Empujé la puerta de sus aposentos con una cautela casi absurda, como si el simple hecho de entrar pudiera alterar algo frágil que no sabía nombrar.
El calor me golpeó primero. La chimenea crepitaba con esa calma doméstica que siempre me resultaba extraña en el palacio, como si ahí dentro el mundo hubiera decidido comportarse. Olía a madera encendida y a jabón reciente, a algo limpio que no tenía derecho a existir en medio de todo lo que se decía afuera.
Y entonces la vi Miriam estaba junto al fuego, envuelta en esa quietud que solo llega después del agua caliente.
El cabello aún húmedo le caía sobre los hombros, oscuro y pesado, y lo secaba con una lentitud casi distraída. Sus dos perros descansaban cerca, como si el lugar les perteneciera tanto como a ella. Por un instante me quedé quieto.
“Si existiera la paz en forma de imagen… sería esto,” pensé, y casi me molestó lo fácil que era quedarme mirándola sin recordar por qué había venido. Pero había venido, di un paso, luego otro, cuando estuve lo bastante cerca para que ella notara mi presencia, esperé a que su mirada me encontrara.
Miriam no siempre escuchaba el mundo, pero siempre lo miraba como si pudiera leerlo antes de que existiera.
—Mírame —dije suave, asegurándome de que mis labios fueran claros. Cuando sus ojos se fijaron en los míos, sentí el peso de lo que venía como si fuera más grande que yo.Me incliné apenas hacia adelante, sin romper el contacto.
—No es verdad lo que te dijeron —continué, despacio, marcando cada palabra—No tengo un amante.
—Nunca he tenido uno. Y nunca… se me habría ocurrido —Negué apenas con la cabeza, como si la idea en sí fuera ajena.
—No hay nadie más, Miriam —dije, más firme—No hubo nadie.
Sus ojos no se apartaban de los míos. No había sorpresa clara, pero sí esa forma suya de entender el mundo antes de decidir qué sentir.
Me agaché un poco, quedando a su altura.—No sé quién inventó eso —añadí—, pero no tiene nada que ver conmigo —tome la toalla que estaba cerca.
—¿Puedo? —pregunté, señalando su cabello. Esperé, cuando no hubo rechazo, me acerqué detrás de ella con torpeza contenida. Su cabello aún estaba frío en partes, empapado en otras, y empecé a secarlo con cuidado, demasiado consciente de cada gesto.
El fuego llenó el silencio entre nosotros.
—Es absurdo —murmuré—. Que alguien piense que podría querer algo así. Respiré hondo, sin dejar de trabajar con las manos.
—No cuando estoy contigo.
Me detuve apenas, luego volví a mirarla desde donde estaba, asegurándome de que pudiera leerme.
—Y escúchame bien esto —dije, acercándome lo suficiente para que viera claramente mis labios.
—Para mí, más que nada en este mundo… tú eres hermosa.
—Bella en todos los sentidos.
Tragué saliva, sintiendo lo extraño que era decir verdades tan simples como si pesaran tanto.
—No hay nada en ti que necesite explicación ni corrección —añadí en voz baja—
Volví a acomodar un mechón de su cabello con una delicadeza casi involuntaria. Y por primera vez desde que entré, no sentí que venía a corregir un rumor.
Sentí que venía a recordarle algo que nunca debió ponerse en duda.
Toda tú eres hermosa, amada mía, bella mía y en ti no hay mancha.