Apocalipsis.
El cielo rojo se funde con la brillantez de lo impecable. Nubes teñidas de sangre convergen con el panorama santificado. Tensión espiritual llena el ambiente y legiones de ambos bandos se postran ante el Omnipotente. Truenos y centellas predominan en el aire, pensamientos apocalípticos resuenan en las cabezas. No existe batalla que no esté ganada pues el destino del fuego se ha cumplido y pocos demonios saludan con vehemencia el campo minado que los recibe. Los querubines tiemblan y sus alas, en modo ataque, no paran de amenazar las colas erguidas de quienes cruzan, con paso inseguro, el pasillo que lleva a la vida. Trote que trote en son de loca andanza, siguen los pasos del ángel caído esperando que, por amor divino, su pecaminosa existencia vuelva a tener sentido. . El infierno y el paraíso se encuentran cuando Luzbel retorna a los pies del que está sentado en el Trono.















