Fritz Perls, "Gestalt Prayer" (Oración Gestalt), En Gestalt Therapy Verbatim, Real People Press, 1969
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Fritz Perls, "Gestalt Prayer" (Oración Gestalt), En Gestalt Therapy Verbatim, Real People Press, 1969
Tu perro de arriba, tu perro de abajo y cómo lidiarlos
Uno de los conceptos más populares y poderosos en la Terapia Gestalt es la metáfora del “perro de arriba” y el “perro de abajo”, reflejo de un conflicto interno con el que todos lidiamos.
Un par de voces que discuten constantemente:
una de ellas es la que ordena, la que dice cómo deberías ser y qué deberías hacer. Exigente y moralista, siempre parece tener la razón. Se comporta como un juez que vive para recordarte tus obligaciones. Esta voz, la del “tengo que” y del “debería”, es la que conocemos como el perro de arriba.
La otra —el perro de abajo— es todo lo opuesto:
es la voz que se queja, se justifica y dice “no puedo”, “no tengo ganas” o “ya lo haré en otro momento”. Se hace la víctima, pero a veces se rebela contra el perro de arriba de modo indirecto, pues suele encontrar la excusa suficiente para no cumplir con lo que este le exige. Y estos dos perros se pasan el día peleando:
El Perro de arriba ladra: “¡Tienes que cambiar, no puedes seguir así!”, y el de abajo responde: “Ya lo sé, pero no me apetece ahora, estoy cansado.”
Este tira y afloja puede generar una gran tensión, culpa y, con frecuencia, parálisis. Nos enfrentamos al deseo de hacerlo “mejor”, pero al mismo tiempo sentimos una fuerte resistencia para afrontar el cambio:
una lucha interna entre lo que piensas que deberías ser y lo que realmente eres o sientes en ese preciso momento.
En la Terapia Gestalt no buscamos exterminar a uno de los perros ni juzgar quién tiene la razón. Lo valioso es reconocer a ambos como partes de ti. Por lo tanto, es una buena idea escucharlos, ponerles voz e incluso representarlos en una suerte de diálogo interno. Al hacerlo, es muy probable que veas que no son enemigos, sino dos partes que buscan ser escuchadas:
Perro de arriba dijo:
– Yo solo quiero que consigas lo que se propongas, que le pongas ganas, que no te descuides.
Y Perro de abajo respondió:
– Yo quiero que no s tan duro conmigo y que me sigas queriendo aunque no haga todo perfecto.
Cuando logramos integrar ambas voces —dejando de obedecer a ciegas al perro de arriba y dejando de sabotearnos como el perro de abajo— aparece la sensación de responsabilidad y elección,
y dejamos de actuar por mandato ni por resistencia, sino desde una decisión más consciente y genuina.
El contrato de infancia y el contrato de venganza
En algún momento de la infancia –cada quien en el suyo– todos firmamos un contrato invisible. Sin papel, bolígrafo ni testigos. Solo un niño que, en silencio, y con el propósito de seguir adelante emocionalmente, hace una promesa:
voy a ser bueno,
voy a callar,
voy a hacerme invisible,
voy a sonreír aunque duela
Ese pacto secreto, al que el pedagogo y clown Alain Vigneau llama contrato de infancia, nace del amor.
El niño que no desea otra cosa que mantener la paz en casa:
que mamá no llore, no se enfade
que papá sea tierno, menos exigente
que estén más presentes para mí,
que la casa no parta en dos
Y entonces entrega una parte de sí para que todo parezca estar bien. Así pues, este contrato tiene un alto precio. A veces, lo que dejamos atrás es la espontaneidad, la alegría, el permiso a enfadarnos o a equivocarnos, la vulnerabilidad, la fuerza o la ternura.
Todo eso queda guardado –o congelado– en algún rincón del cuerpo y del alma. Y aunque pasen los años, ese niño sigue ahí, esperando a ser visto por alguien, ese alguien que le escuche de verdad.
Si no nos damos cuenta de ese pacto, la vida lo recordará por nosotros:
a veces aparece como una rigidez que no nos deja disfrutar; otras, como una exigencia sin medida hacia nosotros mismos o hacia los demás. Y a veces se disfraza de revancha silenciosa.
Ahí entra lo que Vigneau llama el contrato de venganza: la voz del niño cansado que, desde dentro, murmura: "ahora me toca a mí".
Y entonces ocurre algo sutil:
quien tuvo que esconder su vulnerabilidad, no soporta la fragilidad ajena
quien aprendió a ser fuerte, no sabe pedir ayuda
quien renunció a la alegría por miedo a molestar, teme reír demasiado.
Así pues, no se trata de culparnos ni de culpar a nadie. Solo de reconocer esos contratos. De ver que hubo un niño que hizo lo mejor que pudo con lo que tenía –y que, aún así, sobrevivió–.
Desde el adulto que somos hoy, podemos mirarlo con ternura y decirle que ya no hace falta seguir con eso, pues el contrato se disuelve cuando el niño puede ser visto y escuchado.
Entonces la venganza se convierte en comprensión. Y lo que antes era una cadena, se vuelve historia: una parte de nosotros que, por fin, podemos abrazar sin dolor.
Lo que más me conmueve del trabajo de Vigneau es su manera de usar el humor y la vulnerabilidad como puertas hacia la sanación; parece ser que reírse de uno mismo no es una burla: es una reconciliación,
dejar que el niño vuelva a jugar, y que el adulto deje, al fin, de castigarlo.
El contrato de infancia y el contrato de venganza
En algún momento de la infancia, cada cual en el suyo, todos firmamos un contrato invisible. Sin bolígrafo, papel ni testigos de por medio. Solo un niño que, para sobrevivir emocionalmente, promete algo desde el silencio:
“Voy a ser bueno", “Voy a callar", "Voy a hacerme pequeño", "Voy a sonreír aunque duela".
Ese pacto secreto, al que Alain Vigneau (pedagogo y clown) llama “contrato de infancia”, nace del amor. El niño solo desea que todo vaya bien en casa, que mamá no esté triste, que papá no se enfade, que la casa no se parta en dos. Así, sacrifica una parte de sí mismo para sostener la armonía en el hogar.
Pero el contrato tiene un alto coste. A veces, lo que sacrificamos no es poca cosa: la espontaneidad, la alegría, el permiso para enfadarnos, la vulnerabilidad. Todo eso queda guardado —más bien, congelado— en el cuerpo y en el alma. Y entonces, años más tarde, ya adultos, ese niño herido sigue vivo en nosotros, reclamando atención.
Si no hacemos consciente ese pacto, la vida se encarga de recordárnoslo de diversos modos. Puede aparecer en forma de rigidez que impide el disfrute, quizá como una exigencia desmedida hacia nosotros mismos o hacia los demás, o bien como una especie de revancha inconsciente.
Y aquí entra lo que Alain Vigneau llama el “contrato de venganza”:
La voz del niño que, cansado de tanta renuncia, murmura desde dentro una suerte de “ahora me toca a mí”.
Así, quien reprimió su vulnerabilidad puede volverse intolerante ante la fragilidad ajena. Quien aprendió a ser fuerte para sostener a los demás puede no saber pedir ayuda. Quien renunció a la alegría por no incomodar puede convertirse en alguien que teme reír demasiado.
La propuesta no es culparnos ni culpar a nadie, sino reconocer esos contratos. Darse cuenta de que hubo un niño que hizo lo mejor que pudo con los recursos de que disponía (bastante limitados, por otra parte). Y, desde el adulto que es hoy, mirarlo con ternura y decirle: “ya no hace falta seguir con eso”.
El contrato se disuelve cuando ese niño siente verdaderamente que puede ser visto y escuchado. La venganza, así, se torna comprensión. Y lo que antes era una cadena se convierte en patrimonio: un pedazo de historia personal que podemos abrazar sin que nos duela.
Algo verdaderamente destacable del trabajo de Alain Vigneau, desde mi punto de vista, es el uso del humor y la vulnerabilidad como motores de la experiencia. Porque reírse de uno mismo no es burla, es reconciliación.
Es, más bien, dejar que el niño vuelva a jugar y que el adulto deje de castigar. Que ambos aprendan a caminar juntos, por fin, reconciliados.
La depresión: hija de la presión social y la soledad
Un síntoma de nuestra forma de vivir.
En una sociedad que va a toda velocidad, donde existe la tendencia a valorar a las personas por su productividad y su apariencia, el sufrimiento interior se ha vuelto prácticamente invisible:
un reflejo de un modo de vida profundamente deshumanizado y ruinoso.
Josep Maria Fericgla, antropólogo y etnopsicólogo, comparte en sus múltiples conferencias una mirada al respecto que puede resultar inspiradora para muchos; al menos así fue en mi caso,
afirmando que la depresión “tiene un padre y una madre”: uno de ellos es la presión social, y el otro, la soledad.
La presión social nace de la exigencia: de tener que “ser alguien”, rendir, mostrarnos felices y exitosos.
Es el peso de tener que parecer antes que ser, una obligación que implica sostener una imagen ante los demás y que, en muchos casos, genera tensión, ansiedad y, poco a poco, un vacío interior, puesto que alcanzar el modelo de perfección idealizado es insostenible y genera un desgaste enorme.
Por otra parte, está la soledad, que se ha convertido en una epidemia silenciosa. No se refiere únicamente a la soledad física, sino a vivir sin vínculos auténticos.
En medio del ruido digital y la hiperconexión, las relaciones humanas tienden a volverse superficiales y fragmentadas. Falta comunidad y, por lo tanto, sentido de pertenencia. El individuo, sin raíces sólidas ni grupo —comunidad, tribu— de referencia, se siente perdido entre las pantallas y las obligaciones.
Así pues, la combinación de ambas —la presión externa por rendir y la falta de conexión interna y social— es el terreno donde germina la depresión: la manifestación de una cultura que ha olvidado la importancia del sentido, del propósito, del contacto humano y, por lo tanto, de la experiencia de la vida misma.
La verdadera sanación, según Fericgla, pasa por la reconexión con lo humano: recuperar los lazos de pertenencia —profundos y auténticos, donde cada uno pueda mostrarse tal y como es—, volver a los grupos, a la naturaleza y al silencio. Redescubrir, finalmente, el sentido que da dirección a la existencia.
Desde este ángulo, la depresión deja de ser solo un trastorno individual para convertirse en un espejo colectivo. Muestra lo que la cultura moderna ha perdido: la tribu, la calma y el sentido.
Y es posible que un gran antídoto, además de los ya existentes, pase por volver a mirarnos —a nosotros mismos y al otro—, a escucharnos y a vivir con los demás de un modo más verdadero.
Conoce tus introyectos y suelta patrones inservibles
Para ser un buen hijo, para ser una buena chica, para ser un hombre como “se debe”, para ser una buena madre, debo:
“ser buena, no molestar, hacer reír a mamá, sacar buenas notas, ser amable, conseguir un gran trabajo, no enfadarme, ganar mucho dinero, tener hijos, ser muy inteligente, trabajar mucho, ser siempre obediente, educada” y un largo etcétera que resonará en cada cual, más o menos.
Actuar desde el “debería” antes que desde el “quiero”.
Desde la Terapia Gestalt entendemos las introyecciones como aquellos mensajes que recibimos en la infancia y adolescencia —principalmente de los padres y del núcleo más cercano, aunque también de los amigos o profesores— en relación con lo que está bien o mal, los valores y las creencias. A esa pronta edad —aún sin haber desarrollado el sentido crítico— los introyectamos: acogemos dichos mandatos, los hacemos nuestros sin cuestionarlos. Y los actuamos.
Eso ocurre, por un lado, porque estos mensajes provienen de nuestros seres queridos y es natural sentir que son un bien para nosotros. Y, por otro lado, seguirlos refuerza nuestro sentido de pertenencia, pues parece un buen negocio ser lo más parecidos posible a nuestra tribu, no sea que perdamos nuestro lugar en ella.
Otros ejemplos: “Hay que ser obediente”, “Está mal enfadarse”, “Un hombre no llora”, “No puedes mostrar la tristeza”, “No está bien generar conflictos”, “Debes ser siempre cariñosa”.
Estos mandatos pueden llegar de forma clara (el padre que reprende fuertemente a su hijo por llorar) o de un modo sibilino (el padre jamás llegó a decírselo claramente, pero el niño observó que en su familia los hombres nunca lloran o se hacen bromas hacia los hombres que lo hacen). Sea del modo que sea, el niño capta el mismo mensaje.
La cuestión de todo esto es que, siguiendo estos mandatos, vivimos la vida desde el “debería ser” en vez de desde el “quiero ser”,
actuando de acuerdo con lo que se espera de nosotros en lugar de hacerlo desde donde verdaderamente deseamos.
Si introyectamos “ser complacientes”, la persona no se permitirá poner un límite o no se tomará los descansos necesarios, agotándose y alejándose de sí misma.
¿Qué propone la Terapia Gestalt para trabajar los introyectos?
La Terapia Gestalt propone hacer conscientes tus introyectos:
observar qué creencias, valores o reglas has asumido sin cuestionar —y sigues actuando—, y empezar a decidir qué quieres preservar y qué no, porque no te sirve o incluso porque puede estar dañándote.
“Llorar es de débiles”, “No puedes confiar en los hombres”, “Todas las mujeres son complicadas”, “No debes preocupar a tu madre”, “Siendo así te vas a quedar solo”, “La familia es lo primero”, “Los hombres deben mantener a la familia”.
Los introyectos pueden tener su reverso útil o luminoso, como también su lado opuesto o de sombra que pueden complicarte la vida. Por ejemplo, ser muy responsable está bien, pues puede abrirte muchas puertas, pero si lo eres tanto hasta el punto de olvidarte de tus necesidades, eso ya es otra cosa.
Descubrir qué pudiste haber introyectado y empezar a cuestionarte la utilidad de esos mandatos es una buena manera de comenzar a vivir un poco menos desde el condicionamiento
y un poco más desde un lugar propio y, por lo tanto, más afín a tu propia mirada hacia la vida.
Las tres maneras en que amamos
A lo largo de la vida, todos amamos de modos distintos. Algunas veces desde la ternura y el cuidado; otras, desde el deseo y la pasión.
También amamos desde un lugar más amplio, quizá más consciente o de un modo más mental, donde el amor no depende tanto del otro, sino que fluye como una forma de estar en el mundo.
Tanto Claudio Naranjo como Marcelo Antoni, grandes exploradores de la naturaleza del amor, hablaron de tres formas fundamentales de amar. Cada una representa un nivel distinto de conciencia y, juntas, muestran un camino evolutivo: del amor más instintivo al amor más espiritual.
Claudio Naranjo habló de los tipos de amor como tres dimensiones del ser, y les dio tres nombres: Eros, Ágape y Philia (amor erótico, amor compasivo y amor admirativo, en el mismo orden).
Eros es el amor desde el fuego, el deseo, la atracción, el placer de la piel. Es la energía que nos impulsa a buscar al otro, el querer unirse para disfrutar. Este amor nos sirve para celebrar la vida y el gozo de ser un cuerpo que siente y lo comparte. En desequilibrio, puede volverse posesivo o dependiente.
Ágape es el amor que acoge, comprende y cuida sin condiciones. Es la ternura que no exige nada a cambio, el impulso de dar porque sí. El amor que sana y sostiene. En desequilibrio, puede tornarse sobreprotector o llevar al olvido de uno mismo.
Philia es el amor que entiende, respeta y acompaña con lucidez. No es pasional ni compasivo, sino un amor que sabe mantener distancia sin perder cercanía. Es el amor que piensa y elige amar desde lo admirativo: los valores y las creencias, la inteligencia o el sentido del humor, por poner algunos ejemplos. Es un amor respetuoso que comprende sin invadir, desde la confianza, el discernimiento y la verdad.
En desequilibrio, puede volverse frío, excesivamente racional, juicioso o fomentar la superioridad moral.
Marcelo Antoni, discípulo y continuador de Naranjo, retomó esta visión y la presentó como un recorrido evolutivo:
todos empezamos amando desde el Eros y, con el tiempo, si vamos madurando, podemos llegar al Ágape. En medio de este camino aparece Philia, que actúa como puente entre ambos, siendo Eros el amor del deseo, Philia el amor del encuentro y Ágape el amor incondicional.
Por lo tanto, crecer consiste precisamente en atravesar estas tres formas para alcanzar un amor maduro. No se trata de elegir una sobre otra —cada cual tiende a apoyarse más en una que en las demás—,
sino de integrar las tres para amar con pasión, con ternura y con sabiduría al mismo tiempo:
el fuego de Eros, la compasión de Ágape y la claridad de Philia.
Conoce tus instintos para satisfacerte mejor
Desde la Terapia Gestalt, desde el Eneagrama de la Personalidad, para Claudio Naranjo, los instintos son las fuerzas más profundas del ser humano: unas fuerzas que orientan nuestra existencia hacia la supervivencia, hacia la unión y la pertenencia.
Sin embargo, en el ser humano moderno esos instintos se han visto distorsionados o desequilibrados. Ya sea por la educación, por la cultura o por el miedo, la mayoría de nosotros hemos interrumpido su fluir natural.
Por eso, una parte capital del crecimiento interior consiste en reconciliarse con todos ellos, o dicho de otro modo, volver a escuchar esa voz primaria del cuerpo y del alma.
Los tres instintos, como tres raíces del comportamiento:
El instinto de conservación, como el guardián de la vida: el que cuida el cuerpo, busca el alimento, el abrigo y el descanso. La estabilidad, la seguridad. La economía, el hogar.
Cuando está en equilibrio, nos sostiene; cuando se desequilibra, deriva en temor, avaricia o en un control excesivo.
El instinto sexual es la llamada al encuentro con el otro, el deseo de la unión y de la intensidad. Un instinto que no se limita al acto sexual, pero que lo incluye.
En equilibrio, se convierte en una fuerza de creación y en el impulso que nos lleva a trascendernos. Cuando se desequilibra, puede transformarse en una búsqueda impulsiva de placer o en una pasión sin conciencia.
Y el instinto social, como el que nos une a todos: el que desea pertenecer al grupo, compartir y reconocerse en los otros.
En su vertiente genuina y clara, equilibrada, nos abre a la empatía y a la cooperación. En desequilibrio, puede convertirse en dependencia, necesidad de aprobación o en una lucha de poder.
Es importante tener en cuenta que todos tenemos y echamos mano de los tres instintos, pero tendemos a "fortificarnos" principalmente en uno de ellos, nos apoyamos —en mayor o menor medida— en un segundo, y tendemos a descuidar o reprimir el tercero.
Aquí, el trabajo consiste en reunir las tres fuerzas y permitir que cada una de ellas cumpla su función sin dominar a las otras, según cada contexto y según la necesidad que se despierte en nosotros.
Lograr que los tres se manifiesten de igual modo y en plenitud es una tarea verdaderamente difícil. En mi opinión, es una buena idea no buscar la excelencia, sino más bien ese punto de equilibrio más o menos satisfactorio.
Y si logramos alcanzarlo, el ser humano se vuelve un poco más completo: mente, corazón y cuerpo respirando al unísono, una sabiduría atenta como una suerte de brújula interna que nos guía con naturalidad.
Como escribió Claudio Naranjo, los tres instintos son tres fuegos sagrados:
"Uno que cuida la vida, otro que la enciende, y otro que la une".