza, la preocupación sincera, el cariño más profundo y fuerte que jamás había rozado. Me demostraste que no había kilómetros, que la distancia no era más que una mísera palabra, que un sentimiento era más fuerte que cualquier otra cosa. Me hiciste sentir especial, como nunca nadie había hecho, a sentir que alguien siempre estaría ahí, cuidando y ocupándose de que todo te fuera bien. Me hiciste soñar, dejar volar la imaginación hasta límites insospechados, explorar nuevos horizontes, romper cualquier barrera, frontera o miedo. Me hiciste sentirte cerca, aún estando lejos. Me hiciste volver a vivir, querer tocar el cielo con la punta de los dedos, dejarme la piel luchando por alguien que, aún sigo creyendo, merece mucho la pena. Me hiciste tanto bien, que jamás encontraré las palabras adecuadas para expresarlo, ni siquiera creo que pudieras llegar a hacerte una idea. Está claro que no podemos cambiar el pasado, es parte de lo que somos, parte de lo que fuimos y seremos, pero ya pasó. Dejémoslo ahí, escondido donde ya no duela, aprendamos de él, que sea una lección positiva para no volver a cometer los mismos errores. Agarremos fuerte las cosas buenas, todo lo que hemos vivido, respiremos cada momento, sonrisa compartida, anécdota, y demos gracias por habernos encontrado. Si después de tanto, si después de todo, sigo aquí, justo aquí, no es casualidad. Te lo has ganado a pulso. Tú. Así que, honestamente, créeme cuando digo que no hay nada que perdonar.