Del atríl una espada colgaba
Sonaba el bajo de fondo en esa noche calida. El ritmo era reiterativo, lento y suave. El sonido era agradable, como un suspiro, casi como de placer. Otra vez esa piel de fantasma ahí. Tan despacio te habías deshojado, sin prisa, fui preguntando en cada pétalo si me querías o no me querías. Un suave palpito era la clave intima, tu melodía sobre mi cicatriz, un murmullo se corporizó en un beso. Tu regreso a mi morada, un nuevo recuerdo en mi almohada. Quería arrancarte por siempre, pero sos una mujer olvidada que mi corazón rescató. Tú, una destructora en silencio, volviste ante mí, y no sé por qué. Entre mordiscos te pregunté "che, che decime por qué estamos juntos hoy otra vez". Me respondiste que era tu pesadilla, un capricho insoslayable, un miedo presente. Otra vez ahí, otra vez era actor de un solo papel. Componiendo de nuevo ese maldito personaje. Hace tanto que buscaba ser otra cosa para mí, buscaba tener otro plan. Me sentía capaz de cambiarlo todo. Pero del atril la espada de Damocles pendulaba sobre mí, sin jugar ya sabía que era el perdedor. Sentía que me acercaba más y más cerca, hipnotismo de un flajelo, otra vez había caído. La dama de hielo, la maldita recurrencia, como sus movimientos, se repetían. La abracé sabiendo de mi error. Me abrazó sabiéndose cómplice. El aliento era la respiración del otro, el pacto de algo que pasó a pesar de todo, que sucedió por un capricho. Una mirada reavivó algo, un suspiro sobre cenizas que prendía la llama, era claro que debíamos acabar con esto pero mientras tanto nosotros nos encargábamos de evitarlo.











