La cita con Ribbentrop
El chico se sentía amenazado, y no era para menos. Por la mañana había estado viviendo un día tan cotidiano en el salón Weimar que esa mañana sólo pensaba en bajar a la cocina a tomar algo. Tal vez pedirle a John una rebanada de ese delicioso blue cheese que guardaba en el refrigerador.
-Podría comentarle que es para Herr Ribbentrop, John nunca lo notaría. Además ese queso no lo prueba nadie, es un pecado dejarlo allí.
Oskar había estado trabajando durante la época de la guerra como traductor bajo el mando de la sexta oficina de la SS con sede en la ciudad de Nuremberg. Su tarea principal era interceptar cables franceses, ingleses, polacos, rusos...todo lo que tuviera alguna connotación de tinte aliado. Esa mañana de 15 de Julio del 43, sería un momento que no olvidaría nunca, ese recuerdo sobre el bleu cheese quedaría olvidado, si no fuera por lo que pasó un instante después.
- Oskar, Herr Kommandant Robbentrop te requiere de inmediato en su oficina. Dijo con palidez mi compañero de cuarto Ross, mediante el avance de la guerra era difícil no pensar que serían malas noticias. Yo, un alemán patriota que había crecido en la Alemania pre-nazi, no comulgaba con los ideales radicalles de ultraderecha.
Mi formación nacía de los orígenes patriotas de nuestros antepasados que unificaron la antigua Prussia. Admiraba el temper de Bismarck pero nunca comulgué con el uso de la fuerza y el balance del poder -término nacido durante la época napoleónica-.Yo había nacido para los libros, conocía el arte de la palabra y me sentía aterrorizado por la barbárie que supuestamente se cometía al norte de los países ocupados.
Mi primer pensamiento al saber del citatorio del "HKR" (por sus iniciales), fue de terror, había conocido casos de ejecuciones de nativos alemanes por falta de comunión con la ideología nazi. Pero ¿porqué habría de temer si había abandonado la escuela por esta absurda empresa? ¿cómo debía comportarme? ¿iría al locker por la pastillita de cianuro para guardarla debajo de la lengua? Al pensar en la pastillita me salió una sonrisita que inmediatamente Ross detectó.
-No creo que cualquier posibilidad o tema que sea tocado en esa sala pueda tener algún tinte cómico- dijo con amargura y enojo.
-Esta vida ha sido una gran comedia desde hace 2 años Ross, una muerte en la pared (de fusilamiento) no sería más que el último telón de un alemán más que terminará de igual manera a mano de los Yankees.
Mi última frase era sólo para ocultar el increíble temor que me causaba esa cita. Ribbentrop había estado enfermo de hace algun tiempo acá, lo sabía por su voz y su constante irritación. No era secreto para los no fanáticos que estabamos perdiendo la guerra. Una guerra que drenaba las finanzas de la maquila, robaba las vidas de los jóvenes alemánes y terminaba con las reservas de comida de la demás población. Mi mayor temor era ser transferido a otro lugar más cercano a la acción de los panzers. Tal vez llevado al frente en Stalingrado, morir de hambre y no peleando. Nunca he disparado una Luger, tal vez me rendiría ante los yankees. Me casaría con una hermosa campesina del sur de Nebraska y me dedicaría a crecer en una vida lejos de mi hogar. Dicen que America es una tierra llena de oportunidades en donde la gente va desde inicios de siglo. ¿O será que Ribbentrop qusiera que le rindiera cuentos del bleu cheese?
Al ir hacia la puerta que había sido labrada por el artista Schweinbock -eso había yo escuchado en rumores- me estremecí. De inmediato volteé a ver a su asistente personal la Srita. Claude, 25 años, ojos negros y alta. Pensé que siempre me había parecido hermosa y nunca lo dije. ¿Sería este el momento de hacerlo? Podría ser el último momento, suspiro que dé, ¿cómo le diría que la amo sin tragarme el cianuro que tenía bajo la lengua? Lo único que pude hacer es verla y sonreir. Ella a su vez no emitió ningúna expresión, como de alguien quien la vida ha tratado mal durante sus pocos años vividos. Era como si me estuviera presentado un pequeño preludio de lo que podría pasar allí dentro.
Tomó el telecomunicador y dijo:
-Herr Kommandant, aquí se encuentra el soldado Oskar.
De inmediato la puerta se abrió un poco antes que Claude me diera entrada. Un hombre como de 50 años, con arrugas en a lado de sus ojos me buscó la mirada y movió la cabeza hacia adentro que pasara.
Al hacerlo, baje la cabeza. Sabía quien era ese hombre por el periódico. Él era e culpable de la psicosis por sus prácticas publicitarias a merced de la maquinaria Nazi, era el Dr Goebbels. Sus estudios en la Universidad de Heidelberg eran famosos por su extenso análisis psicológico del sujeto. Su personalidad, preparación y devoción al sistema Nazi lo hacían un verdadero asesino. Quizá lo que más me unfundía temor era que yo lo admiraba, él era ya un académico distinguido cuando explotó la corriente nacional-socialista. No concebía como alguien con su preparación y conocimiento pudiese haberse unido tan pasionalmente al movimiento.
Al caminar detrás del gran salón -que fungía como sala de juntas antes de llegar a la oficina de Ribbentrop- me dijo que esperara un minuto afuera. Entró a una puerta sólida hecha de encino rojo y me dejó esperando en aquella sala.
Al analizar la sala con mi vista encontré tesoros que nunca hubiera podido imaginar. En una estantería, yacían fotos de Hans Kelsen recargado sobre un viejo taburete, una copia de la Constitución de Weimar firmada por alguien que debía ser importante y lo que más me impresionó fueron unos figurines de madera pintados con ropas viejas y que parecían pertenecer a Ribbentrop en su infancia.
Justo cuando me disponía a tomar un juguete la puerta a la oficina de Ribbentrop se abrió y Goebbels me ordenó pasar. Mi corazón se detuvo.
Al entrar al aquel cuarto se encontraba el Kommandant. Al entrar no me miró, se encontraba tapándose los ojos como rascándose o como quien acaba de perder el rumbo de algo. Al mirar su escritorio pude darme cuenta de una botella de Martell vacía. Y muchos papeles con membrete oficial de la inteligencia de la Gestapo y del centro de operaciones con sede en Berlín-conocía esos sellos-.
Al entrar pude sentir mi leiv motif frente a mis ojos. De pronto me encontraba en silencio con éstos dos grandes hombres con el poder de mover masas, ordenar matanzas y cambiar el destino de muchas naciones, continentes, el mundo...
-Señor, si estoy aquí por tomar su bleu cheese, le extiendo una sincera disculpa y si eso amerita algún tipo de cast...
Ribbentrop interrumpió mi discurso con simplemente un alza en su mirada, me miró fijamente con una incredulidad e inmediatamente soltó una carcajada.
-Soldado, usted cree que está aquí por un maldito queso! dijo con un tono entre nervioso y alterado.
-No señor. Contesté.
-Soldado, usted está aquí porque la patria y su partido lo necesitan. Entiendo que hizo sus estudios en lenguaje y cultura. Nuestros asesores no han determinado cuál será el siguiente paso de Rusia, carecemos de información y sabemos que usted elaboró su tesis en el balance de poder. Necesitamos que nos diga en este preciso momento qué piensa sobre la reacción rusa cuando termine la encarnizada batalla en Stalingrado. En el supuesto caso que nuestras fuerzas fueren derrotadas, lo cual no pasará -lo dijo con tal certeza que por un momento llegué a creerlo- los soviéticos se retirarán o cree que vuelvan a la Alemania y ataquen el flanco este de nuestro territorio.
-Señor, contesté. -Mis estudios se basaron en el pleito de poder en la época napoleónica y cómo nuestros países se disputaban ese balance. Así como ustedes dos aquí deciden la vida de miles de alemanes que luchan por sus vidas en el frente del Este. Goebbels encendió un cigarrillo y me miró con atención en ese momento. (Apreté el cianuro entre mi lengua por si las dudas)
-Por el contrario Alemania es la potencia más grande de Europa así como lo fue Francia en la época Napoleónica, así como lo fue Alejandro el Grande...pensar que Rusia no contratacará es como pensar que algún día este país será controlado por los juden. Les dije.
-Soldado, ¿usted creé en el régimen? Ribbentrop me preguntó.
En ese momento sentí que mis dìas habían llegado a su final, y para no variar mi boca me había metido en el último problema. Pensé en aquella vez que nunca le dije lo que sentía a ella, que posiblemente ella se haya casado con aquel granjero sin estudios en alguna granja de Stuttgart. De pronto mi corazón sentía la necesidad de salirme del pecho, de correr fuera de la sala, de vender mi patria en ese instante. Porque cuando uno ve la vida pasarle por su frente, se acuerda sólo de lo más básico, más inherente al ser, el fuego, el calor, el miedo, el amor...
-Creo en el régimen. Dije. En ese momento Goebbels y Ribbentrop se miraron, de cierta manera pensé que estaban conectados en ese pensamiento, que de alguna manera compartían mi pensamiento que todo esto era una locura, que debía parar, que nuestros hijos nunca perdonarían lo que este presente nos hizo. Animales.
-Los rumores de los campos de concentración son ciertos soldado. Dijo Ribbentrop, y siento que usted es la persona correcta para filtrar dicha información entre los radares de los aliados. - La misión es hacerlos pensar que las matanzas no están ocurriendo y que simplemente son rehenes de guerra Checos. Esos impuros serán exterminados uno a uno, pero a pesar de todo, el mundo no está preparado para enfrentar dicha realidad.Cuando se enteren los aliados que se mantienen rehenes, no emplearán fuerzas de rescate pensando que se está respetando el pacto de prisioneros de guerra y podremos desviar la atención.
-Con todo gusto Herr Kommandant. Le dije. ¿Cuando será el momento de hacerlo? pregunté.
-De inmediato deberás filtrar dicha información, entregarás un reporte detallado de las palabras que usaste, cualquier equivocación estará comprometiendo la existencia del Reich y por ende dará razón a tu muerte. Exclamó Goebbels.
En ese momento Ribbentrop me señaló la salida y salí de aquel cuarto. Al hacerlo sentí un alivio. Ese momento que uno vuelve a nacer. Había nacido de nuevo.
Al llegar y sentarme en la mesa de control en donde yo emitía los comunicados oficiales. Pulse el botón que quitaba la seguridad y desencriptaba los mensajes que emitía, el vocero oficial de la SS. Y escribí lo siguiente a una radiodifusora que sabía estaba intervenida por una línea de espionaje británica:
"Entre los muchos reclamos de los prisioneros de guerra escuchados en Auschwitz y Treblinka se piden raciones de Strudel y Kerplaj, música de Szpilman y ruegos por la piedad alemana; esos son los ecos de la victoria Alemana y las vivas voces de sus protagonistas"
Al terminar el comunicado, puse mis brazos sobre mis piernas. Tuve un gran suspiro, me trajo recuerdos de nostalgia. Sonreí ante el recuerdo de mi madre, y pensé que ella estaría orgullosa de mí -a pesar de toda esta locura-, imprimí el comunicado tal como lo había filtrado, como se me había ordenado. Pensé en los campos extensos en Stuttgart...esa imagen la llevaría hasta el 24 de julio del 43, algunos días después. Antes del conteo cerré los ojos y recordé las vidas que había salvado. Irónicamente mis palabras fueron mi cianuro.
RCG.
















