Aunque parezca una paradoja, estamos viviendo cada vez más desconectados de nosotros mismos. A pesar de que la mente y el cuerpo humanos tienen capacidades infinitas, nos empeñamos en bloquearlas continuamente con una forma de vida estresante y poco sana. Al despertarnos por las mañanas, tendemos cada vez más a distraer nuestra atención con los teléfonos móviles o los medios de comunicación, lo que impide que llevemos a cabo una tarea que hasta ahora ha ayudado al ser humano a avanzar en el conocimiento de sí mismo y de la realidad. Estoy hablando del recuerdo y la interpretación de los sueños.
El interés del ser humano por el mundo onírico es tan antiguo como la escritura. Se han encontrado referencias a los sueños en tablillas de barro babilónicas que datan de antes del año 3000 a.C. Unos años después, en el Antiguo Egipto, los sacerdotes también se dedicaron a la interpretación de los sueños, dejándolos reflejados en numerosos jeroglíficos. Por su parte, los antiguos griegos y chinos tomaban muchas de sus decisiones basándose en las pistas que encontraban en sus experiencias oníricas.
En la Biblia, libro dotado de cientos de referencias al sueño, este aparece como una de las formas preferidas de Dios para comunicarse con los profetas. Es una lástima que en el siglo IV d. C. la Iglesia decidiese prohibir todas las creencias relacionadas con los sueños, considerándolos pecaminosos e impidiendo así que su estudio e interpretación se desarrollasen en el mundo cristiano durante varios siglos. No ocurrió así en la cultura árabe en la que, por influencia de Mahoma y sus discípulos, quienes consideraban que los sueños proféticos eran una revelación de Alá, hubo miles de estudiosos del mundo onírico.
Entre las numerosas culturas que se adentraron en la ciencia de los sueños, destaca también el budismo tibetano, fuertemente influenciado por la tradición chamánica del Bön. Esta cultura cuenta con numerosas técnicas para desarrollar la habilidad de permanecer conscientes mientras dormimos. Para los budistas tibetanos, los estados mentales del sueño son muy similares a las etapas que atraviesa la mente tras la muerte antes de reencarnarse. De este modo, los grandes meditadores del Himalaya utilizan el sueño lúcido como una forma de preparase para el paso a la siguiente vida.
El psicoanálisis de Sigmund Freud y las teorías de los psiquiatras y psicólogos que le sucedieron, entre ellos Carl Jung, trajeron de vuelta la interpretación de los sueños a la cultura occidental en el siglo pasado. Hoy en día, la psicología trata de estudiar los sueños desde diferentes enfoques. Aunque existen numerosas incógnitas sin resolver, algunos científicos barajan la hipótesis de que la principal función del sueño es la de consolidar la actitud, es decir, nos prepara emocionalmente para actuar.
Sea como sea, lo que sí es seguro es que los sueños son creados por nuestro cerebro y, podamos o no encontrar un significado en ellos, conocerlos nos ayuda también a avanzar un poco más en el conocimiento del complejo funcionamiento de la mente humana. Lo mejor de todo esto es que para conocer nuestro mundo onírico no es necesario invertir grandes cantidades de tiempo y dinero, pues basta con prestar atención a las fantasías que se fraguan en nuestro interior durante nuestras horas de reposo.