El dolor desgarrador me hizo detenerme. Estiré el brazo para apoyarme en el árbol más cercano. Estaba húmedo, al igual que todo el bosque. La lluvia había dejado su huella por todo el lugar. Vi mis botas que estaban cubiertas de lodo y de sangre. Las palabras de mi padre volvieron a resonar en mi cabeza.
–Sigue corriendo– sus ojos delataban el terror que él sentía– no dejes de correr hasta que llegues a la cabaña con puerta azul.
Por poco caí. Todo empezó a dar vueltas. Logré sentarme con cuidado usando una raíz salida de un árbol. Revisé mi pierna. Me quité la camisa y la rasgué para improvisar un torniquete y detener el sangrado de mi pierna. Agradecí haber recibido lo básico de primeros auxilios en el curso de vacaciones de Scouts al que mi papá me había forzado a ir el verano pasado.
En mi intento de huír, los alambres salidos de la malla habían hecho una herida por debajo de mi rodilla, desprendiendo un pedazo de piel. La sangre ya había empapado lo que quedaba de pantalón. Tiré con fuerza del torniquete para detener la circulación. Algo tarde. Todo se puso borroso. Intenté mantener los ojos abiertos pero fue inútil. Perdí el conocimiento.
No sé cuánto tiempo transcurrió mientras yacía en el suelo húmedo entre la oscuridad. Recuerdo haber visto una luz, una luz azul, pequeña.
–Es... es él – oí que hablaban entre susurros. Mis ojos no me respondían. A penas pude abrirlos un rato y volvieron a cerrarse.
– Apresúrate, no pueden verlo aquí – era otra voz. Me sonó familiar.
Abrí los ojos. Todo era borroso. Pude distinguir a dos pequeñas siluetas. Parecían enanos con un tipo de caparazón. De nuevo, mis ojos volvieron a cerrarse.
Las voces no callaron. Hablaban de mí. ¿Intentaban ayudarme? Tiraban de mi cuerpo. Me arrastraron por mucho tiempo. Lo sabía por lo frío que sentía mi espalda al estar desnuda y pasar por la grama mojada por la terrible tormenta. Estaba inmóvil. Perdí el control de mi cuerpo y por más que luchaba para poder incorporarme, no pude.
***
Tal vez habían pasado días. No fue lo primero que pregunté. Por fin pude apoyarme en mis brazos y levantarme hasta quedarme sentado. La cama en donde estaba era, por mucho, muy pequeña para mí. Una mesa se encontraba al final de ésta para que mis pies no estuvieran al aire. Moví mi pierna izquierda y la puse sobre el suelo en un intento para ponerme en pie. Luego, recordé. Era esa la misma que tenía una herida la noche en la que huí del lugar en donde estábamos encerrados con mi papá. En una especie de calobozo. Donde nos preguntaban por ese maldito espejo. Seguía sin tener sentido en mi cabeza. ¿Para qué querían un tonto espejo si podían conseguirse el que quisieran? ¡Podían tomar cualquier cosa con tal de ver su tan-preciado reflejo! No había necesidad de encerrarnos
con la intención de matarnos si no decíamos en dónde estaba lo que tanto querían.
El lugar en donde me encontraba ahora me pareció conocido. Junto a la cama, en otra mesa pequeña, se encontraba una tetera, una taza y un plato con un pan que tenía adentro una especie de musgo azul. Supuse que era para mí pero la idea de lo que estaba contenido en el pan era algo desconocido y probablemente asqueroso, quitó toda gana de arrebatar el pan del plato y tragarlo de un solo bocado. Me moría del hambre. Tomé la tetera y serví un poco de lo que debía de ser agua caliente, no más. Eso creí. Bebí un trago pero el sabor amargo me hizo escupir todo lo que bebí. Tosí. Fue entonces cuando levanté la vista y vi a una criatura observando todos mis movimientos.
Estaba seguro que no superaba el medio metro. Su piel parecía rígida, como si fuera de piedra. Sus manos, en cambio, parecían peludas a lo lejos. En su espalda había un tipo de caparazón, casi como de tortuga. Su nariz era grande y sus ojos eran desproporcionalmente pequeños. Me sonreía. Se alejó corriendo antes de que pudiera llamarlo para que se acercase.
Regresó sin tardarse mucho. Llevaba de la mano a quién deduje que era su madre. Ella, no más alta que él, llevaba rosas en la cabeza. Se apresuró a tomarme de la mano.
–Querido, ¿está todo bien? ¡Qué susto nos has dado! – se preocupó por limpiar el desastre que había hecho. Se apresuró a servirme más de lo que había en la tetera y me acercó el pan que se miraba desagradable. –Tienes que comer y beber algo. Vamos, bebe un poco. Te hará bien.
No supe como rechazar lo que me estaba ofreciendo así que, tomé la taza de sus pequeñas manos y la puse sobre mi regazo.
–¿En dónde estoy?– dije. Busqué la respuesta en su mirada pero la bajó de inmediato. Suspiró.
–Estás del otro lado– volvió a dirigirme la mirada. –Pero de eso hablamos después. Ahora ten, come algo.
–¿Del otro lad...–me quedé a medias luego de que me metiera el pan a la boca. Quise escupirlo pero se miraba demasiado preocupada por mí. Así que lo tragué. Al final, tenía buen sabor. Por lo que me sorprendió.
Entonces, me di cuenta. ¡Todo era azul ahí! Las flores en su cabeza, el musgo del pan, las sabanas de la diminuta cama. ¡Había llegado a la cabaña! O me habían llevado ahí. Lo importante es que una ola de tranquilidad invadió mi cuerpo. Sabía que estaba a salvo por lo que había dicho mi padre.
La pequeña mujer, o criatura, o lo que sea que ella fuera, se dio la vuelta luego de hacerme una seña para que esperara un rato. Aproveché para regresar lo que me había servido en la taza a la tetera. Ni loco volvería a tomar eso. El pequeño me vio y me sacó la lengua. Llevé mi dedo índice a las comisuras de mis labios para que se callara y no dijera nada.
Me incorporé y me acerqué a la mesa luego de oír a alguien más entrar a la pequeña cabaña. Tuve que agacharme para pasar por la puerta que conducía a lo que parecía ser la sala de ellos. Como era de esperarse, los sillones eran azules. Al igual que todo.
Seguí caminando hasta llegar a la cocina.
–Ten cuidado con la puerta. De haber sabido que íbamos a tener visitas grandes a
menudo, habría hecho que Alfred construyera la cabaña un poco más grande. Aunque de igual forma, no hubiera querido. – me sonrió. – Es todo un haragán pero nunca lo acepta. – Siguió cocinando mientras me señalaba por la ventana a quien parecía ser su esposo.
Salí con cuidado al jardín sin pisar las flores que debían de ser muy cuidadas por lo bien que se encontraban. Alfred volteó y dejó lo que estaba haciendo. Se veía mucho más grande de lo que su esposa se miraba.
–¡Hijo! Vaya que has despertado ya. Tenemos que hablar de lo ocurrido. Por cierto, mucho gusto. Mi nombre es Alfred. Conozco a tu padre. Es un gran hombre – su brazo se estiró esperando que le devolviera el gesto de amabilidad. Estrechamos las manos.
–¿Qué es lo que ha pasado? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es lo que ellos querían? – mi mente intentaba vaciar todas las preguntas que habían surgido en ella desde que desperté. – ¿Dónde está mi padre?
Se acercó a mi con un aire decepción.
–Todavía no sabemos donde está. Aunque creemos que los daemons todavía lo tienen en su calabozo. A ti te hemos encontrado cerca del gran árbol. Tuviste suerte. Los lobos pudieron haberte encontrado antes que nosotros – tomó mi brazo.
–Lo siento mucho – dijo con tristeza.
Sentí como si alguien hubiera clavado una estaca en mi corazón. No podía perder a mi padre. Era el único que me quedaba luego de que mi madre desapareció.
–Tengo que ir a buscarlo. Él me está esperando. Yo lo sé. No puedo dejarlo.
–Sé que no quieres pero los daemons no dejaran que te vuelvas a acercar a él sin que te maten o lo maten a él. Ellos sólo necesitan a uno de los dos. Sólo necesitan saber en dónde está el espejo. Tu padre ha guardado el recuerdo de él en tu mente. Sólo ustedes dos saben su paradero. Por eso, han dejado que huyas. Mientras tengan a tu padre, podrán encontrarlo. Realmente, no necesitan de ti pero lo harán si a tu padre le pasa algo.
– Pero... sigo sin entenderlo. ¿Qué tiene de especial el espejo?
Me miró a los ojos y supo que seguía sin encontrarle sentido a todo lo que me había pasado. Respiró profundo.
– Verás, tu padre es especial. Le fue encargado el espejo porque su corazón es noble. Es lo que estaban buscando cuando se dieron cuenta que necesitaban a un guardián. El espejo es lo único que puede traerte aquí o regresarte a la realidad. Estás del otro lado.
Todo lo que pase aquí, al regresar, se desvanece. Son dos mundos paralelos. Las líneas del tiempo nunca se juntan. Pero el tiempo aquí, es distinto. Estamos casi condenados a vivir para siempre. Los daemons buscan salir, encontrar el espejo y viajar a tu mundo, a la realidad. Su poder aquí no es mucho. Si algún día logran salir... Dios no permita eso, pero sería un desastre.
Poco a poco, empezaba a tener sentido lo que estaba oyendo. Recordé la vez en la que entré al despacho de mi padre y vi, al fondo de la habitación, un espejo cubierto con una sabana. Debe de haber sido el mismo porque justo cuando intenté descubrirlo, mi padre entró y me detuvo. Estuve castigado por dos semanas.
Y deplano, era esa la razón por la que nunca podía invitar a mis amigos a la casa o por la que nunca llegaban amigos de mi padre... o por la que nunca llegaron personas a la casa para velar a mi madre, que la daban por muerta.
–Mi madre...– mis ojos se llenaron de lágrimas– está aquí, ¿no es así? ¿Por qué me lo ocultó?
– Es difícil para un niño de seis años entender que existe un mundo diferente al suyo. No hubieras podido guardar el secreto. Tu madre sólo nos intentó ayudar. Ellos la superaban en cantidad. –se quedó pensativo un rato– Acompáñame. Creo que es tiempo de que veas algo.
Caminamos un poco lejos hasta que nos detuvimos enfrente de una lápida. Se leía:
4 de diciembre, 2004.
En memoria de Sara Michaels. Te aman, tu esposo y tu hijo.
¿Cómo era posible? ¿Es que había venido antes? Probablemente, no lo recordaba. Caí de rodillas y besé la lápida de mi madre. Estaba fría. Pasé más de doce años creyendo que algún día volvería entrar por la puerta y me miraría a los ojos. Se disculparía por haber demorado. Pero... quedaba en mí la esperanza de poder ver su hermoso rostro y el color café claro de sus ojos. Lo único que me quedaba de ella eran unas fotos. Y ahora, mi esperanza de volverla a ver me había abandonado. Sabía la verdad y no sé si estaba molesto conmigo por no haberme dado cuenta antes o me sentía devastado por haber sido engañado toda mi vida.
Me tomó unos minutos recuperarme. Me puse de pie. Alfred asintió. Ambos sabíamos que debía ir a buscar a mi padre. Corrió a su cabaña y regresó con una mochila que debía de haber tenido preparada mucho antes de que yo llegara. Puso en mi mano una brújula. La observé durante unos segundos. ¿Era lo que yo creía que era? En todas las fotos donde estaba mi madre, llevaba en su cuello una brújula, pequeña, colgada como si fuera un dige. Agradecí el gesto.
Me volví hacia el bosque. Parecia reconocer perfectamente el camino que debía agarrar. Es como si adentro de mí hubiera una voz que me guiaba. Dos árboles más. Cruza a la derecha. En esa piedra, sigue recto.
No sé por cuánto tiempo caminé. Mis piernas empezaban a doler cuando me encontré en un lugar un tanto peculiar. Los árboles cerca formaban un círculo. Cada vez que volteaba detrás de mí, parecía que el círculo se cerraba. Retrocedí unos pasos y me topé con algo metálico. Caí de espalda. Era el espejo cubierto con una sabana. Con la misma sabana. La jalé y dejé al descubierto lo que todos buscaban y anhelaban. El espejo debió de haberme buscado. Pensé en lo peor. Tal vez, mi padre estaba muerto y estaba intentando ayudarme a salir de aquel lugar. Tan alocado. El miedo me sacudió. Vi que en el reflejo del espejo no se encontraba mi imagen. Era un niño. Diez años, si mucho. Era yo.
Del otro lado, nada de lo que viví había pasado. De este lado era el futuro. Acerqué mi mano a la mano de quién estaba en el espejo y entonces, sentí como si alguien me empujara. Logré voltear a ver cuando vi la sonrisa de mi padre, desvaneciendose entre algo parecido a neblina.
Desperté de golpe. Me fijé en el reloj que estaba al lado que eran las 2:33 a.m. Me di cuenta que todo este tiempo estaba soñando. Volví a acostarme y me di la vuelta. Fue entonces cuando vi que al lado de mi cama, el espejo mostraba a mi padre gritando. Congelado.