Zorzal, Canario y otros pájaros
En algún rincón de la calle Paraguay entre Ecuador y Pueyrredón, estaba instalado un zorzal. Lo sé porque yo también estaba instalado en algún otro rincón de la calle Paraguay entre Ecuador y Pueyrredón.
Apenas el sol amagaba con esclarecer el oscuro asunto del cielo nocturno, el zorzal se apuraba a interpretar su único hit. Como si compitiera con los otros pájaros del barrio por un primer puesto en un concurso sobre cantar muy temprano, muy molesto y muy fuerte, se convertía el zorzal no sólo en una alarma sin pausa sino en una especie de declaración de patoterismo meramente deportivo que sentenciaba “acá no duerme nadie, soy claro y contundente”.
Al principio y por sensiblero me compadecí del animal recordando una historia que nos contaba mamá sobre un canario que supo tener en una jaulita arriba de su escritorio allá en el mismo rincón de la calle Paraguay entre Ecuador y Pueyrredón que unos cuantos años después habitarían sus hijos estudiantes. El canario cantaba todo el tiempo y cantaba lindo y delicado, porque no competía con nadie. La mayoría del tiempo, nos decía la vieja, era simpático, alegraba y daba color al ambiente.
Acaso no existan dos cosas que mejor representen la libertad que el vuelo y el canto de un ave y por eso mi teoría es que para compensar la ausencia de su otra mitad de libertad, el canario cantaba más de lo habitual. Parecido a los presos de las películas que no tienen otra cosa que hacer más que tocar la armónica y mirar las nubes a través de los barrotes. Igual los presos de las películas no suelen volar estén o no enjaulados.
Una mañana de sábado mamá intentaba dormir, pero su alado amigo con dudoso síndrome de Estocolmo no podía contener toda su inspiración. Cantaba con la pasión de un grupo de borrachines en un karaoke a las tres de la mañana. En medio de la locura y desesperación, mamá se acercó a la jaula y le gritó con todas sus fuerzas de niña - ¡CALLATE! - y el canario se cayó. El grito lo asustó tanto que nunca más volvió a emitir un sonido en toda su vida. Fue por eso que al principio imaginé al zorzal atrapado en una jaula, colgando en un balcón de por ahí, cantando a cambio de no volar.
Pero los días se hicieron semanas y las semanas, meses. Más temprano que tarde dejé atrás la etapa de negación para aceptar que este zorzal nunca había visto un barrote, andaba suelto por la vida y no era más que otro agente del caos, una piedra desviando el curso armónico de mi universo. Más de un amanecer me asomé por la ventana de mi cuarto, pelos revueltos y párpados a media asta a buscar sin éxito en las ramas de los árboles los ojos de aquél ser oscuro que inmerecidamente apodó a Gardel, sólo para cruzar con él una mirada profunda de odio y frustración. Luego volvía derrotado a mi cama y me consolaba fantaseando entre el sueño trunco con salir a la calle así nomás de calzones y alpargatas chancleteadas, con un cinco y medio a hacer justicia.
Un día se fue, el muy desgraciado. Se fue y no avisó, porque encima los pájaros no tienen la cortesía de avisar.
El simplismo de un “pío pío” no puede hacerle honor a la lírica del zorzal que atormentaba todas mis mañanas. Su canto, si así puede llamársele, era algo así como “tutíu tutíu tu tuítu tuí tuí tuí”, con alguna mínima variación. Lo silbaba sin descanso, como quien busca perfeccionar un arte. No lo extrañamos cuando nos dejó ni hubo nada poético en su partida. No me hizo mejor persona, no ejercitó mi paciencia ni templó mi espíritu. Pude dormir en paz o bien ser perturbado por otros sonidos que ya venían pidiendo pista, como los jóvenes pasados de escabio a la madrugada, los perros enojados con la ciudad o el 106 que va a Retiro. Acaso algún alma mucho más elevada que la mía haya sentido dolor por su ausencia, pero lo dudo. Estoy seguro que más de un vecino se alegró conmigo.
Hoy hace rato que estoy en La Pampa. Trabajo enfrente a una ventana y la ventana da a la parte trasera de un jardín más grande de lo que podría pedir. Ahora que me levanto con los pájaros, todos los días escucho atento el nuevo concierto que regalan. Los mismos instrumentos, alguna calandria, benteveos, gorriones y otros de los que conozco más las voces que los nombres. Me acompañan mientras escribo y tomo el café. Los observo hasta que salen volando a los eucaliptos y los cipreses, justo cuando Ipa se lanza en toda su torpeza e ilusión perruna a tratar de atrapar alguno, como si de verdad tuviera alguna chance de éxito.
A veces me acerco más a la ventana abierta, casi pegándome a la alambrera. Le silbo a Ipa para que me mire con su cara preocupada de ovejero alemán y sin darme cuenta me encuentro imitando la melodía del zorzal. Lo recuerdo con terror, cayendo en la cuenta de que tal vez nunca se fue, que se aseguró de quedarse escondido en una rama en algún rincón mi ser, que siempre va a andar dando vueltas por ahí el muy guacho, dispuesto a romperme las pelotas.















