La señora aprieta con las manos, contra su pecho, un celular Nokia 1100. El más reconocible de todos los celulares retro, pienso. Camina. Camina. Achica los ojos. Busca un número. Una fila de gente esperando detrás. La miro. Me mira. El asiento que está al lado mío está vacío. Ese celular y su piel son lo único blanco en ella: pelo corto, a los hombros, remera negra, camperita negra -de esas que usan las tías-, pantalón negro, bolso negro, bolsa negra. Pelo negro, dientes amarillos, por uno se cruza un pedazo de alambre. Me pregunta si este es el asiento 20, el que está libre al lado mío, le digo que sí. Se sienta. Desestiro las piernas. Le dejo lugar para sus bolsos negros. La ayudo a acomodarlos. Pienso, la señora se parece a una tía abuela mía. Se parecen mucho. Nunca viajé con mi tía, tía abuela en realidad. Dejó sus bultos desesperada. Me pide permiso para mirar por la ventanilla. La dejo. Me dice que quiere buscar a sus sobrinas. Se cruza por encima mío, también por arriba de mi mochila, mi libro de Bukowski y mis canciones de El mató a un policía motorizado sonando. Con su espalda rota en los festejos de primavera, canta la canción que escucho. Tengo la espalda de la señora, horizontalmente ubicada a la altura de mis ojos. Ya está. Saludó, tiró tres besitos. Uno por cada mano que la despidió desde allá abajo: su hermana -lo supe por su parecido a mi tía abuela, pero más gorda- y dos sobrinas, jóvenes -lo supe por los colores en sus ropas-. Listo, el micro abandona la terminal de Chacabuco, lentamente, marcha atrás. Las 3 manos que saludan van haciéndose chiquitas y la señora parecida a mi tía abuela choca su frente contra el vidrio. Es el golpe de la despedida, me dice. Y se vuelve a su asiento, se sienta. Tiene olor a persianas bajas en su casa, como mi tía. Se cruza de brazos. El micro sigue con las luces encendidas adentro, antes de subir a la ruta, vamos a quedar todos a oscuras de nuevo. Me apuro a guardar los escritos del viejo indecente, ya no puedo leer. Te quedaste mirando la nada, canta ahora otra canción en mis auriculares. La señora que se parece a mi tía abuela, los que ocupan los 52 asientos que restan y yo, nos vamos a quedar mirando la nada cuando apaguen todo. Ella acomoda su pera en el hueco de la mano derecha. El pelo no llega a tocar sus hombros. Toda de negro, la voy a confundir con la oscuridad. Ruego no tener que pedirle permiso para ir al baño. Otra Navidad, cantan en mis oídos. Imagino que ella no volverá a ver a su familia de Chacabuco hasta Navidad. Y también imagino que la forma en la que hizo encajar la pera en su mano es una buena forma de fotografiar la resignación. Su resignación empieza y termina en la melancolía fría y triste que le dejó el golpe de la despedida. Ya estamos en la ruta, la oscuridad del campo es inmensa. A ella no la veo, pero la imagino. Debe tener los ojos cerrados. Sé que está ahí porque este micro es tan pequeño que nuestros codos se están tocando. Te ves en las fotos y ves que todo cambió, pequeña / Todos te quieren tal así como sos, es una de mis canciones favoritas. Lo bueno de viajar de noche es que cuando estás llegando a una ciudad el cielo se va poniendo naranja. En Buenos Aires, de noche, el cielo está casi siempre naranja. Cielo naranja, crema, merengue. Cuando era chica creía que merengue era un color, entonces todo era color merengue. Como la piel de esta señora, cremita, seca, como el merengue. Cuando juntes fuerzas todo va a estar mucho mejor, otra canción. Jenny, algún día Jenny / todo lo que ves / todo lo que ves será nuestro, nena. Tengo ganas de hablarle, pero no la veo. Ayer, alguien con mucho alcohol encima, me pidió que lea los ojos de las personas de mesas vecinas y sus bocas, no. Jugamos a eso. Cuando la ví a ella caminar por el pasillo del micro, dije: se va sentar al lado mío. No le leí los ojos, lo supe. Y así fue. Ey, chica rutera, espero que vuelvas, otra canción que me ayuda a olvidar que me están viniendo ganas de hacer pis. La luz que me ofrece el cielo, con luna y pocas estrellas, no me deja verla. Aprovecho una fábrica por la que vamos a pasar, sus luces bien blancas, para mirarla. No la veo. La veo. La veo. O no. Veo su nariz, que se asoma detrás del pelo corto y ondulado. Ahora luces amarillas. Esas típicas de entrada a un pueblo. Bien amarillas, igual que los dientes de la señora. Estamos entrando a Tres Sargentos. Lo sé por los perros y por el cartel de la sociedad de fomento. Las luces del pueblo, de una longitud de 10 cuadras, me dejan verla. Se puso un abrigo, busca algo en su bolso, saca la Sube y la vuelve a guardar. Me arden las manos, en mis auriculares. Ella se frota las manos sobre su cara. Ya salimos del pueblo. Lo de siempre. Nadie subió. Nadie bajó. Imagino que nos hacen pasar por ahí para que los del pueblo sientan que no están solos. Y los perros, tampoco. La escucho, pero no la veo, otra vez. Hace ruido con una bolsa y hace ruido con caramelos. Lo sé por el olor. De los ácidos, de frutilla es el que eligió. Ahora el caramelo se debe estar deshaciendo en su lengua, cada vez más chiquito. Su lengua, que será roja también, como su sangre. Aunque podría tener sangre azul, le quedaría bien con su piel. Se llamará Alicia, Mirta o Ester, es una pregunta. O Aída, Sara, Ángela, es otra pregunta. No tiene cara de Graciela, tampoco de Susana o María, es una afirmación. Aunque podría ser María Algo. María Clara, María Paula o María María, digo, María Sola. María Inés no. Porque la única persona con cara de María Inés es mi abuela. Y mi abuela tiene ojos celestes. Y ella tiene ojos marrones sucios, marrones grises, marrones oscuros, marrones negros. Quiero mirarte y que me mires, canto para adentro lo que me dictan los auriculares. Una rotonda, luces. Otra oportunidad para mirarla. La misma foto: pera sentada en la mano derecha que hace de sillón. Tanto le pesará la cabeza, es una pregunta. Qué pensará, es otra pregunta. Carmen de Areco, y ahí vamos, entramos a la ciudad fundada en 1812, me lo afirma el cartel de bienvenida que adorna el arco feo de la entrada. La entrada a esta ciudad es una fila larga de pinos, de un lado y del otro. Como todos los pueblos del noroeste de la provincia de Buenos Aires, es una afirmación. La terminal de ómnibus no existe, el micro frena en la estación de tren, que acá es lo mismo. Un señor de boina, canoso, con panza, no tengo que aclarar que tiene camisa a cuadros; corre a buscar a alguien. Una nena muy dormida, su nieta, que no entiende donde está, es una afirmación, me lo dice su cara. Allá atrás la luna, y ella se despertó -si es que estaba dormida-, es que encendieron las luces. Miro sus manos, chiquitas. Uñas transparentes y no es una obviedad, es una realidad. Uñas de papel de calcar. Salimos de CarmendeAreco, sí, todo junto, como el cartel de la estación y como los perros que duermen debajo, todos juntos. Voy a subir al techo a ver / Admiraré el desastre bajo la luz de la luna gigante / Ellos lloran abajo del árbol, arriba del árbol, detrás del árbol / tuve miedo, pero ya se fué. Mi próximo movimiento, se llama esa canción. Podría subir a cualquier techo de esta ciudad porque ninguna casa tiene dos pisos. Atención, a 100 metros rotonda. Debe ser la única rotonda acá y la que usan para dar la vuelta al perro, incluidos los perros. Seguro, es casi una afirmación. Ahora estoy arriba de mi casa con un rifle, ella no sabe que yo en mi cabeza vuelvo real lo que canto automáticamente al cerrar los ojos: ella y yo, sentadas en el borde del techo de una casa con un rifle. Uno cada una. Le digo que podemos darle a cualquier cosa menos a los pájaros y al cielo. Al cielo porque sí no, porque justo podría cruzarse un pájaro, un barrilete, un globo, una avioneta que ande fumigando o con mucha mala suerte, una mariposa. El chico de lentes y barba -no es un dato menor- que va sentado adelante se para y se sienta chinito, su espalda sobresale entre todo el paisaje de asientos y cabezas que tengo para adelante. Me distrae. Me distrae porque tiene una nuca que me hace volver a mirarlo. Pero no, dejé plantada a la señora con el rifle. Vuelvo a cerrar los ojos. Ya está tirando, y le da lindo. Juega con un sauce, tira entre las hojas, desde la altura que tenemos las balas terminan en el suelo. Pero cuando atraviesan el sauce llorón, y ahora más llorón que nunca, las hojas parecen plumas, salen volando. Y no me gusta. Porque parece que le está tirando a un loro muy verde. Y el loro o cotorra verde son pájaros, aunque todavía no los haya encontrado en mi libro Aves del Mundo, yo sé que son pájaros. Y es una afirmación. Y entonces, entonces le digo que pare. Le tomo el brazo con fuerza, tiraba y recargaba. Tiraba y recargaba. Cebada, despeinada, por un ratito le vi cara de loca, pero no. Abro los ojos. Las luces de la rotonda de San Andrés de Giles me dejan mirarla. Está dormida. Con el cuello de una polera negra estirado se tapa la boca. Duerme con frío, aunque ella es más fría que el frío, pienso. Yo acabo de ver con cuánta furia le daba al árbol. No sé si ronca. Sigo escuchando mis canciones. Mi día favorito del mes / espero que te encuentres muy bien. Las luces de los autos que vienen de frente se reflejan en el techo del micro. Siempre hay cosas que se mueven en sentido contrario al que transita uno, pienso. Pasamos el peaje. Nuevos discos / nuevas drogas. Seguimos a oscuras. Lo bueno de entrar a Luján por atrás es que casi no se ve la basílica. Qué palabra chota basílica, horrible, vacía. Lo bueno de entrar a Luján de noche es que la disco que está frente a la terminal tiene sus luces encendidas. Todos los colores, pero sobre todo, turquesa y fucsia. Más colorinche que religiosa, así es Luján para mí. Se despertó. Estoy tan tirada en el asiento que no veo si subió o bajó alguien. Se despertó y busca la basílica, pensará en el Papa Francisco, pienso, o en su hermana y sus sobrinas o en ella. No sé, es una pregunta. Lo bueno de abandonar Luján de noche es que la basílica queda atrás siempre. Y las luces amarillas de la autopista se van haciendo más blancas a medida que nos acercamos a Buenos Aires. Vienen bajando las multitudes inquietas, canción que suena. Ya no tengo oscuridad del otro lado del vidrio. Hay algo siempre. Ella sigue con frío y con polera tapándole la boca. Cuando se despertó buscando la súper iglesia, pude ver sus ojos marrón caca y brillosos, muy brillosos. Marrón caca brillante. Caca oro. Tiene el sueño fácil. Ya se durmió. Asador Criollo, kilómetro 54. Zoológico de Luján. Repuestos usados. Tinglados. Alquiler de grúas. Un hotel. Otro hotel. Mosaicos Lanik. Oyhanarte vende. Piletas. Quinchos. Mundo Caño. Leo los carteles que me avisan que estamos pasando Merlo. Oyhanarte vende casi todo y los hoteles tienen las mismas luces que la disco de Luján. Es una afirmación. Cada vez más cerca de terminar el viaje. Ella sigue durmiendo. Class Hotel. Oyhanarte vende. YPF. Yamaha, tecnología japonesa. Por acá también alquila y vende González. Quiero ver la luz de nuevo, canción mientras cruzamos peaje manual. Evite multas. Forzar barreras o esquivar el pago del peaje es una infracción. Ok, eso dice el cartel. Yo sueño con romper la barrera de un peaje a 180 kilómetros por hora desde que tengo 10 años. Universidad de Morón. Bingo Morón. El bar de la terminal de Morón se llama 'Encuentros'. No se esforzaron mucho, es una afirmación. Luces encendidas. Se despierta. Observa todo. Sus brazos están cruzados. No baja acá. Bajamos la autopista. Avenida General Paz y la terminal de ómnibus de Liniers asomando. Daniel Bigi alquila el local que está frente a la estación. El que tiene dos leones estatua en su entrada. Despierta ella. Despierta yo. Aunque ahora ella está más despierta que yo. Baja mucha gente. Un par de cuadras atrás cruzamos a un 21 lleno de gente. Ninguno de ellos sabe que estoy viajando con una señora que tiene un Nokia 1100 blanco en la cartera y se parece a mi tía abuela. Próxima estación: Retiro. La luna sigue ahí, mirándonos. A esta ciudad le deben muchos pinos, pienso. Desde la autopista veo muchos techos y terrazas. Todo pasa rápido. Una calesita apagada. Se dice apagada, es una pregunta. O cerrada, es otra pregunta. Pero iluminada. Llena de colores. Las calesitas deberían andar más fuerte y sin sortija de noche. Ella no debe haber ganado nunca la sortija. Es muy chiquita. Frágil. O se la habrán dado por lástima. Siento el fin del viaje cerca. Y será sin saber su nombre. Va dormida. Con la pera tocando su pecho. Y sus brazos cruzados. La cancha de River allá. Retiro más cerca. Nuestra Navidad de reserva, suena en mis auriculares. Cierro los ojos e imagino que adelantamos la Navidad para que ella pueda volver a Chacabuco. En la fiesta que te prometí, sigue la canción. Detrás de los containers apilados, Retiro. Fin del viaje. Ella con su Nokia en la mano que nunca sonó. Ella, con mucha soledad rebalsándole de los ojos, me regaló una sonrisa y en mute para mí, me dijo 'lle-ga-mos'. Le devolví la sonrisa y la perdí. Te deseo buena suerte / es el tiempo del no tiempo, sé que mañana voy a despertarme pensando si durmió bien o no. Y será una pregunta, sí. La pierdo entre la gente. El chico de la nuca linda, una mujer rubia con flequillo y sin ojos, un nene con campera azul, un señor muy alto con rulos y entre todos, ella. Flaca, frágil, blanca y negra. Todos ex dormidos, menos yo.-