Una parte de mi pecho se encendió cuando vi tu rostro de nuevo, mientras te acercabas pensaba en la inmunidad de tu belleza ante el tiempo. Te detuviste frente a mí, esperando a que te saludara, lo hice con inteligente recato para darte a entender que el hechizo de tus encantos ya no surtía efecto en mí.
Abrí la puerta de la cafetería con mi brazo derecho mientras le encomendaba al izquierdo la tarea de guiar tus caderas hacia el interior del local. Escogí una mesa cercana a los ventanales porque me agradaba ver como las luces cálidas de los muros contrarrestaban el celeste que intentaba colarse desde fuera.
Me senté primero y traté de que no saliera a flote el estupor que me provocaba ver cómo tus caderas se movían para ayudarte a tomar asiento de lado, quedaste frente a mí, parecíamos dos estrategas que se debaten la victoria en un tablero de ajedrez.
Pediste un chocolate caliente y contrasté tu orden escogiendo un café cargado, pude apreciar cómo se hacían esos característicos agujeritos tuyos, los que te salen en las mejillas cuando sonríes, te hacía gracia que todavía lo bebiera como solíamos hacer en el desayuno. Rememorar esa escena hizo que el tiempo se congelara e impregnó la sala de nostalgia. Quedaste cabizbaja por un momento, con los ojos vacíos y con una leve sonrisa, mantenías ocupadas tus manos jugueteando con un salero. Yo, entretanto, podía sentir como un sutil dolor me recorría, era una diminuta sensación de tristeza hermosa que me exprimía un poco los pulmones, sin embargo, tal obstáculo no fue capaz de alterar mi relajada y profunda respiración leónica.
Permanecimos en la nada hasta que el sonido de los platillos y las tazas quebraron el silencio.
–¿Y cómo te ha ido en la oficina? –pregunté pensando en cumplir con el aburrido protocolo de conversaciones comunes.
–Bien –respondiste mientras me esbozabas una mirada engreída y juguetona–, me han ascendido de puesto y por irónico que parezca me deja un poco más de tiempo libre. ¿Y tú, en qué estás?
–Sigo dedicándome a la música –sorbí un poco de mi café.
–Sigues dedicándote a ser un vago muerto de hambre –me corregiste con tu característico tono travieso.
–Sí, pero soy un vago muerto de hambre con mucha libertad –repliqué con gesto confiado.
En eso, la melancolía volvía a adueñarse de la sala y el tiempo se detenía de nuevo con la diferencia de que ésta vez nos hallábamos manteniendo contacto visual, nuestras miradas colisionaban y sentía cómo tus ojos cargados de dulzura me desafiaban. No baje la mirada por mucho que la presión me empujase, mantuve resistencia hasta que finalmente cediste para poder besar el borde de tu taza. Mientras tanto, pensaba en lo que dije: “con mucha libertad”… quizá eso te dio a pensar que ando de mujeriego ahora que no estamos juntos, en fin, me lamenté un poco para mis adentros y espero que no te haya lastimado.
Reanudamos el diálogo hablando de frivolidades por un buen rato. Hicimos nuestras clásicas observaciones superficiales que tanto nos divertían. Estuviste risueña y ni te dabas cuenta de cuán bien la estabas pasando, lo supe porque de un momento a otro dejaste de ser metódica con tus movimientos. De forma involuntaria empezabas; a elevar tu tono de voz; a dar pequeños saltitos al reír; a quedar boquiabierta y a abrir más de lo normal tus ojos cada vez que no terminabas de creer mis anécdotas; a hacer uso de tus manos para acompañar tu relato; incluso, guardabas silencio mientras me escuchabas atenta, con la cabeza inclinada hacia adelante. No mentiré, hice uso de todo mi ingenio para mantenerte en ese estado, verte así fue suficiente aliciente para esforzarme.
La cafetería comenzaba a vaciarse y desde los ventanales solo ingresaba el destello pasajero de los automóviles, era tarde y por mucho que deseaba seguir contigo sabía que eso no sería una buena jugada.
–Creo que ya es hora de despedirnos, Eli. –dije con toda la suavidad que logré reunir a la vez que ofrecía una entrañable mirada de párpados relajados.
–Espera –tomaste mi mano– aún debo preguntarte algo –me enseñaste tu blanca sonrisa por un segundo mientras me soltabas sin desviar tu mirar de mis ojos.
–No te preocupes –posé mi mano en tu hombro–, mañana tendré para el almuerzo, el café solo me quitó el dinero que tenía destinado para comprar papel higiénico.
–Hahaha, no, tontito. Más seriedad por favor.
–Entiendo –cubrí mi cara con ambas manos y cuando las quité tenía el rostro completamente inexpresivo–, listo, dispara.
–Verás… te extraño, y mucho –quitaste sutilmente de tu cara la predominante expresión de jugueteo que sueles tener–, me preguntaba si… te gustaría intentarlo de nuevo.
Si hay algo de lo que me enorgullezco, es de trabajar la espontaneidad cada vez que puedo, de hecho, casi todas las interacciones que mantengo trato de dotarlas con respuestas creativas. Sin embargo, sería una mentira cochina decir que lo que estaba a punto de hacer fue fruto de mi constante práctica. Desde el momento en que decidimos reunirnos plantee este escenario con su respectiva “mejor respuesta”, escenario que al menos para mí, era el más favorable.
–Eli… –me acerqué a tu rostro, y cuando cerraste tus ojos esperando recibir lo que pensaste que iba a hacer en tus labios, me desvié hacia a tu frente y la besé– no podemos hacer de nuevo lo que ya hemos intentado.
Acto seguido, pagué lo mío y dejé que lo hicieses con lo tuyo. Nuevamente guiaba tus caderas, salimos del local para detenernos en una parada de bus que estaba a seis metros, paré un colectivo y te apresuraste en abrazarme, te dejé en el asiento del copiloto y aprecie como me despedías desde dentro agitando un poco tu muñeca mientras tu cara dibujaba un gesto que dejaba relucir un poco de confusión.