A menudo le temía al paso del tiempo.
Y es que toda la vida me han enseñado a que todo debe ser rápido, eficiente, debe responder a la lógica productiva y a las ansias de progreso que caracteriza a nuestro sistema. A veces tenía miedo de perder ese tiempo, a no alcanzar a cumplir con todas las metas que otres me enseñaron a tener, a decepcionar a la sociedad por no alcanzar las expectativas que rigen la vida de tode ser que aquí habita.
Me dijeron que tenía que ser exitose, competitive, disciplinade, trabajadore, y que todas estas cualidades me llevarían eventualmente hacia la felicidad.
Pero la espera es larga, el camino tortuoso y, con el tiempo, esa promesa de felicidad se vuelve esclavitud.
Por años, esa esclavitud ha sido el único destino;
nacer para crecer, crecer para trabajar, trabajar para morir, todo como un ciclo infinito de personas que una a una vamos reproduciendo y heredando la única forma de vivir que hemos podido conocer.
Es en esa cotidianidad en que nace la esperanza de que la vida debe ser otra cosa. Que el existir debe ir más allá de los privilegios con los que naces y que debe haber otra forma de democratizar esa felicidad.
Pero el pueblo es fuerte y a todes eses cuerpes cansades que con cabeza baja antes acataban lo que los poderosos querían, de pronto les empezó a arrastrar el alma. Esa alma que quiere correr, volar y que nos lleva a lograr proezas inimaginables que tienen solo lugar en los sueños, pero que al unirse todas se vuelven realidad.
Hoy, ya no tengo miedo del paso del tiempo, porque siento en lo más profundo de mi ser latinoamericano y marica, como crece el cuestionamiento del modo de vida que por tanto tiempo hemos repetido. Como el pueblo se rebeló contras las estructuras de poder que determinan nuestro habitar, nuestro actuar y nuestro vivir.
Que viva y que aguante la rebelión que estamos viviendo, y criémosla para llevarla a todas las dimensiones sociales.
Que cuando lo viejo empieza a morir, lo nuevo nace más fuerte que nunca.