Soñé que el mundo era de una forma similar a éste lugar.
Caminé entre la gente. Atravesé pasillos, subí algunos pisos. Parecía buscar algo.
A veces en mi andar, me encontraba con adultos o niños. Y en algún momento, debí darme cuenta de que era incapaz de percibir mi propio reflejo en los cristales de las estanterías ni en los espejos.
Comencé a correr. A medida que corría, el lugar parecía cobrar un aspecto oscuro y de una superficie cónica; se hacía más prolongado y estrecho.
Los rostros de las personas comenzaron a distorsionarse y terminé por confundirlos con en el dialecto del espectro de una llamada casa de los espejos.
El esperpento de mi mundo era pues, una especie de respiración áspera, agitada y dolorosa. En algún momento de éste lugar, traté de acercarme a un niño.
Me di cuenta de que él era incapaz de verme. Mi corazón había comenzado a agitarse. A latir fuera de su ritmo.
Me horroricé tanto qué sentí como si algo dentro de mí se desparramara. Como si mi corazón hubiera explotado.
No sé sí abrí los ojos o los cerré y los apreté tanto, como si quisiese sellarlos, que sentí una humarada salir por mis oídos. O si fue el impacto de un cambio repentino en la continuidad del espacio/tiempo propio de los sueños qué, de pronto, el entorno se tornó oscuro. Luego se tiñó de sangre. Sangre líquida, caliente, espesa. Se estampó en vidrios, cristales, espejos, mamparas.
En los rostros de quienes frente a mí, se hallaban incapaces de verme.
Ante la comprobación del irremediable suceso de mi existencia, grité en vano, desamparado, aún más horrorizado. Incapaz de escuchar mi propia voz. Incapaz de lograr hacerla externar.
Me hallaba parado al borde, en el centro de este lugar, a punto de… justo dónde todo había comenzado.
Con la mirada desenfocada, perdida, sudando de manera profusa, sombras de indefinible aspecto reptaban sobre mi cuerpo o me recorrían. De manera paulatina, cobraron la apariencia de espectros del color y de la forma de espaguetis a medio cocer; flácidos, delgados, invertebrados, descerebrados, pero con vida propia. Parecían andar y desandar mis pasos.
Fractales de luces y colores comenzaron a envolverme, a abrazarme al borde de la asfixia y la irresolución de un yo.
Escuché entonces la áspera voz de un guardia de seguridad en turno, quién sin la menor de las vacilaciones, parecía intentar hacer un esfuerzo por advertirme respecto al uso correcto del cubrebocas.
Me tocó levemente el hombro. Su toque me hizo reaccionar, volver. Lo miré directamente a la zona en donde por lógica y naturaleza, debía encontrarse su rostro. No encontré sino el latente movimiento de un cuerpo que parece estar bajo la piel en búsqueda de una salida. Pegué un brinco hacia atrás y entonces terminé o, mejor dicho, comencé a caer.
Condicionado… sumido por el espectro de mi dolor. En la miseria de un cuerpo ardiente en fiebre, en dolor, sufrimiento y una especie de deseo, desesperanza, me hallé de pronto al pie del suicidio. Mi fantasía constante, recurrente. Mi sombra. El delirio. Un delirio que suplicaba por algún tipo de perdón o de consuelo.
Totalmente empapado en sudor, en las incontenibles lágrimas de la desesperación ó, en el agresivo chorro de agua fría que alguien debió arrojarme a cubetazo, me hallaba nuevamente recostado en cama.