República de la India y Libertador. Un día tipo nueve menos veinte, pedaleando al laburo.
Espero el semáforo mientras examino el racimo de perros. Destaca uno. Está sentado sobre sus patas traseras, expresión solemne, cabeza robusta y pelaje corto y dorado. Mira fijo un tacho de basura, como los próceres contemplan el horizonte en las plazas.
Hay dos señoras también, quejándose de cosas pero sobre todo disfrutando quejarse de cosas. No prestan atención a la mañana fresca de verano, ni a las dos o tres nubes que pasean solitarias por el cielo, ni al sol dorado ni al perro dorado que mira con gravedad un tacho de basura gris.
El paseador calma a los animales más impacientes y da palmaditas en la cabeza a los que con su hocico buscan su mano. Les habla un poco y algunos le contestan con la mayor cordialidad. Al igual que las señoras, pero por motivos más nobles, tampoco presta atención al perro de la cabeza robusta y mirada solemne.
Yo lo sigo viendo, pero ahora no lo miro. Me acuerdo del perro de mis viejos, que se murió en año nuevo o por ahí, cuando se fue de joda al pueblo. Siempre volvía de sus giras todo mordido y roto, papá lo cocía, le daba analgésicos y antibióticos y a los dos días Buba estaba nuevo y listo para emprender otra caravana. En año nuevo no apareció y lo buscamos dos semanas hasta que lo encontramos. La realidad es que lo veía poco, pero me gustaba saber que si viajaba a mis pagos, iba a estar el perrito esperando.
Las señoras revolean quejas, el paseador se ocupa de que sus paseados no paseen, yo estoy andá a saber dónde. El prócer se volvió invisible. Aprovecha su momento y salta en una explosión hacia su objetivo. Orejas tiradas hacia atrás, ojos entrecerrados, asoman los colmillos. Vuela como una flecha con olor a perro. Sus patas llegan a arañar el borde pero un tirón de correa lo devuelve a tierra y a su posición de bronce. Silencio. Miro al perro y miro al paseador. El paseador me mira y el perro mira al tacho.
- Lo rescaté de la calle hace un tiempo, todavía le queda el reflejo - me dice.
- Parece un buen perro - contesto.
- Es un buen perro - sonríe.
El semáforo se pone verde y el tiempo vuelve a correr. Las señoras se indignan por la espera que tuvieron que pasar. El paseador arranca, el perro es arrastrado con el resto de la patota y por fin sale de su trance para convertirse en perro común. Tanteo que la alforja no se haya aflojado y pedaleo despacio para poder saludarlos. El paseador me devuelve el saludo, el perro me ignora. Va mirando otra cosa pero no llego a ver qué.