Un albergue de San'ya —un alojamiento básico en la fraseología edilicia—, en este caso el Tokuya, tenía doce dormitorios de seis tatamis (nueve metros cuadrados). La primera habitación conforme se llegaba al primer piso era la de las mujeres, todas las demás eran de hombres, en su mayoría peones. Acababa de iniciarse la construcción del estadio olímpico para los juegos de 1964, tres años después, así que había trabajo de sobra.
Nuestra habitación tenía en el centro una tarima de un metro cuadrado y a ambos lados estaban las literas. Las de abajo a la izquierda las ocupábamos yo y la vieja, las de la derecha Miwa y Yuki. Las cuatro de arriba hacían un total de ocho, pero nunca se daba que coincidieran las ocho ocupantes juntas, ya que las mujeres salían y entraban a cualquier hora del día o de la noche dependiendo de sus ocupaciones. Las que trabajaban en las fábricas de la zona o en obras de construcción se iban por la mañana temprano y volvían cuando oscurecía. Las que trabajaban en bares salían a la tarde o al anochecer y volvían de madrugada. Las prostitutas salían ya de noche y volvían por la mañana. [...]
Por entonces yo había perdido la confianza en mi capacidad para desempeñarme como escritora y mi ambición literaria se había desmoronado. Vivía día tras día en la desidia, como un fruto serondo esperando a caer de la mata. Escribía relatos para un periódico regional, en una serie titulada Una mirada a las mujeres: doce páginas de manuscrito cada jueves. Cada entrega presentaba una mujer de diferente edad y oficio. Había recibido instrucciones expresas de hacer cada episodio lo más erótico posible. No sentía el menor interés por la serie y no me apetecía escribirla, pero no podía negarme, pues constituía mi única fuente de ingresos. Parece que los lectores no aprobaban la ficción escrita sin entusiasmo, y no podía decir cuándo mi editor decidiría retirar la serie. Los dos o tres días que tardaba en pergeñar mis doce páginas los pasaba en casa de mi familia. Nada más acababa me volvía corriendo al Tokuya.
Mi familia estaba convencida de que yo era una autora íntegra. No sabían que me estaba forzando a escribir algo que no quería, que me resultaba insufrible. Un progenitor no advierte que el niño oculta el examen suspenso y una esposa ignora que el negocio del marido está al borde de la quiebra. Quizá sea algo connatural a la familia. Pero en fin, no es fácil llevar el peso en silencio con tal que los otros puedan ver las cosas según les conviene.
Cuando estaba en casa cada vez que me levantaba de mi mesa me fabricaba una fachada jovial. Era la conversadora agradable que intervenía incluso cuando no le interesaba el asunto. La consideración que todo el mundo tiene con la familia, sin duda instintiva al formar parte de ella, era para mí muy gravosa. Al perder la confianza en mi trabajo descubrí que ya no podía soportar tal peso. En aquel estado el albergue barato era un agradecido cambio. Allí podía estar todo lo murria que quisiera y no tenía por qué hablar con nadie. O lo que es lo mismo, no tenía que tener en cuenta los sentimientos de nadie. Y por añadidura observar la vida cotidiana de los jornaleros y las mujeres que salían y entraban sin parar me fascinaba. Era como viajar sola por un país desconocido. Nunca me cansaba. Y al mismo tiempo no sabía qué hacer durante el día, porque la gente que se alojaba en los albergues se iban todos a trabajar, dejando toda el área desierta.