Soy Verónica, tengo 29 años, sí, estoy empezando a pasar por la crisis de los 30, aunque recién actualizo con este número mi respuesta a esa odiosa pregunta de ¿cuántos años tienes? Pero ¿que se puede hacer? Siempre he vivido las cosas con apuro, soy algo así como un acelerador de fórmula uno con falda (y pisado hasta el fondo). Esa es de esas cualidades que sé de mí y que no me interesa cambiar, pues al final de cuentas me ha servido para mucho, como para terminar relaciones antes de que sean tóxicas, incluso algunas las terminé antes de que fueran relaciones. Soy así, digamos que llevo algo de prisa por la vida, aunque sé que la vida no es una carrera y que no estoy en competencia con nadie más que conmigo misma, pero he ahí el detalle, llevo mucha prisa, así que debo apurar el paso para poder ganarme. Además mi ritmo de vida me sirve para amortiguar el frío. No hay nada de calidez en estas paredes, ni en todo el barrio. Vivo en la numero 09 de la calle Melancolía, este es una zona extraña, el único vecino que tengo en toda la calle vive al lado mío y aunque nunca lo he visto, sé que siempre está cantando, con su voz ronca, temas muy raros de barbies, idiotas, medias negras y gente que le roba un mes del año. En fin, me la paso bien aquí, ya me acostumbré al ambiente, a las tardes grises, las mañanas frías y las noches en vela, imagino que así se vive aquí. Me mudé hace poco, aunque espero pasar menos tiempo que mi vecino, él ya lleva aquí 500 noches, creo que por eso habla tan raro. Nadie podría soportar tanta soledad, tristeza y melancolía y vivir para contarlo o en su caso, cantarlo. Mi primer día aquí fue el peor, lloré como una Magdalena, y creo que mi vecino me escuchó porque empezó a cantar. Quizás se burló de mí, total, no sería el primero, ni el último. Me enojé un poco, no lo puedo negar y hasta sentí ganas de ir a reclamarle, de hecho, me sequé las lágrimas y dije “me va a escuchar, como puede ser que se burle así de los sentimientos de los demás” y lo escuché casi susurrar, entre tarareos, “lo niego todo”. A ese punto no sabía si enojarme o reír por el sutil gajo de sin verguenzeria que logré descubrir del humano más cercano que tenía...