Tu perro de arriba, tu perro de abajo y cómo lidiarlos
Uno de los conceptos más populares y poderosos en la Terapia Gestalt es la metáfora del “perro de arriba” y el “perro de abajo”, reflejo de un conflicto interno con el que todos lidiamos.
Un par de voces que discuten constantemente:
una de ellas es la que ordena, la que dice cómo deberías ser y qué deberías hacer. Exigente y moralista, siempre parece tener la razón. Se comporta como un juez que vive para recordarte tus obligaciones. Esta voz, la del “tengo que” y del “debería”, es la que conocemos como el perro de arriba.
La otra —el perro de abajo— es todo lo opuesto:
es la voz que se queja, se justifica y dice “no puedo”, “no tengo ganas” o “ya lo haré en otro momento”. Se hace la víctima, pero a veces se rebela contra el perro de arriba de modo indirecto, pues suele encontrar la excusa suficiente para no cumplir con lo que este le exige. Y estos dos perros se pasan el día peleando:
El Perro de arriba ladra: “¡Tienes que cambiar, no puedes seguir así!”, y el de abajo responde: “Ya lo sé, pero no me apetece ahora, estoy cansado.”
Este tira y afloja puede generar una gran tensión, culpa y, con frecuencia, parálisis. Nos enfrentamos al deseo de hacerlo “mejor”, pero al mismo tiempo sentimos una fuerte resistencia para afrontar el cambio:
una lucha interna entre lo que piensas que deberías ser y lo que realmente eres o sientes en ese preciso momento.
En la Terapia Gestalt no buscamos exterminar a uno de los perros ni juzgar quién tiene la razón. Lo valioso es reconocer a ambos como partes de ti. Por lo tanto, es una buena idea escucharlos, ponerles voz e incluso representarlos en una suerte de diálogo interno. Al hacerlo, es muy probable que veas que no son enemigos, sino dos partes que buscan ser escuchadas:
Perro de arriba dijo:
– Yo solo quiero que consigas lo que se propongas, que le pongas ganas, que no te descuides.
Y Perro de abajo respondió:
– Yo quiero que no s tan duro conmigo y que me sigas queriendo aunque no haga todo perfecto.
Cuando logramos integrar ambas voces —dejando de obedecer a ciegas al perro de arriba y dejando de sabotearnos como el perro de abajo— aparece la sensación de responsabilidad y elección,
y dejamos de actuar por mandato ni por resistencia, sino desde una decisión más consciente y genuina.












